La ilegitimidad de origen de toda coerción sobre la persona

(Segundo capítulo del Manifiesto por la Autodeterminación del Individuo)

2. La ilegitimidad de origen de toda coerción sobre la persona.

2.1. Como consecuencia directa del origen involuntario de la vida propia, y con base en las consideraciones antes expuestas, toda forma de limitación del poder de la persona sobre sí, su vida y sus decisiones adolece de una profunda ilegitimidad de origen. Aunque todas las demás personas de la Tierra estuvieran plenamente de acuerdo en imponer a un individuo tales limitaciones, seguiría siendo de superior rango el derecho natural de ese individuo a no acatarlas, en tanto el desacato no perjudicara de forma directa y demostrable a terceros.

Como las personas somos en gran medida seres gregarios que necesitamos la relación con nuestros semejantes para llevar una vida soportable, es necesario establecer ciertas normas de convivencia, pero es a la vez necesario tener presente que tales normas se dictan por conveniencia práctica y que en ningún caso pueden sustituir ni superar en importancia al derecho natural del individuo.

2.2. Las citadas normas, por más que se las pretenda "generales" o "universales" afectan a los seres humanos que optan por convivir con los demás en un determinado entorno social: aquel en cuyo ámbito rigen tales normas. Pero es igualmente lícito alejarse y vivir fuera de esas normas, asumiendo las consecuencias de soledad que ello pueda conllevar, o reunirse con otros individuos y, al margen de la mayoría, pactar con ellos una convivencia basada en otras normas más acordes con los deseos e intereses de los integrantes.

La dificultad de hacerlo en el mundo globalizado actual y el alcance territorial —éticamente cuestionable— de la jurisdicción de los Estados sobre la práctica totalidad del planeta limitan de facto estas opciones pero no menoscaban el derecho natural a ejercerlas que sigue asistiendo hoy a todo ser humano.

2.3. Como consecuencia de lo expuesto, todo conjunto de normas y reglas de convivencia es de aceptación estrictamente voluntaria, por más que la no aceptación implique la exclusión de un grupo o sociedad y pueda conllevar la inmoral expulsión del territorio correspondiente o el dramático confinamiento en prisión. Una vez más, acatar irreflexivamente las normas que limitan el autogobierno personal es también ejercer una opción: tal vez la más cómoda para la mayoría pero también la más dolorosa y humillante para algunos.

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