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Ene 21 2011

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Desmontar el hiperestado desde la política

Conferencia pronunciada por Juan Pina como presidente del Partido de la Libertad Individual (P-Lib), en el Instituto Juan de Mariana. Madrid, 21 de enero de 2011.

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Buenas tardes.

En el espacio de mi intervención voy a explicar a grandes trazos las ideas que inspiran nuestro proyecto y los razonamientos que nos han llevado a concretarlo, no en un movimiento asociativo ni en un centro de estudios, sino específicamente en un partido político.

Empezaré diciendo que me parece una lástima que, siendo España el país donde se acuñó la palabra “liberal” como concepto político, sea también, probablemente, donde mayor distorsión existe respecto a su significado.

Muchos políticos intentan apropiarse de esa etiqueta. Los socialistas tienen con frecuencia la osadía de considerarse continuadores de la histórica labor liberal de afirmación de los derechos individuales, aunque todos sabemos que en realidad hacen justo lo contrario. Los conservadores usan con frecuencia la etiqueta liberal porque les parece más atractiva y vendible, pero se refieren únicamente al programa económico, copiado “selectiva” y superficialmente del ideario liberal. Y también hay un tercer grupo de políticos que se apropian injustamente de la etiqueta liberal: son los políticos de la franja intermedia entre los dos grandes partidos de masas. Esos políticos, huérfanos de una etiqueta que les defina y ante la imposibilidad de definirse eternamente sólo por el espacio estratégico que ocupan, el llamado “centro político”, tarde o temprano terminan por acariciar como mal menor la asunción de la etiqueta liberal, pero le ponen, eso sí, todo tipo de pegas y adjetivos para que nadie piense que se están saliendo de ese supuesto “centro político”. Surgen así conceptos como “social-liberal” o “liberal progresista” que, igual que sucede con el de “liberal-conservador”, en realidad son excusas para trocear el liberalismo y quedarse con una parte.

El liberalismo es la corriente de pensamiento que afirma los derechos del individuo, la soberanía personal que nos corresponde y que con tanta frecuencia se nos arrebata. El liberalismo es el sistema de ideas que afirma la supremacía de la libertad frente a cualquier otro valor, por importante que sea.

Todos los presentes conocemos muchas grandes frases de ilustres liberales. Para mí hay tres esenciales cuyo mérito es resumir nuestras ideas, diré incluso nuestros sentimientos, y diferenciarnos de los colectivistas de cualquier tipo. La primera es de Lord Acton: “la libertad no es un medio para alcanzar fines políticos más altos, sino que es en sí misma el fin político más alto”. La segunda, de Franklin: “aquellos que están dispuestos a sacrificar la libertad a cambio de seguridad no merecen ninguna de las dos y están condenados a perder ambas”. Y donde dice “seguridad” podemos colocar cualquier otro valor, cualquiera, y la frase seguirá siendo igual de cierta. Y la tercera es de Hayek: “denomino liberal a la posición que sostengo, que es simultáneamente la contraria del socialismo y del conservadurismo”. Constantemente me veo en la obligación de recordarle estas palabras tan sabias a quienes intentan diluir el liberalismo en artificiosas fusiones frías con otros idearios, beneficiando siempre a la otra parte. 

Los liberales somos un tercer polo frente a los socialistas y frente a los conservadores; frente a los colectivistas de inspiración marxista y frente a los colectivistas de inspiración tradicionalista. A los liberales no nos sirve la manida escala convencional de izquierdas y derechas para posicionarnos. Esa escala no aporta más que confusión, y por eso en unos asuntos se nos percibe y señala como de derechas (sobre todo en economía) y en otros asuntos hay quienes nos clasifican en la izquierda (sobre todo en las cuestiones morales). Tan esenciales y centrales a nuestro ser y a nuestro sentir son las primeras cuestiones como las segundas, y no somos ni de derechas ni de izquierdas ni de centro, somos liberales y que los demás nos clasifiquen donde quieran en sus escalas, qué le vamos a hacer.

