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Abr 01 2001

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Una banca para el siglo XXI

El corporativismo de la gran banca, amparado por el Estado a causa de la connivencia de intereses entre los políticos y los grandes banqueros, perjudica seriamente al consumidor al crear un sector bancario oligopólico donde se hace difícil encontrar auténtica concurrencia y donde la sociedad se convierte en un dócil mercado cautivo.

En su origen —que aún nos alcanza, distorsionado, en algunas películas del género Western— la banca comercial era un negocio más. Cualquier persona o grupo de personas podía fundar sin excesivas trabas una empresa destinada a custodiar el dinero de la gente y a ofrecer servicios financieros de cualquier tipo. Durante el siglo XX este negocio, que juega hoy una papel de extrema importancia en las vidas de los ciudadanos, se fue aristocratizando cada vez más hasta quedar reducido, en la mayoría de los países, a un club de como mucho quince o veinte grandes bancos que representan la práctica totalidad del sector. La carrera de fusiones fue concentrando en pocas empresas de banca un negocio que no debería ser diferente de cualquier otro.

Nada tenemos los liberales contra el desarrollo espontáneo, sin intervención estatal, de monopolios de cualquier tipo, ya que sabemos que siempre serán coyunturales y que en cualquier momento podrán surgir competidores. En palabras del gran escritor argentino Alberto Benegas Lynch (h), el problema surge cuando tales posiciones monopólicas (u oligopólicas) se alcanzan mediante “la cópula hedionda con el poder”. La frase no puede ser más acertada si se aplica a las relaciones banca-Estado en la mayoría de los países y desde los años treinta en adelante. Esas relaciones han sido una orgía continua de favores recíprocos hechos a costa del ciudadano. Fue escandalosa la nacionalización de la banca durante algunos periodos en países como Francia o México, o el “rescate” de bancos en apuros con cargo a las arcas públicas en el país azteca y en tantos otros, pero más escandalosa es la relación de privilegio existente entre las principales entidades bancarias de cada país y los sucesivos gobiernos del mismo. Mediante esas relaciones se ha encarecido el precio del dinero al cerrarse o limitarse la competencia de entidades bancarias más pequeñas y ágiles o bien de bancos extranjeros (un caso terrible fue, en los noventa, la intervención del Banesto en España y la defenestración social de su presidente, Mario Conde, para evitar la inminente entrada en el país de la Banca Morgan a través de la entidad presidida por Conde).

Amparados en leyes favorables a sus intereses, los grandes bancos dictan oligopólicamente los precios de sus servicios a sabiendas de que es prácticamente imposible que alguien represente una seria competencia. Décima arriba o abajo, todos ofrecen lo mismo, ya hablemos de créditos hipotecarios, planes de ahorro o cuentas remuneradas.

La solución es Fernández. Cuando cualquier Luis Fernández o Pedro Pérez o usted o yo podamos abrir un banco, el sector se atomizará y entrarán en él la luz y la ventilación que necesita. No abogo, naturalmente, por que se relajen los controles sobre la actividad bancaria y se facilite así el fraude masivo o el surgimiento de entidades de crédito insolventes que pongan en riesgo el ahorro de la gente. Lo que defiendo es que los coeficientes de caja y otros requisitos para ser banco se reduzcan a niveles que permitan a cualquiera, si cumple con las exigencias razonables de seguridad y confiabilidad, montar un banco. Que en la esquina no tengamos necesariamente una sucursal de uno de los mismos veinte bancos de siempre, sino que pueda ser una oficina, tal vez la única o una de las apenas tres o cuatro sedes del banco Fernández, García o Martínez. Y que estos ratones puedan competir con los elefantes de siempre y ofrecer, dentro de lo razonable y contando con el respaldo financiero que la ley exija, productos financieros ventajosos para sus clientes.

La dictadura de la gran banca y la imposibilidad de hecho de abrir nuevos bancos sin terminar fagocitados por uno grande o eliminados por medios espurios, siempre con la anuencia del poder político, es uno de los grandes lastres que pesan sobre la economía. La solución a este problema consiste en desregular, legislar sin favoritismo y permitir que el pequeño banco independiente del barrio tenga, al menos, opción a existir. Internet y, en general, la revolución de las comunicaciones, jugarán un papel positivo en este proceso, ya que cada vez será más fácil prestar servicios financieros en línea, si es necesario desde fuera de los países donde rigen estas obsoletas regulaciones favoritistas.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en abril de 2001.

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