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oct 01 2002

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La violencia doméstica y la Iglesia Católica

En gran parte del mundo católico, y particularmente en América Latina, el problema de la violencia doméstica (generalmente la ejercida por el hombre contra la esposa y los hijos) es grave y ya viene de antiguo. En muchos casos va asociado al alcoholismo y, casi siempre, a la incultura. Sea como sea, las sociedades modernas deben sentirse escandalizadas ante este tipo de comportamientos, que es necesario prevenir, combatir y, llegado el caso, castigar severamente. En varios países se han discutido o aprobado normas y leyes que intentan aliviar la situación de las víctimas e impedir, al menos, la repetición de este tipo de abusos. Se cuenta por decenas y a veces por cientos a las mujeres y menores que cada año han perdido la vida a manos de sus propios maridos y padres en cada país. En este orden de cosas, no puede dejar de sorprender e irritar la posición adoptada por la Conferencia Episcopal española, posición similar a la que ya habían manifestado otras conferencias episcopales de países hispanohablantes. El secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal española, el obispo auxiliar de Toledo Juan José Asenjo, afirmó a mediados de septiembre que el Derecho Canónico no establece como causa de nulidad de un matrimonio los malos tratos.

El Derecho Canónico, como todo cuerpo jurídico, es interpretable y reformable, y debe serlo para acompañar la evolución de las comunidades sobre las que pretende aplicarse. Que en pleno siglo XXI la Iglesia Católica pretenda obligar a las víctimas a convivir con sus verdugos, arriesgando su integridad física y psicológica y su propia vida es, sencillamente, una espantosa aberración. “el tema de los malos tratos es un asunto sobrevenido a la celebración del matrimonio y no está contemplado por la doctrina de la Iglesia como causa de nulidad del sacramento”, se permitió declarar este obispo-robot, representando probablemente el sentir de miles de curas y obispos católicos. Estos, como por culpa del celibato (una práctica no impuesta por Jesucristo ni por la Biblia sino por un concilio de obispos celebrado siglos más tarde) son absolutamente ignorantes de cuanto implica la convivencia de pareja, se limitan a recordar friamente que el matrimonio es irreversible, cosa que ya casi nadie les acepta, incluyendo a millones de católicos. Una vez más se pone de manifiesto que la religión más extendida en nuestros países está cada día más alejada de la realidad de nuestras sociedades, y que su jerarquía está dispuesta al suicidio colectivo de seguir separándose más y más del pueblo, obstinada en imponer normas y prejuicios que hoy están más que superados. Pero la Iglesia Católica debería reflexionar sobre el daño que hace a miles de mujeres creyentes que, para no incurrir en las faltas y pecados de un eventual divorcio, deben aceptar cada día humillaciones, golpes, violaciones, insultos y toda clase de vejaciones a las que ningún ser humano debería estar expuesto. La unión de las personas en un núcleo de convivencia es por su propia naturaleza voluntaria, y la salida es, también por naturaleza, unilateral.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en octubre de 2002.

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