Pero, para clasificar el liberalismo, parece más adecuado el famoso mapa de Nolan, o el que presentamos en el sitio web del P-Lib y que tanto revuelo ha causado, junto a nuestro ya famoso test de autoposicionamiento ideológico. Estos mapas son esclarecedores porque evidencian que las ideas políticas no pueden representarse con esa paupérrima escala lineal de izquierda y derecha, ni responden a un dualismo simplón y frentista. Junto a la divisoria tradicional, como mínimo debemos establecer otro eje cuyos extremos son la soberanía colectiva y la soberanía individual: colectivismo versus individualismo. Y eso lo clarifica todo y permite visualizar un terreno que sólo nos es propio a los liberales, en el que estamos solos frente al resto: frente a los colectivistas moderados (conservadores, democristianos, centristas, socialdemócratas) y por supuesto frente a los colectivistas extremos (comunistas, fascistas, ultranacionalistas, integristas religiosos, nazis, etc.).

El liberalismo ni es sólo económico ni es un producto del siglo XX. No podemos asumirlo sin adjudicarnos toda su herencia. La contribución del liberalismo ha sido determinante de los mejores resultados de progreso, civilización y bienestar de nuestra especie. El liberalismo clásico inspiró el avance de las ciencias frente al oscurantismo, de las repúblicas frente a las monarquías, del constitucionalismo frente al absolutismo, de los regímenes de libertades y el Estado de Derecho frente a toda forma de despotismo, del debate de propuestas frente al ordeno y mando, de las votaciones frente a las imposiciones, del debido proceso jurídico frente a los juicios sumarísimos, de la empresarialidad y la movilidad social frente a los estamentos compactos y las castas estáticas. Particularmente, los liberales españoles de hoy no podemos sino reconocernos herederos de aquellos políticos y guerrilleros liberales que durante todo nuestro siglo XIX intentaron modernizar el país, abrirlo al mundo, librarnos de la involución carlista, impulsar las constituciones, reducir el poder de la corona y afirmar la soberanía del individuo.

En toda Europa, el auge de los totalitarismos abrió en la primera mitad del siglo XX un largo paréntesis en el desarrollo y la evolución de las sociedades libres. En opinión de los colectivistas moderados (socialistas y conservadores) ese paréntesis se cerró en Europa Occidental tras las Segunda Guerra Mundial, con la restauración del sistema de democracias parlamentarias y con la eclosión de un nuevo paradigma social: el Estado del bienestar, abrazado tanto por la izquierda democrática como por la derecha democrática, es decir, por los “socialistas de todos los partidos” en palabras de Hayek. Pero para los liberales más profundos, ese largo paréntesis de no liberalismo todavía no se ha cerrado porque la democracia cuasi-absolutista que tenemos hoy, basada en la tiranía de las masas, en el imperio del Estado, en la esclavitud económica del individuo y en unos niveles insoportables de ingeniería social y cultural, no puede suplantar a la libertad y constituye una desviación suicida respecto a la hoja de ruta histórica que el liberalismo había trazado en los siglos anteriores.

El “consenso socialdemócrata”, como bautizó Dahrendorf a ese paradigma social, es una dictadura perfecta. Es el Estado-Matrix. Todos ustedes conocen la famosa película y sus dos niveles de realidad. Nosotros en el P-Lib solemos referirnos a este régimen como el Hiperestado. La acción del P-Lib no tiene como objetivo final abrirnos hueco en el Hiperestado para gestionar una porción del mismo, y por eso nuestros plazos no son los habituales en otros partidos políticos, marcados por la histeria electoral. Nosotros queremos contribuir desde la política a desmontar el Hiperestado. Nuestros esfuerzos se dirigen a provocar la deslegitimación social del Hiperestado denunciando sus excesos y carencias, para obtener su demolición controlada, paulatina y pacífica y poder así irlo sustituyendo por un sistema de libertad política y económica. Es decir, lo que queremos es cerrar por fin ese paréntesis de no liberalismo antes mencionado, que sustituyó las democracias liberales primero por regímenes autoritarios y totalitarios y después por el Hiperestado actual, y avanzar en el siglo XXI profundizando en la tarea liberal truncada y encaminándonos hacia sociedades de Estado mínimo desde las que algún día podamos acariciar incluso su desaparición.

