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Sep 01 2000

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Un liberalismo para el siglo XXI

El liberalismo avanza y se consolida mientras los liberales organizados en partidos cada vez pesan menos en la política de sus países. ¿Cuáles son las claves de esta paradoja? ¿Qué han hecho mal los liberales? El siglo que comienza va a necesitar un replanteamiento del liberalismo para que recupere su posición a la vanguardia de las ideas y en sintonía con las nuevas demandas de los individuos.

Con mucha frecuencia, cuando los liberales de cualquier tendencia se confrontan con la cuestión del alcance y la influencia del liberalismo en nuestros días, la respuesta queda en el aire por falta de consenso y, sobre todo, porque la mayoría de ellos son incapaces de ofrecer una opinión firme. Son tiempos extremadamente contradictorios, en los que unos datos parecen apuntar hacia un triunfo espectacular de las ideas liberales mientras otras pistas hablan de una humanidad que camina hacia “algo” que, pese a su mayor o menor apariencia liberal, presenta fuertes puntos de contradicción con este sistema de ideas —y numerosos factores de riesgo que hacen temer una futura involución hacia el sometimiento de las personas—. En lo único que parece haber consenso es en la gran debilidad, cuando no en la abierta caducidad social y política, de la mayoría de los partidos liberales actuales. Parece evidente que el triunfo del liberalismo —si puede hablarse de tal cosa— no está siendo ni va a ser gestionado por los liberales. O, al menos, no por los políticos liberales.

Los partidos liberales

Es un hecho que la etiqueta “liberal” ha sido usurpada y violada sin piedad por políticos de las más diversas tendencias, desde los conservadores japoneses y australianos hasta los socialdemócratas norteamericanos y colombianos, y desde la extrema derecha rusa y austriaca hasta partidos oportunistas de cualquier signo. Además, entre los partidos reconocibles como liberales existe una disparidad de planteamientos y objetivos tan grande que a veces cuesta entenderlos como una gran familia ideológica mundial. La Internacional Liberal es una institución ante cuya historia e ideales hay que descubrirse, pero que alberga hoy una colección de partidos miembros tan heterogénea como carente, salvo algunas excepciones, de peso político en sus países.

Tal vez uno de los grandes errores que han dado pie a esta situación sea el exceso de pragmatismo que se ha extendido desde la Segunda Guerra Mundial entre los políticos liberales. Sabedores de que el liberalismo es casi siempre un movimiento minoritario, y de que, por tanto, sólo mediante complejas alianzas puede imprimirse algo del mismo a la política de cada país, los políticos liberales se han entregado a todo tipo de coaliciones, unas veces con éxito y otras sin él, en un intento frecuentemente burdo de hacerse un lugar al sol del poder (o en un ejercicio ingenuo de generosidad democrática). Hoy los partidos liberales son en casi todas partes fuerzas políticas menores que, desde su escasa presencia parlamentaria o a veces desde la extraparlamentariedad, concitan el apoyo electoral de minorías matemáticamente irrelevantes.

En su desesperación por sobrevivir políticamente, los partidos liberales han perdido o relativizado, en casi todos los países, su identidad y sus principios, y se han convertido en grupos claramente identificables con los otros partidos de centroderecha o de centroizquierda, en función de la política de alianzas que creen más conveniente en cada caso. El problema es que los liberales llegan a depender tanto de sus socios de coalición —y tienen tanto terror a abandonar las respectivas alianzas— que terminan por verse como simples adláteres de un partido mayor al que, por la debilidad liberal, en realidad cada día le aportan menos (hasta que pasan a ser prescindibles y entonces o son absorbidos o desaparecen). Incluso en los pocos países donde un partido de origen liberal ha logrado convertirse en una de las dos fuerzas políticas principales y desempeñar frecuentemente el gobierno, poco le queda ya de su liberalismo original, al verse obligado a ocupar un espacio ideológico más amplio y vago por motivos electorales (como ejemplo podría citarse al partido canadiense, hoy prácticamente asimilable a la socialdemocracia europea). Son admirables los numerosos partidos liberales que se mantienen firmes en sus convicciones y apuestan por presentarse claramente ante el electorado con propuestas y señas de identidad exclusivas, pero su relevancia política real suele ser casi nula.

