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jun 01 1999

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Entrevista a Teresa Sandoval, concejal independiente del Ayuntamiento de Barcelona

¿Cómo fueron sus comienzos en política?

En 1986 me afilié al partido político Centro Democrático y Social (CDS), el partido liberal que presidía el ex primer ministro —y después presidente de la Internacional Liberal— Adolfo Suárez. Mi actividad política anterior siempre se había desarrollado al margen de los partidos, básicamente en el ámbito de la universidad y en el de las asociaciones civiles. Ingresé en CDS porque, por primera vez en la joven historia de nuestra democracia, sentí que un partido político defendía realmente mis ideas liberales. Ha sido mi única militancia de partido y, tras el colapso político de CDS, siempre me he mantenido como independiente, pese a las invitaciones y presiones para afiliarme a otras fuerzas políticas.

¿Qué destacaría de su etapa en CDS?

Tengo recuerdos entrañables de aquella fase tan importante que representó CDS para la consolidación de la democracia. Fue para mí una época de militancia comprometida y sentida con todo el corazón, pero también un periodo de aprendizaje intensivo, de formación en la política activa y de reflexión constante sobre mi propio marco de ideas y valores. Lo que soy y pienso en la actualidad se lo debo sin duda, en muy gran medida, a aquellos años vividos en el único partido netamente liberal que hemos tenido. Era, tal vez, un partido demasiado avanzado para su momento, un partido que reclamaba y proponía hace quince años cosas que hoy son normales pero que entonces sólo representaban la visión de un segmento minoritario de la población. Quizá fuera ésa una de las razones por las que el partido, tras la retirada de Adolfo Suárez de la política, sufrió una crisis tan devastadora.

¿Qué partido representa hoy esas ideas liberales?

En su conjunto y plenitud, ninguno. La política catalana está marcada, en todas las corrientes ideológicas, por la división entre los sectores con más contenido nacionalista y los que, sin dejar de lado nuestra reivindicación de un autogobierno mucho más avanzado, priorizamos otras cuestiones. En un entorno político así, se puede decir que los liberales están dispersos y que hay políticos bastante liberales en varias formaciones políticas pero, sobre todo, hay algunos políticos liberales que hacemos la gue-rra por nuestra cuenta desde la no militancia en ningún partido. Es, entre otros, el caso de la mayoría de los antiguos miembros de CDS. Quienes somos liberales por encima de otras consideraciones, generalmente no nos sentimos representados por ninguno de los partidos existentes en la actualidad.

¿Ve alguna posibilidad de que los liberales catalanes puedan volver a reunirse en torno a un nuevo partido propio?

De forma inmediata, no. A largo o muy largo plazo quizá haya más esperanzas. Además, creo que hoy por hoy es más necesario y realista conseguir pragmáticamente que nuestras ideas influyan en las instituciones y en la sociedad, y no tanto pensar en costosas operaciones de marketing político para lanzar un nuevo partido. Si resulta más fácil obtener ese objetivo desde la condición de independiente, creo que merece la pena seguir esa vía, sobre todo considerando el grado de desprestigio que aqueja al partido político como institución. La gente percibe al político independiente como alguien más cercano a su realidad cotidiana, y como alguien más confiable porque no está sometido a la disciplina ni a los intereses de ningún partido y puede defender a las claras y sin restricciones las ideas que expuso en campaña.

Y, en su caso, ¿cuáles son esas ideas? ¿Cómo define su liberalismo?

En primer lugar, entiendo la acción política como una función supeditada a los intereses y deseos del ciudadano, y creo que algunos políticos “de partido” cometen el grave error de deslizarse poco a poco hacia una situación de defensa corporativa de los intereses de su grupo por encima de los de la sociedad. Por eso, una vez más, reivindico el papel de los políticos independientes. Para mí, el liberalismo es la plasmación política y económica de la creencia en el ser humano y en sus capacidades. Es la ideología de la libertad personal, y de hecho es la única que se preocupa ante todo por la autodeterminación del individuo frente a cualquier tipo de colectivismo de derechas o de izquierdas. Por eso se suele clasificar a los liberales en el centro del espectro político. En mi opinión, la persona es el motor de la sociedad, y sólo cuando se le garantizan plenamente sus derechos y libertades puede darse un importante desarrollo social y económico. Todos los demócratas asumen la frase liberal de que la libertad de cada uno termina donde comienza la de los demás, pero en mi opinión termina donde comienza la libertad de otro individuo, no la del Estado ni la de ningún colectivo organizado. Ese matiz es la clave para entender la diferencia esencial entre la simple asunción del marco de democracia liberal —aceptado en la actualidad por la mayor parte de las demás corrientes de pensamiento— y la del liberalismo como ideología de la que se derivan actuaciones políticas concretas.