En realidad el paradigma del Hiperestado, del “consenso socialdemócrata”, del Estado-Mátrix, del Estado del Bienestar, fue una versión democrática y lights del colectivismo feroz que décadas atrás había asolado Europa y que todavía mantenía a la mitad del continente convertida en un inmenso gulag. Hasta el día de hoy, todo el mérito del Hiperestado se reduce a cambiar la dictadura “de uno sobre todos” por la dictadura de “todos sobre cada uno”. Como liberal, me parece un balance terrible porque al dictador convencional al menos se le percibe como tal, y a la sutil dictadura del Hiperestado democrático, no.

Hoy el Hiperestado se ve felizmente amenazado por factores como la globalización y la revolución de las comunicaciones, pero no nos engañemos. Hay un mundo nuevo que no acaba de nacer y hay un mundo viejo que no acaba de morir. No me cabe ninguna duda de que el “consenso socialdemócrata” forma parte del segundo. Pero tampoco me cabe ninguna duda de que los colectivistas van a luchar a muerte por salvar los muebles del Hiperestado, por resetear y reprogramar Mátrix para seguir viviendo (y haciéndonos vivir a los disidentes) en esta distópica ficción que sustituye a la libertad.

Los colectivistas dicen rechazar un futuro como el de 1984 de Orwell o el espantoso Mundo feliz de Huxley, pero en realidad no plantean una verdadera alternativa a esos escenarios, sino que se conforman con maquillarlos para que individuo común los acepte de buen grado. Para ello se esfuerzan en perfeccionar un Estado bonachón que, como un padre riguroso y diligente, se esmera en tratar con aparente dulzura al ciudadano, pero dirige sus pasos, vigila sus actos y controla todos los aspectos de su vida y, sobre todo, de su acción económica. Lo hace con una sonrisa, pero si rascamos un poco en la superficie, si hacemos que se sienta amenazado al cuestionar, por ejemplo, su sistema fiscal o de pensiones, aflora de inmediato la bestia que hay debajo de la piel de cordero y nos enseña los dientes con tanta ferocidad como en las novelas mencionadas.

Pues bien, para cerrar el paréntesis de no liberalismo y retomar las cosas donde quedaron hace casi un siglo, avanzando desde ahí hacia la libertad de un mundo tan diferente como va a ser el de las próximas décadas, es fundamental incorporar mucho de lo aportado por las corrientes de pensamiento heterodoxas que fueron marginadas durante el letargo del “consenso socialdemócrata”: la filosofía objetivista, la aportación libertaria al liberalismo clásico o la Escuela Austriaca en economía. Bastaría avanzar un poco en lo esencial de esos conjuntos de ideas para desencadenar una alternativa sistémica. Porque el liberalismo profundo, rescatando sus principios y actualizándolos con estos aportes, constituye hoy la única alternativa de sistema que no consiste en involucionar hacia nuevas formas de totalitarismo.

Esto es incuestionable. ¿Qué hay de innovador en el panorama actual de las ideas? ¿Acaso hay propuestas de calado, alternativas importantes, fuera del liberalismo, entendido en sentido amplio? Los colectivistas de origen marxista nos imponen desde el Estado la alienación del individuo en un nuevo gulag, y los colectivistas de corte tradicionalista o místico nos imponen desde el Estado la alienación del individuo en un revival del puritanismo y del oscurantismo. Los liberales tenemos que plantarnos frente a ambos; señalar cuánto se parecen en el fondo; impulsar la libertad como alternativa de conjunto y legitimarla en una sociedad a la que se ha enseñado a descreer de ella; desenmascarar primero para desmontar después el Hiperestado; rebelarnos contra toda forma de ingeniería social y cultural; y afirmar al individuo como base de la sociedad y como ser independiente y soberano, relativizando por tanto cualquier supuesto contrato social.

La alternativa sistémica del liberalismo político es desmontar paulatina y racionalmente el Hiperestado y sustituirlo por el reinado del individuo. Es desde el individualismo en todos los ámbitos, y no sólo en economía, desde donde construimos nuestra alternativa política.

