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ago 01 1991

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La tarea de los liberales

Traducción de la conferencia pronunciada en francés por Juan Pina, vicepresidente del Movimiento de Juventudes Liberales de la Comunidad Europea (LYMEC) en la Universidad de Saint Louis (Senegal) en verano de 1991.

Quisiera ante todo agradecer a los compañeros liberales senegaleses su invitación tan amable a conversar sobre un tema que, como liberal, me parece de la mayor importancia: hasta qué punto las ideas que defendemos y los principios en los que se basan mantienen su vigencia en el mundo actual.

Y no es empeño fácil hablar sobre los valores liberales a quienes, como los miembros del Parti Démocratique Sénégalais, demuestran a diario no sólo la vigencia sino también la vitalidad y, más aún, la universalidad del liberalismo. Cuando se contempla desde el mundo desarrollado el incipiente liberalismo africano, se hace a veces con cierto paternalismo y con dudas sobre sus posibilidades de éxito. Sin embargo, el PDS lleva ya mucho tiempo demostrando que la política liberal es una realidad incontestable en este país.

Ya en 1789, durante la Revolución Francesa, los asombrados participantes en los Estados Generales tuvieron ocasión de comprobar cómo la pequeña comunidad senegalesa de aquí, de esta ciudad de Saint Louis, participaba con un interesante cahier de doleances en las reivindicaciones históricas que habrían de cambiar el semblante de Francia y el devenir de la Humanidad.

Si las reivindicaciones de aquella comunidad multirracial no podían ser más liberales (acabar con los privilegios despóticos de la Compagnie du Sénégal, establecer una administración independiente de los intereses de la Compagnie y posibilitar el libre comercio), también constituyen una vanguardia en el panorama liberal de nuestro mundo los liberales del Senegal de los noventa, que junto a algunos partidos liberales de América Latina y del Sudeste Asiático están dando en los últimos años una auténtica lección de saber hacer político a los frecuentemente  anquilosados partidos liberales del mundo desarrollado, devolviendo al Liberalismo sus auténticos contenidos de cambio y de liberación de las personas.

La modélica convivencia en Senegal de diversos grupos étnicos y de dos religiones tan ricas en contenidos culturales como el islam y el cristianismo; y la posibilidad tantas veces demostrada de que exista una verdadera democracia parlamentaria y el consiguiente control del gobierno, distinguen de modo especial la huella que las ideas liberales han dejado en esta sociedad. Y hay que decir en honor a la verdad que son otros quienes de vez en cuando intentan subvertir ese orden, incluso encarcelando a los liberales, pero jamás un liberal, un verdadero liberal, meterá a nadie en la cárcel por sus ideas políticas, ni en Senegal ni en ningún otro lugar del mundo.

Por todo ello, insisto, resultaría absurdo venir aquí con la ingenua pretensión de dar una lección de valores liberales a aquellos de quienes tanto tenemos que aprender los demás liberales. Intentaré, entonces, centrarme en la cuestión de cómo adaptar el pensamiento liberal a las necesidades de nuestro tiempo.

Para ello será necesario abandonar algunos clichés que, sin formar parte de la esencia central del liberalismo fueron en cambio por muchos años consecuencias lógicas de la aplicación de la filosofía liberal a la realidad, pero que hoy carecen ya de razón de ser. Tal vez el mayor ejemplo sea el papel del Estado en la sociedad, que tantas controversias ha suscitado.

EL ESTADO Y EL NUEVO LIBERALISMO

En mi país, España, y también en América Latina ha tenido bastante éxito en los últimos años la noción de nuevo liberalismo. Un término tan vago no puede definir una realidad demasiado concreta, pero de forma muy general hemos dado en contraponerlo al llamado neoliberalismo o liberal-conservadurismo, que en las últimas décadas ha logrado alterar la percepción de lo liberal en la calle. El nuevo liberalismo retomaría el impulso de cambio y liberación que le llevó a originar históricamente las revoluciones románticas del siglo pasado en Europa y que abanderó la lucha por la independencia de los países latinoamericanos. Uno de los pilares en los que se basa la vanguardia liberal es precisamente su apertura a un nuevo estudio del papel que ha de jugar el Estado en la sociedad, aislando los tabúes estatalistas.

