Mar 06 2015

La nueva reina del baile atrapatodo

En ciencia política se denomina partidos atrapatodo (“catch-all parties”) a las formaciones políticas que mediante posiciones vagas y generalistas, o incluso contradictorias, intentan seducir indiscriminadamente a todos los electores posibles.

El reino de los catch-all

Las características de un partido atrapatodo son fundamentalmente tres:

a) Aspiran a ser movimientos de amplia base social y para ello optan deliberadamente por una identidad política muy vaga, aplazando todo lo posible la concreción programática para que casi cualquier ciudadano pueda sentirse más o menos cómodo como votante o incluso como afiliado.

b)  Se presentan como transversales en cuanto a los factores de origen y cohesión que habitualmente nutren los partidos tradicionales (la extracción socioeconómica, las creencias religiosas, la identidad etnocultural, etc.). Pero esto no responde a una razonada visión pluralista-liberal de la sociedad, pues carecen en general de tales profundidades, sino a la mera necesidad estratégica.

c) En consonancia con lo anterior, procuran ocupar, en el imaginario dominante (por ejemplo en la manida y obsoleta escala de izquierdas y derechas), un espacio de intersección entre los partidos previamente afianzados, calculando posiciones que resulten lo suficientemente distintas de estos para presentarse como innovadores y modernos, pero lo suficientemente similares para aparecer como moderados, sensatos, votables, pues aspiran a sustituir a esos partidos, no a cambiar el rumbo general de la política. De hecho, son tan centrales como el que más al mainstream del momento, al statu quo ideológico imperante.

El truco funciona al principio, cuando el descontento respecto a los partidos preexistentes, desgastados por la corrupción, por la ineficiencia, por los incumplimientos electorales, por factores exógenos como la crisis, o simplemente por el paso del tiempo, catapulta a la representación a estas nuevas agrupaciones, que siempre se presentan como alternativas más limpias, abiertas, dialogantes, modernas, horizontales y regeneracionistas. El problema viene cuando alcanzan posiciones de tercera o cuarta fuerza política y ya no tienen más remedio que posicionarse ante las cuestiones políticas concretas, o bien tienen que escoger (o permitir por omisión) que gobierne uno u otro de sus rivales convencionales. Y el problema es aún mayor cuando “tocan poder”. Es habitual el abrazo del oso: el gran partido vecino, ya sea conservador o socialista, se apresta a coaligarse y le entrega regalos envenenados de difícil gestión (sobre todo por políticos nuevos e inexpertos) para que fracase, o le da cargos resonantes pero sin el poder real necesario. Es de libro la operación de ósmosis del PP sobre el CDS, al que entregó nada menos que la alcaldía de Madrid pese a que el partido suarista apenas disponía de ocho concejales. Fue el principio del fin de ese partido. En otros casos, simplemente, la ingenuidad y el crecimiento apresurado de los catch-all les llevan a colocar en posiciones elegibles, y a la postre en puestos de gobierno, a personas inadecuadas o incluso deshonestas.

Estos partidos desvían el foco de sus propuestas políticas y ponen el acento en su talante y su look. Se les acusa con frecuencia, y no sin razón, de ser operaciones artificiales, de laboratorio, con un marketing tan cuidado como descuidada está su definición ideológica y su producción programática de alternativas y soluciones concretas a los problemas. No resulta sorprendente que Ciudadanos, un partido con tantos años ya de existencia, sólo ahora presente su programa económico, y haya tenido que remover Roma con Santiago para encontrar un economista que se lo cocine calculando con extremo cuidado su redacción de manera que parezca novedoso y sofisticado, pero que a la vez se sitúe en el mainstream económico; para que aparente dar soluciones pro-business de remoto aroma liberal pero pretenda a la vez mantener intacto el edificio enfermo del Estado del bienestar; para que, en definitiva, contente a muy diversos públicos internos y externos o genere la mínima fricción posible con cada uno de ellos.

