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Jul 01 2000

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Entrevista a Armando Añel, disidente cubano

El joven escritor y periodista independiente cubano aporta a Perfiles su visión sobre la labor que desempeñan en la isla los reporteros alternativos. Desde la ilegalidad y jugándose la cárcel cada mañana, Añel y otros muchos informadores cuentan al mundo que existe otra Cuba, que sí es posible la esperanza y que además, no todos los periodistas del país son marionetas del régimen comunista.

JP: ¿Cuál es tu experiencia como periodista independiente en Cuba?

AA: En primer lugar, el mero ejercicio de la profesión implica estar fuera de la ley. El Estado cubano no permite ningún tipo de disidencia y su control sobre la información que llega a los ciudadanos aspira a ser total. Así pues, la labor del informador alternativo es bien complicada, al margen del la legalidad y, hasta cierto punto, al margen incluso de la sociedad, ya que ésta tiene tanto temor al aparato represivo del Estado que resulta a veces difícil sostener con la gente una relación similar a la que los periodistas de cualquier otro país mantienen con los ciudadanos. En muchas ocasiones he comprobado como los ciudadanos normales tiene miedo de hacer declaraciones, de informar a los periodistas independientes sobre lo que ocurre o incluso de dejarse ver junto a uno de nosotros, por más que puedan ser personas demócratas y opuestas al régimen. En Cuba el temor es un factor fundamental en la conducta del ciudadano. Por otro lado, la policía política nos tiene constantemente en jaque: intervención de los teléfonos, registros, pérdida de empleo, arresto domiciliario ante la inminencia de hechos noticiables, etcétera. Cada vez que va a haber una actividad de los grupos disidentes, es decir, de la oposición interna al régimen, lo habitual es que se detenga temporalmente a los periodistas independientes, para evitar que la noticia se difunda en el país y fuera de la isla. Hace poco un periodista de Pinar del Río recibió una sentecia de un año y medio de prisión por repartir juguetes entre los niños pobres de su barrio, acusado de incitar a la desobediencia. Cabe imaginar, entonces, las penas que aguardan a quienes son procesados por ejercer una actividad tan elemental —constitutiva de un derecho humano fundamental pero proscrita en Cuba— como es escribir lo que uno piensa y reportar lo que uno ve.

¿Cómo defines la labor principal que trata de desarrollar el periodista independiente cubano?

Es una tarea muy diversa. No sólo reportamos los asuntos relacionados con la disidencia interna, aunque tratamos de darlos a conocer porque somos conscientes de que nuestra voz es la única que informará sobre ellos. También procuramos informar sobre las grandes cuestiones sociales del momento, desde la particular visión de cada uno de nosotros, que puede coincidir o no con la de los medios oficiales y con la de cada uno de los otros colegas independientes. Tratamos de divulgar la verdad de lo que ocurre en Cuba, pero el gobierno pone cuantos obstáculos están a su alcance para evitar que los ciudadanos tengan acceso a nuestra información. El periodismo independiente muchas veces tiene un efecto de carambola: nuestra información sale del país, es reproducida en medios del exilio y llega a la población cubana a través de la mejor o peor que cada uno de esos medios tiene, en cada momento, en el país. No creo que nuestra información alcance ni al uno por ciento de la población de la isla, por desgracia. Pero creemos que también es importante informar a la diáspora cubana, y lo hacemos a través de varias agencias cubanas que publican en Internet desde Miami. Un último dato de importancia sobre los periodistas independientes es la gran variedad de puntos de vista, corrientes de pensamiento y tendencias políticas que se dan entre ellos y, al mismo tiempo, la decisión muy mayoritaria de no militar, en cambio, en ninguno de los partidos políticos clandestinos ni tomar posición en favor de una u otra tendencia, precisamente para evitar el cuestionamiento de la característica que más apreciamos —sobre todo en contraposición con los medios oficiales—, que es nuestra independencia profesional y personal. Sin embargo el régimen nos mete a todos en el mismo saco. El periodista independiente trata de mantener una posición de observador, intenta ser neutral dentro de lo posible, pero para el régimen somos simplemente traidores y agentes al servicio de una potencia extranjera. Está expresamente prohibido —en virtud de la llamada “ley mordaza”— la emisión y recepción de informaciones relacionadas con una amplísima lista de asuntos que se considera vitales para la seguridad nacional, y que incluyen prácticamente todo lo imaginable.