Es un fenómeno común de América Latina y de toda Europa: los liberales pierden peso a un ritmo infernal o se ven asimilados en partidos o coaliciones frentistas donde las ideas liberales pronto se verán reducidas a un papel exiguo al lado de otras corrientes de pensamiento mucho mejor defendidas por sus representantes. Y por desgracia no es un problema nuevo que en los partidos liberales recalen, mucho más que en las otras fuerzas políticas, personas sin ideas definidas o en busca de una calculada ambigüedad que les permita saltar luego hacia la izquierda o la derecha según convenga, o necesitados de ocultar un pasado no democrático, etc. Así, la mayoría de los ciudadanos ven al partido liberal como un lugar de tránsito o como el cajón de sastre donde cabe cualquiera. Como suele situarse en el centro del espectro político (según esa manida y caduca escala de izquierdas y derechas) y como algunas ideas liberales parecen similares a las conservadoras y otras a las socialistas, la mayoría ve en el partido liberal un grupo oportunista cuyo único interés es medrar y hacerse con escaños y cargos políticos, pactando para ello con quien sea y vendiendo su alma al diablo si es preciso.

Así, entre la disparidad de significados que hoy se adjudica a la palabra “liberal” y el papel prácticamente conservador o socialdemócrata de los partidos llamados liberales, en la calle se va olvidando el liberalismo como filosofía política y, si acaso, se escucha hablar de él —generalmente mal— como receta económica, muchas veces con el absurdo prefijo “neo-” y como clave de todos los males (sobre todo los de las economías en desarrollo).

Ante este desolador panorama cabe preguntarse si los partidos políticos liberales son en la actualidad una buena herramienta para trabajar por el liberalismo, y si mantienen aún suficientes ideas liberales en sus programas y, sobre todo, en su acción política de co-gobierno o de oposición. En pocos casos la respuesta a estas preguntas es afirmativa. Casi todos los políticos supuestamente liberales han cedido tanto que difícilmente se les puede reconocer en la actualidad como tales. Mucha culpa de esto la tiene también la tendencia a la simplificación bipartidista y a trazar en el centro del espectro político una línea infranqueable respecto a la cual hay que posicionarse obligatoriamente a uno de sus lados. Si esta tendencia, fomentada por los grandes partidos y por los medios, es perjudicial para todos, en el caso de los liberales resulta simplemente letal, ya que nosotros, para ser coherentes con nuestros principios, estaremos a un lado u otro de la línea según éstos nos dicten para cada tema a debate.

Fracaso político, éxito intelectual

Si el propósito de la política es llegar al poder y ejecutar desde él las ideas propias, el liberalismo políticamente organizado ha cosechado en casi todo el planeta, en las últimas décadas, un estrepitoso fracaso que contrasta con el éxito del pensamiento liberal en abrirse paso por otras vías. En Nueva Zelanda los socialistas han llevado a cabo un revolución liberal sin precedentes en la historia. En algunos países latinoamericanos (notablemente Chile), infames dictaduras represivas que ningún liberal sancionaría han sorprendido al mundo aplicando con éxito políticas liberales puras sobre algunas materias. En México el PRI (¡el PRI!) ha permitido que el país evolucione, bajo Salinas de Gortari y Zedillo, desde la “dictadura perfecta” —y desde el sistema de organización social más corporativista desde el fascismo italiano— hacia el liberalismo económico y la plena democracia política, asumiendo como precio la pérdida del poder ocupado durante siete décadas. En la intervencionista Europa continental el amplio consenso de los grandes partidos socialdemócratas y conservadores ha ido evolucionando poco a poco hacia el liberalismo (aunque desde luego le falta todavía mucho recorrido) al mismo ritmo al que los partidos liberales desaparecían del mapa o se veían reducidos a meros comparsas. En este último cuarto del siglo XX, la mayoría de los intelectuales liberales han despreciado o han contemplado con tristeza los esfuerzos de los pequeños partidos liberales, cifrando en cambio sus esperanzas en el tímido “liberalismo” (para algunos temas, como la liberalización de la economía) de los grandes estadistas conservadores y hasta socialdemócratas, desde Margaret Thatcher hasta Tony Blair, desde Felipe González hasta José María Aznar.

