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Nov 30 2010

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La alternativa liberal para el siglo XXI

Conferencia pronunciada por Juan Pina como presidente del Partido de la Libertad Individual (P-Lib) en el Foro La Región. Ourense, 30 de noviembre de 2010.

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Boas tardes.

En el espacio de mi intervención voy a tratar de arrojar algo de luz sobre el significado real del término liberalismo, una etiqueta política particularmente distorsionada en nuestro país, explicaré su evolución de las últimas décadas y su actualización de cara al siglo actual, esbozaré la alternativa ideológica y programática de los liberales, argumentaré por qué considero una anomalía de nuestra democracia la ausencia de un partido liberal en las instituciones y les explicaré brevemente los objetivos, la estrategia y los plazos de un partido tan atípico, tan diferente, como el que tengo el inmenso honor de representar hoy ante ustedes.

Seguramente muchos de ustedes ya saben que la palabra “liberal”, en su sentido originario, no tenía contenidos políticos. Significaba simplemente “librepensador”, “abierto” en el sentido intelectual del término, y también tenía significados como “generoso” o “dadivoso”. Fue en España, en las Cortes de Cádiz de 1812, donde se comenzó a utilizar la palabra “liberal” con un significado político, y desde el castellano saltó en las siguientes décadas a las demás lenguas europeas.

Es una lástima que en el país que acuñó el término sea, probablemente, donde mayor confusión existe respecto a su significado.

Según una encuesta del CIS realizada el pasado mes de enero, la autoafirmación como “liberal” es, con más de un 12 % de los españoles, la tercera más popular en España después de “socialista” y “conservador”. Esto nos situaría en unos parámetros similares a los del resto de Europa. Sin embargo, otras preguntas de la misma encuesta y nuestra propia realidad cotidiana nos dicen que esa confusión terminológica imperante hace que muchos liberales no sepan que lo son e incluso abominen de este término y que, por contra, muchos no liberales se declaren como tales. En realidad se puede estimar que entre un cinco y un diez por ciento de la población es liberal y votaría a un partido liberal si pudiera. Esto coincide además con los datos de voto de la única etapa en la que hemos tenido un partido remotamente liberal, en realidad social-liberal, en las instituciones: fue el CDS de 1986 a 1993. Pues bien, ese porcentaje tan significativo de nuestra sociedad y de nuestro electorado está huérfano de partido desde hace ya demasiado tiempo, y cada vez más harto de tenerse que contentar con el voto, como mal menor, a formaciones políticas ajenas al liberalismo.

El liberalismo es, como indica su nombre, la corriente de pensamiento que afirma la libertad, los derechos del individuo, la soberanía personal que todos y cada uno de nosotros poseemos y que con tanta frecuencia nos es arrebatada. El liberalismo es el sistema de ideas que reconoce la supremacía de la libertad frente a cualquier otro valor, y que aspira a extenderla en toda su plenitud a todos los seres humanos sin distinción de raza, género u otras características personales.

Hay tres frases que resumen a la perfección el pensamiento liberal. La primera es del pensador británico Lord Acton, que a mediados del siglo XIX escribió que “la libertad no es un medio para alcanzar fines políticos más altos, sino que es en sí misma el fin político más alto”. Creo que hoy esas palabras siguen emocionando a millones de personas que en todo el mundo albergamos las ideas de la libertad, las ideas liberales. Cuando nuestros adversarios ideológicos, los colectivistas de cualquier signo, intentan situar por encima de la libertad otros valores, por elevados que sean, siempre terminan por fracasar en su empeño y recortar nuestra libertad.

Y esto me lleva a la segunda frase, que es de Benjamin Franklin: “aquellos que están dispuestos a sacrificar la libertad a cambio de seguridad no merecen ninguna de las dos y están condenados a perder ambas”. Donde dice “seguridad” podemos colocar en realidad cualquier otro valor y la frase seguirá siendo cierta.

La tercera frase es del economista de cabecera de muchos liberales, yo mismo incluido, el mayor exponente de la Escuela Austriaca de Economía, Friedrich August von Hayek, quien afirmó lo siguiente: “denomino liberal a la posición que sostengo, que es simultáneamente la contraria del socialismo y del conservadurismo”. Constantemente me veo en la obligación de recordarle esas palabras tan sabias a todos los que nos salen con que el lugar de los liberales está en el PP.

En efecto, los liberales somos un tercer polo frente a los socialistas y frente a los conservadores; frente a los colectivistas de inspiración marxista y frente a los colectivistas de inspiración tradicionalista. Por eso no sirve una escala lineal de izquierdas y derechas para posicionar en ella a los liberales. Por eso en unos asuntos se nos percibe como de derechas (sobre todo en economía) y en otros se nos ve como de izquierdas (sobre todo en las cuestiones morales).

En el sitio web del Partido de la Libertad Individual, www.p-lib.es, pueden ver ustedes un mapa de las ideas políticas inspirado en el famoso mapa que realizó hace unas décadas el politólogo norteamericano David Nolan, y adaptado a nuestra realidad. Es un mapa esclarecedor porque evidencia que las ideas políticas no pueden representarse con esa paupérrima escala convencional de izquierda y derecha. Junto a ese eje convencional debemos establecer otro eje cuyos extremos son la soberanía colectiva y la soberanía individual. Y al surgir de esos dos ejes un mapa, una cuadrícula, ya sí puede representarse no sólo al liberalismo sino a la mayor parte de las ideas políticas.

Para nosotros lo importante no es nuestra posición en la escala horizontal de izquierdas y derechas. En esa escala estaremos a un lado u otro, o en el centro, en función de cada tema. Lo que importa la otra escala. Y en ella los liberales ocupamos, en solitario, el polo de la soberanía individual frente a todos los demás: frente a los conservadores, los democristianos y los socialistas que son, todos ellos, colectivistas moderados. Y por supuesto, en las antípodas de los colectivistas extremos (comunistas, fascistas, ultranacionalistas, ultrarreligiosos, nazis, etc.).

El liberalismo, la ideología de la libertad, nace en Occidente del siglo de las Luces, es alumbrado por el racionalismo. Es el autor intelectual de parte de la Revolución Francesa, al menos en lo tocante al reconocimiento de los derechos de la persona, y de toda o casi toda la Revolución Americana, cuya aportación al mundo de las ideas no ha sido suficientemente valorada en nuestro continente, tan dado a la arrogancia cultural frente al resto del planeta.

El liberalismo inspiró el avance de las ciencias frente al oscurantismo, de las repúblicas frente a las monarquías, del constitucionalismo frente al absolutismo, de los regímenes de libertades y el Estado de Derecho frente a toda forma de despotismo, de los parlamentos y el debate de propuestas frente al ordeno y mando, de las votaciones frente a las imposiciones, del debido proceso jurídico frente a los juicios sumarísimos, de la empresarialidad y la movilidad social frente a los estamentos sociales compactos y las castas estáticas.

