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Jun 01 2000

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¿Choque de civilizaciones? Hacia un mundo occidental

El mundo no camina hacia una intensificiación de los diferendos entre civilizaciones, ni hacia la eventual desembocadura de tal fricción en un conflicto abierto entre éstas. Camina hacia la fusión de las civilizaciones actuales en una nueva y global que estará muy fuertemente basada en aquella de sus predecesoras que mayor libertad y bienestar ha dado a las personas: la occidental.

En buena parte del mundo actual, una de las reivindicaciones más insistentes de la izquierda tradicional y de la derecha nacionalista y confesional es que la globalización —que perciben como algo inevitable— se lleve a cabo de una forma pactada y no como un proceso “impuesto” por los Estados Unidos a Europa o Latinoamérica, ni por los países desarrollados a los demás. Esta exigencia tiene su ámbito principal en el comercio, pero no por secundarias son menos conflictivas sus manifestaciones en terrenos como la política internacional, la administración global de Justicia, la sociedad de la información y las comunicaciones o, muy especialmente, el ámbito transversal y sensible de la cultura. Esta petición de que los términos y condiciones del surgimiento de la aldea global sean producto de una negociación en igualdad de condiciones entre el Norte y el Sur —y, de modo más general, entre las diferentes culturas y civilizaciones— obedece, aparentemente, a un fin que casi todo el mundo entiende noble y defendible: evitar la desnaturalización de las culturas periféricas a la hegemonía de Occidente y su eventual desaparición, así como mantener en cada país los centros de decisión principales sobre aquellos factores que configuran cotidianamente la esencia misma de las respectivas sociedades y naciones.

Neopatriotismo

Esta especie de reticencia a medias respecto a la globalización buscar obtener provecho de ella ya que no puede impedirla, pero incluye una considerable obsesión por mantener resortes de poder y espacios de negociación sobre sus alcances y consecuencias. La idea del “choque de civilizaciones” que con tanto éxito editorial y mediático propusiera hace unos años Samuel P. Huntington cobra nueva vida en la expresión consciente o en el sustrato ideológico de cuantos desconfían del formidable proceso globalizador en el que se ha embarcado la Humanidad. Incluso los países occidentales y desarrollados que buscan ser protagonistas importantes de la globalización se “preparan” para ella reforzando su colectivismo identitario y cerrando en vano ciertas puertas al mundo, como la cultural y la migratoria, al tiempo que entreabren otras, como la del comercio y la de Internet. Así, por ejemplo, la Unión Europea a instancias de París impone la llamada “cláusula de exclusión cultural” al libre comercio, por la que los Estados miembros se reservan la prerrogativa de intervenir en todo lo cultural (y especialmente en la cultura de masas, como el cine) para evitar una temida “colonización” de otros pueblos, notablemente el estadounidense. Y en todo el mundo desarrollado, aunque más en Europa, el nacionalismo de Estado, transmutado en una suerte de neopatriotismo cívico y democrático, experimenta un avance como no se conocía desde el periodo de Entreguerras, fomentado con todos los medios económicos y comunicacionales de los diversos Estados en flagrante contradicción con el universalismo que también proclaman. Incluso se promueve abiertamente esta especie de patriotismo “bueno” (integrador, civilizado, bondadoso) frente al nacionalismo “malo” (excluyente, rupturista y arrogante) que se adjudica a los demás (sobre todo a los que no forman parte de la misma alianza geopolítica o a los que postulan una nación no reconocida, desgajándola del país “establecido”). Parece como si los actuales centros de poder político entendieran la globalización como una carrera a cuya meta hay que llegar “preparados”, reforzados y sobrelegitimados, puesto que las nuevas reglas del juego supondrán un desgaste de ese poder.

Una de las paradojas de esta situación es que los Estados alientan el mito nacional identitario, si bien teñido de liberalidad y democracia, pero se alarman cuando, dando un paso más allá, las sociedades redescubren su diferencia con el “otro” y caen en la xenofobia. En efecto, es difícil alcanzar el punto justo de equilibrio para exaltar lo propio y convencer a la opinión pública de lo importante y “mejor” que es su país, su idioma o su cultura sin provocar al menor descuido reacciones de rechazo al inmigrante, al diferente, al elemento cultural exterior, etcétera. Mucho más razonable habría sido que, desde hace años, los gobiernos hubieran procurado desactivar paulatinamente lo nacional desmontando mito por mito y cliché por cliché, preparando a sus sociedades para su inmersión en lo mundial. Pero, obviamente, esto habría implicado un considerable recorte del poder y la influencia sociales de los Estados y de sus gobernantes en la ciudadanía.

