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Ene 07 2015

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Qué lástima, Andorra

Qué lástima, Andorra. Andorra era el maravilloso país de los Pirineos. Uno de los países más antiguos de Europa. Un país de escala humana, con todo el pintoresco interés histórico de la Europa liliputiense: ese puñado de países y territorios desgajados a tiempo de los procesos de concentración que dieron pie a los grandes Estados-apisonadora. Andorra era el mayor microestado independiente de Europa, y su considerable superficie habría permitido grandes ambiciones, desde el helipuerto comercial que nunca fue, con vuelos al Prat y a Toulouse-Blagnac para conectar, hasta la aparición de industria ligera de vanguardia. Andorra era la demostración de cómo el alto nivel y la magnífica calidad de vida eran el resultado de una economía mucho más libre que las de su entorno. Andorra era una de las pruebas irrefutables de que no hacen falta impuestos directos ni casi indirectos, porque Andorra prácticamente se bastaba y se sobraba con un pequeño arancel a la importación para costear una sanidad puntera, un bienestar envidiable y todo su Estado (el gobierno entero cabía en el Edifici Administratiu). Andorra era esquí, naturaleza, turismo de invierno y de verano y comercio de electrónica y de perfumes, pero, desde luego, era mucho más que eso. Era un refugio para infinidad de ciudadanos de todas partes frente a la indiscreción financiera y frente al expolio fiscal, creciente y desalmado, de los Montoros del mundo.

Pero, qué lástima, la condición de Estado soberano, como algunos nos temíamos, les ha venido demasiado grande a los andorranos. Herederos de los pagesos —lo digo con todo el respeto— que se enriquecieron por la súbita multiplicación del valor de sus terrenos montañosos en los años del boom turístico, muchos andorranos han sido incapaces de entender su país como eso, un país, con todas las consecuencias. Pese al impulso que supuso en 1993 la promulgación de la actual constitución y el ingreso en la ONU, con la consiguiente apertura de embajadas, la élite andorrana ha seguido mirando a París y a Madrid como si fueran su metrópoli, y no ha logrado sacudirse un complejo de inferioridad que ha terminado por llevarla a emprender resueltamente el camino hacia la irrelevancia del principado pirenaico.

Sí, es una pena. Andorra pudo haber sido el Singapur de los Pirineos, como titulé hace ya quince años un breve artículo que acompañaba a la entrevista que le hice al entonces primer ministro liberal andorrano, Marc Forné. Era más deseo que pronóstico, y tal como me temía, no se ha cumplido. Forné solía bromear sobre el rearme de su país con una gran cantidad de cañones, para luego revelar a sus asombrados interlocutores que se trataba de cañones de nieve artificial para las pistas de esquí. Yo añadía mentalmente que el mejor “rearme”, lo que realmente podía consolidar a Andorra, era establecer sin dilación un centro financiero offshore puntero, con una legislación innovadora y vanguardista, para convertir al país en una segunda Suiza, en un emporio inexpugnable por su fortaleza económica, que rivalizara con los demás “paraísos” europeos y los superara. Partían de una buena posición, ya que los impuestos directos simplemente no existían, y la confidencialidad bancaria se consideraba entre las mejores de Europa. Sólo tenían que quitarse de encima la tontería aquella de que las sociedades mercantiles requirieran un socio mayoritario local, o acabar con estupideces como la prohibición del juego (que impedía por ejemplo el desarrollo del juego online, sector en el que Gibraltar ganó la partida con una legislación ad hoc bien diseñada). Al carecer de una legislación mercantil orientada al sector offshore, Andorra habría podido hacer la mejor del mundo para atraer capitales ingentes desde los cuatro puntos cardinales. Podría haberse inspirado en el marco jurídico de la Isla de Man, reconocido por su seguridad jurídica para los usuarios del territorio pero también por su blindaje frente al blanqueo de dinero procedente de tráficos ilícitos, y podría haberlo mejorado. Por ejemplo, Andorra habría podido tener una buena ley de sociedades con acciones al portador, y otros instrumentos jurídicos útiles a la planificación fiscal internacional. Pero no, los andorranos optaron por pensar en pequeño y enfocar sus esfuerzos a las tiendas de perfumes y los forfaits de esquí. Una llamada del palacio de Santa Cruz o del Quai d’Orsay, y la mano temblorosa de cualquier gobernante andorrano asciende veloz para cuadrarse al grito de “a la orden”, pronunciado en impecable francés o castellano.