Desde los años setenta del siglo pasado se observa en Europa una paulatina adopción de características catch-all por parte de los grandes partidos socialdemócratas y democristianos/conservadores, sobre todo en época preelectoral. Al mismo tiempo, los catch-all puros tampoco lo son ya tanto. Por ejemplo, UPyD, que empezó con altos niveles de transversalismo, se ha ido posicionando con cada vez mayor claridad como un partido específicamente socialdemócrata. Poco o nada queda ya de las viejas veleidades social-liberales de la formación magenta, más allá del papelón que se le asignó al pobre Vargas Llosa. Esta difuminación de las fronteras entre los partidos tradicionales y los catch-all es sintomática del agotamiento del paradigma político actual en su conjunto: ese consenso socialdemócrata que hemos heredado de la segunda posguerra mundial y que consiste en un hiper-Estado que distorsiona la economía para repartir riqueza inexistente, creando una apariencia de prosperidad basada en el endeudamiento temerario. Ese modelo choca además con el vertiginoso empoderamiento del individuo a causa de la revolución tecnológica, que hace cada vez menos necesaria y más insidiosa la función del Estado como intermediario de las relaciones sociales.

Ciudadanos es más de lo mismo

En un contexto así, en el que lo necesario es repensar el Estado para contener su proliferación y racionalizar las funciones que aún deba desempeñar en esta fase de nuestra evolución, resulta paradójico que la práctica totalidad de las formaciones políticas destinadas a encauzar el descontento sean, o bien neototalitarias de uno u otro signo, o bien catch-alls buenistas que trazan alambicadas piruetas intelectuales para convencernos de que otra socialdemocracia es posible. Y de que es sostenible. Y de que todo es una cuestión técnica, no política. Y de que las bases profundas del sistema de estos últimos sesenta años (cuarenta en la Península Ibérica) no son siquiera discutibles. Albert Rivera, en una reciente entrevista, presumía de su eclecticismo. Esa opción intelectual sólo es válida si a renglón seguido se explica de forma creíble qué se toma de cada sitio y cómo se hace compatible. No vale decir que toma lo mejor de cada ideología y quedarse tan ancho, porque a estas alturas en política —y sobre todo en la política mainstream— está todo inventado y a Frankenstein se le ve el plumero a muchas millas. Una de las cosas que desde luego están inventadas y no son nuevas en absoluto, es llegar al poder con inconcreciones y luego hacer con él cosas que no iban en el programa, o dejar de aplicar las que sí iban. El regeneracionismo esgrimido para llegar al poder, pronto se transforma en un amplio cheque en blanco para aplicar cualquier política, en función de las alianzas que en cada momento y lugar resulten necesarias para mantener la silla.

Ciudadanos es el partido de moda. Los medios de izquierda lo publicitan porque perciben que le quita más votos al PP. Y los medios tradicionalmente próximos al PP pero enfadados con él por su política de los últimos años, lo apoyan también porque no encuentran otra cosa (a Vox lo ven con razón excesivamente conservador e incapaz de llegar a posiciones de poder con la inmediatez que estos señores requieren). La operación de Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, tras descartar a PP, UPyD y Vox, pasa ahora por intervenir de urgencia al partido de Albert Rivera en el quirófano para intentar extirparle su más que asentada base socialdemócrata, o reducirla. Para ello Ciudadanos ya no habla tanto como antes de socialdemocracia (pobre Jordi Cañas) y se ha unido al grupo liberal del Parlamento Europeo —el acogedor cajón de sastre de Guy Verhofstadt donde cabe absolutamente cualquiera y donde ya conviven en amor y compañía UPyD, C’s, CDC y PNV—. Pero el remache de la operación lo hemos visto con la presentación del programa económico de Luis Garicano.

El programa socialdemócrata de Luis Garicano

Las medidas económicas que Ciudadanos presentó hace unas semanas a bombo y platillo como sublimación de lo moderno, de lo técnico y de lo sofisticado, son, en realidad, más de lo mismo. Aparte de costar una fortuna y de no aflojar apenas el estrangulamiento estatal de la economía, son medidas orientadas a cuadrar el círculo del fallido Estado del bienestar, es decir, a hacer con otro estilo y con mínimas variaciones, lo mismo que ofrecen los demás partidos.

