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jun 01 1999

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Kosova y el Derecho internacional

Los críticos de la intervención atlántica en Kosova —como también el régimen serbio— se han echado las manos a la cabeza ante la violación de los principios del Derecho internacional y de la soberanía de un Estado. Pues bendita violación, y ojalá se produzcan muchas más: las necesitan los tibetanos, los saharauis, los timoreses orientales, los kurdos y otros muchos pueblos sometidos a la despótica tiranía del nacionalismo de Estado. Una lectura menos apasionada de la evolución que está sufriendo en las últimas décadas el Derecho internacional arroja resultados positivos: ahora ya no vale escudarse en la soberanía nacional para, en territorio propio, cometer cualquier atrocidad; ahora los dirigentes que violan los Derechos Humanos saben que pueden verse obligados a responder de sus crímenes, aunque sea años después y a miles de kilómetros; ahora se va asentando el principio de que las fronteras no son tan sagradas como por pura conveniencia se las había considerado, y que los Estados no son entes incuestionables sino meras construcciones humanas sometidas a replanteamiento, modificación o disolución.

El caso de Kosova ilustra esta situación. Si por algo se debe criticar a la comunidad internacional no es por su intervención sino por la tardanza y la escasa contundencia de la misma. Si de algo deben responder Washington y sus aliados no es de haber vulnerado la soberanía yugoslava, pues ésta no es ilimitada ni autoriza al genocidio, sino de seguir aferrándose a los viejos principios de un Derecho internacional sobrepasado por la realidad histórica que vive la Humanidad, y proponer todavía una imposible autonomía de Kosova en el seno del Estado serbio, en lugar de la independencia de este territorio. A todas luces, la constitución de un protectorado internacional en Kosova y su ulterior independencia es la única salida justa, guste o no a los trasnochados nacionalistas que consideran a esa parte del mundo como cuna de la nación serbia —por cierto, que si hubiera que atender a ese tipo de consideraciones, tendríamos que cambiar, entonces sí, la mitad de las fronteras del mundo—.

Lo que demuestra la tragedia de Kosova es que ha hecho crisis la concepción del Derecho internacional basado en los Estados existentes como únicos sujetos del mismo, dueños de una soberanía ilimitada sobre sus territorios y gentes. La realidad se impone y siempre va un paso por delante del Derecho (o dos pasos, cuando se trata del internacional). Ahora lo necesario es establecer un Derecho internacional renovado que contemple sistemas civilizados y democráticos de fragmentación y fusión entre Estados, y que sustituya el concepto tradicional de sobe-ranía de los Estados por otro más aproximado al de una limitada autonomía en el marco de los derechos, libertades y obligaciones comunes a todos los seres humanos de un planeta incuestionablemente global. La secesión es una aspiración legítima si se produce democráticamente, y no todos los casos deben ser tan traumáticos como el de Kosova: ahí está, también, el ejemplo del divorcio pacífico de las repúblicas checa y eslovaca.

Publicado en la revista Perfiles Liberales en junio de 1999.

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