«

»

Abr 04 2011

Imprimir esta Entrada

Libertad o recentralización

Los gobiernos de todo el mundo desarrollado parecen haberse decidido a poner coto al alcance generalizado de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones. Han comprendido que estas tecnologías debilitan o, en el mejor de los casos, eliminan a los intermediarios de la red social. Internet ha propiciado una red social distribuida en la que cualquier punto puede relacionarse, conversar y transaccionar de forma directa con cualquier otro punto. No significa que lo haga, sólo que puede hacerlo, pero esto ya es suficiente para aterrorizar a la vieja casta del poder, consciente de que éste se cimenta sobre la jerarquía de intermediarios de toda índole.

En la cultura, los intermediarios afectados son las discográficas, las editoriales, las productoras, los agentes y, desde luego, las entidades de gestión de derechos. El cambio de modelo económico será particularmente duro para este sector, pero evitarlo sólo sería posible, en el estadio actual, mediante una recentralización tan brutal que requeriría un Estado policial. En la producción y consumo de información, los intermediarios en retirada son los medios de comunicación convencionales. La eclosión de la blogosfera como medio horizontal de difusión de noticias y de opinión al alcance de cualquiera obliga a replantear los medios por completo y lo primero que se desvanece es su carácter oficial, su autoridad.

En la empresa y el consumo, los intermediarios en declive son las grandes corporaciones jerarquizadas (además de múltiples distribuidores ya innecesarios, como la agencia de viajes). Parece sensato afirmar que las macroorganizaciones respondían a la lógica de la era industrial pero ya no son adecuadas en la lógica del mundo en red. El proceso de adaptación de esas entidades a la red social distribuida puede ser largo y complicado, pero probablemente sea inevitable. Tiene una expresión clara en la organización interna, que tenderá hacia sistemas de coordinación entre unidades autónomas de producción de bienes y servicios, y también hacia una mayor horizontalidad de la toma de decisiones como consecuencia de unos altos niveles de escrutinio y contestación de las mismas. Y la expresión externa pasa igualmente por la difuminación de todo tipo de intermediarios innecesarios que parasitaban la cadena de valor. Estamos seguramente ante el inicio de una era de trabajadores independientes autoorganizados, así como de pequeñas estructuras cooperativas o en forma de microempresas, encajadas libremente en redes más amplias de todo tipo (comerciales, de marca y franquicia, de cadena de producción) pero capaces de conectarse sin demasiadas trabas, temporal o permanentemente, con otras redes. Todo esto obliga a replantear el papel de intermediarios como los sindicatos y las grandes organizaciones patronales, e impulsa en cambio un renacimiento del gremialismo. El valor de la prescripción entre consumidores asciende al mismo ritmo vertiginoso al que caen intermediarios como la publicidad convencional.

En la organización social y política, los intermediarios que sobran en este mundo en red son las complejas estructuras representativas. La gente intuye que la toma de decisiones puede devolverse en muchos –muchísimos– casos a cada individuo dejando que sea la sociedad o su expresión económica, el mercado, quien actúe de forma espontánea. Esto nos acerca a una postdemocracia que no tiende hacia formas de regresión al autoritarismo sino, justamente, hacia una mayor soberanía del individuo y hacia una menor injerencia en la misma por parte de los grandes nodos de poder en declive (esencialmente, el Estado en todas su formas). La mayor parte de la historia de la humanidad se desarrolló bajo dictaduras de uno sobre todos (red centralizada) y dictaduras o dictablandas de todos sobre cada uno (red descentralizada) en sistemas más o menos democráticos. La democracia tal como la conocemos requiere abundantes nodos e intermediarios que la gente ya considera obsoletos, innecesarios y fácilmente corruptibles, y por lo tanto no encaja con la nueva red social, lo cual alumbra un nuevo modelo de organización (algunos lo llaman netocracia) que se sitúa un paso más allá de la democracia convencional en el camino hacia la plena liberación del individuo.

En todos los ámbitos comentados se observa, encuesta tras encuesta, un desprestigio creciente de los viejos intermediarios que vivían de generar escasez y administrarla. Los medios de comunicación son una de las instituciones peor reputadas en todo el mundo desarrollado, para no hablar de la imagen que ofrecen las entidades gestoras de derechos. En el mundo de la empresa, las grandes corporaciones se enfrentan a un serio cuestionamiento social, sobre todo cuando el Estado se apresta a rescatarlas con el dinero de todos los ciudadanos, y la aristocracia corporativa tiene tan mala imagen como la casta política y funcionarial. Los partidos políticos convencionales, los sindicatos y las organizaciones patronales se entienden como partes de un engranaje corrupto e ineficaz. Todo este despretigio de los poderosos intermediarios de antaño señala un cambio complejo que llevará tiempo.

Pues bien, a ese cambio es al que los Estados, como cúspide de la élite de intermediarios, están plantando cara con la intención de imposibilitarlo o al menos retrasarlo. Los nodos desprestigiados se unen bajo el gran nodo estatal para poner orden, su orden. La lucha por la libertad individual va a ser una lucha eminentemente tecnológica. Hay que recordar una y mil veces las palabras de la ministra González-Sinde hace un par de meses: “en los próximos tiempos vamos a ver grandes cambios en la forma de consumir Internet”. Los Estados van a tratar de reconducir y encauzar Internet. Las excusas serán las de siempre: el “bien común”, el “interés general”, los derechos de autor, el terrorismo, la pedofilia, lo que sea. Se intentará dotar al Estado de acceso indiscriminado a cuanta información generemos y distribuyamos los individuos. Las grandes corporaciones tecnológicas se esmerarán en ayudarle, como ya han hecho Siemens y Nokia en Irán.

Lo que de verdad preocupa al Estado es el descontrol informativo y, sobre todo, el económico. Una economía digital en red favorece el auténtico mercado, el orden espontáneo de la acción económica humana expresada en transacciones directas, realizadas en moneda ficticia convenida por las partes o simplemente por intercambio. Esto reduce o elimina los ingresos fiscales del Estado y, sobre todo, su poder derivado del paso obligatorio por su nodo principal, es decir, por la institución centralizadora por excelencia: el dinero oficial que emiten sin respaldo los bancos centrales. Tal vez ese dinero convencional sea, a largo plazo, otro de los intermediarios en declive, lo que nos encaminaría por fin hacia un sistema de banca y moneda libres, restaurando patrones estables y objetivos como respaldo real del valor del dinero.

En estos tiempos de grandes cambios es importante no caer en el derrotismo de suponer que, al final, los Estados harán lo que quieran y lograrán recentralizar la red social con nuevos nodos de paso obligatorio, con nuevos intermediarios capaces de someternos. La semilla tecnológica de las últimas décadas ha germinado. Millones de tecnólogos individuales, apoyándose en el software libre ajeno a las grandes corporaciones, trabajando con elementos de muy escaso coste, suben cada día nuevas herramientas que afianzan la libertad. La atomización y la descoordinación son su fortaleza ya que producen la resiliencia imprescindible frente a la rigidez del adversario. La batalla está servida y no conviene bajar la guardia, pero el conglomerado huxleyano Estado-corporaciones, por muy poderoso que todavía nos parezca, no la tiene ganada de antemano.

LinkedInTuentiMeneamePrintFriendlyCompartir

1 ping

  1. Libertad o recentralización: abriendo el debate « And now, bring me that horizon….

    […] Juan Pina hablaba sobre los procesos de re-centralización que se están llevando a cabo por parte de los grandes nodos centrales y centralizadores, con el más grande de ellos a la cabeza: la figura del Estado. […]

Los comentarios han sido desactivados.