Los liberales se han refugiado en los institutos académicos, en los think-tanks y la publicación de artículos, o en la influencia entre bastidores sobre políticos de cualquier partido. Hoy parece más viable hacer política liberal desde fuera del sistema de partidos que desde uno de ellos aunque, claro, no es así como se obtienen escaños ni responsabilidades de gobierno. Muchos liberales se cuestionan para qué luchar por conseguir a cualquier precio un escaño o un cargo político, cuando el principal precio que hay que pagar es precisamente dejar atrás las ideas liberales más impopulares y contentarse con una aplicación lights del liberalismo en el marco de programas de gobierno ajenos.

El éxito intelectual del liberalismo como fórmula política y económica es indiscutible. No se ha extendido aún a todo el planeta a causa de los intereses de las élites locales que detentan el poder en cada uno de los países sometidos aún a sistemas colectivistas de cualquier signo. Esas élites ven con terror la globalización económica, la individualización política y moral y la revolución comunicativa, que ponen en serios aprietos su poder actual y le imprimen una fecha de caducidad temprana. En Occidente el liberalismo ha avanzado desde la época totalitaria de mediados del siglo XX y se ha ido imponiendo ejecutado por otros. En la mayor parte de los casos, políticos de izquierda y derecha han descubierto de pronto el pensamiento liberal, generalmente al confrontarse con la responsabilidad real de gobernar, y lo han asumido con timidez, haciendo toda suerte de piruetas intelectuales y semánticas para incorporarlo a su ideología previa. La democracia cristiana y el socialismo están en rápido retroceso intelectual frente al empuje de las ideas de libertad individual, reducción del Estado y descolectivización de la sociedad, pero como los partidos democristianos y socialistas son muy poderosos y tienen una gran base popular, ese retroceso no está resultando, como cabría esperar, en la pérdida de peso electoral de estos partidos y en el auge de sus competidores liberales, sino en la transmutación de los primeros, que cada vez se van haciendo algo más liberales (o al menos lo intentan o así lo presentan) mientras los genuinos herederos del liberalismo pesan cada día menos en la política de sus países. La reflexión de muchos, incluso liberales, es “para qué un partido liberal puro si el partido A o B es suficientemente liberal y tiene muchas más probabilidades de conquistar el poder”. El voto útil genera bipartidismo y éste aniquila a los liberales o les fuerza a incorporarse a otros partidos. Al mismo tiempo, mucha gente opina que la práctica totalidad de las grandes ideas liberales ya ha sido incorporada al marco democrático común, y que por lo tanto los partidos liberales no aportan nada especial, nada que no esté ya conseguido. Si para conservadores y socialistas a veces es difícil diferenciarse de sus rivales sin salirse del marco democrático, más difícil aún lo es para los liberales (y además son mucho más débiles para hacer oír su mensaje).

Un futuro para el liberalismo

Hoy los liberales debemos confrontarnos con cuestiones esenciales para el futuro de nuestras ideas. ¿Es la situación descrita satisfactoria o habría que redoblar los esfuerzos para que, por cualquier medio, nuestras ideas se vean implementadas? En este caso, ¿sirve aún la vía de los partidos políticos? Si sirve, ¿hay que reavivar los viejos partidos liberales, es mejor empezar de cero un nuevo tipo de partidos liberales más acordes con los tiempos, o bien debemos conformarnos con entrar en los otros partidos y promover desde dentro de ellos el liberalismo? Y, si la vía de la política de partidos es descartable, ¿qué mecanismos alternativos son más eficaces y cómo podemos ponerlos en funcionamiento y evaluar su éxito?

Para mí la solución a todas estas preguntas debe pasar por un replanteamiento (o sea, exactamente, plantearnos de nuevo) qué pensamos: cuáles son nuestras ideas y qué consecuencias deseamos que tengan sobre las personas y la sociedad. Este replanteamiento es necesario porque muchos intuimos que el viejo liberalismo de los partidos liberales convencionales se nos ha quedado anticuado, además de sufrir todos los otros males que antes he mencionado. Así pues, a la necesidad estratégica de diferenciarnos de los demás tenemos que sumar la necesidad —mucho más importante— de repensar nuestras ideas, ver hasta qué punto están alcanzados nuestros objetivos y trazar objetivos nuevos para el siglo que comienza.

