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Dic 01 2002

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Nigeria, el Islam y el concurso de Miss Mundo

Agbani Daregbo fue, en 2001, la primera mujer africana en ganar el concurso de Miss Mundo. La guapísima nigeriana consiguió así que la siguiente edición del certamen se celebrara en su país. El resultado no puede haber sido más dramático. Luego de la publicación de un ingenuo artículo que ha molestado a los fanáticos ultraislamistas, el director del diario que lo publicó, “This Day” ha sido detenido, y más de doscientas personas han muerto en incidentes provocados por los más radicales seguidores de Mahoma. Al final, el evento ha tenido que trasladarse a Londres. En cualquier caso, muchas de las participantes habían decidido boicotear el concurso en solidaridad con Amina Lawal, la pobre mujer nigeriana que, si el régimen africano no lo remedia, va a ser asesinada a pedradas por adulterio. Nigeria es uno de los principales países africanos, tanto demográficamente como por su importancia económica. Es una pésima noticia que los sectores ultraislamistas estén ganando terreno en ese país.

El gobierno de Lagos no puede seguir jugando al escondite con Occidente. Si desea una relación de abierto intercambio con el mundo occidental, tiene que poner freno a cualquier precio al ultraislamismo, así como indultar a Amina Lawal y derogar la arcaica legislación islamista. La religión es un asunto privado que no influye en las leyes públicas, y los derechos de la mujer (o del hombre) están por encima de cualquier moral religiosa. Los gobiernos que se niegan a aceptar estos principios básicos de la modernidad deben saber que están directamente enfrentados a Occidente, y Occidente debería explicitarles este hecho y aplicarles la misma política que durante décadas siguió respecto al apartheid sudafricano, y que terminó por dar resultado. La situación de la mujer en los países islámicos es simplemente intolerable. Ningún hipócrita reparo ante la injerencia en los asuntos internos de los países puede justificar la inacción de Occidente. Es una lucha puramente ideológica en la que no podemos permitirnos el lujo de cruzarnos de brazos, o terminarán poniéndole el burkha a la mismísima estatua de la libertad. Hay que promover, defender y, llegado el caso, incluso imponer el relativismo.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en diciembre de 2002.

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