La contribución del liberalismo al mundo civilizado y desarrollado fue, en los siglos anteriores al nuestro, absolutamente determinante de los mejores resultados de progreso, civilización y bienestar de nuestra especie. Los liberales españoles de hoy no podemos sino reconocernos herederos de aquellos políticos y hasta de aquellos guerrilleros liberales que durante todo nuestro siglo XIX intentaron modernizar el país, librarnos de la involución carlista, impulsar las constituciones, reducir el poder de la corona y realizar desde el gobierno las grandes desamortizaciones y las reformas políticas, económicas y culturales emanadas del bendito contagio de las ideas que venían de más allá de los Pirineos.

Pero en España, como en toda Europa, el sistema de democracias parlamentarias hace crisis en el primer cuarto del siglo XX, debido a la pujanza de una doble fiebre ultracolectivista de izquierdas y de derechas. Las grandes mayorías desechan irresponsablemente el marco político y económico que había producido las mayores cotas alcanzadas hasta entonces de libertad y prosperidad: la justamente llamada “democracia liberal” o también “democracia de Westminster” (por la sede del parlamento británico). Los enemigos de la libertad se salen en aquel momento histórico con la suya y comienzan a instaurar dictaduras de corte fascista y comunista. Pese al fracaso de todos esos regímenes, el paréntesis de no liberalismo iniciado en el periodo de Entreguerras todavía no ha terminado de cerrarse noventa años después, y de su cierre depende que el siglo XXI sea un siglo de libertad o corramos el serio riesgo de regresar a los totalitarismos que creíamos superados.

La Guerra Civil española, que fue un ensayo general de la Segunda Guerra Mundial y que fue un conflicto entre cosmovisiones colectivistas enfrentadas, arrojó al exilio exterior o interior a la exigua minoría de liberales que había en nuestro país. Uno de ellos, un gallego, Salvador de Madariaga, constituye un excelente ejemplo de cómo los liberales quedaron intelectualmente al margen de ese conflicto, horrorizados por ambos bandos más o menos por igual. Madariaga es una persona liberal que clasificaríamos en el centroderecha, es ministro de la República, condena el golpe de Estado militar pero a la vez se distancia de la involución del Estado hacia el comunismo. Hace las maletas y se pasa todo el franquismo en el exilio, regresando cuando regresa a España la democracia. Y en el exilio, además de luchar contra el franquismo en el llamado Contubernio de Münich y desde sus programas de la BBC, se convierte también en uno de los intelectuales anticomunistas más reconocidos mundialmente. Él sí comprende que los totalitarismos y autoritarismos de uno y otro signo son, en realidad, lo mismo. Madariaga colabora con Hayek en la puesta en marcha de la Sociedad Mont Pèlerin, el centro de pensamiento liberal por excelencia, y funda la Internacional Liberal, en 1947 en Oxford. Tengo el orgullo de haber sido vicepresidente de esa organización mundial de partidos liberales desde 1997 a 2002 y reconozco en Salvador de Madariaga la memoria histórica que también los liberales poseemos, y que, como pueden ver ustedes, no es ni la de la izquierda vencida ni la de la derecha vencedora. Los liberales somos, debo insistir en ello, un tercer polo, una tercera identidad no clasificable entre los colectivistas de uno u otro signo.

En los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta, mientras España vivía su exótica y anacrónica diferencia respecto al resto de Occidente, se asentó en todo el mundo desarrollado, y particularmente en Europa Occidental, un paradigma social, político y sobre todo económico que está dando ya sus últimos coletazos ideológicos porque es insostenible, y porque no responde a las necesidades de la gente. Me refiero a lo que el sociólogo angloalemán Ralf Dahrendorf denominó el “consenso socialdemócrata”. Tras el paréntesis totalitario y bélico, ese antiguo paradigma de la “democracia liberal” se restaura sólo formalmente, y en realidad se sustituye por este nuevo paradigma del “consenso socialdemócrata”. Todas las ideologías democráticas se tiñeron, al término de la Segunda Guerra Mundial y hasta bien entrados los noventa, de socialdemocracia. En España, a partir de 1975, ese fenómeno también nos alcanzó.

En los países occidentales, los partidos más izquierdistas se volvieron casi socialdemócratas para abrirse hueco en el mercado electoral, y a eso le llamaron eurocomunismo. Y por otro lado, los partidos democristianos, colectivistas donde los haya, abrazaron con tanto entusiasmo la evolución hacia posiciones socialdemócratas que partidos como la CDU alemana llegaron a competir en intervencionismo y en dirigismo cultural con el propio partido socialdemócrata SPD, y hasta gobernaron juntos en alguna ocasión en la llamada Gran Coalición, que para muchos analistas era contra natura, pero que en realidad respondía perfectamente a ese “consenso socialdemócrata” de Dahrendorf. Y en ese consenso cayeron incluso los partidos conservadores, los ecologistas, los de índole nacionalista o regionalista, y, por desgracia, en cierta medida, también muchos de los partidos liberales europeos.

El caso más claro de esto último fue la fusión del histórico Liberal Party británico con una escisión socialdemócrata del laborismo, ya a finales de los ochenta. Les ha llevado veinte años empezar a desprenderse de esa pesada herencia, y cuando lo han comenzado a hacer han cosechado su mejor resultado en setenta años y han regresado al gobierno en coalición con los tories, con los conservadores.

El “consenso socialdemócrata” tuvo su expresión más acabada en la Suecia del primer ministro Olof Palme, exaltada por nuestra izquierda durante muchos años como el norte y guía de su programa, como el paraíso del Estado perfecto y de la sociedad feliz. Pues bien, es precisamente en Suecia y en toda Escandinavia donde el mito socialdemócrata se ha resquebrajado, donde los ciudadanos hace ya muchos años que reclaman menos paternalismo y más libertad, y donde pensadores como Johan Norberg son ahora quienes inspiran a los liberales mucho más allá de Suecia. Es precisamente Suecia, por ejemplo, el primer país de Europa Occidental donde se ha implementado parcialmente el sistema de capitalización para las pensiones que los liberales proponemos.

Desde una perspectiva histórica podemos afirmar que ese “consenso socialdemócrata” de la larga posguerra mundial, ese paradigma del cual ahora estamos saliendo debido a factores como la globalización y la revolución de las comunicaciones, no fue sino una versión democrática y lights del colectivismo feroz que décadas atrás había asolado Europa y que seguía manteniendo a la mitad del continente convertida en un inmenso gulag.

Esa ideología transversal ya está en declive en el plano teórico, en el mundo de las ideas, aunque se sigue resistiendo a desaparecer en el plano físico. Hay un mundo nuevo que no acaba de nacer y hay un mundo viejo que no acaba de morir. No me cabe ninguna duda de que el “consenso socialdemócrata” forma parte del segundo.