¿Cómo ve el futuro de Cataluña y la cuestión de su encaje en el marco español?

Cataluña ha cubierto una etapa necesaria en la que ha obtenido el reconocimiento de su especificidad y ha recuperado sus señas de identidad. Ha sido una lucha de todos los demócratas catalanes y no sólo de los nacionalistas. Quedan todavía cuestiones pendientes y elementos de autogobierno por los que sin duda hay que seguir batallando. Uno de los principales, y sobre todo desde una visión liberal y federalista del marco político español y europeo, es la obtención de un concierto económico similar al que disfruta el País Vasco, de tal manera que la política fiscal y las responsabilidades de gestión tributaria sean transferidas íntegramente al gobierno autónomo. Cataluña es una pieza clave para el futuro común, y además es una sociedad enormemente solidaria que sin duda seguirá contribuyendo a la cohesión económica general, pero que desea hacerlo desde la libertad en la gestión de sus recursos. Pero, al mismo tiempo que expongo esta reivindicación de mayor autogobierno, sentida por la inmensa mayoría de la sociedad, creo también que es necesario evitar que eso implique una mayor concentración de poder en el gobierno catalán, y que éste tiene que asumir íntegramente el principio de subsidiariedad y profundizar mucho en el traspaso de competencias a las instituciones más cercanas al ciudadano —y por tanto más controlables por éste—, que son las administraciones locales. Además, es necesario dotar de mayor responsabilidad individual al ciudadano y combatir el paternalismo gubernamental. Creo en una sociedad prácticamente autogobernada por la interacción de los ciudadanos, de sus empresas y de sus asociaciones y organizaciones de cualquier índole, y creo que en una sociedad así el papel que le queda a los go-biernos —sobre todo a los de ámbito superior al local— es un papel cada vez menos trascendental.

Usted es la única concejal liberal en una coalición de gobierno local muy compleja, donde tiene que entenderse a diario tanto con los socialistas como con los nacionalistas de centro-derecha. ¿Cómo lo consigue?

Bueno, en todo el mundo los liberales solemos encontrarnos con frecuencia ante situaciones así. Si hay un rasgo puramente distintivo del liberalismo es la tolerancia, y ésta conlleva una vocación de diálogo que casi siempre termina por dar frutos. En cualquier caso, y pese a las diferencias ideológicas, me ha ayudado mucho la muy buena sintonía con los sucesivos alcaldes socialistas, Pasqual Maragall y Joan Clos, ante las políticas con-cretas a desarrollar en la ciudad. A diferencia de otros lugares, en Cataluña los socialistas se han centrado mucho en los últimos años y han asumido algunas propuestas y políticas cercanas al liberalismo o, por lo menos, al social-liberalismo. En Barcelona, la ausencia de mayorías absolutas y la considerable fragmentación del mapa político nos han obligado a todos a afinar nuestro sentido de consenso, ya que de otra manera las consecuencias para la ciudad habrían sido muy negativas.

¿En Barcelona está avanzando la libertad económica?