El liberalismo no puede seguir mirándose el ombligo, rememorando viejas conquistas ni conformándose con el mero papel —casi institucional— de corpus central de las democracias occidentales. No puede seguir siendo para las grandes masas la aburrida ideología de la corrección ni permitir que la gente lo contemple como una tendencia más dentro de eso que, ajenos al riesgo de generalizar, denominan “la derecha”. Lo contrario de ser liberal es ser conservador (strictu sensu), y viceversa, pero durante demasiado tiempo y en demasiados lugares los liberales se han limitado a “conservar” el statu quo y a hacer una política conformista. No se ha visto a los liberales, ni remotamente, como inspirados por una misión esencial que trasciende al sistema vigente, sino como guardianes grises del mismo, como burócratas de la política más complaciente y conformista. Y sin embargo, no debería ser difícil para los liberales volver a sus orígenes combativos y aplicar su energía a una lucha trascendente que es cada día más sentida por millones de personas en todo el mundo: la pugna por la libertad y la responsabilidad individuales y el consiguiente desmantelamiento del colectivismo en todas sus vertientes. Lo interesante es que, al contrario de sus antecesores, los liberales de hoy no tendrían que luchar por ideas extrañas a su tiempo ni generadoras de un rechazo firme y hasta brutal por parte de la sociedad o de elementos organizados en su seno, sino que las ideas liberales, incluso las más radicales, están en la cresta de la ola y sintonizarían perfectamente con los anhelos y aspiraciones de un porcentaje considerable de la ciudadanía —un porcentaje impensable en épocas anteriores— si fuéramos capaces de expresarlas y explicarlas bien. Más que ninguna otra corriente de pensamiento, los liberales estamos en línea con la nueva economía y, en general, con el nuevo mundo que se abre ante la Humanidad. Deberíamos ser capaces de aprovechar esa sintonía y, revolucionando nuestras propias ideas para recorrer de golpe las décadas que hemos estado dormidos, presentar un conjunto de ideas fácilmente traducible en programas y en medidas concretas.

Aggiornamento y liberalismo libertario

Tomemos prestada la palabra aggiornamento del debate que se da en el seno de la Iglesia Católica sobre la actualización de su doctrina. Aunque no estemos tan enorme y desesperadamente necesitados de actualización como lo está el catolicismo, lo cierto es que durante las últimas décadas se ha echado en falta una mayor evolución de nuestro ideario, y esto se percibe especialmente en el terreno político.

Puestos a la tarea de aggiornare el liberalismo, nuestro futuro no está ni a la “derecha” ni a la “izquierda” sino delante, y “delante” significa unas veces a un lado y otras al otro, pero siempre más cerca del individuo, más modernos, menos intervencionistas, más decididos a derrocar el colectivismo, mucho menos conformistas. Tengamos en cuenta que el aggiornamento de las otras ideologías (véase la Tercera Vía de Tony Blair o el “centro reformista” de José María Aznar) consiste en importar elementos del liberalismo y “robarnos” ideas. Para nosotros, por tanto, debería ser muy sencillo: nuestro aggiornamento consiste en recuperar nuestras señas de identidad originales desprendiéndonos de cuantas concesiones hemos tenido que hacer a nuestra izquierda y a nuestra derecha, y en seguir hacia adelante la trayectoria marcada por nuestra evolución histórica, pero avanzando deprisa todo el camino que no hemos recorrido en estas décadas de letargo, para llegar a un liberalismo puro y fuerte, claramente distante del sucedáneo liberal que intentan hacernos tragar los conversos de última hora al travestir sus viejos partidos. Nuestra actualización pasa por ser, sencillamente, mucho más liberales y mucho más directos, francos, abiertos y honestos a la hora de exponer nuestras ideas tal y como son.