Civilizaciones

Para saber si de verdad se está produciendo ese choque de civilizaciones que justifique en Occidente las reticencias ante la globalización de izquierdistas convencionales y nacionalistas de derecha y, en muchas de las sociedades no occidentales, el abierto enfrentamiento del Estado al proceso mundializador, hay que preguntarse primero si quedan civilizaciones diferenciadas, y si seguirá vigente ese concepto dentro de veinte o cincuenta años. Actualizando la lógica de Huntington, un rápido vistazo al mundo nos llevaría a considerar al menos un bloque islámico, otro chino y un tercero occidental. Este último, el más heterogéneo, incluiría todo el continente americano, Europa, el Pacífico Sur y países sueltos en otras áreas, como Israel, Sudáfrica e incluso Taiwán (donde el peso de lo occidental ha superado definitivamente al de las raíces chinas). Rusia se debate entre su incorporación definitiva a este bloque, desactivándose así una nueva y peligrosa bipolaridad, o su alineamiento con los enemigos de Occidente en la recreación de un nuevo bloque. China busca un equilibrio —insostenible a largo plazo— entre su adscripción a Occidente en lo económico y su autarquía en todo lo demás. Y el bloque islámico sueña con su propia cohesión y con asegurarse una “extraglobalidad” suficiente para mantener intacto su marco religioso-cultural, pero despierta cada mañana.

Guste o no, la situación a fecha de hoy es que el abrupto final de la bipolaridad soviético-estadounidense no ha dado lugar a un mundo multipolar en el que compitan diferentes civilizaciones dotadas de cuerpos ideológicos y culturales propios, asumidos y antagónicos, sino que ha herido —tal vez de muerte— esa posibilidad y ha asentado una unipolaridad que burdamente se adjudica a Washington y que en realidad compete al conjunto del mundo occidental, ya que una de sus consecuencias ha sido una mayor horizontalidad en el seno de este grupo (al desaparecer la amenaza ideológica y militar que obligaba a ampararse incondicionalmente en el liderazgo norteamericano). Esa unipolaridad, en apenas una década —pero una década que ha coincidido con el crucial boom de las comunicaciones— ha dado el tiro de gracia a la existencia real en nuestra especie de civilizaciones separadas entre sí. Como mucho, quedan aún los flecos de esas civilizaciones, y la velocidad y la fuerza con la que se diluyen en algo nuevo, eminentemente occidental, hacen inviable toda estrategia opuesta, incluso mediante el uso de la represión violenta. En términos históricos, tienen los días contados la revolución islamista de Irán, el comunismo chino (por no hablar del cubano) y el autarquismo nacionalista vigente aún en mayor o menor grado en Rusia, Iraq, Libia, Birmania, Sudán o Korea del Norte (y soñado aún, entre otros, por sectores importantes de la izquierda latinoamericana o de cierta derecha nacionalista europea). La dilución de estos sistemas de organización social y política, al liberar al individuo respecto a sus élites locales, contribuye a su vez a la síntesis de las civilizaciones precedentes en una civilización global humana. Por lo tanto, si bien es cierto que quedan puntos de fricción aislados —el conflicto de Oriente Medio, la tensión entre inmigrantes y autóctonos en Europa Occidental, etcétera, (resulta algo esclarecedor el concepto de “guerras de fractura” de Huntington)—, hablar en la actualidad de un auténtico choque de civilizaciones es tan atractivo como distorsionador. La idea misma de choque incluye un matiz de similitud de fuerzas que dista mucho de la realidad, y si se está produciendo algún choque es el voluntario, por el magnetismo que la nueva civilización global basada en los valores occidentales ejerce sobre los individuos del resto del planeta, que se lanzan a ella como las partículas de hierro a un imán cercano.

El auténtico choque

El conflicto es de otra índole, aunque los diversos enemigos de la globalización nos lo presenten como un choque entre diferentes civilizaciones que haría de aquélla un proceso forzado contra natura y hasta impracticable. Es un conflicto entre los individuos y el poder político, religioso y cultural. Este conflicto se da en todo el planeta, pero con una intensidad cientos de veces superior en las culturas no occidentales. No choca la civilización china ni la islámica con la occidental —de origen básicamente europeo—, sino que el conflicto se da en el seno de las dos primeras, y también de la rusa y otras, y es un conflicto cultural entre los individuos, instintivamente atraídos por lo occidental, y las jerarquías amparadas aún en el colectivismo y el corporativismo revestidos de los mitos culturales locales y ayudados por las restricciones religiosas de cada lugar. La preservación de la cultura propia, amenazada por el perverso Occidente, es el argumento de quienes detentan en esos países el poder para continuar invadiendo el espacio de libertad individual. La fricción se da en esos países cuando los individuos rechazan esa preservación forzada y reivindican la evolución hacia los parámetros culturales occidentales, que se perciben como modernos y generadores de bienestar y libertad, frente a la tradición local, vista como obsoleta y emprobrecedora.