Digo que ese consenso constituye una ideología transversal porque, como hemos visto, logró infiltrarse en todos los partidos principales. Tiene gracia que en nuestro país algunos nuevos partidos de aluvión, producto del marketing y carentes de raíces ideológicas profundas hagan gala precisamente de su transversalismo. Es el caso de UPyD y de Ciudadanos. Ambos emplean o han empleado el término “transversal”, aunque ahora Albert Rivera, líder de Ciudadanos, se ha declarado, cómo no, socialdemócrata durante la reciente campaña electoral catalana.

Ese largo “consenso socialdemócrata” continental se caracterizó por una visión infantilizada del ciudadano, visión que aún persiste en la mayoría de los grandes partidos de la izquierda y de la derecha europeas. La socialdemocracia instaura un Estado bonachón que, como un padre riguroso y diligente, se esmera en ser amable con el ciudadano pero dirige sus pasos, vigila sus actos y controla todos los aspectos de su vida y, sobre todo, de su acción económica. Como en la novela 1984, de George Orwell, el Estado traza nuestro camino y se asegura de que no nos salgamos del mismo. Pero, al contrario de la novela, no lo hace ya desde la agria y feroz imposición dictatorial, sino desde la dulce apariencia de una democracia que en realidad es más formal que real.

La socialdemocracia toma el Estado y lo agiganta, le dota de competencias y objetivos que no le son propios, y exige a los ciudadanos un esfuerzo tributario desproporcionado. La socialdemocracia convierte al Estado en un leviatán sutil, en una bola de nieve cuyo crecimiento a expensas de la libertad es interminable. La socialdemocracia inflaciona el número de leyes, normas y regulaciones que ordenan todos y cada uno de los aspectos de la vida social y económica, y no contenta con eso, bombardea al individuo con todo tipo de costosas campañas estatales para decirle todo lo que tiene que hacer o dejar de hacer. La socialdemocracia coloniza mediante las subvenciones el mundo de la solidaridad, adueñándose del Tercer Sector, y el mundo de la cultura. Porque la socialdemocracia instaura un régimen de ingeniería social en el que las élites del Estado se creen en la obligación moral de moldear la sociedad civil, dirigir la cultura y guiar los comportamientos individuales.

Los partidos de centroizquierda dentro del “consenso socialdemócrata” hacen todo eso desde su cosmovisión postmarxista. Los de centroderecha lo hacen desde su pensamiento tradicionalista, nacionalista, moralista y de inspiración mística. En ambos casos, el sistema les funciona y durante unas cuantas décadas consiguen en toda Europa una alternancia entre partidos cada vez más similares entre sí que se toleran bastante bien mutuamente y que desde luego no discrepan en absoluto respecto a los grandes acuerdos que les encanta llamar “de Estado”, con ese solemne y engolado enaltecimiento de lo oficial que les es propio, y que constituye un fleco cultural del Antiguo Régimen vigente hasta nuestros días.

Esos acuerdos pintan un escenario que ya conocemos: impuestos confiscatorios, brutal sobrerregulación económica, un Estado-providencia inabarcable y paquidérmico y un dirigismo social y cultural ciertamente castrador y liberticida. Es el reino global de lo que nosotros llamamos el Hiperestado, y contra el que nos rebelamos en su conjunto.

Su sistema de altísimos impuestos no sólo es perverso por detraer ingentes recursos que, desde luego, serían muchísimo más eficientes en la sociedad civil, asignados y reasignados una y otra vez por ese mecanismo incontrolable y espontáneo que es el mercado. Es perverso, sobre todo, porque constituye la más poderosa herramienta de ingeniería social. Aumentando o reduciendo la carga tributaria para esto o para aquello, los sesudos comités de expertos del Hiperestado dirigen sutilmente nuestro consumo, nuestra inversión, nuestras vidas. Los impuestos son los hilos que van desde la mano dirigente del Estado hasta el ciudadano-marioneta, muchas veces inconsciente de que el Hiperestado le ha convertido en súbdito.

Pero nuestro mensaje es que hay vida más allá de ese “consenso socialdemócrata” moral y económicamente acabado. Mientras reinaba ese paradigma, el liberalismo se fue enriqueciendo con aportaciones de extraordinaria valía. Mencionaré tres de ellas, que nos ayudan a actualizar el liberalismo y plantear su alternativa para el siglo XXI.

Citaré en primer lugar el pensamiento objetivista que pone sobre la mesa en los años cuarenta y cincuenta la filósofa y escritora rusoamericana Ayn Rand, y que constituye toda una alternativa moral al colectivismo de cualquier signo. Sus novelas El manantial y La rebelión de Atlas son realmente merecedoras de un lugar en la librería de cualquier persona que ame la libertad. Y sus escritos teóricos, ciertamente visionarios y adelantados no sólo a su tiempo sino incluso al nuestro, trazan un horizonte esencial para nuestro futuro.

En segundo lugar, también en los Estados Unidos y apenas unos años más tarde, parte de los seguidores de la Escuela Austriaca de Economía desarrollan la corriente de pensamiento político denominada en inglés libertarianism, que en castellano traducimos como libertarismo a riesgo de una posible confusión con los libertarios de extrema izquierda de nuestra Guerra Civil, con los que evidentemente no tienen relación. Una figura esencial de este libertarismo es Murray Rothbard, pero también es importante reconocer el trabajo de un partido extraparlamentario, pero presente y con mucha fuerza social y mediática en todos los estados de la Unión, como es el Libertarian Party. Debido al complejo sistema electoral estadounidense, algunos de los líderes principales del movimiento libertarian, como el conocido congresista Ron Paul, concurren ahora a las elecciones desde las filas de los grandes partidos. Muchos percibimos el libertarismo como una derivación del liberalismo clásico hacia posiciones que inciden aún más en la soberanía de la persona individualmente considerada.

Como nota al margen, es interesante señalar que el conocido movimiento Tea Party en los Estados Unidos se originó precisamente en los círculos libertarian y entre los seguidores del congresista Ron Paul. Por desgracia, los neoconservadores más estridentes y arcaicos, con la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin a la cabeza, han terminado por torcer y capitalizar ese movimiento, llevándolo hacia su terreno de involución política y de regreso a etapas superadas de moralismo ultraconservador y hasta de creacionismo. Todo esto ha provocado que el propio Ron Paul se distancie de un Tea Party ya desgraciadamente desvirtuado y cuya percepción se ha distorsionado terriblemente, sobre todo en España.

La tercera aportación al liberalismo que quiero destacar se produce ya en los años ochenta y noventa, desde lo que llaman en Italia radicalismo, con figuras como Marco Panella o como la conocida eurodiputada Emma Bonino, constituyendo desde su partido italiano el Partito Radicale Trasnazionale que comienza a extenderse por toda Europa y después por todo el mundo mediante la estrategia de la doble militancia y la presencia en aquellos partidos convencionales que les admiten. Nosotros lo hacemos, estamos encantados de contar con algunos de ellos en nuestras filas.

