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Ene 01 2000

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Replantear la comunidad iberoamericana de naciones

La cumbre de La Habana, celebrada hace cinco semanas, puso de manifiesto una vez más la incapacidad de la comunidad iberoamericana para hacer en común algo más que hablar. O los países que conforman la comunidad sólo tienen en común, en realidad, unas culturas similares y el patrimonio de las lenguas española y portuguesa —pero no un horizonte similar ni parecidos propósitos y objetivos—, o el invento éste de las cumbres ha respondido más a un deseo de los gobernantes de hacerse las correspondientes fotos y a la voluntad típicamente paternalista de España al vender estas cumbres a su opinión pública como un triunfo de su política exterior, que mostraría además el papel supuestamente crucial de Madrid en el destino común de esta veintena de naciones. Pero de estas cumbres ni siquiera está surgiendo el germén de una auténtica comunidad política. Nos queda mucho para parecernos a la Commonwealth —pese a la gran heterogeneidad de los miembros de la familia de países emergida de la descolonización del imperio británico— y mucho más aún para que las decisiones de nuestro dispar conjunto de Estados tengan alguna repercusión real.

Como muestra un ejemplo: mientras la Commonwealth suspendía los derechos de Pakistán en su seno y tomaba severas medidas tras el golpe de Estado en ese país, los jefes de Estado y de gobierno iberoamericanos se disponían a reunirse tranquilamente en La Habana, al tiempo que el régimen tiránico de Fidel Castro encarcelaba a decenas de disidentes. Al mismo tiempo, dos países boicoteaban la cumbre no por celebrarse en un país sometido a dictadura, sino por el procesamiento en España (y en una decena más de países) de otro ex-dictador. Algo no ha terminado de cuajar en la nueva andadura democrática del subcontinente. ¿Es ésta la comunidad de naciones que queremos construir? Serían necesarios menos gestos, menos sonrisas de compromiso, menos abrazos al rey, menos palabrería hueca y más preocupación por la liberalización económica y por la plena estabilidad democrática que son las únicas llaves que pueden abrir las puertas del desarrollo en la región. Mientras tanto, en el teatro de las cumbres se seguirá representando una obra que ya ni divierte, ni emociona ni aporta a quinientos cincuenta millones de espectadores iberoamericanos la menor esperanza. El inicio del año 2000 debería ser también el comienzo de un entendimiento más pragmático de la cooperación entre los países ibéricos y latinoamericanos.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en enero de 2000.

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