¿Han intentado detenerte?

Sufrí un intento de arresto domiciliario pero ese día no estaba en casa. Preveía que iban a detenerme y pasé la noche fuera. Los periodistas llegaron de madrugada a buscarme y mi familia les dijo que no estaba. No les creyeron y montaron guardia delante de la casa hasta el medio día, cuando había terminado el hecho del que yo iba a reportar.

¿Crees que la comunidad internacional responde correctamente a las informaciones que emiten desde Cuba los periodistas independientes?

Creo que desgraciadamente el régimen ha logrado transmitir la idea de que el exilio cubano es el malo de la película y de que nosotros, tanto los periodistas independientes como los disidentes políticos de la isla, no somos más que un apéndice de Miami. Lo cierto es que publicamos esencialmente en los medios del exilio de Miami, entre otras cosas porque son el principal cauce a través del cual podemos difundir nuestra información. Pero por alguna razón, que desde Cuba no alcanzamos a comprender, el mundo parece haber dado la espalda a los demócratas cubanos. Hay demasiado mito, pero un mito bien construido, en torno al dictador y a su supuesta revolución. El propio caso de Elián González demuestra cuán parcializada está la visión exterior del régimen: en Cuba hay cientos de niños separados de su padre o de su madre por decisión política del régimen, que sistemáticamente retira la tutela a aquel progenitor que menor confianza política le merece, por encima de los criterios normales. Y sin embargo el régimen ha sido capaz de construir toda una película en torno a Elián González y ha conseguido que la mayoría de la opinión pública, incluso la estadounidense, le dé la razón. La inteligencia y la capacidad propagandística del régimen son por desgracia muy considerables.

¿Cómo se percibe desde Cuba al exilio de Miami y al resto de la diáspora?

No se puede generalizar, pero el exilio cubano tiene generalmente una imagen radical, en parte por su propia mala gestión de sus relaciones públicas y en parte por la propaganda del régimen y de sus aliados en la izquierda europea e internacional. Hay ciertos sectores realmente radicales del exilio cubano que, pese a tener razón y a ser justificables sus opiniones y aun sus acciones, no siempre han actuado con la frialdad y el sentido común que mejor habrían servido a la causa de la democracia en Cuba. No hay que olvidar que estamos enfrentándonos a un dictador taimado y con muchos recursos como actor. Castro es un maestro de la intriga y, por desgracia, es un comunicador muy eficaz. Lo más inteligente es combatirle con el máximo de diplomacia y sutileza, con una buena acción de lobby y con racionalidad, no con alardes ni con actos puramente emotivos.

Si tuvieras la oportunidad periodística de entrevistar a Castro, ¿qué es lo primero que le preguntarías?

Daría igual porque él no contesta ninguna pregunta que no le interese responder, y estoy seguro de que mi pregunta le resultaría demasiado incómoda.

¿Qué hay de realidad en esas grandes “realizaciones” de la revolución cubana, que tanto vende en América Latina y Europa la izquierda más dura como modelo a seguir?

En cuanto a la educación, es cierto que el régimen ha hecho un importante esfuerzo educativo, pero son intolerables las condiciones de ausencia de libertad en las que se ejerce la labor docente y en las que se recibe la formación. La educación, ya desde la enseñanza primaria, es el ámbito prioritario de endoctrinamiento político del régimen y de selección y cooptación de los alumnos más capaces, que sistemáticamente sufren un bombardeo ideológico y a quienes de facto se obliga a formar parte de las juventudes comunistas y de otras organizaciones “de base”. Además, aunque el régimen dé en algunos casos una buena formación técnica, al salir de las universidades no puede uno buscar empleo libremente sino que se le asigna a un puesto u otro, a una empresa pública u otra, en función de las necesidades del sistema, y a veces se utiliza las mejores condiciones de vida que da un determinado puesto para premiar, no a los estudiantes más aventajados, sino a aquellos que más han internalizado la doctrina comunista. En cuanto a la sanidad, los niveles de higiene son desoladores y los hospitales dan tanto miedo como asco por sus condiciones, y las medicinas escasean y son mercancía principalísima en el inmenso mercado negro que ha aflorado en la isla. La mejor si no la única manera de conseguir las medicinas más necesarias es mediante la corrupción. No es infrecuente encontrar en la compraventa clandestina de medicamentos productos donados por las bienintencionadas ONG europeas que creen estar ayudando al pueblo cubano. Castro se ha dedicado a formar miles y miles de médicos que ahora sobran, que no han recibido un reciclaje oportuno y se han quedado desfasados y que terminan trabajando en otras cosas.

