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Feb 01 2000

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Entrevista a Jan Weijers

Entrevista a Jan Weijers, Secretario General de la Internacional Liberal, realizada en Managua a finales de 1999 y publicada en febrero de 2000.

JP: ¿Cómo ve hoy en día a la Internacional Liberal?
JW: La veo, ante todo, como una institución que afortunadamente tiene un conjunto sustancial de partidos políticos fuertes que valoran las relaciones internacionales y que están por tanto dispuestos a contribuir a nuestra labor no sólo de forma meramente financiera sino también con su participación política. Ese es sin duda nuestro activo más valioso y creo que no debemos perderlo de vista, y que debemos continuar haciendo cuanto esté en nuestras manos para que esos partidos políticos se sientan cómodos en nuestra organización y perciban que su contribución se emplea adecuadamente. Por otra parte, la Internacional Liberal es también una fuerza política que a escala mundial está alcanzando un importante apoyo electoral. Desde luego, ésto depende mucho de cada país, pero recientemente hemos tenido excelentes noticias de países como Sudáfrica —donde el Partido Democrático se ha convertido en la principal fuerza de la oposición—, de Bélgica y Luxemburgo donde nuestros compañeros han entrado en el gobierno, y de muchos otros países donde nuestros partidos miembros siguen gobernando con éxito (Canadá, los Países Bajos, etc.). América Latina, como sabes, también es terreno abonado para el liberalismo. Pienso particularmente en países como Honduras y Nicaragua, donde los liberales están fuertemente asentados en el gobierno, pero no olvido por ello países como Paraguay donde nuestros compañeros llevan muchas décadas luchando por una sociedad más libre y mejor. La elección de Martín Burt como alcalde de Asunción ha sido la primera recompensa electoral que los liberales paraguayos han recibido, y estoy seguro de que los asuncenos ya han podido ver en Martín un nuevo estilo de gobierno y un enorme compromiso personal con la libertad y la democracia, particularmente en el marco del intento de golpe de Estado perpetrado por el general Oviedo hace ahora casi un año. En cualquier caso, nuestra Internacional también se ve frenada en su trabajo por algunas limitaciones. La principal es lo exiguo de nuestro presupuesto anual, que apenas supera el cuarto de millón de dólares para costear nuestra oficina y personal y trabajar además con ochenta y cuatro partidos políticos repartidos por más de sesenta países. Sin embargo, creo que nos las arreglamos para sacar mucho partido a esos recursos tan escasos, gracias al apoyo activo de nuestros partidos miembros. De todas maneras, uno de nuestros objetivos para los próximos años es incrementar y diversificar nuestros ingresos.

Pero en un mundo como el actual, ¿sigue habiendo un papel para las internacionales políticas?
Sí, sin duda alguna. En plena era de la globalización, los partidos políticos de cualquier ideología necesitan más que nunca desarrollar una buena política de relaciones internacionales. Prácticamente todas las grandes cuestiones políticas tienen hoy una dimensión internacional: infraestructuras, medio ambiente, economía, política monetaria… En el mundo actual, todo se ve afectado por lo que hacen los vecinos y las grandes potencias económicas. Esto lleva a los partidos políticos a ser cada vez más activos en el seno de sus respectivas internacionales.

El liberalismo es un concepto que implica ideas muy variadas dependiendo de cada país donde se aplica. ¿Es posible definir un liberalismo global?
El liberalismo descansa firmemente en dos pilares. El primero de ellos es la libertad individual, que se plasma en todo el acervo de derechos humanos, políticos y civiles. De este pilar se deriva el derecho del individuo a tomar sus propias decisiones sobre cuantas cuestiones afecten a su propio futuro, a elegir su gobierno, a decidir dónde vivir, a optar sobre su educación o su empleo, y también a decidir por sí mismo en cuestiones morales delicadas, como someterse o no a tratamiento médico. Los liberales creemos que el individuo es capaz de tomar estas decisiones por sí mismo y tiene un derecho inalienable a tomarlas. El otro pilar del liberalismo es la libertad económica, que no es simplemente una frase de moda. Los liberales afirmamos como camino hacia el desarrollo económico la desregulación, la privatización y el comercio libre a escala global. No es tarea del Estado producir, sino crear y mantener un marco jurídico que proteja a la libre empresa, estimule la inversión y la creación de empleo y provea una política social que actúe como una red de seguridad para quienes, por cualquier razón, se vean excluidos del proceso productivo. Naturalmente, los partidos liberales de cada país tienen programas y manifiestos diferentes, así como prioridades políticas muy distintas en función de los problemas y retos a los que se enfrentan, pero todos ellos se basan en estos dos pilares. Un partido político que no se base en estas dos columnas ideológicas centrales no puede considerarse liberal.