El Estado debe ser un mero instrumento de la comunidad. Los liberales lucharon históricamente contra el Estado, sobre todo en su versión más autoritaria. Más recientemente, los liberales hemos atacado con todas nuestras fuerzas a los Estados comunistas, y es preciso recordar también que fueron los liberales quienes diseñaron el sistema político de democracia parlamentaria y equilibrio de poderes que hoy ha recibido de la Historia la confirmación de su acierto. Y será también preciso mirar atrás y ver cómo los sistemas universales de pensiones y de sanidad fueron también, enteramente, obra de los liberales, especialmente en el Reino Unido.

Pero el Estado no es el único enemigo de la libertad, aunque sí el más feroz. Hay otros más sutiles y poderosos, y no nos confundamos: el liberal ataca el exceso, el abuso y la opacidad del poder, sea éste estatal o no. En el mundo de 1991, las grandes empresas mezzcladas con el Estado, algunas organizaciones religiosas, los medios de comunicación de masas, a veces todavía los militares y siempre los grandes organismos de defensa corporativa de trabajadores y empresarios son entidades que con frecuencia ejercen sobre el individuo una coacción consciente o no, voluntaria o involuntaria, que es a mi juicio tan grande y preocupante como la que pueda proceder de las administraciones públicas.

El siglo XX ha visto el crecimiento desproporcionado de los aparatos estatales, cuya incapacidad, burocracia y oscuridad se incrementaban al mismo ritmo. Un Estado máximo así es de hecho un peligro para el ejercicio de las libertades y puede terminar relegando las iniciativas de la sociedad civil al ostracismo. La solución liberal no puede ser otra que abordar sin tabúes la reducción de las dimensiones del Estado para adecuarlo a las necesidades reales de cada sociedad, como expuso la Internacional Liberal en su Manifiesto de Roma (1981).

Una concepción liberal del individuo y de su dignidad no puede dejar de reconocerle merecedor de protección para el ejercicio de su libertad, y a la vez soberano en el ejercicio de sus derechos. Toda la maquinaria pública, para cumplir realmente el objetivo liberal de ser instrumento de la comunidad, debe estar enteramente bajo control de la ciudadanía. Precisamente es el control del Poder, en sentido amplio, una de las piedras angulares del pensamiento liberal.

EL CONTROL DEL PODER

Conforme las sociedades se han ido haciendo más complejas, la información y las nuevas tecnologías se han desarrollado y los problemas y sus posibles soluciones se han internacionalizado, los liberales hemos visto defraudadas buena parte de nuestras expectativas de control ciudadano del Poder. En los países desarrollados, el poder político se concentra cada vez más en los gobiernos y en el aparato de la administración del Estado, en detrimento de los parlamentos. Esto crea un déficit de control considerable. Los liberales sabemos que la democracia parlamentaria no es un sistema perfecto, ni mucho menos un fin en sí misma, pero creemos que de todos los sistemas conocidos es el único que logra éxitos en la promoción de la libertad humana. Para que esto sea así es preciso, sin embargo, que la democracia sea una criatura viva en constante evolución. El inmovilismo es a la vez casi una consecuencia lógica de la serenidad que genera el sistema democrático y también una de las más serias amenazas que se ciernen sobre él. Los liberales echamos en falta una mejora en la adaptación del sistema a los anhelos de la sociedad civil. Acercar la democracia a la calle y hacerla verdaderamente participativa es un objetivo irrenunciable y constante.

Para ello, los liberales debemos acudir a un concepto que siempre defendimos y cuya utilidad es ahora más evidente que nunca: la descentralización, que dota al sistema de mayor eficacia y cercanía al ciudadano. Pero simultáneamente hay que desarrollar medios de participación ciudadana más directos y eficaces. Para que la democracia se mantenga en forma es preciso que el individuo la sienta como algo próximo que le afecta día a día y sobre lo que tiene capacidad de influencia. Los mecanismos de adopción de decisiones por consulta popular, incluso a niveles locales, ensayando preguntas múltiples sobre los principales asuntos que afectan a la comunidad, constituyen una forma muy liberal de encarar este problema. Hay que fomentar también el asociacionismo en todas sus formas, es decir, la vertebración de la sociedad, que resulta sin duda la mejor vacuna contra los excesos del Estado. Claro que por otro lado es preciso que estas organizaciones, y en especial los partidos políticos, eleven el listón de sus autoexigencias en materia de democracia interna, que hoy por hoy es insuficiente y deficiente en la mayoría de los casos, en todo el mundo. Así el ciudadano debe adquirir una doble faceta mediante su afiliación a estos colectivos: influir a través suyo en la evolución de la sociedad y ejercer una labor vigilante a nivel individual contra el enquistamiento y la instrumentalización de la entidad por parte de grupos de poder internos fuera de los cauces democráticos. Se trata en ambos casos de una apuesta por la soberanía de los individuos.

