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May 11 2011

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Nos quieren robar Internet

En febrero la ministra Ángeles González-Sinde dijo en los desayunos de RTVE que pronto íbamos a ver grandes cambios en la manera de utilizar Internet. A muchos, aquellas palabras nos pusieron los pelos de punta. ¿Se habrían decidido los gobiernos, bajo el liderazgo del Vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, a robarnos Internet? En las últimas semanas estamos asistiendo a una rápida sucesión de acontecimientos que así lo indican.

En Rusia, el gobierno eterno y dudosamente legitimado del tándem Medvédev-Putin arremete tranquilamente contra los proveedores de correo electrónico que, por no estar en su territorio, no logra intervenir para leer los mensajes. Si dijeran sobre DHL o UPS las cosas que dicen sobre Gmail o Hotmail, todo el mundo se les echaría encima, pero parece que promover abiertamente la vulneración del secreto de las comunicaciones sale gratis cuando esas comunicaciones son digitales. No en vano Internet es poco menos que la colaboradora necesaria del terrorismo internacional, según Alfredo Pérez Rubalcaba. Nuestro ministro no está solo. En todo el mundo desarrollado y en buena parte del resto del planeta, los gobernantes se han lanzado a atemorizar a la población respecto a los peligros de la red. La simultaneidad y la gravedad apocalíptica del mensaje, repetido ya hasta la saciedad, no deja lugar a dudas sobre la coordinación de sus emisores.

Da igual que la excusa empleada sea la protección de la propiedad intelectual o la lucha contra los delitos de toda índole. El objetivo es preparar a la población para una nueva etapa de Internet, un ciberespacio acotado, vigilado y rodeado por fronteras “seguras”. Quieren acostumbrarnos a aceptar una Internet con filtros al más puro estilo de Mahmud Ahmadineyad. Los gobiernos, empezando por los occidentales, aspiran a convertir Internet en una televisión bis, y perseguirán con cualquier argucia a quienes se signifiquen en la defensa de una Internet libre, como Julio Alonso. Quieren acabar con los extraordinarios niveles de libertad que Internet ha brindado a la gente, y para ello explotan lo que Fromm llamó “el miedo a la libertad”.

Los Estados se sienten amenazados porque Internet hace cada vez menos necesarios los nodos centralizadores que hasta ayer constreñían el orden espontáneo de la libre acción humana. La información ya no es tan fácil de manipular, y pierden poder nodos (de paso obligado hasta anteayer) como los medios convencionales, controlables. Las transacciones directas están a la orden del día, y los nodos que pierden poder son las grandes empresas mezcladas con el poder político, o incluso el dinero fiduciario emitido sin respaldo por los Estados, ante la extensión de formas de dinero distribuido como Bitcoin y otras. En la cultura, los intermediarios innecesarios que se ven afectados son las editoriales, las multinacionales audiovisuales y discográficas y los Estados subvencionadores, que ven horrorizados cómo la gente hace, difunde y consume cultura sin su intervención (y también al margen, por tanto, de su capacidad de orientar a su gusto las modas y los valores predominantes).

En definitiva, Internet ha sido durante veinte años un espacio de libertad máxima que, por su misma existencia, amenaza al poder convencional. Internet ha llegado a poner en jaque a gran parte de las estructuras sociales, políticas y económicas del mundo predigital, basadas en redes descentralizadas con diferentes tipos y niveles de intermediarios, al sustituirlas por una malla difusa, compleja y resiliente de redes distribuidas. Y eso es más, mucho más, de lo que podían permitir las élites del Estado y de las grandes empresas conexas. Era cuestión de tiempo que se organizaran para emprender el mayor robo jamás cometido: el robo a los individuos del nuevo ámbito de su libertad, Internet. Ahora la guerra ha comenzado.

Yo ya sentí a los diecisiete años que el Estado me declaraba la guerra, cuando un mal día me envió una carta en la que me notificaba que iba a convertirme en soldado quisiera o no, y que iba a tener que trabajar para él gratis y con alto riesgo. Por fortuna pude evitar aquel secuestro legal, pero estos días, leyendo la orquestada sucesión de ataques a Internet, he vuelto a tener la misma sensación. En la manifestación contra la ley Sinde, algunos miembros de mi partido llevaban pancartas que decían “gracias, Sinde, por ti me hice hacker”. Yo no voy a hacerme hacker porque no tengo ya ni la edad ni los conocimientos técnicos, pero pienso ponerme a leer lo que pueda sobre encriptación para protegerme del Estado cotilla. Y me parece bastante bien que haya gente como Anonymous por el mundo, o portales de filtraciones como Wikileaks. Internet ya es como el aire que respiramos. Es demasiado importante para dejar que los Estados nos la quiten y la metan en vereda. Es a los Estados a los que hay que reconducir y controlar, porque han crecido hasta extremos asfixiantes a expensas de nuestra libertad y ahora nos quieren robar Internet, que es como decir que nos quieren robar prácticamente todo, ya que en el mundo actual casi todo ocurre en Internet. Sí, la guerra ha comenzado y no hay más remedio que tomar partido: o por los Estados o por una Internet libre.

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