¿Cómo ves la evolución del régimen, si es que puede hablarse de tal cosa?

El régimen cubano ha tenido mucha suerte. Le han servido en bandeja de plata muchas cosas, y no es la menor de ellas la forma repentina en que se produjo la caída del comunismo en Europa oriental, lo que le dio tiempo para asimilar los problemas allí ocurridos y poner parches a sus propias grietas. Castro también ha tenido la suerte de caer bien a la izquierda, incluso a la moderada, de Europa y América Latina, lo que le ha ayudado a paliar o anular el bloqueo estadounidense. Y además ha tenido la suerte, provocada por él mismo, de gobernar a una población apática y harta, a la que ya casi le da igual qué pase porque no confía en recuperar las riendas de su destino. El sistema económico es autodestructivo, y sólo subsistía gracias al subsidio soviético. Terminado éste, el régimen vive hoy sólo de dos grandes fuentes de ingreso: el turismo y las remesas que envían los exiliados a sus familiares en la isla.

Por las grandes manifestaciones populares que vemos en la televisión, se diría que el régimen cuenta con un apoyo social considerable.

Pero en la mayor parte de los casos no se trata de un ejercicio libre del derecho de manifestación. Gran parte de los presentes son estudiantes —sometidos a una evaluación política que es tan determinante de su destino como la académica— o vecinos llevados por el Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de su barrio. En cuanto a los estudiantes, la presencia en estos actos de masas cuenta como asistencia a clase, y se pasa lista. Algo similar ocurre en las empresas. Los CDR, presentes en cada cuadra de cada ciudad, ejercen sobre los individuos una presión y una vigilancia avasalladoras, y la mayor parte de los cubanos opta por obedecer dócilmente. Negarse a participar en los actos políticos convocados es significarse como disidente, con todas las consecuencias que ello implica, y que pueden resumirse en la muerte civil de la persona, que pasa a convertirse en un paria. A la gente no le gusta verse constantemente señalada con el dedo y excluida de las conversaciones y planes de sus vecinos y hasta de sus familiares, ni ser objeto de constantes insultos y amenazas, ni sencillamente ser el “raro”, el “distinto” del lugar. Así que participa en lo que le digan.

Y ante todo esto, ¿cuál es la esperanza del cubano?

La única esperanza del cubano, sobre todo del joven, es salir del país. La gente menos formada se va en cualquier cosa capaz de navegar hasta la Florida, y la gente con alto nivel de estudios espera la oportunidad de hacer un postgrado fuera y no regresar. Un amigo mío, de quien todos en su círculo más íntimo sabíamos que detestaba el régimen comunista, pasó tres años como jefe del núcleo del partido en su centro de estudios, incluso organizando actos de masas y ofreciendo una imagen de comunista convencido, sólo para conseguir que el sistema confiara en él y le permitiera hacer un postgrado en Europa, del cual por supuesto no regresó. Pero se encargó de dejarnos clara su verdadera ideología a unos pocos antes de salir. Esta es la espantosa doble moral a la que uno está condenado en Cuba si no opta por romper públicamente con el régimen.

El decoro necesario
(recuadro adjunto a la entrevista)

El joven escritor y periodista independiente cubano aporta a Perfiles su visión sobre la labor que desempeñan en la isla los reporteros alternativos. Desde la ilegalidad y jugándose la cárcel cada mañana, Añel y otros muchos informadores cuentan al mundo que existe otra Cuba, que sí es posible la esperanza y que además, no todos los periodistas del país son marionetas del régimen comunista.

Entrevista publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en julio de 2000.

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