Y, ¿qué hay del “neoliberalismo”? ¿Es una palabra útil a los conservadores para esconder su etiqueta y obtener una un poco mejor, o es simplemente un invento de la izquierda?
Es probablemente ambas cosas y algunas más, pero para mí resulta irrelevante. Yo me denomino liberal y creo que hay un importante acervo de escritos que explican lo que ello significa, empezando por los propios manifiestos de la Internacional Liberal. He comprendido que existe un elevado nivel de temor a la palabra “neoliberal”. Los izquierdistas dotan a esta palabra de todas las connotaciones negativas y después la emplean indiscriminadamente contra todos sus adversarios, sean como sean. Los liberales no deberíamos asustarnos demasiado por ello. Todo partido que explique con claridad sus ideas y propuestas será juzgado por los electores en base a sus planteamientos, y no a las etiquetas injustas que otros le coloquen. Nuestros oponentes siempre nos llamarán lo que quieran, y quién sabe cuál será la palabra descalificadora que pongan de moda mañana. En todo caso, es importante no permanecer pasivos ante la adjudicación de etiquetas por parte de otros. La clave del éxito de un partido político radica en su identidad, unidad y presentación. Debemos preocuparnos más de esos tres elementos que de cómo nos llamen nuestros adversarios.

Cuando se trata de ideologías, parece aplicable la frase aquélla de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. ¿No estará la política real —y la economía real— gobernada en todas partes simplemente por una especie de mezcla entre los planteamientos socialdemócratas, los liberales y los de la derecha moderada?
No, no lo creo así. El mundo es un gran lugar y en sus más de doscientos países no existen dos que tengan el mismo tipo de gobierno. La coalición de gobierno de los Países Bajos es enormemente distinta de la que gobierna en Francia, y ésta a su vez lo es de la que gobierna en el Reino Unido, etcétera. A pesar de ello, sí se dan dos importantes procesos en el mundo actual. El primero, que en las democracias establecidas tienden a desaparecer los extremos, tanto por las preferencias del electorado como por la acción de los políticos. Hay quienes han descrito este proceso como una carrera por la conquista del centro político, aunque a mí me parece una exageración. El otro proceso es el incremento del consenso mundial sobre el marco de la política económica. Muchos partidos de diversos orígenes ideológicos se dan cuenta hoy en día de que el mercado es más eficaz que la burocracia pública, de que la alta presión fiscal desincentiva el desarrollo económico y de que el libre comercio es positivo. Pues bien, este consenso sobre estos valores económicos existe hoy pero puede desaparecer cualquier día, y además es un consenso tan vago y amplio que sigue dejando muchos matices de diferenciación. En todo caso, la existencia de ese consenso no implica ni mucho menos que hoy en día todos seamos lo mismo. Nos compete a los políticos explicar con la mayor claridad posible cuáles son las diferencias entre los liberales y las demás corrientes de pensamiento, y cuáles son las consecuencias, es decir, qué resultados pueden esperar de nuestra acción de gobierno y no de la de otras fuerzas políticas. Y, claro, lo más importante seguirá siendo cumplir con aquello que hayamos ofrecido al electorado.

Y en este contexto, ¿cómo ve la llamada “Tercera Vía” de Blair y Schroeder?
Pues en primer lugar hay que deshacer un importante malentendido. Tanto Blair como Schroeder deben sus respectivas victorias en las urnas al hartazgo frente a los partidos conservadores, que llevaban demasiado tiempo en el poder y presentaban un aspecto arrogante y envejecido. Ambos ganaron, no por lo que eran, sino por lo que no eran: porque no eran políticos viejos afianzados desde años atrás en sus respectivos sillones. Tony Blair consiguió que el laborismo volviera a ser percibido como una opción real de gobierno, no mediante el desarrollo de nuevas ideas, opiniones o políticas concretas, sino mediante el puro y simple abandono de las políticas que cabía esperar de su partido y la adopción de las opuestas. Así, abandonó la posición laborista tradicional en contra de los recortes de la Seguridad Social, dejó de pedir la renacionalización de los ferrocarriles y acabó con la política antiprivatizadora de su partido, además de deshacerse de la petición laborista de desarme nuclear unilateral. Son temas a debate en el Reino Unido y Blair ha sabido ser tan elástico en sus opiniones como fuera preciso para llegar al poder. Pero, claro, Blair tenía que mantener a la “vieja guardia” activa y satisfecha en el partido. Esta necesidad explica por sí misma el texto de su panfleto La Tercera Vía: una política para el nuevo milenio, publicado por el think-tank socialista Fabian Society en Londres. Es un texto completamente vacío de cualquier contenido político. Cada párrafo tiene la misma estructura que el anterior: “por un lado ocurre esto o aquello, pero por otro lado lo contrario también sirve, así que seamos abiertos y modernos, y pensemos en nuevas soluciones”. En definitiva, la llamada “Tercera Vía” ha tenido mucho éxito como juguete electoral, pero dudo mucho que pueda verse en ella una nueva ideología. Y creo que los partidos que hablan con delectación sobre esta “corriente” no están pensando en ninguna solución novedosa sino en un reclamo publicitario que parece útil a la hora de ganar elecciones.