Fue el inefable Cristóbal Montoro, no con Rajoy sino con Aznar, quien hizo por entonces una ley por la que se obligaba a los españoles que trasladaran su domicilio a cualquier “paraíso fiscal” a declarar cada año a España lo ganado en él, y a tributar a la hacienda española por ello. Evidentemente, esto no se orientaba a los cuatro gatos que se marcharan a vivir a las Islas Cook: con varias decenas de miles de españoles residentes en el Principado, estaba claro contra quién se dirigía la norma. Era una norma aberrante, antijurídica, incalificable desde el Derecho comparado. Si encontrabas trabajo en Andorra, teóricamente tenías que pasarte cuatro años pagando impuestos a España por ese salario, aunque vivieras de verdad allí. Cosas de Montoro. Andorra tragó con eso y traga con todo lo que le imponen los dos gigantes vecinos.

Es ante los grandes envites cuando se revela el carácter. Andorra ha sufrido en estas últimas décadas las presiones de Madrid, de París, de Bruselas o de la OCDE, pero no ha sido ella sola: los demás refugios se han visto presionados en la misma medida. El gobierno de Liechtenstein ha sabido ir capeando en las últimas décadas los temporales que llegaban a Vaduz desde Alemania o desde Bruselas, hasta el punto de desafiar a la UE plantándose en Washington para cerrar por su cuenta un acuerdo favorable con los Estados Unidos. Andorra, ante la disyuntiva entre ser otro Liechtenstein o ser, por el contrario, un San Marino, primero optó por elegir un Cap de Govern (presidente del gobierno) socialdemócrata que se cargó la obra previa de los gobiernos de mayoría absoluta liberal y comenzó la deriva “normalizadora” del país, y al final ha terminado por asemejarse cada vez más, en el plano jurídico y político, a la serenísima república rodeada por Italia: una mera curiosidad territorial para que los turistas compren sellos y monedas, prácticamente indiferenciada de su entorno. Los andorranos, qué lástima, caminan a buen ritmo hacia la condición de facto de una comarca catalana más. Descartado el Singapur de los Pirineos, van a ser el San Marino de los Pirineos. De microestado independiente a pseudoestado anecdótico. Ahora van a intercambiar automáticamente información fiscal con España y con otros infiernos fiscales. Se aprehenderá así a unos pocos malhechores al precio de desnudar a la fuerza y sin contemplaciones a infinidad de usuarios legítimos del sistema financiero andorrano. Andorra ya no es segura. Es el momento de que los ciudadanos afectados prescindan de ella y busquen otros lugares donde ponerse a salvo de las miradas indiscretas tanto de los Estados como de cualquier otro enemigo que puedan tener. Hay que tachar un país más en la lista menguante de refugios para la libertad económica y para la privacidad de las finanzas personales. La OCDE se va saliendo con la suya y gana una batalla más en su cruzada contra la libertad financiera y por la unificación económica bajo una planificación central internacional y orwelliana. Pero la guerra está lejos de terminar. Con o sin Andorra, el ingenio humano seguirá proporcionando refugio a los perseguidos por la mafia confiscadora de los Estados.

Hoy visita Andorra Mariano Rajoy. Le acompaña Montoro, supongo que para tomar posesión y empezar a dar órdenes. Va a ser un paseo militar, disfrazado de buenos modales y de respeto ostentoso a la identidad cuasi milenaria del pequeño país vecino. Hablará Rajoy de los pareatges y de cómo los andorranos tienen un innegable derecho a ser país (pensará sin decirlo que mientras se porten bien), pero en cambio sus vecinos catalanes, que son prácticamente la misma gente, no lo tienen. Le arrancará alguna declaración que refuerce esa idea al jefe del Ejecutivo andorrano, Antoni Martí, a quien tratará para la foto como a un igual, pero a quien observará como si se tratara de un pintoresco alcalde del Alto Urgell. Pensará que más habría valido, a primeros de los noventa, forzar la sustitución como copríncipe del obispo de Urgell por el rey de España, y evitar así que Andorra pasara a ser un país normal, convirtiéndolo en un condominio hispano-francés. Hay quienes sospechan que en esa maniobra anduvo enfangado nuestro rey emérito, pero le salió mal.

Rajoy se traerá mañana bajo el brazo la rendición económica de los andorranos, sometidos por primera vez en su historia al robo institucionalizado mediante el pago de un impuesto sobre la renta. Andorra empieza en 1278 con los pareatges y termina en 2015 con el IRPF. La nefasta “normalización” no va a perjudicar sólo a los usuarios exteriores del centro financiero de Andorra: va a machacar a sus propios ciudadanos y a los extranjeros que allí residen. Qué lástima, de verdad, qué pena. Lo dice de corazón alguien que conoce bien Andorra y que la quiere mucho. Han vencido quienes durante décadas clamaron delenda est Andorra. Han ganado aquellos a los que tanto molestaba lindar con la libertad.

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