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jun 01 2001

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¿Amos o esclavos? El futuro tecnológico de la humanidad

La tecnología ha sido hasta ahora la gran aliada de los seres humanos en su lucha por desembarazarse de las ataduras coletivistas. ¿Seguirá siéndolo o estaremos asistiendo simplemente a un cambio de amo? El cambio cultural de nuestras sociedades ya se ve afectado en muy gran medida por la influencia de lo tecnológico. La Humanidad debe seguir llevando las riendas de la tecnología, o los términos podrían invertirse a largo plazo.

Aventurarse en un ejercicio futurista siempre ha sido arriesgado y pocas veces ha reportado a tan intrépidos autores la satisfacción de ver acertadas sus predicciones. En nuestra era de aceleración —acaso terminal— de la Historia tal como la conocíamos, es aún más temerario lanzar pronósticos, y es probable que la mayor parte de las secuencias de datos que hoy elevamos a la categoría de tendencias queden mañana desmentidas para nuestro ridículo y para el solaz de la generación siguiente. De igual manera, es muy probable que las visiones del futuro que hoy propongamos se vean frontalmente cuestionadas y radicalmente modificadas como consecuencia, no de cambios en las tendencias sociales o culturales, sino de innovaciones tecnológicas aún insospechadas y capaces de alterar el curso de la evolución cultural y social. Internet, la telefonía móvil al alcance de todos o la atomización y personalización de la oferta televisiva son apenas tres de los principales ejemplos de cómo en apenas una década la tecnología ha modificado las culturas y las sociedades humanas.

Este dato es quizá uno de los más importantes que debemos tener en cuenta al escudriñar el futuro: la tecnología ejerce y seguirá ejerciendo, más que nunca en la Historia, un claro dominio sobre la evolución cultural y sobre los patrones de conducta social de las personas. Durante toda la Historia, la evolución de las sociedades humanas había venido dictando el desarrollo de las tecnologías, avanzando éstas siempre en función de las prioridades de aquellas, y los nuevos avances tecnológicos sólo afectaban a muy largo plazo y en una medida muy asimilable, a su vez, a la cultura de las sociedades respectivas. Hoy es cuando menos cuestionable que esto siga siendo así. La multiplicidad de avances tecnológicos y la ebullición de las grandes áreas fronterizas de la ciencia permite afirmar que en el mundo actual la tecnología reina sobre las sociedades a las que se aplica, afectando fuerte y rápidamente su evolución y siendo, más que ningún otro factor, el impulsor del cambio cultural. Ya no es tanto la sociedad la que exige determinadas innovaciones tecnológicas relacionadas con su particular evolución cultural, sino que la tecnología se ha desprendido de todo control y arroja constantemente sobre las sociedades humanas innovaciones a las que éstas no se resisten —porque objetivamente aportan mayor comodidad y facilidad en nuestras tareas—, pero que provocan a muy corto plazo y de forma enteramente autónoma cambios sustanciales en la cultura, en la vertebración de las sociedades y en la forma y estilo de vida de sus integrantes.

Otra forma de presentar este cambio de polaridad en el binomio cultura-tecnología —y quizá sea una visión más optimista o más benévola con la Humanidad— es la que sostienen los numerosos autores que hacen de la tecnología un factor más de la cultura y que, pese a reconocer el crecimiento exponencial de su peso dentro de ésta, no le conceden la capacidad de afectarla en lo esencial. Pero entonces, ¿no han operado en las culturas occidentales los tres ejemplos antes mencionados —Internet, telefonía móvil y televisión a la carta— unas transformaciones inmediatas, incontroladas, inobjetables e irreversibles? O la tecnología es un factor exterior a la cultura que la afecta y determina en muy gran medida, o, si es parte de ésta, cabe afirmar que se ha convertido prácticamente en su eje, en su columna vertebral, y que esa parte va camino de devenir, si no el todo, el “casi todo”.

Hoy por hoy, todo parece indicar que los constantes avances tecnológicos contribuyen sustancialmente a la libertad del individuo, pero lo hacen, sobre todo, en un ámbito específico de esa libertad: su autonomía frente a los demás individuos y frente a toda organización colectiva de la vida. Los efectos inmediatos de las más recientes tecnologías implementadas en nuestras sociedades ya se están dejando sentir, por ejemplo, en el cambio sustancial del modo y la intensidad de las comunicaciones —cada vez más ejecutadas mediante la tecnología, en sustitución del contacto personal—. Esto es aplicable incluso a las comunicaciones íntimas, y también a la búsqueda de nuevas amistades o incluso de pareja ocasional o permanente. El abismo cultural que separa a las generaciones adolescentes y jóvenes actuales frente a la de quienes hoy tienen cuarenta años o más es, también a causa de la revolución tecnológica, enorme y, en muchos casos individuales, insuperable. Parece que caminemos hacia unas sociedades compuestas por individuos relativamente aislados y muy dependientes de la tecnología, no sólo (como siempre había ocurrido) para la ejecución de sus tareas profesionales, sino también para realizarse humanamente, para dar salida a su afectividad, para comunicarse con otros, para salir, en definitiva, del aislamiento provocado por la misma tecnología que les permite aliviarlo, pero a través del cauce previsto por ella.