Para el Partido de la Libertad Individual es un orgullo poder afirmar que, siendo como somos un partido liberal, nuestra preocupación por la actualización y el futuro del liberalismo nos lleva a ser la casa común de todas las familias del individualismo político. Por ello no es casualidad que la primera corriente interna que se ha constituido en el P-Lib sea la de los libertarians españoles, o que en nuestro Comité Ejecutivo Federal se sienten los más reconocidos representantes en España tanto del objetivismo inspirado por Ayn Rand como del radicalismo trasnacional de orign italiano. Esas tres aportaciones complementan la visión liberal convencional, refuerzan el liberalismo señalando sus pasos siguientes, y nos ayudan a avanzar en la propuesta de una alternativa liberal para el siglo XXI.

Esa alternativa sistémica, tanto en nuestro país como a nivel mundial, pasa por reconocer que el eje importante del debate ideológico de nuestro tiempo es el de colectivismo frente a individualismo. En realidad, al final, esas son las dos opciones y los liberales estamos claramente en la segunda, mientras todos los demás están en la primera. Es desde el anticolectivismo y desde la afirmación del individuo libre y soberano desde donde construimos nuestra alternativa filosófica, política y económica.

Los liberales optamos por la persona y no por las masas. Optamos por una sociedad civil fuerte, no por un Estado poderoso. Optamos por un orden espontáneo de la economía, configurado por la acción humana, es decir, por la actividad descoordinada de millones de agentes económicos que actúan en libertad persiguiendo su beneficio. Y optamos por la responsabilidad de cada individuo sobre sí mismo, sobre su vida, su tiempo y su actuar. La responsabilidad es la otra cara de la moneda de la libertad, y ambas van unidas indisolublemente. Quienes quieren abdicar de su libertad, lo que desean en el fondo es desprenderse de la responsabilidad que implica ser libre. Y nosotros, los liberales, no nos oponemos a que lo hagan si así lo desean. A lo que nos oponemos es a que nos obliguen a todos los demás a esa misma abdicación de nuestra inalienable soberanía personal.

Los liberales optamos por el sistema de economía política más solidario que existe: el capitalismo. Y digo que es el más solidario porque es el único basado en la cooperación voluntaria de los individuos y de sus agrupaciones igualmente voluntarias. Es el único sistema en el que, para alcanzar legalmente el éxito económico, uno no tiene más remedio que servir a los demás. No tiene más remedio que crear, inventar, invertir, emprender, esforzarse, emplearse o crear empleo, trabajar ya sea por cuenta propia o ajena, producir bienes o servicios que otro necesita, generar en cualquier caso situaciones en las que las asociaciones libremente asumidas conducen al beneficio para sus diversos integrantes. Y además, el beneficio tangencial para el resto de la sociedad, como consecuencia de la innovación constante, es muy superior a cualquier política de redistribución forzada de la riqueza por parte del Estado, ese Robin Hood miope que antes le quitaba a los ricos para darle a los pobres y que hoy le quita a todo el mundo, le da a todo el mundo y ni él mismo sabe con qué criterio.

Creemos que hoy es necesario para nuestro marco filosófico recuperar el ánimo de lucro, la persecución del beneficio propio, como un valor positivo frente a la hipocresía generalizada de los colectivistas de izquierdas y de derechas, que lo condenan, respectivamente, como algo antisocial o pecaminoso, pero que lo persiguen como el que más (y muchas veces por canales no tan legítimos).

El mundo de las ideas políticas está en ebullición desde que la caída del Muro de Berlín puso fin a la Guerra Fría. Los enemigos de la libertad están organizados en torno a sus dos polos característicos, el socialismo y el conservadurismo.

En el primero de esos dos campos encontramos una izquierda que en toda Europa lleva diez o veinte años tratando de parecer más moderna, más jovial, más liberal. Es la izquierda que se reviste de una estética libertaria frente a la estética encorsetada de sus viejas ortodoxias estalinistas. Es la izquierda que acuña el eslogan “otro mundo es posible” y que se da cita en las reuniones de Porto Alegre, en Brasil. El resultado de todo su debate ideológico lo resume uno de sus máximos exponentes políticos, el dirigente venezolano Hugo Chávez Frías, al acuñar la expresión “socialismo del siglo XXI”, un término que ha prendido como la pólvora y que encandila a muchos de los socialistas que comprenden el fracaso del “consenso socialdemócrata” y buscan un nuevo paradigma. Sin embargo, la plasmación práctica de ese “socialismo del siglo XXI” parece ser el establecimiento de unos Estados aún más entrometidos e invasivos que los socialdemócratas. Parece ser un revival del bloque socialista. Parece ser, en el mejor de los casos y tratando de ser muy optimista, un intento de compatibilizar el estatalismo postmarxista con un intento de organización democrática que evite la deriva hacia dictaduras de partido único como las que se produjeron en Europa Oriental. De ahí los extraños sistemas electorales y de representación política, con poderes del Estado adicionales a los tres clásicos (ejecutivo, legislativo y judicial) y con otras extravagancias que pretenden o dicen pretender una reinvención de la democracia. En nuestra opinión, el “socialismo del siglo XXI” es apenas un rebrote del socialismo del siglo XX, y no precisamente del más soportable sino del menos respetuoso con la libertad, la propiedad y los derechos fundamentales del individuo. Es un movimiento peligrosamente liberticida.

Pero veamos también qué sucede en el polo conservador. La sequía de ideas y el hundimiento intelectual de los conservadores han sido una constante desde la Segunda Guerra Mundial. Los conservadores se han dedicado única y exclusivamente a plagiar las ideas económicas de los liberales, quedándose, eso sí, sólo con las más básicas y sin atreverse jamás a llegar más lejos, pues estaban también ellos afectados por el “consenso socialdemócrata”. Y en todo lo no económico, llevan sin evolucionar seguramente desde el siglo XIX porque en realidad su pensamiento consiste en una oposición automática, supersticiosa y atávica a la propia evolución social y cultural, como denuncia certeramente Hayek en su libro Por qué no soy conservador. El cóctel conservador se compone de cuatro ingredientes: primero de cierto liberalismo económico, lo cual es una aberración sin el resto del liberalismo, segundo de una visión sociocultural muy tradicionalista y moralista, generalmente inspirada en los sectores más ortodoxos e inmovilistas de la religión mayoritaria de cada país, tercero de una creencia profunda en el mito de la nación y en la necesidad inherente al mismo: un Estado fuerte y poderoso que pueda, mantener a raya a sus vecinos e imponer en el interior, con severidad, el cuarto ingrediente, el binomio de valores que los conservadores adoran por encima de todo: orden y seguridad. Pero en las últimas décadas, del conservadurismo histórico ha brotado el neoconservadurismo. Y, como en el caso de la izquierda, lo único que vemos como trasfondo del mismo es una gran operación de actualización de su marketing, no de sus ideas. Los neocon, como los llaman en Norteamérica sus críticos liberales, son unos auténticos guerreros culturales que libran por su cuenta un feroz combate contra la modernidad, contra el pluralismo etnocultural y contra las civilizaciones no occidentales, desconociendo que la globalización va a alcanzar en cuestión de pocas décadas hasta el último rincón del planeta. Y desconociendo que el mestizaje cultural es una constante evolutiva de nuestra especie. Igual que sucede con el “socialismo del siglo XXI”, este movimiento neocon, este “conservadurismo del siglo XXI”, es un llamamiento imposible al retorno de un mundo que ya no existe. Y es, también, igualmente, un movimiento peligrosamente liberticida.

