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Abr 11 2013

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Sobre el discurso de Esperanza Aguirre en Argentina

En primavera de 1998 participé en un importante evento de la Fundación Libertad, en la ciudad argentina de Rosario. Se dieron cita allí los principales institutos de pensamiento liberal de América Latina, Norteamérica y Europa. Tuvimos la posibilidad de escuchar magníficas intervenciones como la de José Piñera, entre otros. Quince años después, la misma prestigiosa fundación ha organizado en la misma ciudad un encuentro parecido, y Esperanza Aguirre ha pronunciado un discurso del que se hacen eco hoy los medios de comunicación. Ha sido un discurso (por lo que he leído) razonablemente liberal en economía, ya que se ha pronunciado contra la cultura de la subvención y contra los rescates bancarios, por ejemplo. Ahora dice esto de los rescates, tras un silencio sepulcral al respecto, por ejemplo en cuanto a Bankia. Yo me pregunto cómo es posible que esta señora siga encandilando a tantos liberales con la sencilla técnica de expresar nuestras ideas (con extrema moderación y ciñéndose casi exclusivamente a la economía), mientras permite en su partido o ejecuta directamente lo contrario. O lo hacía, hasta su reciente e imprecisa retirada parcial.

En 1998, mientras yo estaba en Rosario, ella estaba en Madrid y era ministra del gobierno de España, concretamente de Educación y Cultura, cartera desde la que no dio ningún paso para desestatalizar las aulas ni para acabar con el dirigismo cultural. Antes y después, Aguirre ha ocupado los cargos más diversos, y salvo por la liberalización de los horarios comerciales en Madrid (muy al final de su presidencia de esa comunidad autónoma), no se le conocen revolucionarias medidas liberalizadoras, sino únicamente proclamas.

Aguirre se marchó del Partido Liberal (PL) un año antes de que éste fuera absorbido en el congreso que refundó AP en el actual PP, a finales de los ochenta. El PL era el partido que le había dado la oportunidad de entrar en política, y con su marcha lo debilitó gravemente. Se pasó a la hiperconservadora Alianza Popular que presidía Manuel Fraga. Precipitó el fin del PL, que tenía autonomía como agrupación parlamentaria dentro del grupo de la Coalición Popular, y que, una vez fagocitado por el nuevo PP, desapareció. La mitad de sus diputados y otros cuadros se pasaron entonces al CDS, por entonces reconocido internacionalmente como el partido liberal español pese a ser demasiado tibio en sus posiciones económicas. Esas personas no admitían que el partido de los liberales perdiera su personalidad política y jurídica propia y tuviera que integrarse para ser anecdótico dentro de un inmenso partido de centroderecha donde, junto al PL, se incluyó también a los democristianos del Partido Demócrata Popular y a los conservadores de AP.

El tiempo nos ha dado la razón a quienes pensábamos hace un cuarto de siglo que de aquella operación no podría derivarse nada bueno para los liberales españoles. El PP no ha sido un partido liberal, y Esperanza Aguirre ha sido durante veinticinco años la excusa y el tapón que ha impedido que en España, como en toda Europa, hubiera un partido liberal pequeño pero decisivo en las coaliciones de gobierno o en la oposición institucional, a todos los niveles territoriales. El historial de Aguirre no me merece la menor compasión. Es una mujer extremadamente inteligente que ha sabido durante todos estos años lo que hacía. Conscientemente ha ayudado a transmitir una imagen distorsionada del liberalismo, hibridándolo con el conservadurismo moral, el nacionalismo, el dirigismo cultural, la obsesión por el orden, el apoyo al mercantilismo y las demás características neocon del PP. Ha ayudado al PP a neutralizar cuantos intentos han surgido de crear un partido liberal en España. Y se ha llenado la boca hablando de Hayek y de Mises, pero en vano. Pudo saltar en 2006 cuando Rajoy le dijo que se fuera, en el congreso del PP de Valencia, y tuvo otras muchas oportunidades. Pudo llevarse veinte o treinta diputados y exigir una agrupación parlamentaria dentro del grupo popular, como en tiempos del PL. Pudo provocar un cisma y crear un FDP español para agarrar a Génova de los mismísimos y forzar al PP a hacer políticas liberales, al menos en lo económico, ya que parece ser lo único que le interesa. Pudo hacer muchas cosas. Tuvo poder, influencia y dinero para ello. No lo hizo, y ni su edad ni sus compromisos y amistades le van a permitir hacerlo ya. Y entonces, ¿qué nos cuenta ahora, qué pontifica, y con qué legitimidad? Ahora viene a decir desde Argentina lo que no hizo en España, a dar lecciones de liberalismo cuando ha mantenido a los liberales en el ostracismo político y en la subordinación a un partido tan iliberal como el PP. Es para enfadarse.