La gente del mundo no occidental se identifica con su país, su idioma y su literatura, su religión (relativizada) y su marco ideológico, sus trajes típicos y su gastronomía, y tal vez, a grandes rasgos, hasta con su sistema político iliberal, pero anhela mucho más el comfort de Occidente, el bienestar y los avances tecnológicos de Occidente, la liberalidad de costumbres y las oportunidades individuales de Occidente. Por eso cuando puede huye hacia Occidente o, cuando menos, importa a su vida elementos de occidentalidad que asustan a los férreos guardianes de esa ortodoxia cultural tan lucrativa (en dinero y en poder) para quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide social. Por eso, para mantener la cultura local y sus rígidos y arcaicos códigos de valores y conducta, tan alienantes para el individuo, esos Estados se ven obligados a aplicar toda suerte de medidas represivas que en Occidente no son necesarias. El conflicto de esos países, culturas, religiones y regímenes no es con Occidente —sería entonces una guerra abierta— sino con sus propios ciudadanos.

Tenemos ejemplos a millares de ese conflicto. Los Estados más cerrados del mundo, los más impermeables a la globalización occidentalizadora, son los más temerosos de los efectos inmediatos que tendría sobre sus sociedades una mínima flexibilización de su intransigencia. Tienen muy presente el ejemplo de la Unión Soviética y sus satélites. Si semejante coloso pudo venirse abajo tras unos pocos años de perestroika y glasnost, qué les sucedería a ellos. Esta es la reflexión de los Milosevic, Gaddafi y Castro del mundo actual, convencidos de que sólo les queda la huída hacia adelante y, tal vez, la alianza entre sí y con China y Rusia, alianza que remotamente podría llegar a concitar, en diversas capas, una aproximación suficiente de países, “principalmente árabes y asiáticos” (Huntington), como para recuperar algún grado de bipolaridad y “salvarse” de la apisonadora occidental. Pero es un escenario casi de ciencia ficción. El bloque socialista se mantenía unido por un completo sistema de valores y por un sistema económico coherente dentro de su locura, y su colapso se produjo precisamente cuando ambos sistemas hicieron crisis. La amalgama de “civilizaciones” antioccidentales tendría una difícil base común. Se trata de culturas y regímenes con valores tan diversos y marcos políticos y económicos tan dispares que cuesta creer que logren organizarse en un frente planetario contra la cosmovisión occidental y plasmar su alternativa en el terreno práctico de las finanzas y la política internacional, especialmente si tenemos en cuenta la velocidad con la que habrían de hacerlo, la resistencia, a veces muy considerable, de sus propios individuos y la pujanza sin precedentes históricos de la civilización occidental-global, que ya comienza a permear hasta las sociedades más aisladas. Esa pujanza convierte en imprescindibles las relaciones económicas de cada uno de los territorios no occidentales con Occidente, y hace aún más remota la posibilidad de organizar un marco de intereses alternativo. Si la autarquía nacional era casi inviable hace veinte o treinta años, hoy ni siquiera es posible la regional o la de un eventual bloque integrado por decenas de países unidos por un modelo de futuro alternativo al occidental-global. Simplemente, las cuentas no salen y el desnivel de ese bloque respecto a Occidente sería mucho mayor que el que existía entre los dos grandes bloques de la Guerra Fría, que fue una de las causas principales del desmoronamiento del bloque soviético, hace ya una década.

La tesis principal de Huntington es que los conflictos del futuro estarán más determinados por los factores culturales que por los económicos o ideológicos, y de ahí deriva toda su visión —que tanto ha asustado a muchos— de un mundo pluripolar dividido en las civilizaciones árabe, china y occidental, sin descartar el papel global de países como Rusia, India o Turquía. Pero ese mundo de nuevas “placas tectónicas” es inviable (y ni siquiera lo expuso él con semejante crudeza, sino quienes han aprovechado sus tesis para cuestionar la globalización). En realidad, Huntington tiene razón al decir que los conflictos del mañana serán culturales. Meramente culturales, añadiría yo, ya que los conflictos ideológicos y económicos han quedado superados por muchas décadas con el derrumbe del bloque socialista y la vertiginosa occidentalización del mundo, y no se vislumbran en el horizonte sistemas teóricos en economía ni construcciones ideológicas que puedan siquiera plantear conflicto alguno al esquema democrático-capitalista vencedor de la Guerra Fría. E incluso esos conflictos culturales irán perdiendo vigor e importancia al homogeneizarse cada vez más aspectos de la vida cotidiana de las personas en todo el mundo en torno a unos valores, pautas y parámetros comunes.

