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May 01 2000

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Entrevista a Álvaro Vargas Llosa, escritor y periodista

El conocido periodista y escritor peruano defiende un liberalismo coherente y critica la manera en que se han llevado a cabo las reformas latinoamericanas en la última década, que han girado en torno a la privatización pero no han conllevado una auténtica voluntad de liberalizar las economías y abrirlas al mundo, para no hablar de su escasa incidencia en otras áreas, como la que él considera la gran asignatura pendiente en la región: establecer una administración de Justicia imparcial, eficaz y despolitizada.

JP: ¿Cuáles son tus proyectos actuales?

AVLL: Tengo mi “cuartel general” en España desde hace cinco meses, aunque en realidad estoy viajando constantemente a América Latina, que es mi área de interés principal. Estoy escribiendo y dando conferencias, y tengo algunos proyectos editoriales para los próximos meses en relación con una revista literaria latinoamericana.

Debes odiar la pregunta, pero es imposible no hacértela: ¿no es muy difícil ser escritor siendo hijo de Mario Vargas Llosa?

No, creo que no, porque mi perspectiva sobre él es distinta a la de los demás. Para mí es mi padre y así es como le veo, no como un escritor famoso sino como mi padre. La identidad de una persona se va desarrollando en esos años cruciales de la infancia y de la adolescencia en función de una relación con su padre que no contempla fundamentalmente su proyección pública sino su faceta más íntima y privada. El ha manejado con mucha inteligencia este asunto, y siempre nos incentivó mucho a la lectura. Siempre fue muy liberal en la manera de educar a sus hijos, pero tomó una única decisión autoritaria que le aplaudo: nos impuso dos horas diarias de lectura bajo pena de severo castigo, y nunca se lo agradeceré bastante. De semejante imposición sólo se podía salir con un odio a cuanto tuviera que ver con Guttemberg o, por el contrario, con una auténtica pasión por las letras, como fue mi caso. Es un privilegio tener “en casa” (téoricamente hablando, porque nunca estamos en el mismo sitio) a una persona con la que puedes cotejar permanentemente tus ideas acerca de qué escribir, intercambiar manuscritos, etcétera. Por ejemplo, acabamos de realizar un diálogo para el diario La Vanguardia de Barcelona sobre nuestros respectivos libros. Y vivimos todo eso con entera naturalidad.

¿Te sientes principalmente escritor o periodista?

Básicamente periodista, aunque es una palabra que está mal vista. Cuando me invitan a participar en un evento siempre me preguntan cómo quiero ser presentado, y me dicen que eso de “periodista” seguramente no me parecerá bastante. Yo les digo que por supuesto lo es. Algunos de los más grandes escritores del siglo XX han sido periodistas, desde Azorín hasta Ortega y Gasset. Publicaron sus mejores libros como colecciones de artículos aparecidos en diarios. Yo estoy cultivando últimamente un género, el de no ficción, donde se entrecruzan muchos otros, entre ellos el periodístico. Este género le da al escritor elementos imprescindibles. Por ejemplo, el último trabajo de mi padre, La fiesta del chivo, tiene una sólida base de investigación que le ha llevado tres años, aunque es un libro de ficción. Yo estudié Historia y he ejercido el periodismo desde los quince años. Mis libros tienen una vocación analítica y reflexiva que quizá los sitúen más allá del periodismo, si somos muy puristas en las definiciones.

¿Camina la literatura hacia una mezcla de la ficción y la no ficción?

Sí, estoy convencido de ello. Vamos hacia un género híbrido, ecléctico. Truman Capote hablaba de la “novela de no ficción” como género vanguardista, y lo cultivó sobre todo en su libro A sangre fría. El otro día cayó en mis manos un libro de Tom Wolfe, que hoy se ha convertido en un autor de best-sellers y ya no se le toma tan en serio, pero que ha escrito magníficos artículos dentro la corriente del new journalism estadounidense, siempre defendiendo una tesis muy provocadora: cómo el periodismo está reemplazando a la literatura, y especialmente a la novela, que está en total decadencia. El periodismo de alto nivel, que emplea técnicas de la novela como el diálogo o el monólogo interior, pero en clave periodística. Todo esto lo decía Wolfe hace treinta años y es increíble la precisión con la que describe lo que está pasando hoy. Hoy vas a cualquier librería y encuentras multitud de libros a los que uno ya no sabe donde catalogar porque tienen elementos del ensayo, del reportaje, de la novela y hasta de la poesía en una misma obra.

Has hecho radio y televisión y has dirigido un diario tan importante como el Miami Herald. ¿Qué destacarías de tu experiencia periodística?