No es mucho lo que puede hacerse en esa materia desde el go-bierno local, aunque, desde luego, es una de mis convicciones fundamentales. Creo en la libertad económica como hermana siamesa de la libertad política: si una de las dos muere, es muy difícile que la otra sobreviva. Lo mejor que podemos hacer por la empresa es interferir lo mínimo posible y atender sus necesidades e inquie-tudes. Cataluña, y especialmente la ciudad de Barcelona, tiene una asentadísima tradición de peque-ña y mediana empresa. Afortu-nadamente, el eterno error de satanizar el lucro legítimo y el beneficio empresarial han tenido aquí una incidencia muy inferior al de otras sociedades latinas europeas o americanas. Siempre ha sido una tierra de gente crea-tiva y emprendedora, muy dada a arriesgarse en la puesta en marcha de negocios de cualquier tipo y tamaño. Esto ha hecho de Cataluña el principal motor económico español y ha conferido a las instituciones un respeto y un respaldo a la libertad económica que no siempre se ven en otros lugares. Desde el gobierno local hemos intentado potenciar los ejes comerciales y hemos fomentado el surgimiento de una ambiciosa sociedad de capital-riesgo destinada a apoyar la iniciativa empresarial ciudadana.

¿Cómo imagina usted la ciudad de Barcelona en el proceso de globalización?

Soy muy optimista respecto a las ventajas y oportunidades que la globalización abre a Barcelona y a la Humanidad en general. Creo que esta ciudad, por su dinamismo y su vocación emprendedora, está en condiciones de sacar el máximo partido de este proceso imparable que va a hacer más libre y justo el planeta en que vivimos. Va a ser un mundo de personas, de ciudadanos individuales, en el que los compartimentos estancos formados por los Estados nacionales tendrán cada vez menos sentido. Es esencial potenciar la inserción en el proceso y adaptarse a las nuevas circunstancias, y al mismo tiempo es muy necesario desarrollar las facetas más retrasadas de la globalización, como son la institucional, la medioambiental y la jurídica. Un mundo globalizado necesitará un marco de Derecho universal que ya no se basará en el Estado como único y exclusivo sujeto del mismo, y tendrá que contar con una administración de Justicia de alcance universal. Para esto es imprescindible avanzar en la constitución de un sólido Tribunal Penal Internacional, y también acabar con el mito de la no injerencia en la soberanía de los Estados. La soberanía, en un mundo globalizado compuesto directamente por las personas, es un lastre arcaico que además ampara con frecuencia la intolerable sumisión del ser humano a los regímenes atentatorios contra la libertad económica y los derechos humanos, civiles y políticos.

Entonces, ¿está usted a favor de la intervención en Kosova?

Sí, totalmente. Conozco bien la región balcánica, donde la ciudad de Barcelona mantuvo una representación humanitaria permanente en Sarajevo durante la guerra. En los peores momentos del conflicto, la Oficina de la Ciudad de Barcelona en la capital bosnia era prácticamente la única representación extranjera en Sarajevo, y nuestras visitas como responsables políticos del gobierno local contribuyeron en lo posible a mejorar las condiciones de vida de la población civil. La crisis de Kosova está originada por el último —y seguramente el más grave— atentado de Slobodan Milosevic contra una sociedad entera, tan sólo por su origen étnico. Es imprescindible acabar de una vez por todas con el régimen autoritario de Milosevic y con su impunidad para seguir cometiendo las atrocidades genocidas en las que basa su poder.

La globalización tiene también repercusiones sobre las monedas nacionales. En América Latina hay un importante debate abierto sobre la dolarización, y en Europa acaba de nacer el euro. ¿Cuál es su visión de estos procesos?

No creo que lleguemos a una moneda global, pero creo que las monedas nacionales se van a ir eliminando o fusionando hasta llegar a un esquema de cinco o seis grandes monedas basadas en el respaldo real de las mismas y en la plena convertibilidad. Esto dará más libertad y seguridad al individuo, al reducir la especulación con divisas y el intervencionismo en la política monetaria. Para ello hará falta que los correspondientes bancos centrales sean sólidos y totalmente independientes de los avatares políticos. Creo firmemente en el euro, aunque más en el concepto que en el desarrollo que se le ha dado. Europa necesitaba unificar sus monedas como parte de la construcción de un mercado verdaderamente unitario.

¿Qué cree que queda aún por hacer para alcanzar la plena presencia de la mujer en la vida política?