Habrá que abordar también el debate sobre el papel de los creadores de opinión la sociedad. Los medios de comunicación que mezclan información con opinión y las grandes agencias hegemónicas que sirven a los medios una información, sobre todo internacional, difícil de constatar directamente, son también enemigos de la sociedad abierta. La información sobre los informadores, sobre cuál es la titularidad de las acciones de un medio y cuáles pueden ser las lealtades y los intereses individuales de quienes toman las decisiones en la maquinaria informativa, resulta en la actualidad no ya necesaria sino imprescindible. Con frecuencia los medios exigen de la llamada clase política una transparencia y una ética que también ellos deberían demostrar y que por desgracia suele brillar por su ausencia. La existencia de mecanismos de Ombudsman  y formas de participación del público es deseable. Al mismo tiempo, los medios estatales deben desaparecer porque su politización es inevitable.

Una de las bestias negras del liberalismo han sido tradicionalmente los sindicatos. En el mundo desarrollado y desde la óptica de la economía de libre mercado, los sindicatos, a pesar de su fachada de defensa del trabajador, han sido muchas veces, a la larga, un obstáculo para éste y sobre todo para las personas en busca de empleo, al exigir y lograr unos sistemas de contratación excesivamente rígidos e inflexibles que han terminado por reducir la oferta de empleo. Además, muchos sindicatos son correas de transmisión de una ideología dogmática que resulta en totalitarismo allí donde se pone en práctica. Los sindicatos actúan en política haciendo uso del poder que les confiere un determinado porcentaje de ciudadanos afiliados a ellos, obteniendo una capacidad de influencia desproporcionada en relación al auténtico juego de mayorías y minorías en las elecciones legislativas.

El objetivo liberal es, hoy como ayer la división, la transparencia, el control y el equilibrio del poder, pudiéndose establecer una ecuación simple por la que a mayor y mejor control del poder existe siempre una cota más alta de libertad y justicia. Una nueva articulación de la democracia, una mayor vertebración de la sociedad, unos medios de comunicación que no se conviertan en cómplices del poder y un mercado laboral abierto son algunos de los debates que deberemos liderar los liberales en el camino hacia una sociedad más libre.

DERECHOS HUMANOS

Si la libertad es el fin que persigue la política liberal, los derechos de la persona son a la vez una precondición y una garantía para acceder a ella.

Como sucede con el control del poder y con el papel del Estado, el concepto de Derechos Humanos debe ampliarse y adaptarse a la evolución de las sociedades.

Un estudio del respeto a los Derechos Humanos en el mundo nos sitúa ante un panorama desolador. La evolución en este campo, si bien ha experimentado un gran impulso en los últimos años, gracias, sobre todo, a la labor de constante denuncia de organizaciones no gubernamentales, sigue siendo en cualquier caso a todas luces insuficiente. Pero junto a la lucha permanente por los derechos más elementales, lucha de la que los liberales no podemos ni tenemos derecho a cansarnos, nuevas cuestiones surgen conforme surgen también nuevas amenazas y problemas o nuevas opciones técnicas y científicas.

Así, el derecho a la vida plantea en el mundo de 1991 cuestiones de difícil solución y generadoras de debates interminables sobre temas como la eutanasia, el aborto, las técnicas de reproducción asistida, la clonación y la ingeniería genética, etc. De igual manera, el objetivo liberal de acabar con toda discriminación basada en motivos personales nos lleva en la actualidad a considerar problemas que no eran tan tratados unas décadas atrás, tales como la pertenencia a minorías étnicas, las preferencias sexuales o las minusvalías físicas.

Al mismo tiempo, se perfila toda una generación de derechos emanados de la asunción por parte de cada ser humano de un código ético propio, una ideología o filosofía de vida o una religión, que pueden chocar con las imposiciones del sistema. La objeción de conciencia ante mandatos sociales o profesionales como el servicio militar o la realización de trabajos específicos debe ser una salida disponible para el individuo. El reconocimiento de este tipo de derechos, cada vez más extendido internacionalmente, es un triunfo para los liberales ya que consagra la supremacía de la libertad individual frente a las exigencias del grupo. Al mismo tiempo debe quedar garantizada la no alteración de las funciones concernidas.

