Mar 05 2015

El orden político de Pablo Iglesias

Hace unos meses, Podemos y otras organizaciones celebraron unas jornadas cuyo título expresaba fielmente el mito político en el que se basa todo su discurso. Se titulaban “Gobernar obedeciendo”, y expresaban así la lógica de una organización social en la que el intermediario partido político prácticamente se desvanece y minimiza, y los ciudadanos son quienes toman las decisiones, que después los concejales o diputados se limitan a ejecutar. Caramba, expresado así parecería entroncar con el liberalismo político clásico, con la idea de que los gobernantes son meros ejecutores de la voluntad soberana de los gobernados. Lamentablemente, ese mito se disuelve como un azucarillo al analizar su articulación. El sistema de “circulos” de Podemos, el asamblearismo que sus impulsores iniciaron mucho antes de entrar en la arena electoral, ya desde el 15-M que se inició en Sol pero siguió en los barrios, y su desdén por esas asociaciones civiles privadas que llamamos partidos políticos, coinciden al milímetro con modelos teóricos de organización de la sociedad tan diversos como la Libia de Gaddafi, la Yugoslavia de Tito, la América Latina “bolivariana” o incluso la democracia orgánica de regímenes como el portugués o el español en la segunda mitad del siglo pasado. En general, esa ordenación pretendidamente asamblearia de la política se asemeja a la que, al menos teóricamente, establecen los sistemas de partido único (de cualquier color) que aspiran a una organización total de la sociedad, y a los que por ello se llama totalitarios.

A grandes rasgos, consiste en sustituir la elección de decisores por la codecisión en asambleas supuestamente libres. Es inevitable articular entonces una jerarquía de asambleas de mayor o menor ámbito territorial, ya que no puede hacerse una asamblea de millones de personas. Y aparecen también, entonces, sistemas de designación de representantes de las asambleas de nivel bajo en las del nivel siguiente, hasta culminar en una asamblea suprema. En ruso, asamblea se dice soviet, y la asamblea suprema es el soviet supremo. En el sistema capilar del franquismo español, la peculiaridad era la designación sectorial de los delegados por tercios (sindical, familiar y municipal) en virtud de los mitos del régimen. Un sistema capilar asambleario como el de Podemos y otros movimientos de izquierda no es más legitimador que la elección directa del poder ejecutivo (presidencialismo) o del cuerpo de tomadores de las decisiones legislativas (parlamentarismo). Es simplemente otra forma de delegación del poder individual en organismos colectivos, y no es precisamente más moderna ni se adapta mejor a la realidad tecno-cultural de hoy, ni resiste mejor la tendencia a la concentración de poder o a la corrupción. La democracia representativa actual adolece de una enorme falta de control ciudadano, porque se otorga un cheque en blanco a los representantes, pero la democracia asamblearia de círculos concéntricos culmina en el pequeño círculo central supremo: la camarilla, el presidium del soviet supremo, la nueva casta.

Puedo creer en la buena fe de miles de seguidores de Pablo Iglesias, que creen estar impulsando un sistema más fielmente representativo de la voluntad ciudadana, pero no creo en las intenciones profundas de los dirigentes de Podemos porque, precisamente, son expertos politólogos y saben perfectamente a qué conduce una jerarquía capilar de asambleas populares. Todo el que haya vivido una asamblea de facultad sabe a qué me refiero: al bullying político de los ortodoxos —los apparatchiks conectados con el núcleo de poder auténtico—, y a la milimétrica organización de la casta asamblearia para situar estratégicamente a sus dirigentes y controlar los procesos. Un sistema estatal gestionado de esta manera asfixia a los individuos y pronto deja de responder a la lógica de poder ascendente desde las asambleas de nivel local hasta la cúspide. La polaridad se invierte inevitablemente, y esa red jerarquizada, apenas descentralizada, de círculos, asambleas o como se denominen pronto termina sirviendo a la distribución de instrucciones y consignas desde el poder supremo hacia abajo.

Hay una alternativa tanto a la evidente obsolescencia del sistema actual como a la involución que acarrearía el sistema retrógrado de los Errejón, Monedero y demás ingenieros sociales y políticos de Podemos. Y es sencilla. Consiste en salir del sistema actual de oligarquía política revestida de democracia, pero para emprender el camino opuesto al de Podemos: no alambicar aún más la organización política de la sociedad, sino simplificarla. No sustituir la democracia representativa por la asamblearia, sino preocuparse fundamentalmente de devolver las decisiones a las personas, a cada individuo. Si se emprende con decisión esa vía, al final poco importará que la organización de la política sea una u otra, porque su incidencia sobre nuestras vidas será mucho menor y mucho más soportable.