Si así lo hacemos, con seguridad incorporaremos mucho del discurso libertario. Los libertarios son una corriente de pensamiento originada en el liberalismo norteamericano, que abandonó la etiqueta “liberal” cuando ésta comenzó a emplearse allí para referirse a los socialdemócratas y otros intervencionistas. El libertarismo tiene grandes partidarios y detractores entre los liberales del resto del mundo. Es cierto que algunas de sus propuestas pueden resultar descabelladas, pero también es verdad que, en términos generales, el libertarismo representa el único intento serio de actualizar el liberalismo y, en el terreno práctico, de recuperar jovialidad, frescura e impulso político. Un liberalismo que avance sobre su propia trayectoria y se atreva a incorporar las principales ideas “hiperliberales” surgidas del libertarismo será mucho más acorde con su época y mucho más viable como fuerza política, porque se diferenciará claramente de todos sus competidores. Será, indiscutiblemente, la corriente ideológica del individuo (como lo ha venido siendo hasta ahora pero con mucho más coraje, empuje y convicción), y al presentarse ante todos con esta clara misión individualista y anticolectivista se hará perceptible y evidente que en realidad al liberalismo, a este nuevo liberalismo del siglo XXI, le separa un abismo de todo lo demás que existe en el terreno de las ideas. A un lado estarán los colectivistas, ya procedan de la izquierda o de la derecha (términos hoy superados) y al otro, los liberales libertarios que velan por el individuo y anteponen la libertad personal a cualquier otro objetivo, lo que les llevará —si hay alguien que a estas alturas todavía nos quiera circunscribir en esa escala de izquierdas y derechas— a ser “izquierdistas” radicales cuando se trate de defender a capa y espada la no injerencia del Estado en la moral de las personas o los derechos individuales frente a los tabúes de la bioética, o la abolición del servicio militar y la pena de muerte, o el desmantelamiento del nacionalismo de Estado; y a ser muy “de derechas” cuando se trate de luchar por la plena libertad económica, por la rehabilitación del lucro como motivo digno y legítimo de la acción humana, por la plena libertad de horarios y la máxima flexibilidad en la contratación, por el respeto estricto a la propiedad, por los impuestos proporcionales frente a los progresivos o contra la presión fiscal.

Si los liberales tenemos el valor de caminar por esta senda, de presentarnos ante la sociedad sin máscaras y decir lo que pensamos, un número suficiente de personas nos seguirá y nos brindará su apoyo, ya sea en política o por otras vías. Esto lo han entendido bien los principales think-tanks, sobre todo en los Estados Unidos. Falta que lo entiendan los políticos liberales en todo el mundo. Tocan a su fin los tiempos de ese liberalismo moderado hasta el aburrimiento, conformista hasta la negligencia y estratégicamente colocado ante cada decisión en torno a esa calculada y artificiosa entelequia que llaman el “centro”. Es comprensible que nuestros antecesores pusieran el acento en instaurar y proteger unos mínimos de democracia y Derechos Humanos y civiles, porque esa era la prioridad lógica en su tiempo. Hoy no. Hoy ya no estamos en una época de confrontación armada de las ideologías ni tenemos frente a nosotros enemigos totalitarios dispuestos a aniquilar incluso la modesta libertad existente. Por tanto basta ya de entreguismo intelectual: hoy tenemos que pasar página y continuar nuestra misión en vez de seguir cumpliendo la de nuestros abuelos. Y nuestra misión es alcanzar unas cotas de libertad personal muy superiores para todos reduciendo el Estado a su mínima expresión, afirmando la soberanía y la autodeterminación de cada ser humano y profundizando en la democracia plena para la toma de las decisiones necesariamente colectivas.

Se abre ante todos una nueva etapa en la que tenemos mucho que decir, pero en la que sólo se nos escuchará si lo decimos con convicción, con diferenciación respecto a todos y en muchos casos desde fuera del consenso generalizado. En el plano intelectual muchos liberales ya lo están haciendo. Aplicarlo a la política y, especialmente, a la política de partidos es la gran asignatura pendiente. Tenemos que desaprender todo el maquiavelismo de la vieja partitocracia, todo ese pactismo que nos ha llevado a demasiadas concesiones respecto a puntos claves de nuestra filosofía. Pienso que aún es posible trabajar por esta especie de liberalismo puro y fuertemente libertario desde la política de partidos, aunque tal vez sea necesario refundar de arriba a abajo la mayoría de los partidos liberales o, sencillamente, fundar partidos nuevos que no nazcan viciados por los errores del pasado.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en septiembre de 2000.

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