El problema no es tanto su participación en política, que en casi todo el mundo va siendo un hecho irreversible, sino su extensión al ámbito de la toma de decisiones en el mundo de la empresa y de la sociedad civil. No soy partidaria de los sistemas de cuotas o de discriminación positiva, que desacreditan a las mujeres. Lo que sí es necesario es incrementar la igualdad de oportunidades de partida. Así, por ejemplo, en Barcelona hemos desarrollado políticas de compensación y de establecimiento de servicios pensados para que la mujer profesional o trabajadora no se vea obligada a elegir entre sus obligaciones familiares y su carrera. Pero el principal problema es de mentalidad, tanto de los hombres como de las propias mujeres. La automarginación derivada de las inercias culturales es hoy casi más grave que la discriminación por parte de los hombres. Creo que la globalización incidirá favorablemente sobre la situación de la mujer en aquellos países más atrasados en esta cuestión, y creo que una sociedad que confina a las mujeres a tareas meramente domésticas o de trabajo rudimentario se está perdiendo la mitad de su potencial económico y cultural, y éste es un triste lujo que ningún país se podrá permitir en un mundo globalizado y mucho más competitivo que el actual.

¿Cuál es su percepción de América Latina?

Es la tierra de las grandes oportunidades y por fin está empezando a aprovecharlas. Con la democratización y con la creciente liberalización de estos países se está incrementando la capacidad de cuatrocientos millones de personas para ser dueñas de su destino. Es una región llamada a convertirse en las próximas décadas en un pilar fundamental del occidente desarrollado, por más que todavía pueda percibirse por muchos como una zona sin futuro. Yo creo en ese futuro y creo que para nosotros es un ámbito de intercambio económico y cultural de la máxima importancia. Pero es necesario acabar con el paternalismo en nuestra relación con América Latina y, por otro lado, establecer unas condiciones de verdadero libre comercio con el subcontinente, ya que ésa —mucho más que toda nuestra cooperación y solidaridad— será la clave del desarrollo de esos países a través del imprescindible surgimiento de amplias clases medias. Los catalanes, —quienes, por cierto, nunca fuimos a América Latina a conquistar, a diferencia de otros pueblos ibéricos— tenemos grandes oportunidades de colaboración y de enriquecimiento mutuo con la región. Desde el gobierno local de Barcelona hemos puesot en marcha un importante número de programas de intercambio e información, e incluso estamos colaborando en la redefinición urbanística de algunas de las principales capitales. 

¿Cómo fueron sus comienzos en política?

TS: En 1986 me afilié al partido político Centro Democrático y Social (CDS), el partido liberal que presidía el ex primer ministro —y después presidente de la Internacional Liberal— Adolfo Suárez. Mi actividad política anterior siempre se había desarrollado al margen de los partidos, básicamente en el ámbito de la universidad y en el de las asociaciones civiles. Ingresé en CDS porque, por primera vez en la joven historia de nuestra democracia, sentí que un partido político defendía realmente mis ideas liberales. Ha sido mi única militancia de partido y, tras el colapso político de CDS, siempre me he mantenido como independiente, pese a las invitaciones y presiones para afiliarme a otras fuerzas políticas.

 

¿Qué destacaría de su etapa en CDS?

Tengo recuerdos entrañables de aquella fase tan importante que representó CDS para la consolidación de la democracia. Fue para mí una época de militancia comprometida y sentida con todo el corazón, pero también un periodo de aprendizaje intensivo, de formación en la política activa y de reflexión constante sobre mi propio marco de ideas y valores. Lo que soy y pienso en la actualidad se lo debo sin duda, en muy gran medida, a aquellos años vividos en el único partido netamente liberal que hemos tenido. Era, tal vez, un partido demasiado avanzado para su momento, un partido que reclamaba y proponía hace quince años cosas que hoy son normales pero que entonces sólo representaban la visión de un segmento minoritario de la población. Quizá fuera ésa una de las razones por las que el partido, tras la retirada de Adolfo Suárez de la política, sufrió una crisis tan devastadora.

 

¿Qué partido representa hoy esas ideas liberales?

En su conjunto y plenitud, ninguno. La política catalana está marcada, en todas las corrientes ideológicas, por la división entre los sectores con más contenido nacionalista y los que, sin dejar de lado nuestra reivindicación de un autogobierno mucho más avanzado, priorizamos otras cuestiones. En un entorno político así, se puede decir que los liberales están dispersos y que hay políticos bastante liberales en varias formaciones políticas pero, sobre todo, hay algunos políticos liberales que hacemos la gue-rra por nuestra cuenta desde la no militancia en ningún partido. Es, entre otros, el caso de la mayoría de los antiguos miembros de CDS. Quienes somos liberales por encima de otras consideraciones, generalmente no nos sentimos representados por ninguno de los partidos existentes en la actualidad.