En la lógica de la escasez, desde una perspectiva demócrata, era muy razonable poner el acento en la exigencia de coparticipación, porque no había más remedio que tomar colectivamente muchas decisiones y no podía permitirse que las adoptara una camarilla, una casta. Pero en la lógica de la abundancia (coexistencia de opciones personales divergentes), lo razonable es exigir sobre todo la libertad de tomar autónomamente las decisiones propias. Y sí, por supuesto que sigue siendo importante que, en un Estado reducido a su mínima expresión viable, las decisiones políticas —las pocas decisiones que aún siga siendo necesario tomar en común— estén realmente legitimadas, que las más relevantes se sometan al refrendo del electorado, y que los ciudadanos puedan participar en el proceso político. Pero todo eso importa ya mucho menos que la devolución del poder bajo una premisa muy simple: toda decisión colectivizada que habría podido adoptarse individualmente entraña una usurpación. El colectivo no tiene legitimidad para decidir, por poner un ejemplo, los valores que se impartirá en la enseñanza, pues cada familia puede escoger los valores que desee, y consiguientemente la escuela que coincida con ellos. Este caso es extrapolable a infinidad de decisiones tanto éticas como económicas.

Lo que buscan los sistemas asamblearistas es legitimar la usurpación mediante la codecisión de los pares, pero el individuo de hoy no quiere codecidir sobre su propia vida y hacienda, sino decidir él directamente, en una línea que podrá coincidir o no con las decisiones simultáneas de sus pares. Esto configura un orden espontáneo, natural, muy superior al orden centralizado y planificado de los estatistas. Un orden mucho más rico, innovador y generador de prosperidad por la acción simultánea de millones de personas libres que desarrollan millones de planes, y no por millones de siervos del Estado que ejecutan el plan quinquenal decretado por él. Es, a diferencia del orden político caduco que aún tenemos, y a diferencia también del orden neototalitario de Pablo Iglesias, un orden libertario.

Publicado el 17 de febrero de 2015 en el diario Vozpópuli

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Ene 26 2015

Grecia y la recentralización

No creo conspiranoico afirmar que los grandes procesos políticos, a grandes rasgos, suelen obedecer a líneas o marcos definidos tiempo atrás por los grupos relativamente reducidos que controlan los Estados y, a su través, las finanzas cautivas y las grandes empresas pseudoprivadas que falsean el capitalismo. La casta estatal ha sustituido el dinero objetivo por su falsa moneda, y el legítimo negocio bancario por un oligopolio cerrado donde medran sus primos hermanos: la aristocracia financiera. Ha reemplazado el orden económico espontáneo por la planificación interesada de políticos y burócratas, y la competencia empresarial, imprescindible para la excelencia, por una insoportable hiperregulación que sólo beneficia a la casta directiva (directiva, no empresarial: emprender es otra cosa) de la gran empresa cooptada y anexionada como una extensión más del Estado. Esa casta, contra lo que piensan los conspiranoicos, no es un bloque compacto y homogéneo que decrete nuestro futuro con precisión. Pero hay una amplia gama de posibilidades entre esa visión simplista y su antítesis igual de ramplona: la de quienes creen que en política las cosas pasan espontáneamente y que los acontecimientos responden al contexto de cada momento. Creo que la realidad se encuentra en algún punto de esa gama, y que ese punto es dinámico, no fijo. Y creo que los grandes marcos y las grandes líneas se establecen en función de los desarrollos generales, en contextos de muy largo plazo, en lo que casi podríamos llamar términos históricos.

Lo de Syriza puede ser un hecho aislado. Tsipras puede hundir rápidamente Grecia y servir de vacuna continental y de muro de contención frente a los avances bolivarianos. Incluso puede ser ese el plan, como parece claro que, en una capa muy inferior, el plan del PP y de su entorno empresarial ha sido impulsar a Podemos para hundir al PSOE e IU y tratar de salvarse (otra cosa es cómo le salga al final, o si han modulado bien el impulso dado). Pero también es plausible otra hipótesis: que el establishment político-financiero internacional realmente quiera provocar un giro. Si de aquí a unos años todo se queda en la anécdota griega, esa hipótesis se probará errónea. Si Grecia es la primera ficha del dominó y detrás empiezan a caer países con mayor peso económico, la hipótesis no habrá sido tan descabellada. ¿Qué puede provocar un apoyo de ese establishment a sus supuestos adversarios, desde Syriza y Podemos hasta el Front National francés y otros partidos de derecha radical? Pues lo que tienen en común: más Estado.