A causa de todo este revoltijo ideológico, se percibe una tendencia mundial hacia el bipartidismo. Esto deja en una mala situación a los liberales, al estar más próximos a la derecha en unas cuestiones y más cercanos a la izquierda en otras…
Bueno, los partidos liberales y sus dirigentes deben pensar sobre su propia identidad y extraer sus conclusiones, no en función de nuestros oponentes, sino en función de nuestros valores y de nuestro electorado. A fin de cuentas, ¿qué es un partido liberal? Pues es un partido que cree ante todo en los derechos del individuo y quiere darle la capacidad de construir su propio futuro por sí mismo, creando el sistema jurídico adecuado para ello. Los liberales somos gente que cree en la democracia y las elecciones libres, y en el libre mercado y el comercio libre como mecanismos superiores de la economía. Eso es lo que somos, simplemente. Por supuesto, nuestros enemigos políticos robarán algunas de nuestras ideas, como suele ocurrir. No van a ser tan amables de ver que tenemos una buena idea y dejárnosla para nosotros solos. Por eso tenemos que enfatizar ante nuestros votantes que si su prioridad es la libertad deben votar por quienes de veras creen en ella, no por una mala copia presentada por conversos de conveniencia. Para tener éxito en cualquier partido político y en cualquier lugar del mundo es preciso tomar las riendas de la definición propia: “esto es lo que somos y esto es lo que proponemos”, porque si se posiciona uno en función de los demás se les da a ellos la capacidad de definirle.

Como gran parte de las principales ideas liberales ya están asumidas por los demás partidos, ¿cómo puede sobrevivir el liberalismo? ¿Tal vez realizando propuestas novedosas y más radicales, o extremando el liberalismo en ciertas cuestiones?
Si echamos un vistazo a algunos de los partidos liberales con más éxito (Honduras, Nicaragua, Senegal, Canadá, Países Bajos o Finlandia, por ejemplo), veremos que todos ellos se convirtieron en fuerzas mayoritarias porque fueron capaces de construir partidos populares, no extremando sus posiciones. No hay razón para asumir que sólo los partidos socialistas o conservadores pueden obtener el respaldo masivo de amplias capas de la población. Nada condena a los partidos liberales a ser pequeñas fuerzas de centro. Es factible tomar las ideas liberales y construir con ellas una identidad capaz de obtener un amplio respaldo popular. Solamente hay que ponerse a trabajar, ya que hay que hacer mucha campaña y dar muchas explicaciones. Al final, confío mucho en los individuos cuando acuden a las urnas: si hacemos bien nuestro trabajo, lo comprenderán y lo premiarán.

Las internacionales
(recuadro que acompaña a la entrevista)

Inspiradas en las reuniones internacionales de los partidos socialistas a finales del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX, las demás corrientes de pensamiento también optaron por organizarse más allá de las fronteras nacionales. La ruptura de la izquierda en la IV Internacional impidió, sin embargo, la existencia de una organización internacional de los partidos comunistas. La conversión de éstos en fuerzas hegemónicas en todo el bloque soviético hizo innecesaria su organización internacional, y el derrumbe del imperio centrado en Moscú condujo a muchos de estos partidos a la disolución, a la marginalidad política o a posiciones próximas a la Internacional Socialista.

Hoy existen en el mundo tres grandes internacionales: la Internacional Socialista (IS), la Internacional Liberal (IL) y la Internacional Demócrata Cristiana (IDC). Cada una de ellas opera como federación de los partidos políticos ideológicamente afines, en todo el mundo. La IL remonta sus precedentes al siglo XIX y a numerosos contactos entre partidos liberales europeos durante la primera mitad del siglo XX, pero es en 1948 cuando los liberales de numerosos países, principalmente europeos, deciden organizarse para estrechar las relaciones internacionales y conjurar el peligro de una nueva guerra mundial. El internacionalismo es desde entonces uno de los factores determinantes de la IL, y se percibe también en las otras dos grandes internacionales ideológicas.

El primer presidente de la IL fue el exiliado español Salvador de Madariaga, importante intelectual y ministro de la II República que se mantuvo refugiado en diversos países durante todo el franquismo y, ya muy anciano, pudo regresar a España en los años setenta, en plena transición democrática. De Madariaga y los demás cofundadores de la Internacional Liberal creyeron en una organización capaz de extender más allá de Europa las ideas liberales. Hoy la IL, presidida por la eurodiputada belga Annemie Neyts-Uyttebroeck está presente en los cinco continentes y en más de sesenta países.

Entrevista publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en febrero de 2000.

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