 

¿Ve alguna posibilidad de que los liberales catalanes puedan volver a reunirse en torno a un nuevo partido propio?

De forma inmediata, no. A largo o muy largo plazo quizá haya más esperanzas. Además, creo que hoy por hoy es más necesario y realista conseguir pragmáticamente que nuestras ideas influyan en las instituciones y en la sociedad, y no tanto pensar en costosas operaciones de marketing político para lanzar un nuevo partido. Si resulta más fácil obtener ese objetivo desde la condición de independiente, creo que merece la pena seguir esa vía, sobre todo considerando el grado de desprestigio que aqueja al partido político como institución. La gente percibe al político independiente como alguien más cercano a su realidad cotidiana, y como alguien más confiable porque no está sometido a la disciplina ni a los intereses de ningún partido y puede defender a las claras y sin restricciones las ideas que expuso en campaña.

 

Y, en su caso, ¿cuáles son esas ideas? ¿Cómo define su liberalismo?

En primer lugar, entiendo la acción política como una función supeditada a los intereses y deseos del ciudadano, y creo que algunos políticos “de partido” cometen el grave error de deslizarse poco a poco hacia una situación de defensa corporativa de los intereses de su grupo por encima de los de la sociedad. Por eso, una vez más, reivindico el papel de los políticos independientes. Para mí, el liberalismo es la plasmación política y económica de la creencia en el ser humano y en sus capacidades. Es la ideología de la libertad personal, y de hecho es la única que se preocupa ante todo por la autodeterminación del individuo frente a cualquier tipo de colectivismo de derechas o de izquierdas. Por eso se suele clasificar a los liberales en el centro del espectro político. En mi opinión, la persona es el motor de la sociedad, y sólo cuando se le garantizan plenamente sus derechos y libertades puede darse un importante desarrollo social y económico. Todos los demócratas asumen la frase liberal de que la libertad de cada uno termina donde comienza la de los demás, pero en mi opinión termina donde comienza la libertad de otro individuo, no la del Estado ni la de ningún colectivo organizado. Ese matiz es la clave para entender la diferencia esencial entre la simple asunción del marco de democracia liberal —aceptado en la actualidad por la mayor parte de las demás corrientes de pensamiento— y la del liberalismo como ideología de la que se derivan actuaciones políticas concretas.

 

¿Cómo ve el futuro de Cataluña y la cuestión de su encaje en el marco español?

Cataluña ha cubierto una etapa necesaria en la que ha obtenido el reconocimiento de su especificidad y ha recuperado sus señas de identidad. Ha sido una lucha de todos los demócratas catalanes y no sólo de los nacionalistas. Quedan todavía cuestiones pendientes y elementos de autogobierno por los que sin duda hay que seguir batallando. Uno de los principales, y sobre todo desde una visión liberal y federalista del marco político español y europeo, es la obtención de un concierto económico similar al que disfruta el País Vasco, de tal manera que la política fiscal y las responsabilidades de gestión tributaria sean transferidas íntegramente al gobierno autónomo. Cataluña es una pieza clave para el futuro común, y además es una sociedad enormemente solidaria que sin duda seguirá contribuyendo a la cohesión económica general, pero que desea hacerlo desde la libertad en la gestión de sus recursos. Pero, al mismo tiempo que expongo esta reivindicación de mayor autogobierno, sentida por la inmensa mayoría de la sociedad, creo también que es necesario evitar que eso implique una mayor concentración de poder en el gobierno catalán, y que éste tiene que asumir íntegramente el principio de subsidiariedad y profundizar mucho en el traspaso de competencias a las instituciones más cercanas al ciudadano —y por tanto más controlables por éste—, que son las administraciones locales. Además, es necesario dotar de mayor responsabilidad individual al ciudadano y combatir el paternalismo gubernamental. Creo en una sociedad prácticamente autogobernada por la interacción de los ciudadanos, de sus empresas y de sus asociaciones y organizaciones de cualquier índole, y creo que en una sociedad así el papel que le queda a los go-biernos —sobre todo a los de ámbito superior al local— es un papel cada vez menos trascendental.