Uno de los más grandes pensadores liberales vivos, el premio Nobel de Literatura de 2010, Mario Vargas Llosa, suele decir que las ideas no son algo intrascendente, que no son un mero juego intelectual de salón. Él afirma que “las ideas tienen consencuencias”, y que hay considerar las consecuencias al estudiar las ideas propias y las ajenas. Frente a dos conjuntos de ideas peligrosamente liberticidas, el “socialismo del siglo XXI” y el neoconservadurismo, los liberales reaccionamos en todo el mundo ofreciendo un liberalismo del siglo XXI que se opone a esos dos movimientos en lo esencial: ellos temen la libertad y quieren mucho Estado, nosotros la amamos la libertad y queremos muy poco Estado.

Los socialistas y los conservadores quieren constreñir el ámbito de decisión del individuo porque desconfían profundamente de él, y los liberales queremos ampliarlo porque creemos en el ser humano, y porque sabemos que sin libertad no habrá progreso.

Los socialistas y los conservadores desconfían de la globalización, y los liberales somos sus más firmes partidarios, convencidos de que la globalización es la fuerza que a largo plazo liberará a millones de seres humanos de la miseria y de la tiranía.

Los socialistas y los conservadores desconfían del mercado y lo sobrerregulan, y los liberales denunciamos que de sus torpes regulaciones se derivan consecuencias funestas, como estamos viendo con la terrible crisis económica actual, originada precisamente en dos de los sectores más regulados por el Estado: el financiero y el de la construcción.

Los socialistas y los conservadores hacen monetarismo y siguen las recetas económicas de John Maynard Keynes, a quien los liberales señalamos como culpable póstumo de la crisis económica. En su fatal arrogancia, esas dos ideologías llevan desde 1971 cometiendo el error enorme de privar al dinero de un valor objetivo, al haber suprimido el patrón oro. Los liberales, al menos los que seguimos la Escuela Austriaca de Economía, promovemos la restauración internacional del patrón oro y queremos sustituir la reserva fraccionaria por el llamado encaje bancario al cien por cien, un sistema que evita la multiplicación artificial de la masa monetaria y la expansión crediticia más allá de lo sostenible. Recientemente el gobernador del Banco de Inglaterra y el presidente del Banco Mundial, por primera vez en los últimos cuarenta años, han sugerido tímidamente el retorno del patrón oro. Los liberales sabemos que el monetarismo genera ciclos económicos, causa hiperinflación y burbujas especulativas, y termina por desembocar en crisis como la actual. No podemos dejar en manos de los políticos y de los tecnócratas el valor del dinero, ni permitirles que autoricen a la banca comercial la extrema y permanente irresponsabilidad de prestar muchas veces el dinero que tienen, manteniendo unos coeficientes de caja temerariamente reducidos.

Los socialistas y conservadores dicen haber renovado sus ideas de cara al siglo XXI, pero en ambos casos lo que han hecho es sofisticar sus mecanismos de ingeniería social y cultural y expandir su alcance. Los liberales queremos transitar con rapidez hacia un Estado mínimo que no tenga siquiera la capacidad de hacer esa ingeniería, que no pueda moldear la sociedad ni orientar desde el poder político la evolución cultural.

Los socialistas y conservadores quieren imponer sus respectivas visiones de la ética y la moral, y los liberales queremos impedírselo y dejar estrictamente en manos de cada individuo la adopción de los valores que personalmente escoja, permitiendo que se espontáneamente avancen o decaigan en la sociedad los valores que la gente prefiera o descarte.

Los socialistas y los conservadores han distorsionado la democracia. La democracia es el mejor sistema conocido para adoptar las decisiones colectivas. Nadie nos dará lecciones de democracia a los liberales, que fuimos los que la inventamos en su forma contemporánea. Pero por ello estamos plenamente legitimados para denunciar que la democracia se fuerza, se tuerce y se desvirtúa cuando se pretende extender más allá del ámbito colectivo y aplicarla a las decisiones individuales.

La evolución social y tecnológica de nuestro mundo hace que cada vez más decisiones puedan adoptarse de forma individual por cada persona, unos en una dirección y otros en otra, simultánea y compatiblemente. En cada vez más ámbito se hace innecesaria la adopción grupal de un camino común y puede cada persona escoger independientemente el suyo propio. En buena lógica, esta evolución debería hacer que cada vez quedaran menos decisiones a adoptar de forma colectiva por procedimientos democráticos. Y sin embargo vemos cómo el Hiperestado crece y crece, y pretende regular cada vez más aspectos de la vida personal y económica con la excusa de que el gobernante tiene la legitimidad de las urnas. A los liberales esa excusa no nos sirve porque la democracia no está para eso.

Los liberales queremos regenerar la democracia, hacerla realmente efectiva (por ejemplo, mediante un sistema electoral y de partidos realmente democrático), pero al mismo tiempo circunscribirla a su cometido legítimo, que es el decreciente ámbito de lo público y nunca el creciente ámbito de la soberanía de cada persona.

Todas estas diferencias que acabo de enunciar entre los socialistas y conservadores, por un lado, y los liberales, por otro, son diferencias universales que se dan por igual en todo el planeta. Pero centrémonos ahora en nuestra realidad política, social y económica inmediata, y por lo tanto en los motivos que han dado pie al surgimiento del Partido de la Libertad Individual y de su rápido (algunos dicen que vertiginoso) crecimiento en este nuevo mundo digital de las redes sociales distribuidas.

España tiene una democracia anómala, producto de una Transición que, por más que se ha idealizado y edulcorado hasta la hiperglucemia, fue lo que fue y se realizó como se pudo. Producto de aquella Transición es un sistema de partidos políticos carente por completo de una mínima democracia interna. Cuando estudiaba Ciencias Políticas en la Complutense, uno de mis profesores solía decir que la justicia terminaba en las audiencias provinciales, y la política a las puertas de las sedes de Génova y Ferraz. Esto último ha cambiado, sobre todo en esa segunda calle madrileña, pero no porque el PSOE tenga ahora democracia interna, que sigue sin tenerla, sino porque la sede del Partido de la Libertad Individual también se encuentra en la calle Ferraz, un poco más abajo, y nosotros sí elegimos por voto uninominal a los integrantes de nuestros órganos ejecutivos. Somos un partido atípico en muchas cosas y nuestra obsesión por la democracia interna, las garantías del afiliado el debido procedimiento, es sólo una de ellas.