Y tiene gracia que todavía haya liberales hipnotizados por esta señora, que ponen velas todas las noches a Santa Esperanza para que se produzca el tantas veces anunciado, pero imposible, golpe interno del PP, convirtiendo de la noche a la mañana a ese partido en liberal. Eso no puede ocurrir por la sencilla razón de que un partido de masas, que aspira a ser hegemónico y obtener mayorías, no es adecuado para los liberales, porque necesariamente ha de incurrir en unas dosis de populismo, de clientelismo y de asistencialismo incompatibles con nuestras ideas. Los  partidos liberales suelen ser de nicho, no de aluvión. Son de cuadros, no de masas. Son pequeños, ágiles e influyentes desde fuera de los grandes partidos troncales del sistema. Nuestro lugar está ahí, con identidad y estructura propias, participando en política con una voz nítidamente diferenciada de los conservadores y de los socialistas, y consiguiendo con nuestros votos frenar las posturas iliberales de la izquierda, sí, pero también las de los conservadores. Así funciona en todas las democracias parlamentarias, y la ausencia de liberales en la nuestra es una anomalía de la que, en gran medida, ella ha sido culpable. Y lo ha sido en parte por ambición personal y en parte porque tiene una idea personal bastante curiosa del liberalismo. Se ve como la Thatcher española y te mezcla tranquilamente en la misma frase a Hayek y a los tories, que tomaron con pinzas, selectivamente, las posiciones económicas liberales que les dio la gana, descartando las demás, sacándolas del contexto general del programa liberal, y tratando de llenar así los vacíos intelectuales y programáticos del pensamiento conservador, que son enormes. Pero fue precisamente Hayek quien dejó claro que “el liberalismo es simultáneamente lo opuesto al socialismo y al conservadurismo”, y por más que doña Esperanza nos intente disfrazar el lobo conservador con la piel de la oveja liberal que sacrificó en 1988, el lobo es lobo y la oveja es oveja, y Aguirre está ya amortizada como opción incluso para la amalgama ideológica liberal-conservadora. No digamos para el liberalismo de verdad.

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1 comentario

  1. JUAN ANTONIO SANCHEZ

    Totalmente de acuerdo. Yo fuí votante de ese partido, el PP,durante muchos años. En 2008 ya me caí del guindo y entendí perfectamente que no merece la pena tirar el voto de esa forma. Comencé a interesarme por otros autores liberales, incluida Ayn Rand, y me fuí dando cuenta de que el liberalismo es lo que todavía no ha sido aplicado ni siquiera en un veinte por ciento, en nuestras sociedades colectivizadas al máximo. Hay liberales, como Federico Jiménez Losantos, que siguen todavía creyendo que el PP puede cambiar. Yo creo que la mezcla liberal-conservadora nunca fundionará, porque los primeros, al ser minoría, siempre terminan fagocitados por los segundos. Soy simpatizante de su partido, el P-Lib, porque sencillamente son liberales sin complejos y con mayúscula, y si no cambian las cosas, en un futuro no muy lejano, podrían tener representación en alguna Institución. Sólo una pregunta: ¿Qúe pensaís de Margaret Thatcher y sus políticas económicas y sociales?. Creo que pudo llegar mucho más allá de lo que hizo, pero su partido no la dejó, o ella se acobardó, no lo sé. En cualquier caso el guanajo, como decimos en Canarias, de Rajoy, no le llega ni a la zuela del Zapato. Muchas Gracias.

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