Los liberales de hoy debemos plantearnos también un problema tan serio como es la manipulación psicológica de las personas por las sectas psicodestructivas, que es quizá una de las mayores amenazas a las que se enfrentan nuestras sociedades a largo plazo. Pocas cosas pueden repugnar tanto a un liberal como la anulación mediante técnicas psicológicas de la voluntad y la despersonalización de seres humanos para convertirlos en robots al servicio de mafias internacionales cada vez más poderosas.

LIBERTAD Y DESARROLLO

Gran parte de los temas que he tratado hasta ahora se basan en la percepción de un liberal europeo, y, si bien afectan a los seres humanos universalmente, es preciso hacer un esfuerzo de comprensión de la realidad del mundo subdesarrollado que necesariamente requerirá replantear algunas de las cuestiones suscitadas o su enfoque.

La aplicación de los valores de la democracia liberal en el ámbito internacional es mucho más difícil que en el interior de cada Estado, pero cada vez resulta más necesario definir y dotar de poderes a organismos internacionales efectivos que velen por el cumplimiento de una legislación internacionalmente elaborada y respetada.

Al mismo tiempo, la terrible disparidad de ingreso entre el Norte y el Sur constituye una permanente amenaza a la convivencia. Es imprescindible desarrollar mecanismos de cooperación entre los países del Sur paliando así su dependencia del Norte, así como acabar con las barreras arancelarias a los productos procedentes de los países menos desarrollados. Los liberales, que apostamos siempre por el libre comercio, no podemos admitir la injusticia permanente que suponen esas barreras. Son un lastre que dificulta, cuando no imposibilita, la salida de esos países de la situación en que se encuentran. Nuestra máxima sigue siendo hoy Trade, not Aid porque creemos en la capacidad de todas las sociedades humanas de salir adelante si se les permite competir libremente en condiciones de igualdad de oportunidades. Más que ayuda, lo que hace falta es tratar al Sur de igual a igual y no cerrar nuestras puertas al producto de su esfuerzo.

Los liberales no podemos creer en la libertad de una parte de la Humanidad mientras la mayoría de los seres humanos carecen de ella. El mundo es una unidad indivisible. La cada vez mayor internacionalización de los avances y los problemas, de los procesos históricos y las tensiones que estos generan, hace que por vez primera la Historia de la Humanidad se haya fusionado en un solo tronco, que ya no existan Historias paralelas de sociedades separadas por compartimentos estancos. En la aldea global, la libertad de cada uno de sus integrantes afecta a la de todos los demás. Los avances de cada país en su libertad son avances de la Humanidad entera, y sus retrocesos son también globales.

CONCLUSIÓN

Por todo lo expuesto a lo largo de mi intervención quisiera terminar resaltando la necesidad, en el momento histórico que vivimos con el desmantelamiento del bloque comunista, de mantener vivo y activo el liberalismo generando respuestas liberales a los nuevos retos, y haciendo en definitiva que los valores liberales sean en este mundo cambiante un referente nítido y un motor de progreso, solidaridad, justicia y libertad.

Recuperar el pulso de la calle allí donde los liberales lo perdieron y mantenerlo en aquellos países donde, como en Senegal, liberalismo es sinónimo de cambio, son las tareas inmediatas del liberal de este fin de siglo.

Si tenemos éxito en llevarlas a cabo, haremos posible en las próximas décadas una avance sin precedentes en la política de la libertad, porque los tiempos no pueden ser más propicios. Pero si perdemos este momento histórico, la caída de unos totalitarismos podría engendrar la aparición de otros que creíamos conjurados, ya que la diferencia entre unas ideologías colectivistas y otras es, contra lo que pueda parecer, muy pequeña. El nacionalismo extremista e incluso el fascismo podrían reemplazar al comunismo, y el fundamentalismo religioso podría ocupar el mismo espacio en otras regiones. Por ello los liberales nos enfrentamos a una época de cambios vertiginosos en la que más que nunca es preciso tener muy claras nuestras ideas y más aún nuestros principios.

Cuando la Historia ha dado la razón a quienes apostaron por el liberalismo en los momentos más difíciles, se abre ante nosotros un futuro tan esperanzador como cargado de incógnitas e incertidumbre. Pero será en todo caso un futuro en el que, tras demasiado tiempo empleado en atender a otras consideraciones, el debate y la acción deberán girar necesariamente, para bien o para mal, en torno a la libertad.

Muchas gracias

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