Optamos por la persona y no por las masas. Optamos por ampliar el ámbito de decisión del individuo, porque somos los únicos que realmente creemos en él. Optamos por una sociedad civil dinámica, articulada de forma descoordinada mediante millones de instituciones privadas y de acciones individuales, y no por un Estado poderoso y entrometido. Optamos por separar mañana Estado y economía como ayer conseguimos los liberales separar Estado y religión. Optamos por un orden espontáneo de la economía, configurado por la acción humana en persecución legítima del beneficio. Optamos por la recuperación del ánimo de lucro como un valor esencial. Optamos sin reservas por la globalización en todas sus dimensiones, no sólo en la económica, convencidos de que es la fuerza que a largo plazo liberará a millones de personas de la miseria y de la tiranía. Optamos por la extensión universal del sistema de economía política más solidario que existe: el capitalismo, el único basado en la cooperación voluntaria. Y para que el capitalismo pueda funcionar sin cortapisas, optamos por devolver a la sociedad, al mercado, el instrumento esencial expropiado por los Estados en estos últimos dos siglos: el dinero.

Optamos por la responsabilidad de cada individuo sobre sí mismo, sobre su vida, su tiempo y su actuar. En todas las cuestiones éticas y morales, optamos por el criterio de máxima libertad de cada persona y mínima o nula injerencia de los demás vía Estado. Somos realistas pero soñamos a muy largo plazo con un sociedad futura tan madura que se pueda llegar a prescindir de cualquier acción social desde el Estado, y mientras eso se alcanza optamos, como paso crucial en esa dirección, por la mínima injerencia y el mínimo dirigismo, y por eso proponemos alternativas apegadas a la realidad de hoy que puedan llegar a ser aceptadas por la mayoría al comprender su eficacia, en cuestiones como el sistema de capitalización para las pensiones, como el cheque escolar y sanitario o como el mecenazgo cultural individual. Insisto que todo ello como medidas transitorias, aunque será una transición larga.

La responsabilidad es la otra cara de la moneda de la libertad, y ambas van unidas indisolublemente. Quienes quieren abdicar de su libertad, lo que desean en el fondo es desprenderse de la responsabilidad que implica ser libres. Pues muy bien, que lo hagan si quieren, que se retiren ellos a comunas donde rijan sus normas infantilizantes, pero que no se atrevan a imponérnoslas a los demás. Toleramos un único recorte a nuestra libertad: aquel que nos impide iniciar la violencia, aquel que establece un aura de impenetrabilidad en torno a la libertad y la propiedad de cada persona. Pero dejamos bien claro que nuestra libertad no termina donde empieza el supuesto “bien común”, el falaz “interés general”. No creemos en esas manidas entelequias. Nuestra libertad termina donde empieza realmente la de otro con nombre y apellidos, y sólo allí donde realmente se merma su soberanía personal. Ni un milímetro antes.

Por eso somos ante todo un movimiento de autodefensa de los individuos frente a las masas y frente a su Estado, que tan ajeno nos resulta y que tanto despreciamos. Me decía hace poco un afiliado de nuestro partido (en broma, por supuesto) que los liberales somos como los supervivientes de esas novelas y películas, tan de moda en la actualidad, en las que la gran mayoría de la humanidad se ha convertido en zombi. El paralelismo me hizo gracia y la verdad es que tiene bastante recorrido: los colectivistas son tan temibles como esos zombis de las películas, y nos quieren morder a base de obligaciones y prohibiciones estatales para convertirnos también en zombis; y los liberales nos refugiamos de la epidemia como podemos (por ejemplo refugiando nuestra poca o mucha riqueza en el sector financiero offshore o refugiando nuestra psique en institutos de pensamiento como este, lo que desde luego constituye un bálsamo) y salimos a la calle cuando podemos, no sin temor y con la mano en la cartera, que es lo primero que quieren morder los zombis colectivistas.

Pero algunos liberales pensamos que todo eso no es suficiente. Que no basta “torear” el sistema como buenamente pueda cada uno, y que los refugios intelectuales son importantísimos para no enloquecer, pero también es necesaria la acción política.

