La lenta muerte del colectivismo

(Noveno capítulo del Manifiesto por la Autodeterminación del Individuo)

9. La lenta muerte del colectivismo.

9.1. El estado de cosas denunciado sigue vigente pero, desde hace unas décadas, sufre una contestación sin precedentes por parte de individuos, minoritarios todavía frente a la masa colectivista pero cada día más numerosos, que, muchas veces de forma inconsciente, están —estamos— modificando esta situación. La postmodernidad ha traído consigo una revalorización del autogobierno personal que tal vez sea la clave del divorcio que se da en muchas sociedades humanas entre un sector grande y heterogéneo de la población y muchas de las instituciones y convenciones derivadas del contrato social heredado del pasado.

Un indicio de ese divorcio es el que arrojan frecuentemente los bajos índices de participación electoral. Otro es la beligerancia con que los jóvenes se oponen al servicio militar obligatorio, que va siendo abolido país tras país. Otro más es la reacción airada de la ciudadanía cuando, a estas alturas, el Estado pretende imponer la moral mayoritaria —sea cual sea— a los individuos. Hay muchos más, desde el derrumbamiento del nacionalismo de Estado hasta la negativa de muchas parejas a firmar un contrato público de matrimonio para vivir en común, desde la multiplicación de los paraísos fiscales y otros medios de protección de la propiedad frente al Estado colectivista hasta el incremento exponencial del trabajo por cuenta propia y del teletrabajo desde el hogar.

El colectivismo muere lentamente y el mundo, primero el occidental y después, gracias a la globalización, también el resto del planeta, se encaminan a largo plazo hacia una sociedad universal de individuos mucho más autogobernados que en cualquier periodo anterior de la Historia. La revolución de las comunicaciones es un factor clave de esta nueva situación, al limitar o eliminar muchas de las trabas que los poderes públicos imponían al comercio, a la circulación de información (y sobre todo a la libre emisión por parte de cualquier persona o grupo hacia el conjunto de la sociedad) y a las demás formas de relación e interacción directas entre las personas.

9.2. En este orden de cosas, existe una perceptible fricción entre el incremento vertiginoso de la soberanía individual de millones de personas y el temor arracional que esa situación despierta en otros millones de personas consciente o inconscientemente colectivistas —temor incentivado además por miles de políticos y otros intérpretes del "bien común" que perciben el rápido declive de su poder—.

Las voces que se alzan (desde cualquier punto del espectro ideológico) en contra de la globalización, o que se duelen de la acelerada pérdida de capacidad coercitiva de los Estados, están en realidad denunciando el avance de la soberanía individual. Su temor no es muy diferente del eterno miedo a la libertad, y es un temor fundado, ya que libertad implica responsabilidad y ésta obliga a razonar, tomar decisiones y asumir sus consecuencias. La batalla que subyace es la pugna entre razón y misticismo, entre la valiente interpretación del ser humano como un ente soberano, capaz y autosuficiente —y como un fin en sí mismo— y su entendimiento opuesto: como un ser inferior que se asusta de su propia inteligencia o de los límites de ésta y prefiere sustituirla por el misticismo, por sus dioses y, en lo político y social, por el liderazgo paternal de otros que piensen por él y que asuman por él las consecuencias.

9.3. En efecto, no tendremos a quién idolatrar ni demonizar si nosotros somos nuestros únicos dueños, si nosotros somos los responsables de lo bueno y malo que nos suceda, si nosotros razonamos y decidimos con todas las consecuencias, si en definitiva somos libres y no tenemos "ni Dios, ni patria, ni fueros ni rey" sino una consciencia plena de nuestra maravillosa condición de seres racionales, únicos y autoposeídos. Es el desafío de nuestra era: ser libres, ser soberanos, es decir, ser plenamente humanos.

Quienes no quieran aceptar el reto, sean mayoría o no, están en su derecho de no hacerlo, pero no de imponer a nadie más las consecuencias filosóficas y políticas de su miedo a la libertad: su misticismo, que deriva en la sustitución del uso de la inteligencia por el de toda suerte de creencias volitivas sin un ápice de racionalidad; y su colectivismo, que deriva en la triste abdicación de su soberanía en la masa a cambio de protección... su adopción, en los dos ámbitos, de un comportamiento similar al de las avestruces: sustraerse a la realidad y a la responsabilidad, entrando en simbiosis con los aprovechados que se valen de esa extendida debilidad para convertirse en líderes e intérpretes de unos seres humanos escasamente dignos de tal nombre porque han renunciado, al menos parcialmente, a aquello que les hace diferentes de las demás especies.

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