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Jun 18 1997

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Confianza y desarrollo

Reseña del libro “Confianza” de Francis Fukuyama

La parte inteligente de esa izquierda que se apresuró a satanizar a Francis Fukuyama cuando publicó su libro “El final de la historia y el último hombre” habrá encontrado tal vez en “Confianza” algunos motivos para reconciliarse con el polémico profesor estadounidense. Su tesis es en el fondo de una simplicidad absoluta y de una lógica a prueba de cualquier dogma ideológico. Lo que hace de “Confianza” un trabajo útil para el diagnóstico de las sociedades es su capacidad de introducirse en cada concepto y someterlo a todo tipo de análisis y contrastes.

Fukuyama explora con éxito las circunstancias que permiten a una sociedad contar con un capital social útil y hasta imprescindible en su desarrollo socioeconómico y en su estabilidad política. La tradición individualista o familista de cada sociedad, la particular percepción del conjunto social por cada individuo en unas u otras culturas, los condicionantes históricos, económicos y hasta geográficos que han conformado la esencia de cada una de esas culturas, son todos ellos factores que Fukuyama reduce hasta lo elemental y aplica con una lógica aplastante al éxito o fracaso económico actual de cada modelo de sociedad. Como consecuencia de la existencia o no de ese capital social se comprende en gran medida, y por encima incluso de los sistemas económicos y políticos, el nivel de desarrollo de las sociedades. Para Fukuyama, sólo existe un grado elevado de capital social allí donde predomina la confianza, es decir, allí donde los individuos, en tanto que agentes socioeconómicos, pueden contar en cada pequeña acción con una respuesta normal, honesta y cooperativa de sus semejantes.

Ese capital social —y esto es lo novedoso del enfoque de Fukuyama— es un factor más que está presente en las grandes ecuaciones macroeconómicas, dando a veces al traste con los sesudos análisis de los más reputados científicos. Proclamar que la sociología y la economía no son ciencias exactas no es precisamente un planteamiento arriesgado, pero requiere valor y capacidad de diagnóstico tender este puente entre disciplinas académicas que explica por qué continúan fallando las grandes recetas económicas.

El libro intenta explicar cómo los modelos de sociedad basados en la familia tienden a resultar en un menor grado de confianza que aquellos en que este vínculo es menos determinante de las relaciones sociales. Parte de este análisis, sobre todo cuando se refiere a sociedades latinas —y particularmente a la italiana— adolece quizá de algunos prejuicios culturales o de simple falta de comprensión. Pero en líneas generales el autor resulta convincente en su diagnóstico de las razones por las cuales una sociedades logran crear complejas estructuras empresariales espontáneas y otras sólo llegan a crear grandes empresas en el seno de la familia o mediante la intervención del Estado. Aquellas sociedades donde el factor familiar es menos determinante de la predisposición individual al acuerdo resultan más viables como marco de grandes proyectos empresariales basados en la confianza. En las sociedades basadas en la familia se da con mayor frecuencia la necesidad de un Estado fuerte que disponga el marco de las relaciones que trascienden el núcleo familiar, ya que fuera de éste no existe un nivel suficiente de confianza. Por contra, las sociedades con mayor nivel de confianza transfamiliar están capacitadas para autorregularse y generar un tejido asociativo y empresarial que permitan contar con un Estado menos intervencionista. Es especialmente interesante cómo incluso los sistemas políticos más decididos a modificar las relaciones sociales se han visto al final obligados a adaptarse a la cultura de las sociedades a las que pretendían transformar. Tal es la fuerza arroladora de la cultura sobre la coyuntura.

Si en “Las Oportunidades Vitales”, Ralf Dahrendorf abordaba la necesidad de que exista un equilibrio entre el nivel de opciones (o libertades) y de vinculaciones (o arraigo) para conformar sociedades estables y avanzadas, Fukuyama se aproxima a este concepto desde otro ángulo y concede una importancia mayor a un concepto de confianza que, de alguna manera, constituiría un híbrido entre las dos premisas del profesor alemán. En efecto, es la confianza existente en el seno de una sociedad la que permite una mayor presencia de opciones y a la vez genera los vínculos interpersonales necesarios para evitar la anomia social. El capital social, ese cúmulo de pequeñas dosis de confianza que fluye por la sociedad, ejerce de lubricante en las relaciones políticas, sociales y empresariales y determina las posibilidades de éxito de todo un país.

El autor de “Confianza” se aventura con frecuencia a juicios sobre las diferentes culturas analizadas que bien pudieran valerle críticas durísimas por parte de los representantes de cada una de ellas, pero aporta datos indiscutibles sobre la influencia positiva o negativa de cada una de las tradiciones culturales, creencias religiosas y formas de organización social y familiar sobre la capacidad colectiva de generar riqueza. Datos cuyo origen se pierde en la historia pero que influyen todavía, y mucho más de lo perceptible a simple vista, en las sociedades analizadas.

Fukuyama se aventura a vislumbrar un futuro en el que las sociedades se aferrarán, pese a la revolución de las comunicaciones, a aquellos elementos de diferenciación cultural que puedan preservar. Si ésta pudiera bien ser una reacción inicial comprensible, es difícil creer que pueda ser duradera. Quizá sea más acertado contemplar a muy largo plazo una humanidad donde la globalización dilapide poco a poco el capital social para, a más largo plazo aún, comenzar a desarrollar toda una nueva sociedad global en la que sí resurjan fórmulas espontáneas de generación de confianza que restituyan de forma natural este factor imprescindible. En todo caso, sí parece evidente que —moleste a quien moleste— las sociedades irán percibiendo que sus posibilidades de éxito radican en la persecución de la satisfacción personal por parte de millones de agentes que, al lograrla, contribuyen tangencialmente al bien común. Ese bien común redunda a su vez en las posibilidades de cada individuo. Lo interesante de la explicación de Fukuyama es su demostración palpable de este hecho como consecuencia natural de la asociación de individuos, y sus variantes en cada tipo de sociedad. Este análisis desmantela toda creencia cientifista en la posibilidad de generar desde un poder benefactor sistemas que sustituyan y mejoren ese mecanismo innato de enriquecimiento individual y social basado en la acción y la responsabilidad de la persona.

Reseña escrita el 18 de junio de 1997 y posteriormente publicada por la revista Perfiles Liberales.

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