La supremacía de Occidente

Así pues, no chocan las civilizaciones sino que emerge arrolladora una nueva civilización global nucleada en torno a los valores occidentales, y que se caracteriza por atraer con fuerza a los individuos tanto de su propio territorio como de los demás, produciendo, eso sí, un choque entre éstos últimos y sus respectivos sistemas políticos y religiosos. Esa civilización global es cada día, cada segundo, más real y tangible. A cada momento que pasa, el nuevo orden global se implanta un poco más a expensas de los viejos órdenes locales y regionales. No es nada nuevo. A lo largo de la Historia humana las civilizaciones se han ido imponiendo unas a otras. Su capacidad de crear bienestar, su tecnología o su fuerza militar las han encumbrado. El surgimiento de otras mejor dotadas u organizadas las ha relegado y, eventualmente, las ha hecho desaparecer. Más que chocar unas con otras, lo que generalmente ha sucedido es que los días de gloria de unas han sido a la vez causa y consecuencia de la decadencia de otras, como si estuviera vigente una especie de ley universal de compensación (concepto éste que no es precisamente occidental).

La nueva —y futura— civilización global-occidental avanza más convenciendo que venciendo. Son millones de asiáticos los que han optado por vestirse con traje y corbata; no les ha obligado nadie. Son millones de africanos los que, al término del colonialismo, han optado por mantener en vigor los idiomas coloniales; no se les han impuesto desde Europa. Son millones de indígenas en todo el mundo los que a diario, sorprendiendo a las bienintencionadas ONG que quieren “protegerlos” de lo occidental, reivindican precisamente su derecho a las comodidades y avances de Occidente. Son millones de chinos los que encuentran en la nueva economía pseudocapitalista un respiro y un incentivo para trabajar y crear, y empiezan a cuestionarse un sistema político que no les da en los demás aspectos de la vida las mismas libertades. Son millones de iraníes y cubanos los que fabrican con cuatro alambres antenas parabólicas para ver la CNN, arriesgando sus vidas por tener al menos una ventana al deseado Occidente que sus regímenes les niegan. Son, en definitiva, los ciudadanos del mundo, de todo el mundo, quienes están propiciando el ansiado advenimiento de una civilización global que sin duda tiene un fortísimo componente occidental, pero que lo supera y refunda en una cultura nueva de alcance planetario.

A Occidente le toca no tomarse con vanidad este proceso y superar su etnocentrismo con altura de miras, porque la sociedad global no va a ser occidental sino universal, y lo que tendrá de occidental no serán necesariamente sus gestores, sino simplemente el cúmulo de valores que han llevado a Occidente a la supremacía económica y sociopolítica: la libertad de mercado, los derechos civiles, la separación de poderes, la movilidad social y la posibilidad de que las personas opten constantemente en sus vidas (lo que constituye un sistema de progreso social mucho más eficaz y veloz que la planificación de un rey, un dios o un Estado). En El choque de civilizaciones de Huntington, el catedrático estadounidense reclamaba, para asegurar la paz global, un orden mundial basado en las civilizaciones. Es una conclusión viable desde la óptica de la Guerra Fría y desde el temor a su reaparición, pero este mundo de compartimentos estancos parte de una hoy ineficaz visión organicista de la política y aun de la geopolítica: ¿quiénes serían los representantes de cada “civilización” en un orden así, y cuáles los mecanismos de control, o debemos legitimar y considerar en pie de igualdad a los sistemas políticos y sociales que oprimen la individualidad de sus súbditos, cuando éstos nos están pidiendo a gritos que les liberemos de tan arcaicos yugos? El orden correcto para evitar toda potencialidad de una guerra global es un orden basado en los individuos humanos, en los derechos y anhelos de los ciudadanos del mundo que configuran de forma directa la sociedad global, a despecho de los viejos Estados, naciones y civilizaciones y del peso de cada cultura local y de los misticismos heredados de las generaciones precedentes. No se trata de tirar a la basura el acervo cultural de cada comunidad, ni mucho menos, ni de condenar a las personas a una alienadora uniformidad (al contrario, caminamos hacia la mayor pluralidad social y cultural de la Historia); se trata de relativizar, privatizar e individualizar esas raíces y hacerlas compatibles con el nuevo mundo que surge. Y de hecho no hay que “hacerlo”, ni menos aún imponerlo: es lo que va ocurriendo de forma natural, porque es lo que reclama de manera consciente o no la población de la Tierra, los integrantes de una civilización global llamada Humanidad cuya espina dorsal es lo que antes, en la pre-postmodernidad (con perdón) denominábamos Occidente. Un Occidente condenado a morir como tal en el parto de esa fascinante civilización global que le sucederá.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en junio de 2000.

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