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Ago 25 2000

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Libertad, justicia y desigualdades

La justicia es el argumento tradicional de las ideologías contrarias al imperio irrestricto de la libertad humana. Detrás de su solemne estatua se cobijan aquellos que recelan de la soberanía del individuo. En su nombre se legisla contra la persona y a favor de la masa. Pero, ¿de qué justicia hablan quienes la oponen a la libertad? Para ellos, ya sean socialistas, nacionalistas o democristianos, comunistas, fascistas o teólogos de la liberación, las desigualdades sociales son un ejemplo de que la libertad, y sobre todo la económica, es un caos perverso del cual siempre salen heridos los más débiles. La pobreza es, por tanto, simplemente el resultado lógico de la libertad y, por tanto, hay que regular, supervisar, limitar y constreñir la libertad. Y hasta desprestigiarla, si hace falta, con el descalificativo de “libertinaje”. Dependiendo de la ideología de cada uno de estos colectivistas, esa merma de la libertad individual será enorme o simplemente grande, y los medios empleados serán brutales o tan sólo agresivos. Algo ha fallado en la construcción social del mundo presente si son tantos los que descreen de la libertad y la culpan de todos los males.

Cabe recordar qué es la justicia y cómo interactúa con el concepto de libertad. Simplificando mucho, la justicia es la situación en la que ninguna persona sufre invasión de su libertad ni ataque a su propiedad por parte de otro. El concepto de justicia no implica necesariamente bienestar ni un determinado nivel de ingresos o riqueza, ya que todo esto corresponde a cada ser humano conquistarlo mediante el esfuerzo, la habilidad y la creatividad de la que le haya dotado la naturaleza. Una sociedad en la que una cúpula de supuestos sabios planifica los ingresos y bienes de cada uno, confisca la propiedad de algunos y regala cosas a otros u organiza a la gente procurando igualar sus vidas no es una sociedad más justa: es tan sólo una sociedad menos libre. Como han demostrado los sucesivos intentos totalitarios de crear sociedades así desde las ideologías de izquierda, de derecha o ultrarreligiosas, el resultado es siempre la ausencia de libertad, que termina por matar, precisamente, la justicia. La imposición forzada de circunstancias y procesos que merman el orden espontáneo existente en libertad es un camino seguro hacia la pérdida de ésta y, lejos de garantizar una grado mayor de justicia, la hace imposible al aniquilar su condición necesaria (que no suficiente), que es precisamente la libertad.

Los pobres no son una consecuencia directa de la libertad de los ricos, sino un producto de la falta de libertad real del conjunto de individuos que conforman una sociedad. En una sociedad realmente libre, el grado de pobreza o riqueza de cada uno no parte de la división de la sociedad en compartimentos estancos, porque se da una gran movilidad social, y depende en cambio de las decisiones libres que cada uno va tomando a lo largo de su vida: qué decide estudiar, en qué sector decide trabajar o emprender, con quiénes se asocia, a quién escucha, cuánto se esfuerza, etcétera, y de factores externos como el azar. La libertad, es cierto, no genera automáticamente justicia, pero el grado de justicia que se da en condiciones de libertad es siempre superior al que puede establecer cualquier “ingeniero social” liberticida.

Publicado por el diario Prensa Libre de Guatemala el 25 de agosto de 2000.

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