No sería la primera vez. En los años treinta y cuarenta del siglo pasado, quienes se enfrentaron en realidad no fueron fascismo y comunismo. Esa fue la guerra visible, que causó millones de muertos, pero lo que hubo por debajo fue la pugna entre un modelo de Estado máximo, compartido por ambos extremos, y otro modelo anterior de menos Estado y más autonomía individual. Cuando triunfó a duras penas este último en el mundo occidental, las fuerzas estatistas se aprestaron a una larga resistencia y fueron recuperando posiciones con una receta menos tosca, más sutil: la socialdemocracia basada en deuda. Cuando la primera receta, la totalitaria, terminó por fracasar en el Este, aplicaron la segunda también allí. Ahora la segunda receta, en términos históricos y téoricos, ha fracasado en todo el mundo porque es ya obvia —y está ya descontada— su imposibilidad en el largo plazo. Esa imposibilidad se debe a que la base misma del sistema socialdemócrata, el endeudamiento permanente y extremo, es económicamente insostenible. Y entonces el establishment político-financiero bascula nuevamente desde el uso actual de la deuda y de la socialdemocracia como arma principal para mantener el poder, hacia el uso de un Estado más fuerte y restrictivo.

Pero no es sólo por la insostenibilidad de la economía de la deuda. Hay otro factor más profundo y de más largo plazo: el cambio cultural derivado del cambio tecnológico, que está transformando la sociedad, desde una topología de red descentralizada y jerarquizada hacia un modelo de red distribuida. Desde una red compuesta por muchas subredes de diferentes rangos, con muchos clusters y muchos nodos de paso obligatorio, donde se ejercía el control, pasamos a gran velocidad a una red distribuida donde el protagonista es el individuo, donde muchos nodos tienden a difuminarse o desaparecer porque los individuos son directamente conectables. El cambio cultural asociado a ese cambio de red es tan importante como los que se produjeron con la imprenta o con la aparición misma de la escritura. Y supone una amenaza para los estatistas. Ya se están librando muchas batallas pequeñas, desde Uber y el consumo colaborativo hasta el nuevo entendimiento de la propiedad intelectual. El establishment tiene hoy como obsesión principal frenar o invertir ese cambio cultural para recentralizar la red social, y es normal que prefiera sistemas de fuerte poder estatal frente a aquellos otros donde el individuo puede aprovechar mejor las nuevas tecnologías para aumentar su autonomía.

Ya llevamos tiempo ensayando modelos recentralizadores “de izquierda” y “de derecha” acordes a la idiosincrasia de cada sociedad: redención socialista neoguevariana en América Latina, ortodoxia tradicionalista en Rusia. Da igual una u otra, son lo mismo. Como da igual Tsipras o Le Pen, son lo mismo. Como daba igual Hitler o Stalin, eran lo mismo. Tras los ensayos en las economías periféricas llegamos a la Europa-UE y ya hay una pica en Flandes: la Grecia de Syriza. Como mínimo, servirá a la casta político-financiera para justificar la recentralización, la reestatalización, ejecutándola con más sutileza desde la propia socialdemocracia transpartita, que es nuestro régimen actual. Como máximo, sumirá a nuestras sociedades —a nuestra emergente sociedad global— en un totalitarismo “dos punto cero”, seguramente sin las aberraciones humanitarias de los “uno punto cero” pero igual de eficaz o más. Será una Europa y un Occidente con mucho más Estado, ahora ya a las claras porque sólo así puede, por un lado, enfrentarse a la evolución tecno-cultural antes expuesta, y, por otro, alterar sus propias reglas del juego en cuanto a la deuda y a la economía en general.

La esperanza libertaria se sitúa tras el fracaso de esa recentralización, que bien podría ser el último y feroz coletazo histórico de la institución Estado tal como la conocemos, antes de pasar a los libros de texto. Y no es fiarlo muy largo, porque la misma evolución tecno-cultural ha acelerado tanto los procesos históricos que bien podría sucederse todo en el espacio de pocas décadas: fin de la socialdemocracia, aparición generalizada de estatismos duros (da igual su color político), fracaso de los mismos ante la imparable red social distribuida y ante la quiebra económica inevitable de todo modelo intervencionista, incapacidad final del estatismo para reinventarse, aparición de modelos sociales alternativos que por primera vez minimicen el Estado hasta casi prescindir de él, triunfo económico de esos modelos en sangrante contraste con los modelos intervenidos, adopción generalizada de los primeros y… Libertad. Pero no será sin sufrimiento, desde luego.

Hoy por hoy, lo que me parece claro es que, en el caso de exista un plan definido de recentralización, llevará ya bastantes años en marcha. Llevará funcionando, seguramente, desde que el sistema socialdemócrata comenzó a ser desechado en el plano teórico por los economistas y los politólogos. Y en ese caso, Grecia tan sólo sería un hito más, otra vuelta de tuerka. Y quedaría por ver cuáles son los siguientes.

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