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Abr 18 2011

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Mayor Zaragoza, Internet y la democracia

Federico Mayor ZaragozaEl otro día cayó en mis manos un curioso producto editorial: un libreto de apenas cuarenta páginas que se vende por sólo tres euros en puntos de venta seleccionados. Lo publica la editorial Comanegra, que parece haberse especializado en obras ultracortas, y lo firma nuestro eterno “alto funcionario” Federico Mayor Zaragoza. Mayor siempre fue presentado como liberal aunque, en el mejor de los casos, sostuvo posiciones aún más social-liberales que las de Antonio Garrigues Walker, es decir, prácticamente no liberales. Participó en partidos centristas durante la Transición y terminó por ser eurodiputado del CDS en 1987. Luego se pasó doce años de director general de UNESCO y supongo que fue esa experiencia la que acabó con todo residuo liberal y terminó por convertirle al pensamiento único socialdemócrata e intervencionista, hasta el punto de que Zapatero le pusiera al frente del invento ese de la Alianza de Civilizaciones.

El panfleto no tiene desperdicio. En tono de arenga llama a los ciudadanos a movilizarse frente a la corrupción, expone veladamente su creencia en las teorías más conspiranoicas y presenta como esperanza máxima (frente al caos que pronostica) la nueva era de las tecnologías de la información y su alcance masivo. Según él, Internet y las tecnologías de red hacen posible que el pueblo tome el poder y obligue a los gobernantes a actuar como las masas decidan. Ve en la democracia telemática una solución frente a la distorsión de la democracia por parte de la oligarquía político-empresarial. Como tantos otros autores, no alcanza a comprender que esa oligarquía y el pueblo que idealiza son socios de una misma alianza, cuya víctima es el individuo. Es una entente llena de tensiones, sin duda, pero es la que se da en las democracias actuales, basadas en el mito del contrato social masa-gobernantes (¿qué hay del individuo, cuándo firmó tal contrato?).

Todo el debate ideológico del momento presente gira en torno a qué vendrá después, a cuáles son las alternativas frente a la evidencia de que la democracia occidental, tal como la conocemos, no es suficiente ni satisfactoria. Una vez descartada cualquier involución hacia nuevas formas de autoritarismo, parece evidente que el camino no queda ni a la izquierda ni a la derecha, sino hacia adelante, hacia una mayor devolución del poder a cada persona, no al colectivo, no al pueblo de Federico Mayor Zaragoza. No se trata de mejorar la democracia colectivista sino de asegurar su transición ordenada y pacífica hacia sistemas de mucha mayor libertad personal, en los que se reduzca tanto el hiperestado que repudiamos los liberales como el poder de las macrocorporaciones que denuncia Mayor. Es que ambos poderes son en realidad uno solo, son las dos caras de una misma moneda, y se retroalimentan. Las masas llevan una eternidad aliándose con ese poder, conformándose con ser dóciles consumidoras de su pan reseco y de su circo banal. De ellas no podemos esperar liberación alguna porque no quieren ser libres, les da demasiado miedo. La esperanza está en las redes de individuos humanos, apoyadas en la tecnología, sí, pero no para legitimar un Estado aún más nodriza, aún más paternal, aún más asfixiante, como en el fondo reclama Mayor, sino para vivir, trabajar, comerciar y organizarse espontáneamente al margen de esa estructura de poder obsoleta y asfixiante, al margen de ese nodo de nodos, de ese centro de obligado paso que ya no es necesario.

A Mayor le duele la pobreza y le asquea el armamentismo. A mí también, pero no creo que la solución sea un Estado mejor sino menor, para que no pueda encargar esas armas ni intervenir en la economía generando inevitablemente esa pobreza. El orden espontáneo de la sociedad y, por lo tanto, del mercado, no genera pobreza ni guerras, como machaconamente afirman los enemigos de la libertad. Es el hiperestado el que necesita guerras, sobre todo cuando el juego con fuego de los ciclos monetaristas se le va de las manos y la movilización bélica se convierte en su último recurso, cosa que puede ocurrir dentro de poco si la Fed sigue en sus trece y Estados Unidos se ve incapaz de evitar la quiebra. La deuda del país más poderoso de la Tierra ya equivale a la cuarta parte del PIB del planeta entero. 

Mayor lanza todo tipo de invectivas contra los llamados “paraísos fiscales” (la traducción correcta de tax haven es “refugio fiscal“), sin comprender que no son una enfermedad sino el síntoma de una terrible pandemia: el robo estatal generalizado mediante impuestos confiscatorios. También denuncia la concentración de los medios de comunicación. Estéril debate: la blogosfera como primer medio de comunicación distribuido y las herramientas tecnológicas de las que hoy disponemos acaban con ese problema. Los medios convencionales son uno de los primeros tipos de nodo de la vieja red que en la nueva sufren una hemorragia incontenible de poder, ingresos y legitimidad. Pero Mayor reclama, seguramente sin darse cuenta cabal de ello, una nueva recentralización no sólo de la información sino de todo: de la política, de la economía, de la cultura.

Mayor transmite sinceramente en su panfleto –por momentos no apto para diabéticos de tanta poética azúcar como le pone–, altos valores de fraternidad que sólo cree alcanzables con un Estado fuerte y poderoso. La única diferencia frente al actual sería su control pleno y directo por “la gente”. Es uno de tantos colectivistas huérfanos tras el derrumbe moral del Estado, que se aferran ahora a Internet como medio de recuperarlo limpiándolo de sus miserias y reorganizando a las masas en una neodemocracia que funcione a golpe de voto telemático desde casa. Ni el 1984 de George Orwell ni el Mundo feliz de Aldous Huxley logran trasladar con suficiente realismo el horror que se derivaría de ello. Seguramente dé una idea más acertada otra distopía: Himno, de Ayn Rand. ¿Cómo puede no darse cuenta de que lo esencial no es legitimar bien las decisiones colectivas, sino reducirlas a los casos estrictamente imprescindibles y trasladar todas las demás decisiones a cada ser humano? Una democracia telemática absoluta sería un tsunami que engulliría los derechos individuales, derechos que existen precisamente para proteger al individuo de las masas.

En algo acierta Federico Mayor Zaragoza: en su revindicación de que se legalice la venta y consumo de drogas. Lo hace a regañadientes, movido por la evidencia de que la prohibición ha fracasado, ha matado más gente que las propias drogas (como señala Ron Paul) y tiene un coste inasumible por los contribuyentes. Pero, nuevamente, exige a cambio más Estado para lanzar ingentes campañas de publicidad estatal contra las drogas que se vendan en las tiendas, cuando bastaría etiquetar adecuadamente y sin fraude los productos en venta para que cada individuo comprara conscientemente lo que quisiera, en ejercicio de esa libertad individual, de esa soberanía del individuo humano que Mayor no menciona en todo el panfleto, pero que constituye la base de la postdemocracia. Cualquier otro futuro, cualquier futuro de hiperestado mejorado y relegitimado mediante una ingente ciberasamblea, sería un retroceso en la emancipación del individuo. Sería el imperio aplastante de las masas, sería un retorno a la predemocracia con la única diferencia de que se sustituiría la dictadura de uno sobre todos por la de todos sobre cada uno. Y eso es lo que Mayor abandera sin querer en su panfleto Delito de silencio. Lo delictivo sería callarse y limitarse a negar con la cabeza ante sus páginas.

 

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