Así pues, nuestros grandes partidos de masas no son democráticos. Funcionan por simple y vulgar clientelismo. Los grupos municipales y parlamentarios son bloques monolíticos que han desvirtuado el papel de las respectivas cámaras porque en ellas no se decide nada: todo viene ya decidido desde las sedes de los partidos.

Y junto a un sistema de partidos no democrático, tenemos también uno de los peores sistemas electorales de Europa, superado en desproporcionalidad solamente por el británico. Es un sistema que establece la aplicación más dura de la Ley d’Hondt de toda Europa, sobrerrepresentando enormemente a las dos primeras candidaturas de cada circunscripción e infrarrepresentando a todas las demás, adulterando en suma el resultado de las urnas en grave perjuicio del pluralismo, que es uno de los principios esenciales de la democracia parlamentaria. Si tenemos en cuenta que la gran mayoría de las circunscripciones tienen por su población un número muy bajo de elegibles, el sistema consagra adrede un bipartidismo calculado que se perpetúa en el poder por inercia y que barre literalmente cualquier otra opción a menos que concentre su apoyo en un territorio específico.

A todo esto se unen los umbrales electorales para obtener representación, la no computación del voto en blanco y la persistencia del injusto sistema de listas cerradas y bloqueadas, que hace de las elecciones una farsa porque los electores no elegimos a nadie, solamente ratificamos la elección hecha por las cúpulas de los partidos. En suma, el nuestro es un sistema electoral que, treinta y cinco años después del inicio de la democracia, difícilmente podemos considerar democrático.

Y de un sistema de partidos así, y de un sistema electoral tan duro para cualquier “tercero en discordia”, no podía resultar nada bueno para los liberales. Nuestro país es muy anómalo en Europa: somos uno de los poquísimos países del continente donde no hay, ni ha habido de forma continuada y estable, un partido liberal en las instituciones.

Pero la culpa de esa anomalía no la tiene sólo el sistema, ni es imputable únicamente a la avaricia de socialistas y conservadores. Los propios liberales somos, desde 1975, los principales culpables de nuestra situación por haber preferido, reiteradamente, hacer un estéril quintacolumnismo en otros partidos más grandes. Primero en la UCD, luego en el CDS y en el Partidor Reformista Democrático (la famosa Operación Roca), también en la Coalición Popular y después permitiendo la absorción del Partido Liberal de José Antonio Segurado al fundarse el actual PP. También en partidos como Convergència Democràtica de Catalunya, donde hay un buen grupo de liberales que se denominan “llibergents”. Y después, incluso, en partidos de aluvión transversal como UPyD o Ciudadanos, en los que cabe de todo.

Todas esas operaciones de “cola de león” han sido un error salvo, parcialmente, en el caso del CDS, que llegó a promover bastantes aspectos del ideario liberal tras su incorporación a la Internacional Liberal en 1988.

En todos los demás casos, los liberales siempre han sido una pequeña corriente extraoficial en un partido no liberal. Siempre se ha ninguneado a los liberales en todos esos partidos. Siempre han sido unos incómodos compañeros de viaje de la mayoría interna centrista, conservadora o nacionalista. Entregarnos a esos partidos nunca ha reportado avances al liberalismo y siempre ha beneficiado a quienes, en definitiva, son de una u otra manera defensores del statu quo colectivista y del Hiperestado.

El ejemplo máximo de esta pésima estrategia es el de quienes dicen que se consideran liberales pero militan en el Partido Popular. Desengañémonos de una vez por todas: el PP es un partido de masas con tres cuartos de millón de afiliados. El noventa por ciento, y me quedo corto, no son ni serán nunca liberales, entre otras cosas porque el liberalismo es una opción sofisticada que no suele ser asumida por las grandes masas sino por una minoría reducida aunque, eso sí, ilustrada e influyente. El PP es intervencionista en economía y defiende el Hiperestado tanto como la izquierda, primero porque eso es lo que le demanda su enorme parroquia electoral y, segundo, porque como aspira a controlar desde el gobierno ese Hiperestado y emplearlo para sus fines clientelares, no va a ser al mismo tiempo tan tonto de promover realmente su reducción. El PP recela de los liberales que hay en su seno porque teme que sus ideas le impidan conquistar el poder. El PP es un entorno áspero para quienes quieren con sinceridad trabajar por la libertad económica y personal. El PP es un partido casi socialdemócrata en lo económico y terriblemente conservador en lo moral. Por lo tanto no es liberal en ninguno de esos dos grandes campos. Esto explica que muchos liberales sinceros, que habían recalado en el PP a falta de otra cosa, estén dándose de baja y solicitando su afiliación al Partido de la Libertad Individual, como también nos ocurre con personas que proceden de UPyD.

El Partido Popular consiguió destruir el CDS y lleva quince o veinte años torpedeando todos los intentos de creación de un tercer partido de corte liberal en España. En su absoluta arrogancia y en su profunda miopía política, creen o creían hasta hace poco que la existencia de un partido así les debilita. Creen también que el propio PP puede estirarse como un chicle para albergar “todo lo que no es izquierda”, desde el centro reformista hasta la derecha nacional heredera del anterior régimen, pasando por democristianos, conservadores y liberales. Esa aberración, que no se da en ningún otro país europeo, le ha pasado factura al propio PP y al país. Al PP, porque le obliga a obtener difíciles mayorías absolutas, ya que no tiene ningún posible socio con el que pactar. Y al país, porque entrega la llave de la gobernabilidad de miles de ayuntamientos, de los gobiernos autonómicos e incluso del gobierno central, a fuerzas extremas como Izquierda Unida, a partidos nacionalistas o a todos ellos.

En Europa, los liberales completan mayorías. Son centrales al sistema democrático. Frenan las pulsiones más éxtremas de socialistas y conservadores. Defienden la libertad de las veleidades liberticidas de los dos grandes. En algún caso, como el de los Países Bajos, los liberales son este momento la primera fuerza política y tienen el puesto de primer ministro. En otros, como Gran Bretaña o Alemania, son el socio minoritario (pero extraordinariamente influyente) del gobierno de coalición. Y en casi todas partes están presentes con un porcentaje pequeño pero suficiente en los parlamentos nacionales, constituyendo normalmente la tercera o cuarta fuerza política. Esto tiene su traslación en el Parlamento Europeo, donde los liberales son el tercer grupo parlamentario de Estrasburgo, con un centenar de eurodiputados.

Y en España, en cambio, nada de nada. Sequía total. Anomalía democrática. Ausencia de liberales en las instituciones y, lo que es mucho peor, ausencia crónica de voces y propuestas que defiendan la libertad y promuevan su avance.