 

Usted es la única concejal liberal en una coalición de gobierno local muy compleja, donde tiene que entenderse a diario tanto con los socialistas como con los nacionalistas de centro-derecha. ¿Cómo lo consigue?

Bueno, en todo el mundo los liberales solemos encontrarnos con frecuencia ante situaciones así. Si hay un rasgo puramente distintivo del liberalismo es la tolerancia, y ésta conlleva una vocación de diálogo que casi siempre termina por dar frutos. En cualquier caso, y pese a las diferencias ideológicas, me ha ayudado mucho la muy buena sintonía con los sucesivos alcaldes socialistas, Pasqual Maragall y Joan Clos, ante las políticas con-cretas a desarrollar en la ciudad. A diferencia de otros lugares, en Cataluña los socialistas se han centrado mucho en los últimos años y han asumido algunas propuestas y políticas cercanas al liberalismo o, por lo menos, al social-liberalismo. En Barcelona, la ausencia de mayorías absolutas y la considerable fragmentación del mapa político nos han obligado a todos a afinar nuestro sentido de consenso, ya que de otra manera las consecuencias para la ciudad habrían sido muy negativas.

 

¿En Barcelona está avanzando la libertad económica?

No es mucho lo que puede hacerse en esa materia desde el go-bierno local, aunque, desde luego, es una de mis convicciones fundamentales. Creo en la libertad económica como hermana siamesa de la libertad política: si una de las dos muere, es muy difícile que la otra sobreviva. Lo mejor que podemos hacer por la empresa es interferir lo mínimo posible y atender sus necesidades e inquie-tudes. Cataluña, y especialmente la ciudad de Barcelona, tiene una asentadísima tradición de peque-ña y mediana empresa. Afortu-nadamente, el eterno error de satanizar el lucro legítimo y el beneficio empresarial han tenido aquí una incidencia muy inferior al de otras sociedades latinas europeas o americanas. Siempre ha sido una tierra de gente crea-tiva y emprendedora, muy dada a arriesgarse en la puesta en marcha de negocios de cualquier tipo y tamaño. Esto ha hecho de Cataluña el principal motor económico español y ha conferido a las instituciones un respeto y un respaldo a la libertad económica que no siempre se ven en otros lugares. Desde el gobierno local hemos intentado potenciar los ejes comerciales y hemos fomentado el surgimiento de una ambiciosa sociedad de capital-riesgo destinada a apoyar la iniciativa empresarial ciudadana.

 

¿Cómo imagina usted la ciudad de Barcelona en el proceso de globalización?

Soy muy optimista respecto a las ventajas y oportunidades que la globalización abre a Barcelona y a la Humanidad en general. Creo que esta ciudad, por su dinamismo y su vocación emprendedora, está en condiciones de sacar el máximo partido de este proceso imparable que va a hacer más libre y justo el planeta en que vivimos. Va a ser un mundo de personas, de ciudadanos individuales, en el que los compartimentos estancos formados por los Estados nacionales tendrán cada vez menos sentido. Es esencial potenciar la inserción en el proceso y adaptarse a las nuevas circunstancias, y al mismo tiempo es muy necesario desarrollar las facetas más retrasadas de la globalización, como son la institucional, la medioambiental y la jurídica. Un mundo globalizado necesitará un marco de Derecho universal que ya no se basará en el Estado como único y exclusivo sujeto del mismo, y tendrá que contar con una administración de Justicia de alcance universal. Para esto es imprescindible avanzar en la constitución de un sólido Tribunal Penal Internacional, y también acabar con el mito de la no injerencia en la soberanía de los Estados. La soberanía, en un mundo globalizado compuesto directamente por las personas, es un lastre arcaico que además ampara con frecuencia la intolerable sumisión del ser humano a los regímenes atentatorios contra la libertad económica y los derechos humanos, civiles y políticos.

 

Entonces, ¿está usted a favor de la intervención en Kosova?