Pensamos que el terreno de la política es demasiado importante para regalárselo constantemente, sine die, a aquellos de nuestros enemigos con menos pinta de zombis. Porque siguen siendo zombis, aunque tengan un oxigenado cabello rubio y cierto gracejo castizo. Depositar toda esperanza en los menos malos de nuestros adversarios es un ejercicio de pragmatismo estéril que durante treinta y cinco años no nos ha reportado ningún beneficio. Ya estamos hartos de hacerle el juego a los socialcentristas siendo cola de león de partidos tipo CDS. Ya estamos hartos de hacerle el juego a los conservadores siendo cola de león de partidos como el PP. O de partidos sin proyecto político, meras máquinas de marketing como Ciudadanos o UPyD o el Foro Casquista. Ya estamos hartos de ser prácticamente el único país de Europa donde tenemos que conformarnos con ser meras corrientes dentro de partidos que ni son ni van a ser nunca liberales. Ya estamos hartos de autocensurarnos. Ya estamos hartos de mordazas intelectuales, de tener que descafeinar nuestro liberalismo, de disolver nuestro programa y nuestra misma alma en partidos de masas o que aspiran a serlo. Ya estamos hartos de ser esos compañeros de partido raros y minoritarios, esos incómodos compañeros de viaje, esos extremistas a los que se tiene que mantener a raya, porque sus ideas llevarían a la ruina electoral del partido, que no lograría apelar a las grandes masas.

Es que los liberales de verdad, los que no nos acomodamos al statu quo, no aspiramos al favor de las masas, no queremos que “la gente” en general nos apoye. Sabemos que sería ilusorio. Aspiramos a algo que sí es viable: a organizar a la minoría de individuos conscientes y amantes de su soberanía, para llegar a tener una presencia minoritaria pero suficiente y hasta determinante en las instituciones, desde la cual exponer y denunciar los abusos del Hiperestado, deslegitimarlo socialmente, atacarlo jurídicamente y usar nuestros votos, ante cada decisión, para forzar a los grandes a dar pasos atrás. Con la agilidad del ratón entre dos elefantes haremos más que subiéndonos a uno de esos paquidermos. El FDP alemán lo está demostrando, y sólo es un ejemplo.

En Alemania el debate político es similar al de España, pero aquí nos falta la pieza pequeña, sensata y esencial de un FDP. Como allí, aquí también los socialistas y los conservadores, PSOE y PP, desconfían del mercado y lo sobrerregulan, y los liberales somos los únicos que denunciamos que de esa sobrerregulación se derivan consecuencias funestas, como estamos viendo con la terrible crisis económica actual, originada precisamente en los dos sectores más regulados por el Estado: el financiero y el de la construcción.

PSOE y PP perfeccionan y sofistican sus mecanismos de ingeniería social y cultural, y los liberales queremos transitar con rapidez hacia un Estado mínimo que no tenga siquiera la capacidad de hacer esa ingeniería, que no pueda moldear la sociedad ni orientar desde el poder político la evolución cultural.

PSOE y PP quieren imponer sus respectivas visiones de la ética y la moral, y los liberales queremos impedírselo a ambos y dejar estrictamente en manos de cada individuo la adopción de los valores que personalmente escoja, dejando que espontáneamente avancen o decaigan en la sociedad aquellos valores que prefiera o descarte.

PSOE y PP han distorsionado la democracia. La democracia es únicamente el sistema adecuado para adoptar las decisiones colectivas. Nadie nos puede a dar lecciones de democracia a los liberales, que fuimos precisamente los que la inventamos en su forma contemporánea. Pero por ello estamos plenamente legitimados para denunciar que la democracia se fuerza, se tuerce, se prostituye y se desvirtúa cuando se pretende extender más allá del ámbito colectivo y aplicarla a las decisiones individuales. La democracia no está para eso. Lo esencial de nuestra rebelión como liberales es evitar el sometimiento de los individuos al Estado, tanto si se impone con el espadón de un tirano como si se impone con la justificación de las urnas.