Ante este panorama, un grupo de liberales hartos de esta situación decidimos a mediados de 2009 constituir el P-Lib.

A partir de ese momento, los fundadores quisimos hacer lo contrario de los partidos de aluvión “transversalista”, lo contrario de los partidos de laboratorio. Me hizo gracia escuchar a Rosa Díez, cuando se celebró el I Congreso de UPyD, decir que, una vez alcanzados los cinco mil afiliados y con presencia en tres parlamentos, había llegado “el momento de definirse ideológicamente”, y que para eso hacían el congreso. En el mejor de los casos, eso es empezar la casa por el tejado. En el peor de los casos, es una estafa a la sociedad. Y en cualquier caso, es un síntoma inequívoco de la anemia ideológica de ese partido, que revela así su auténtica faz: una mera operación de marketing en torno a un simple liderazgo personal.

Bueno, pues en nuestro caso, El P-Lib puso encima de la mesa, desde el mismo momento de su constitución, un profundo y completo programa político marco, que ha sido enmendado por nuestro I Congreso el pasado 25 de septiembre y que está íntegramente disponible en PDF en nuestro sitio web, www.p-lib.es.

Nuestro modelo de crecimiento no es de aluvión. No tenemos prisas cortoplacistas, no esperamos tener miles de concejales a corto plazo, no queremos incurrir en los errores de proyectos liberales anteriores: la generación de expectativas inmediatas y el desencanto cuando lo imposible no ocurre.

Nos propusimos, por lo tanto, un crecimiento lento pero seguro, y siempre dijimos que estábamos construyendo un partido para nuestros hijos, no para nuestros padres, y que trazábamos nuestra estrategia a dos o incluso tres legislaturas vista, además de expresar claramente que no somos ni queremos llegar a ser un partido de masas, que no buscamos el apoyo de la mayoría sino el de un nicho social y electoral muy concreto: ese 6 ó 7 por ciento de la población que comparte genuinamente las ideas de la libertad. No queríamos ni queremos captar a cualquiera, sino afiliar a los ya convencidos y convencer a los demás antes de afiliarles.

Y con ese plan de largo plazo comenzamos la andadura del P-Lib, pero los acontecimientos nos están desbordando porque la avalancha de ciudadanos que se interesan por el partido empieza a ser incluso difícil de gestionar. Se trata, en un altísimo porcentaje, de gente joven. Somos la tercera fuerza política en Facebook y hemos sido también la tercera en Twitter (Convergència ha necesitado el impulso de toda una campaña electoral para superarnos hace unos días en esta última red social, pero ya les volveremos a alcanzar). Estamos muy satisfechos con la progresión de crecimiento de nuestro partido, con su extensión territorial por casi toda España, y sobre todo por la calidad humana e intelectual de nuestros afiliados.

El P-Lib es atípico en muchas cosas. Una de ellas es esta falta de prisas electoralistas a corto plazo y esta voluntad de construir organización, más que de presentar listas mañana mismo y a cualquier precio. Otra es que predicamos con el ejemplo y somos el único partido político que rechaza expresamente, en sus Estatutos, toda subvención estatal para su funcionamiento. Como somos gente ética, no queremos recibir por vía fiscal ni un solo céntimo de aquellos que no desean dárnoslo, y nos financiamos únicamente mediante cuotas y donaciones conscientes y voluntarias de quienes sí quieran apoyarnos. Naturalmente, creemos que todos los demás deberían conducirse con esa misma rectitud, y defendemos la eliminación de todas las subvenciones a los partidos, sindicatos, patronales, confesiones religiosas y organizaciones asociativas de cualquier índole, y pedimos a cambio una plena deducción fiscal de las aportaciones directas que cada ciudadano quiera realizar, hasta un tope alto. Los ciudadanos son adultos y no necesitan que el Estado canalice arbitrariamente sus recursos a unas organizaciones u otras. Se bastan y se sobran para decidir ellos mismos adónde quieren que vaya su dinero.

Y quienes opten por apoyar con su aportación, su afiliación o su voto al Partido de la Libertad Individual, saben que están apoyando ideas precisas, coherentes entre sí, tendentes siempre a la defensa de la libertad. Esbozaré las principales.

El P-Lib apoya los derechos individuales de todas las personas, y repudia cualquier discriminación por razón de raza, grupo étnico o cultural, género, orientación sexual, situación de discapacidad o cualquier otra.

En este sentido, el P-Lib está muy de acuerdo con la legislación sobre el matrimonio de las parejas del mismo sexo, que consideramos uno de los escasos aciertos de un gobernante tan nefasto como José Luis Rodríguez Zapatero.

El P-Lib deplora la xenofobia y considera necesario otorgar a todos los ciudadanos extranjeros que llevan unos años residiendo legalmente en España plenos derechos de sufragio activo y pasivo, con independencia de que exista o no reciprocidad.

En todas las cuestiones éticas y morales, el criterio que sigue nuestro partido es el de la máxima libertad de cada persona y el de la mínima injerencia de los demás. Queremos que sea siempre el individuo quien decida en todas las cuestiones de tipo moral, y no el Estado. Apoyamos la investigación con células madre y las posiciones más liberales en todas las demás cuestiones bioéticas, incluido el derecho a una muerte digna y la evitación del ensañamiento terapéutico.

Nos parecen ilegítimas las leyes que penalizan conductas que no agreden a terceros, y por ello estamos en contra, por ejemplo, de los excesos de la ley antitabaco, o de normas como la obligatoriedad del cinturón de seguridad. El Estado puede impedirnos agredir a otros, pero no tiene legitimidad para decirnos qué hacer con nuestro propio cuerpo o con nuestra propia seguridad.

Consideramos terrible la tragedia permanente de la trata de personas y de la adicción a las drogas, pero estamos convencidos de que se deben a la situación de alegalidad de la prostitución y de ilegalidad de la compraventa de drogas. Nos proponemos hundir a las mafias de la esclavitud sexual convirtiendo sin complejos la prostitución en una profesión más, y acabar con los imperios del narcotráfico legalizando internacionalmente las drogas, para lo cual proponemos empezar por la legalización unilateral del cannabis, como en los Países Bajos.

Consideramos que la monarquía es contraria a un entendimiento democrático de la jefatura del Estado.

Queremos reformar profundamente el sistema electoral y de partidos, y hacer de los parlamentos y ayuntamientos el centro de la vida política mediante el voto libre de sus integrantes.

Queremos acabar con la lacra del corporativismo reduciendo el poder de los colegios profesionales y de la SGAE y, desde luego, aboliendo ese atentado a la libertad de asociación que es la colegiación obligatoria.

Nos proponemos reducir el Estado a su mínima expresión viable, privatizando para ello las empresas públicas y los servicios que hoy prestan las diversas administraciones.