Ciudadanos esboza con extraordinaria tibieza una minúscula “mochila austriaca”, que, si se aplicara en su plenitud y como sustitución del actual sistema previsional en materia de desempleo, sería una gran medida liberal de transición hacia la libertad económica, como el cambio de sistema de pensiones para pasar a uno basado en la capitalización individualizada. Pero un 1% de “mochila” no sirve absolutamente para nada, y encima no se acompaña de la reducción drástica de las cotizaciones sociales que hoy necesitamos para generar empleo. ¿Por qué tanto miedo a desmontar la previsión colectivizada y pasar a una “mochila” plena?

Ciudadanos habla de cincuenta euros al mes como cuota de autónomos, que comparados con el expolio actual parecen poco, pero siguen siendo doce veces lo que se les cobra en Holanda. En realidad, la cuota cero de otros países europeos, con una tributación proporcional a partir del segundo año, parece mucho más acorde con la realidad de terrible destrucción de empresas y de actividad ecónomica que padecemos. El trabajo autónomo es además un entorno idóneo para que los principales servicios y la previsión pasen íntegramente al sector privado (lo que generará claridad sobre los mismos y el deseo del resto de los trabajadores de acceder al mismo marco), con las condiciones de flexibilidad y excelencia que sólo la libre competencia asegura, pero Ciudadanos pasa de puntillas sobre esa cuestión.

Ciudadanos habla de bajar el IRPF hasta un tipo marginal del 40%, que sigue siendo un atraco a mano armada, profundamente desincentivador, y lo hace porque no entra en sus planes devolver a la sociedad civil los servicios que hoy acapara el Estado. Al contrario, Ciudadanos mantiene en su programa el carácter público de los mismos, como hace el resto de la casta socialdemócrata a la que Albert Rivera aspira a incorporarse.

Y Ciudadanos, sobre todo, se ha convertido gracias a Garicano en el partido del sobresueldo estatal. El pomposo “Complemento Salarial Anual Garantizado” es probablemente la peor idea económica de este partido socialdemócrata que Pedrojota y Federico se empeñan en hacer pasar por liberal. El problema no es el coste de la medida, aunque sea muy elevado. El problema es el precedente. El gravísimo riesgo de esta medida es convertir en normal el hecho antieconómico y casi diría antijurídico de que el Estado, con el dinero de los demás contribuyentes, pague a parte de los ciudadanos una parte de su salario. Este complemento, como toda medida intervencionista, comienza de buena fe y con promesas de autolimitación, pero abre una alarmante caja de Pandora. Si hoy se da un complemento pequeño a un cinco por ciento de la población, ¿cómo no suponer que el Estado, esa bola de nieve, no terminará años después pagando sobresueldos al veinte por ciento, o a la mitad, o una base a todos los trabajadores? Esta medida no es muy distinta de la Renta Básica Universal (RBU) que proponen otros partidos colectivistas. La única diferencia es que la RBU se da indiscriminadamente a trabajadores y no trabajadores, y el sobresueldo de Garicano va sólo a los primeros. Es decir, la RBU tiende a subvencionar la desocupación mientras el complemento de Ciudadanos tiende a subvencionar ocupación artificial.

El objetivo de eliminar desempleo no se debe perseguir asumiendo costes que corresponden a los empresarios. Lo que ofrece Garicano es pagarle a las empresas, con el dinero de todos, una parte de los sueldos de su personal de perfil más bajo. Eso es regar con dinero la economía desde el Estado, y recuerda al Plan E de Zapatero, esta vez por la vía salarial. Recuerda también a la subvención del alquiler a los jóvenes con trescientos euros, cuyo efecto lógico fue que los alquileres subieran trescientos euros. En este caso, se incentiva a los trabajadores a devaluar su trabajo, porque ya completará Garicano la parte que la empresa no les pague. Una aplicación quirúrgica y excepcional de esta medida no serviría de mucho, y sí abriría la puerta a la consolidación del mecanismo y a su futura proliferación. Si lo que se busca es que surja empleo, lo que hay que hacer es dejar a la gente trabajar y contratar. Para ello hay que eliminar las trabas de la negociación colectiva forzosa y acabar con toda forma de salario mínimo, pues condena al paro a todo aquel que no alcanza a producir por valor del monto marcado oficialmente. Con las cifras insoportables de paro que hoy tenemos como consecuencia de las décadas de socialdemocracia de PP y PSOE, lo urgente es generar emprendimiento y que éste se traduzca en autoempleo y en contratación.