Es interesante analizar cómo la evolución social y tecnológica de nuestro mundo hace que cada vez más decisiones puedan adoptarse de forma individual por cada persona, unos en una dirección y otros en otra, simultánea y compatiblemente. En cada vez más ámbitos ya se hace innecesaria la adopción grupal de un camino común y puede cada persona escoger independientemente el suyo propio. En buena lógica, esta evolución debería hacer que cada vez quedaran menos decisiones a adoptar de forma colectiva por procedimientos democráticos. Y sin embargo vemos cómo el Hiperestado crece hasta la asfixia, y pretende regular cada vez más aspectos de la vida personal y económica amparándose en la torpe excusa de que el gobernante tiene la legitimidad popular. Pues bien, a los liberales esa excusa no nos sirve porque sencillamente no reconocemos legitimidad popular alguna sobre el ámbito privado de toma de decisiones. Los liberales queremos regenerar la democracia, hacerla realmente efectiva (por ejemplo, mediante un sistema electoral y de partidos realmente democrático), pero al mismo tiempo circunscribirla estrictamente a su cometido, que es el decreciente ámbito de lo público y no el ámbito felizmente creciente de lo privado.

España tiene una democracia anómala, producto de una Transición que, por más que se ha idealizado y edulcorado hasta la hiperglucemia, fue lo que fue y se realizó como se pudo. Producto de aquella Transición es un sistema de partidos carente de una mínima democracia interna. Nuestros grandes partidos de masas funcionan por simple y vulgar clientelismo. Los grupos municipales y parlamentarios son bloques monolíticos que han desvirtuado el papel de las respectivas cámaras porque en ellas no se decide nada: todo viene ya decidido desde las sedes de los partidos. Y nadie protesta demasiado porque se comprende cabalmente que estas organizaciones no son movimientos asociativos libres sino estructuras jerarquizadas de gestión del poder, a las que se acude para obtener puestos o negocios, acatando a cambio las decisiones que vienen de arriba.

Tenemos también uno de los peores sistemas electorales de Europa, que establece la aplicación más dura de la Ley d’Hondt, sobrerrepresenta enormemente a las dos primeras candidaturas de cada circunscripción e infrarrepresenta brutalmente a todas las demás, adulterando en suma el resultado de las urnas y perpetuando artificialmente un bipartidismo calculado que no responde a lo que se ha votado ni a la pluralidad existente en la sociedad.

A todo esto se unen los umbrales electorales, la no computación del voto en blanco y la persistencia del arcaico sistema colectivista de listas cerradas y bloqueadas, que hace de las elecciones una farsa porque los electores no elegimos a nadie, solamente ratificamos la elección hecha por las cúpulas. En suma, nuestro sistema electoral, treinta y cinco años después del inicio de la democracia, no es democrático. Cuando explico este sistema a personas que están en política en otros países europeos, se echan las manos a la cabeza. Pero pese a ello, afirmo que incluso en estas circunstancias es difícil pero viable para un tercer o cuarto partido obtener cierta representación en las circunscripciones más pobladas.

De un sistema de partidos así, y de un sistema electoral tan duro para cualquier “tercero en discordia”, no podía resultar nada bueno para los liberales. Nuestro país es muy anómalo en Europa: somos uno de los poquísimos países del continente donde no ha habido de forma continuada y estable, un partido liberal en las instituciones. Entiéndaseme bien. No es que idealice los partidos liberales europeos. Sabemos que algunos de ellos han transitado hacia posiciones conservadoras o socialdemócratas que repudiamos, o se han acomodado al sistema. Pero otros muchos no, y en cualquier caso la presencia de esta fuerza política ha sido clave en muchas ocasiones para conseguir avances reales del liberalismo, mucho más en cualquier caso que los obtenidos en España con las estrategias de “cola de león”, es decir, ninguno.

Porque la culpa de esa anomalía no la tiene sólo el sistema, ni es imputable únicamente a la avaricia de socialistas y conservadores. No, no: los propios liberales somos, desde 1975, los principales culpables de nuestra situación por haber optado con suicida insistencia por el quintacolumnismo en partidos ajenos. Primero en la UCD, luego en el CDS y en el Partidor Reformista Democrático (la famosa Operación Roca), también en la Coalición Popular y después permitiendo la insensata absorción del Partido Liberal de Segurado al fundarse el actual PP. Y después, incluso, en absurdos partidos de aluvión transversal como UPyD o Ciudadanos, en los que cabe de todo. Entregarnos a todos esos partidos no ha reportado avances al liberalismo y siempre ha beneficiado a quienes, en definitiva, son de una u otra manera defensores del statu quo colectivista y del Hiperestado.