No sé si atreverme a responder. En el Miami Herald aprendí mucho y vi lo mejor y lo peor del capitalismo al estilo norteamericano. Lo mejor no tengo ni que contártelo, estamos entre liberales. Pero vi también la tiranía de las minorías, la desnaturalización del capitalismo, su burocratización, la hipocresía intelectual más enorme en personas cuya única preocupación era la cotización bursátil de la empresa pero que alardeaban del típico discurso socialdemócrata tan a la moda. Fue fascinante entrar en ese mundo, sobre todo en una ciudad clave para el futuro inmediato de los Estados Unidos, donde se produce el encuentro entre las dos grandes culturas del país, la anglosajona y la latina, cuya conexión no está resuelta.

Y, ¿lo está la conexión entre América Latina y España?

Pues no del todo. España tiene en estos momentos una prioridad que es Europa, y eso es perfectamente comprensible. No sería justo culpar a España de eso. Es un país que durante décadas se sintió acomplejado frente a sus vecinos del Norte, y que hoy día ha superado esos complejos y está realizando su afán de estar a la par con esos países. Creo que España tiene la economía más dinámica de Europa y si terminara de hacer las reformas liberales pendientes se pondría a la vanguardia del continente. ¿Cómo vamos a echarle en cara todo eso a España? Sin embargo, creo que es una mutilación de lo que significa España en términos históricos y culturales ningunear a América Latina, como ha ocurrido. Salvo por unos cuantos bancos y grandes empresas, hemos estado muy ninguneados por España en estos últimos años. Esto es una interesante contradicción porque desde la perspectiva española la gran obsesión era la presencia estadounidense en la región y su influencia. Pues si se quiere evitar esa influencia, lo que habría que hacer es competir con los Estados Unidos por el corazón de América Latina, de un modo mucho más audaz. No se puede denunciar constantemente la presencia hegemónica de Washington y después no hacer nada y dedicarse solamente a cuidar la presencia y el papel que se ejerce en otros lugares.

Esto se ha visto en el caso de Cuba, donde la posición española ha sido la de tolerar al régimen y llevarse bien con él para estar bien colocados de cara a la transición y ganarle la influencia a los estadounidenses. Algo totalmente aberrante, ¿no es así?

Claro, y con la hipocresía de muchos políticos españoles de criticar la “explotación” norteamericana de nuestros países y tolerar al mismo tiempo un régimen laboral en Cuba que es prácticamente una nueva forma de trata de esclavos, donde el régimen vende a las empresas extranjeras el trabajo de sus ciudadanos, cobrando en dólares y pagándoles a ellos cantidades muy inferiores y en pesos cubanos devaluados. Eso es absolutamente inmoral y si alguna empresa lo aplicara en España habría un conflicto de orden público, pero se admite respecto a Cuba. Lo admiten incluso los sindicatos españoles, tan solidarios con el régimen de La Habana. Ha habido una auténtica abdicación española de su labor en América Latina, se ha tirado la toalla dejando vía libre a Estados Unidos con una especie de resignación y tristeza.

Pero ahora la globalización nos va a llevar a tener que trabajar, no por países, sino por grupos de idioma, con lo cual España y América Latina van a estar unificadas quieran o no, por ejemplo en Internet.

Sí, esa es la realidad social y cultural que se va imponiendo, pero choca con las políticas de Estado. Por ejemplo, en España se está restringiendo la inmigración. A mí me parece bien que los Estados no subvencionen la inmigración, pero es absurdo que un país que apenas tiene un 1 % de población extranjera se tome la inmigración como un problema grave y cierre sus puertas a gente tan similar como son los latinoamericanos. Una economía dinámica y libre es capaz de generar suficiente demanda de empleo para necesitar incluso trabajadores extranjeros. Recuerdo que hace unos años todos los gobernadores estadounidenses andaban preocupados por cómo frenar la inmigración y ahora prácticamente la alientan. Ni siquiera en California hay presiones para detener la entrada de inmigrantes mediante leyes discriminatorias. Se crea tanto empleo que a nadie le importa si el inmigrante compite o no con el local por un puesto de trabajo. La economía liberal es la mejor forma de abordar el debate sobre la inmigración.

¿Cómo ves el debate sobre la dolarización?

Estuve hace poco en Ecuador, unos meses antes del “semigolpe” de Estado, y fue precisamente para hablar sobre la dolarización. Defendí, más que la dolarización, la libertad de usar la moneda que cada uno quiera. Creo que con la dolarización habrá un manejo monetario y fiscal mucho mejor del actual, y me parece que es un buen paso para Ecuador, y que sería bueno para otros países. Es una forma de quitarle a los políticos un poder discrecional muy grande, y eso es bueno.

¿Eres optimista respecto al camino que ha tomado América Latina?