Sí, totalmente. Conozco bien la región balcánica, donde la ciudad de Barcelona mantuvo una representación humanitaria permanente en Sarajevo durante la guerra. En los peores momentos del conflicto, la Oficina de la Ciudad de Barcelona en la capital bosnia era prácticamente la única representación extranjera en Sarajevo, y nuestras visitas como responsables políticos del gobierno local contribuyeron en lo posible a mejorar las condiciones de vida de la población civil. La crisis de Kosova está originada por el último —y seguramente el más grave— atentado de Slobodan Milosevic contra una sociedad entera, tan sólo por su origen étnico. Es imprescindible acabar de una vez por todas con el régimen autoritario de Milosevic y con su impunidad para seguir cometiendo las atrocidades genocidas en las que basa su poder.

 

La globalización tiene también repercusiones sobre las monedas nacionales. En América Latina hay un importante debate abierto sobre la dolarización, y en Europa acaba de nacer el euro. ¿Cuál es su visión de estos procesos?

No creo que lleguemos a una moneda global, pero creo que las monedas nacionales se van a ir eliminando o fusionando hasta llegar a un esquema de cinco o seis grandes monedas basadas en el respaldo real de las mismas y en la plena convertibilidad. Esto dará más libertad y seguridad al individuo, al reducir la especulación con divisas y el intervencionismo en la política monetaria. Para ello hará falta que los correspondientes bancos centrales sean sólidos y totalmente independientes de los avatares políticos. Creo firmemente en el euro, aunque más en el concepto que en el desarrollo que se le ha dado. Europa necesitaba unificar sus monedas como parte de la construcción de un mercado verdaderamente unitario.

 

¿Qué cree que queda aún por hacer para alcanzar la plena presencia de la mujer en la vida política?

El problema no es tanto su participación en política, que en casi todo el mundo va siendo un hecho irreversible, sino su extensión al ámbito de la toma de decisiones en el mundo de la empresa y de la sociedad civil. No soy partidaria de los sistemas de cuotas o de discriminación positiva, que desacreditan a las mujeres. Lo que sí es necesario es incrementar la igualdad de oportunidades de partida. Así, por ejemplo, en Barcelona hemos desarrollado políticas de compensación y de establecimiento de servicios pensados para que la mujer profesional o trabajadora no se vea obligada a elegir entre sus obligaciones familiares y su carrera. Pero el principal problema es de mentalidad, tanto de los hombres como de las propias mujeres. La automarginación derivada de las inercias culturales es hoy casi más grave que la discriminación por parte de los hombres. Creo que la globalización incidirá favorablemente sobre la situación de la mujer en aquellos países más atrasados en esta cuestión, y creo que una sociedad que confina a las mujeres a tareas meramente domésticas o de trabajo rudimentario se está perdiendo la mitad de su potencial económico y cultural, y éste es un triste lujo que ningún país se podrá permitir en un mundo globalizado y mucho más competitivo que el actual.

 

¿Cuál es su percepción de América Latina?

Es la tierra de las grandes oportunidades y por fin está empezando a aprovecharlas. Con la democratización y con la creciente liberalización de estos países se está incrementando la capacidad de cuatrocientos millones de personas para ser dueñas de su destino. Es una región llamada a convertirse en las próximas décadas en un pilar fundamental del occidente desarrollado, por más que todavía pueda percibirse por muchos como una zona sin futuro. Yo creo en ese futuro y creo que para nosotros es un ámbito de intercambio económico y cultural de la máxima importancia. Pero es necesario acabar con el paternalismo en nuestra relación con América Latina y, por otro lado, establecer unas condiciones de verdadero libre comercio con el subcontinente, ya que ésa —mucho más que toda nuestra cooperación y solidaridad— será la clave del desarrollo de esos países a través del imprescindible surgimiento de amplias clases medias. Los catalanes, —quienes, por cierto, nunca fuimos a América Latina a conquistar, a diferencia de otros pueblos ibéricos— tenemos grandes oportunidades de colaboración y de enriquecimiento mutuo con la región. Desde el gobierno local de Barcelona hemos puesto en marcha un importante número de programas de intercambio e información, e incluso estamos colaborando en la redefinición urbanística de algunas de las principales capitales.

 

Entrevista publicada por la revista Perfiles Liberales en junio de 1999.

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