A fecha de hoy, el ideario de Ciudadanos sigue afirmando hibridar “liberalismo progresista y socialismo democrático”, como si tal cosa fuera posible, y en las propuestas no económicas tampoco aporta novedad. No se destaca precisamente por propuestas de disminución del estatismo, ni de devolución de los servicios a la sociedad civil ni de la toma de decisiones a los individuos. Incurre además en posiciones bastante nacionalistas (centrípetas). En definitiva, no estamos ante una socialdemocracia más moderna o novedosa, sino ante un maquillaje más actual para prolongar el mismo consenso socialdemócrata que denunció ya hace mucho tiempo Ralf Dahrendorf. Es un ejercicio parecido al de la Tercera Vía de Tony Blair, de hace ya un par de décadas.

Pulpo no es animal de compañía

Me parece lógico que los socialdemócratas quieran reinventarse, y que si sus viejos partidos ya no sirven, los sustituyan. Es normal que la serpiente mude su piel, y que bajo el pellejo reseco del PPSOE surja la piel joven, aún reluciente, de nuevos partidos como Ciudadanos que aspiren a hacerse con una posición central en el mainstream estatista. Lo que no me resulta comprensible es que algunos pretendan homologar a Ciudadanos como una opción idónea para el electorado liberal, con un apasionamiento digno de mejor causa: el mismo que durante estas décadas han ido aplicando a la UCD, al PP, al CDS, al PRD (“operación Roca”), a UPyD, a Vox y a algunos partidos de ámbito autonómico. Es que ya está bien de aplazar eternamente el momento de presentar las ideas de la Libertad de frente, sin ocultamiento ni complejos, y apostar por convencer a un nicho suficiente del electorado, en lugar de pretender seducir con engaño a un segmento mayor del mismo. Ya está bien de maquiavelismos heredados de la cultura de la Transición. Nuestras ideas merecen la oportunidad que sistemáticamente les niegan quienes dicen albergarlas, que son a la postre sus peores enemigos, prestos siempre al mal menor, a la operación rocambolesca, al quintacolumnismo de salón. Nuestras ideas son lo más importante que tenemos, y es un error hibridarlas o esconderlas. Ni hemos de avergonzarnos de ellas ni debemos flaquear en su defensa, porque además de cobarde es ineficaz.

Cuarenta años llevan los LiBos subidos a la chepa de unos y otros partidos colectivistas, y cuarenta años llevan estrellándose contra la realidad y relegando nuestras ideas a posiciones mucho peores que las logradas en otros países. Ahora la nueva apuesta es por un partido aún más socialdemócrata que los anteriormente ungidos por los LiBos mediáticos. No cuela. No sirve. Puedo entender que no apoyen al P-LIB si no les convence por el motivo que sea, pero no les perdono que, en ese caso, no apuesten con claridad por el surgimiento de otro partido cimentado sobre las ideas de la Libertad. Es lamentable que en vez de eso propongan una y otra vez, alternativas derrotistas. Promueven cualquier cosa antes que el largo y honrado camino de la construcción política basada en nuestras ideas, y así van pasando los años y las décadas y, lejos de hacer que nuestras ideas avancen, las van sepultando en el nefasto consenso de nuestros adversarios. Hoy nos proponen la próxima decepción, encumbran al próximo ídolo con pies de barro, hacen el juego por enésima vez al establishment estatista para que de nuevo cambie de collares a los mismos perros de siempre. España podría estar por una vez a la vanguardia e ir preparándose para el inevitable cambio de paradigma que habrá de suceder en las próximas décadas al fin de la socialdemocracia, cuando la centralidad política será mucho más próxima a nuestra visión; pero quienes deberían impulsar ese rumbo no tienen la valentía de hacerlo.

No, ni los cefalópodos son mascotas ni los catch-all son homologables para quienes de verdad trabajamos por sustituir el paradigma político actual por un modelo de mínimo Estado y máxima Libertad.

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