No, no mucho. Estoy terminando un informe —que me ha pedido la Sociedad Mont Pèlerin para la reunión de noviembre en Chile— sobre las reformas en América Latina durante los noventa, y tal vez este trabajo sea el embrión de un próximo libro. Mi mayor preocupación es que la naturaleza de esas reformas no ha sido liberal, aunque lo parezca. Sin duda se ha producido una transferencia de responsabilidades del Estado a la sociedad civil, y la palabra que mejor describe lo que ha pasado es “privatización”, pero privatizar una economía no significa necesariamente abrirla a la competencia. Una economía privada no es necesariamente una economía libre, y lo que ha pasado en América Latina es que hemos privatizado sin liberalizar, pasando de los monopolios públicos a los privados. Lo curioso es que los artífices de esto sean encima acusados de ser demasiado liberales, y que se culpe de los males de esta situación al liberalismo. Tampoco se ha emprendido la importantísima reforma de la Justicia, que ha sido la gran ausente de esta década y es sin duda la principal asignatura pendiente. Es una reforma que no suele reclamarse desde las primeras páginas de los diarios y que poca gente ve como algo urgente, pero yo tengo el convencimiento absoluto de que es una institución fundamental para que una economía de mercado funcione. Sin seguridad jurídica no se puede generar confianza en una economía. Debería ser una prioridad absoluta establecer una administración de Justicia enteramente independiente de los políticos y del dinero que tengan quienes acuden a ella o son reclamados por ella.

Y a nivel global, ¿qué pasa con el liberalismo?

Se enfrenta a un gran problema hoy en día. Cuenta con un gran crédito: el que le da la realidad, la evolución del mundo que todos estamos viendo. Hay una sociedad que ha desbordado felizmente a sus intelectuales. Pero hay que ser francos: existe el peligro de un retroceso porque se ha creado en la ciudadanía la idea de que el falso liberalismo de la privatización sin liberalización, de la reforma a medias, era el verdadero liberalismo. Eso hace que se asocie injustamente al liberalismo los fracasos ocurridos por no haberse adoptado de verdad medidas liberales. Tenemos un reto muy difícil, que es el de desmarcarnos de ese falso liberalismo, y digo que es muy difícil porque los adversarios del liberalismo manejan muy bien el lenguaje político. Pero esa es la gran tarea de los liberales en la actualidad: explicar que el capitalismo de Estado, el corporativismo, los oligopolios privados cercanos al poder político o el capitalismo de mafias al estilo ruso o asiático no tienen nada que ver con lo que defendemos los liberales, que el liberalismo es otra cosa y que no es justo culparle de males que no ha podido ocasionar, sencillamente porque apenas se ha puesto en práctica. Ayer estuve en la presentación de un libro escrito por un gran intelectual de izquierdas y él ponía como ejemplos del fracaso del capitalismo nada menos que a Rusia y a Thailandia. Como ves, el reto es inmenso. En cierta medida es culpa nuestra porque cuando defendíamos sobre todos los demás elementos del liberalismo la economía de mercado —y era necesario porque estaba circunscrita a muy pocos países— nunca imaginamos que en algunos sitios podría aplicarse sola, sin el resto del pensamiento liberal y manipulándose como se ha hecho. Sobre el Sudeste asiático cometimos el error de magnificar lo que en esos países había de economía liberal, obviando lo mucho que también había de iliberal en esas economías y, desde luego, en su política. Hay que explicar los buenos ejemplos: Nueva Zelanda, sobre todo. Y hay que recordar que allí fueron los laboristas quienes emprendieron la reforma liberal. Roger Douglas lo explicó de forma muy sencilla. Dijo que hubo en Nueva Zelanda dos razones por las que fueron capaces de hacer la revolución liberal: la simultaneidad de las reformas en todos los terrenos y la voluntad clarísima de acabar con el privilegio. Y acabaron con el privilegio liberalizando de verdad, mientras en América Latina las privatizaciones convertían al consumidor en rehén de determinadas empresas y a veces hasta subían los precios por encima de los del monopolio público anterior. La capacidad de chantaje y corrupción de ciertos grupos económicos sobre el Estado ha incidido en las reformas y hace que no pueda hablarse de una auténtica reforma liberal, ni mucho menos.

Liberal en todo
(recuadro adjunto a la entrevista)

Cuando tanta gente se denomina liberal sólo por su visión de la economía, dejando de lado los otros aspectos esenciales del liberalismo, y cuando muchos más se adjudican la misma etiqueta sin tener en realidad nada de liberales, resulta muy reconfortante hablar con Alvaro Vargas Llosa. El periodista y escritor peruano aúna la preocupación por la libertad humana en lo económico y en lo político, y lo hace desde la mejor tradición del auténtico liberalismo, ése que resulta tan difícil de encontrar en la actualidad. En sus escritos, tanto en solitario como en la privilegiada compañía de Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, se encuentra con seguridad uno de los mayores aportes intelectuales a la América Latina del nuevo siglo. Viajero incansable fascinado por el mundo árabe, Alvaro Vargas Llosa es la personificación de una nueva generación de latinoamericanos globales cuyo empeño en transformar la realidad de sus países en beneficio de las personas no merece simples elogios sino colaboración y militancia por la causa de la libertad. JP.

Entrevista publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en mayo de 2000.

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