El ejemplo máximo de esta pésima estrategia es el de quienes dicen que se consideran liberales pero apoyan o militan en el Partido Popular. Desengañémonos de una vez por todas: el PP es un partido de masas con tres cuartos de millón de afiliados. El noventa por ciento, y me quedo corto, rechazan el liberalismo o lo rechazarían si supieran lo que significa. El liberalismo es una opción sofisticada que no suele ser asumida en ningún país por las grandes masas sino por una minoría reducida aunque, eso sí, ilustrada e influyente. El PP es intervencionista en economía y defiende el Hiperestado tanto como la izquierda, primero porque eso es lo que le demanda su enorme parroquia electoral y, segundo porque, como aspira a controlar desde el gobierno ese Hiperestado y emplearlo para sus fines clientelares, no va a ser al mismo tiempo tan tonto de promover su reducción. El PP recela de los pseudoliberales que hay en su seno porque teme que sus ideas le impidan conquistar el poder. El PP es un entorno árido para quienes quieren trabajar con sinceridad por la libertad económica y personal. Es un partido casi socialdemócrata en lo económico e insoportablemente conservador en lo moral. Y por lo tanto no es liberal en nada.

El Partido Popular lleva quince o veinte años torpedeando todos los intentos de creación de un tercer partido de corte liberal en España. En su absoluta arrogancia y en su profunda ceguera política, los conservadores creen que la existencia de un partido así les debilitaría. No han entendido nada. Piensan que el propio PP puede estirarse como un chicle para albergar “todo lo que no es izquierda”, desde el centro reformista hasta la derecha nacional heredera del anterior régimen, pasando por democristianos, conservadores y liberales. Esa aberración, que no se da en ningún otro país europeo, le ha pasado factura al propio PP y al país. Al PP, porque le obliga a obtener difíciles, a veces imposibles, mayorías absolutas, ya que no tiene ningún posible socio con el que pactar. Y al país, porque entrega la llave de la gobernabilidad de miles de ayuntamientos, de los gobiernos autonómicos e incluso del gobierno central, a fuerzas extremas como Izquierda Unida, a partidos nacionalistas, a independientes locales en pos de la concejalía de urbanismo, o a todos ellos. La irresponsabilidad del PP al permitir esto, por su codicia extrema y su obsesión con ser el único actor en el espacio llamado de centroderecha, constituye una mancha imperdonable en la hoja de servicios del PP. Por su culpa han terminado gobernando los socialistas en más ocasiones y lugares de las que habría sido posible, y condicionados además por socios inadecuados. Preferir quedarse sin gobernar en multitud de instituciones antes que hacerlo en coalición con una pequeña fuerza liberal no sólo es una estupidez: es una irresponsabilidad extrema que nos perjudica gravemente a todos, y así nos va.

En Europa, los liberales, con sus luces y sus sombras, completan mayorías. Son esenciales en las instituciones. Frenan las pulsiones más extremas de socialistas y conservadores. Defienden la libertad frente a las veleidades liberticidas de los dos grandes. En algún caso, como el de los Países Bajos, los liberales son este momento la primera fuerza política y tienen el puesto de primer ministro. En otros, como Alemania, son el socio minoritario pero influyente del gobierno de coalición. Y en casi todas partes están presentes con un porcentaje pequeño pero suficiente en los parlamentos nacionales, constituyendo normalmente la tercera o cuarta fuerza política. Esto tiene su traslación en el Parlamento Europeo, donde los liberales son el tercer grupo parlamentario de Estrasburgo, con un centenar de eurodiputados. Y en España, en cambio, nada de nada. Ausencia de liberales en las instituciones y, lo que es mucho peor, ausencia crónica de voces y propuestas que defiendan íntegramente el liberalismo y promuevan su avance.