Lo escrito hasta ahora podría interpretarse como una crítica amarga al camino que hemos emprendido, pero no pretende ser más que una llamada de atención sobre el nuevo paradigma cultural, alertando sobre algunos de sus aspectos preocupantes pero sin realizar una valoración global. Corresponderá sobre todo a las generaciones futuras hacer esa valoración. Señalaré, no obstante, que en la medida en que la tecnología arrolladora responda a una pluralidad de intereses diversos y hasta contrapuestos, en la medida en que se rija sólo por el orden espontáneo de unas sociedades libres, nada me parece objetable en esta nueva era, que parece a todas luces el resultado lógico de la andadura iniciada por la Humanidad milenios atrás. También es cierto que el cautiverio —consciente o no— al que podría llegar a verse sometida la Humanidad si el control de la tecnología se concentrase o coordinase no tendría, tampoco, precedentes en nuestra Historia, y que probablemente sería definitivo.

Desde que la curva de nuestra evolución científica y tecnológica se convirtió prácticamente en una vertical, los seres humanos somos más libres frente a nuestros antiguos amos: el Estado paternalista, las sociedades colectivistas, el oscurantismo religioso, la familia patriarcal, etcétera. Los hombres y mujeres del último cuarto del siglo XX hemos aprovechado los efectos de la tecnología sobre la cultura, nos hemos agarrado a ellos como a un clavo ardiendo para liberarnos. La tecnología ha liberado a la mujer del miedo a quedar embarazada, y esto ha provocado la liberación sexual frente a los dogmas del pasado, pero, sobre todo, ha permitido la auténtica inserción de las mujeres en el mundo laboral. La tecnología ha liberado a millones de profesionales de la necesidad de acudir a trabajar en oficinas —y este proceso va a sufrir un empujón aún mayor en los próximos años—, concediendo una libertad sin precedentes a esta nueva casta de teletrabajadores. La tecnología ha puesto las comunicaciones y los viajes al alcance de toda la clase media y gran parte de la baja, ofreciéndoles, también en este campo, una libertad jamás soñada antes. Lo inquietante es que la curva pueda, impulsada por la fuerte inercia que trae consigo, seguir su camino más allá de la vertical, es decir, retroceder. Hasta ahora, más tecnología equivale a más libertad. Si la curva comienza a cerrarse, más tecnología podría empezar a significar menos libertad. La discusión está abierta sobre si ya ha comenzado a cerrarse, si lo hará en breve o si podemos ser optimistas porque nunca lo hará.

La revolución tecnológica actual y la inminente revolución biotecnológica tienen la capacidad de modificar la esencia misma de lo humano, y sin duda lo harán. Por un lado, debería reconfortarnos la idea de que tales avances multiplicarán la calidad y el tiempo de vida de las personas, y que la Humanidad tal vez se encuentre a pocas décadas de alcanzar la clave de su cuasi-inmortalidad al dominar plenamente el mecanismo de envejecimiento y de renovación celular, así como por las técnicas de clonación. Asimismo, podemos estar muy próximos a la generación de energía constante, limpia y sin apenas coste. La energía y las comunicaciones probablemente estarán al alcance de cualquiera y con carácter ilimitado. Pero por otro lado, no es difícil vislumbrar una convergencia entre lo biológico y lo tecnológico que modificará paulatinamente al ser humano, tal vez hasta dar pie, con el tiempo, a una impredecible y vertiginosa transformación “postbiológica” de nuestra especie.

Si la tecnología no avanza aún más deprisa no es por su falta de capacidad para ello, sino por nuestra falta de capacidad de asimilarla. Ese tiempo de asimilación humana de la tecnología será en el futuro el que determine la velocidad del cambio cultural. No parece, en cualquier caso, que vaya a ser más lento que el de las últimas décadas. Si en algo existe consenso es en que estamos asistiendo al final definitivo de una era y al inicio de otra. Los seres humanos deberán hacerse acreedores de su propio futuro controlando la tecnología para generar libertad y autorrealización, o de lo contrario la tecnología desbordará a largo plazo el marco de la Humanidad que la creó y llegará a ejercer un poder independiente sobre ella.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en junio de 2001.

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