Entendemos que los servicios esenciales deben estar al alcance de todo el mundo. Los liberales fuimos en los siglos XIX y XX lor promotores de esa universalidad, pero no creemos que deba gestionarlos el Estado. El Estado es siempre un pésimo gestor por la sencilla razón de que no se dan en su seno los incentivos económicos del mercado. Proponemos por ello garantizar la universalidad de acceso a los servicios privados correspondientes, mediante sistemas de cheques. Nadie debe quedar excluido, desde luego, pero la solución no es crear un mastodóntico sistema público de pésima categoría, obligar a todos a pagarlo, permitir que escapen del mismo sólo quienes además pueden pagarse el privado, y condenar a las personas de rentas más bajas a tenerse que aguantar con el sistema público malo e inflexible. La solución es sustituir ese mal sistema público por una pluralidad de servicios privados, permitiendo que una alta competencia genere más oferta, más calidad y menores precios. Como a pesar de la bajada de precios seguirá habiendo un cierto porcentaje de la población que no pueda costearlo, se instaurará un sistema de bonos canjeables para esas personas, en lugar de condenarlas al mal servicio actual.

El sistema de pensiones actual, llamado de reparto, está quebrado y consideramos urgente el inicio de la transición hacia un sistema de capitalización. El Estado debe cumplir a rajatabla los compromisos adquiridos, y nos oponemos al retraso de la edad de jubilación y al recorte o congelación de las pensiones. Pero queremos un sistema en el que cada trabajador cotice básicamente para su propia pensión futura, en el que los montos acumulados sean heredables si fallece (actualmente se los queda el Estado), en el que los trabajadores vean mes a mes la evolución de su fondo, en el que la edad de jubilación sea flexible dentro de una horquilla de años, y en el que las pensiones estén despolitizadas porque las cantidades no las fije el Estado, sino que las construya cada persona a lo largo de toda su vida laboral. Ese sistema, el sistema de capitalización individualizada, es eficiente y sostenible, genera ahorro e inversión en lugar de producir una inmensa deuda, y confiere a los trabajadores confianza en el futuro. Actualmente tenemos una tasa de dependencia de cuatro trabajadores por pensionista. En diez años será de tres a uno, y en veinte de 1,8 a uno. Acusamos al PP, al PSOE, a IU, a los nacionalistas, a los sindicatos y a la patronal de haber mentido sistemáticamente a la población durante los últimos diez o quince años desde el nefasto Pacto de Toledo: el sistema de reparto no es sostenible y está en bancarrota. La solidaridad intergeneracional es imposible con una tasa de dependencia así, con esta inversión de la pirámide demográfica, y la única solución es liberar las pensiones de la ruinosa gestión estatal y establecer cuanto antes un sistema de capitalización personalizada en beneficio de cada trabajador.

Lo mismo es aplicable a otras contingencias, como el seguro de desempleo, que siempre están mejor gestionadas por el sector financiero que por los tecnócratas del Estado.

Pensamos que hay separar Estado y economía como antaño se separó Estado y religión.

Particularmente nociva es la presencia del Estado en el sector de los medios de comunicación. Los liberales reclamamos la privatización urgente de todos los medios estatales a cualquier nivel territorial, y denunciamos entre tanto su competencia desleal a los medios privados.

Nos parece excesiva la carga tributaria que soportan tanto las empresas como las personas físicas, y tanto por la vía directa como por la indirecta. Queremos introducir un tope constitucional a la carga fiscal de los ciudadanos y de sus empresas, y también un tope constitucional al endeudamiento de las administraciones públicas en nuestro nombre. Queremos instaurar la proporcionalidad fiscal para que pague más quien más gane, pero en proporción a lo que gana. Un IVA del 18 % es descabellado, e introducirlo en plena crisis económica es darle el tiro de gracia a las pymes y a los autónomos, que son los grandes perjudicados de la absoluta incompetencia económica de Zapatero y de su ministra de Economía.

Los liberales somos universalistas y amigos del individuo, de la persona. Las nociones gregarias y colectivas como pueblo, clase, patria o nación, vengan de donde vengan, nos resultan bastante ajenas. Igual nos da Córcega que Francia, lo que nos importa es cada persona y su libertad. No creemos en nacionalismos, y eso incluye por igual a los periféricos y al centralista. Estamos en contra de las imposiciones y la ingeniería cultural de todos los partidos nacionalistas, incluidos naturalmente UPyD o el PP. Particularmente grave es la imposición de lenguas y contra ella nos rebelamos. Queremos que sea cada padre o madre quien decida la lengua vehicular de la enseñanza de sus hijos, y desde luego consideramos ilegítimo multar a alguien por rotular su propiedad en un idioma o en otro. Poco nos importa que el Aeropuerto de Barcelona pertenezca a la Administración Central, a la Generalitat o al Ayuntamiento del Prat de Llobregat: lo que queremos es que se le devuelva a la sociedad civil, es decir, que se privatice.

Nuestro objetivo es ir desmontando poco a poco el mal llamado Estado del Bienestar, que en realidad se ha convertido en el bienestar del Estado y de quienes lo gestionan y lo parasitan. Queremos hacerlo con una transición ordenada y sin que nadie salga perjudicado, pero nos parecen insostenibles las cifras escandalosas de gasto público, de empresas públicas, de funcionarios públicos y de todo un sector público desbocado que frena la empresarialidad, nos cuesta mucho dinero, nos aporta muy poco y recorta nuestra libertad mucho más de lo que parece.

Queremos que el siglo XXI sea muy distinto del XX. El siglo pasado, sobre todo su primera mitad, se caracterizó por la violencia y el liberticidio, por la aniquilación del individuo y su cosificación. Deseamos que este siglo sea el de la paz y la libertad, un siglo que restaure la plena soberanía de la persona.

Nada es más importante que cada ser humano. Y nada es más humano que el anhelo de libertad. Queremos despertarlo en todos aquellos que aún lo tienen anestesiado por el exceso de Estado. Queremos ser la voz inconformista que le dice a los políticos convencionales que no, que el famoso contrato social entre los gobernantes y los gobernados (considerados así, en grupo) es papel mojado si falta en la negociación el individuo, y que las imposiciones de la masa al individuo, vía Estado, cada vez van a ser menos viables porque los individuos cada vez van a ser más conscientes de su poder y cada vez se van a dejar pisotear menos. Decía Ayn Rand que “la función política de los derechos es defender a la minoría de la mayoría, y el individuo es la menor minoría”.

A la defensa de esos derechos individuales se compromete por encima de todo el P-Lib, desde la convicción de que sólo merecen la libertad quienes están dispuestos a luchar por ella con denuedo. Nosotros lo estamos, y convocamos a cuantos también lo estén, a unirse a este partido atípico y diferente, a nuestro proyecto de largo y muy largo plazo, a la alternativa liberal para el siglo XXI, al Partido de la Libertad Individual.

Muchas gracias.

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