Ante este panorama, un grupo de liberales hartos de esta situación decidimos a mediados de 2009 constituir el P-Lib. Los fundadores quisimos hacer lo contrario de los partidos de partidos de laboratorio, es decir, pusimos sobre la mesa, desde el mismo momento de nuestra constitución, un profundo y completo programa político marco, que ha sido enmendado por nuestro I Congreso el pasado 25 de septiembre. Nuestro modelo de crecimiento no es de aluvión. No tenemos prisa, no esperamos tener miles de concejales el 22 de mayo, seguramente ni nos presentaremos porque no nos da tiempo aún, acabamos de empezar; no queremos incurrir en los errores de proyectos anteriores: la generación de expectativas inmediatas y el desencanto posterior cuando lo imposible no ocurre.

Tenemos por delante una larga y dificilísima travesía del desierto, tardaremos entre una y dos legislaturas en llegar a ser una fuerza política conocida e implantada, con capacidad de presentar listas en la mayor parte de las circunscripciones y realizar campañas dignas.

Pero mientras estamos fuera de las instituciones, ya estamos consiguiendo objetivos: somos los únicos que abanderamos incontables causas liberales y las presentamos en clave política a la sociedad. Y somos el refugio político de toda esa minoría creciente que rechaza el Hiperestado, que hasta ayer no tenía voz en política y que ahora por lo menos tiene la esperanza de que poco a poco vaya cristalizando en España su alternativa. Esto, que puede parecer poco, apenas un embrión, es en realidad lo más importante que hace y que hará el P-Lib, más importante que tener algún día diputados o alcaldes. Hacer política es mucho más que ocupar cargos de representación. Es ante todo contribuir a configurar el marco político organizando a los afines, cosa que para los liberales, siempre dispersos y huérfanos de partido, resulta esencial.

Alguien tenía que hacerlo. Hemos sido nosotros porque nadie más se movía, pero queremos que nuestro partido sea la casa común de todos los liberales y de cuantos van más allá del liberalismo político convencional, y por eso nos abrimos con generosidad a todas esas personas para que puedan sumarse al proyecto y, a partir del día uno de su afiliación, contribuir e influir como el que más en su desarrollo. Este no es el partido de quien les habla ni del actual comité ejecutivo. Habremos fracasado estrepitosamente si se llega a convertir en eso. Este tiene que ser el partido de los liberales españoles, abrirse paso atacando a diestra y siniestra y consolidarse poco a poco en nuestro espectro político. Y si para ello hay que tardar ocho o diez años, pues se tardan. Es una carrera de fondo. Lo importante será irlo consiguiendo, hacerlo sobre bases sólidas, con la calidad y la dignidad que espera de nosotros esa intelectual y exigente minoría que son los liberales.

No sé lo que pensarán ustedes pero les aseguro que yo no estoy dispuesto a quedarme de brazos cruzados mientras la libertad retrocede, mientras la cercenan los colectivistas de todo tipo; mientras la política española se convierte en una repugnante cloaca. Es respetable que otros liberales prefieran permanecer en los salones, debatiendo al calor de la chimenea lo mal que va todo en lugar de mancharse de fango los zapatos. Pero alguien tiene que hacer de pocero y meterse en la cloaca política hasta la cintura para conseguir más libertad. En el P-Lib estamos dispuestos y lo haremos mientras otros se conforman con mirarse el ombligo o el blog y votar indefinidamente al zombi “menos malo” tapándose la nariz.

Apenas somos un grupo pequeño pero creciente de liberales que nos hemos organizado para plantar cara a los colectivistas en su terreno más controlado. Y podemos conseguirlo si no nos precipitamos y si somos capaces de mantenernos fieles a nuestra propia hoja de ruta. Porque, como estamos en guerra con el establishment, con el Hiperestado, no tendremos dinero ni apoyos ocultos. Pero en cambio tenemos algo que nadie más tiene, algo que nos da sentido y fortaleza, algo que nos impulsa día a día, contra viento y marea, algo que constituye nuestra misma razón de ser: las ideas de la libertad.

Y a la defensa de la libertad desde un liberalismo moderno, actualizado, libertario, inconformista, rebelde y sin concesiones, se compromete por encima de todo el Partido de la Libertad Individual.

Muchas gracias.

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