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sep 13 2011

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Krugman y la desesperación colectivista

El artículo del economista Paul Krugman que hoy reproduce El País resulta revelador. En estos momentos de hundimiento del modelo económico generalizado en el mundo desarrollado, los partidarios del hiperestado cada vez se andan con menos rodeos y ya se han afeitado completamente la lengua. Krugman arremete contra el Banco Central Europeo por los motivos opuestos a los que justificarían una dura crítica a ese organismo. Acusa a Trichet de inventar demasiado poco dinero de la nada para comprar la deuda excesiva y terminal contraída por los políticos. Cerca de ciento cincuenta mil millones de euros le saben a poco, y proclama con entusiasmo su receta: que Trichet emule a Bernanke y se ponga a imprimir sin freno hasta comprar todos los créditos cuasi fallidos de Italia, de España y de quien haga falta. En su artículo no se olvida de ponerle cuernos y rabo a los inversores por dejar de comprar deuda soberana. Toda la prensa colectivista de izquierdas y de derechas corea esa misma tesis, como si alguien tuviera la obligación de comprar esa deuda o de conformarse con un determinado interés sin valorar el posible riesgo de impago. Es como si hubiera que creer con la fe del carbonero que la deuda soberana, al ser de Estado, está ungida de alguna mágica sustancia que la hace inmune al riesgo. Los Estados siempre pagan, aunque sea tarde, y nunca quiebran. Claro. Y la Tierra es plana. Que se lo digan a los griegos, o a los argentinos.

Lo malo es que a Krugman se le escucha mucho. Le escuchan Obama y Bernanke, que se disponen ahora a lanzar un nuevo “estímulo” cuyas consecuencias pueden ser catastróficas. Y le escucha el mainstream político y mediático europeo, que corre el riesgo de creer que este señor tiene razón y que las prevenciones alemanas contra el gasto excesivo y el déficit son poco razonables. “Lo que Trichet y sus compañeros deberían estar haciendo ahora mismo es comprar deuda española e italiana”, dice Krugman. ¿Más aún? ¿Hasta qué punto? Ah, que no hay punto, sólo hay puntos suspensivos. La ley principal de la economía, para los Krugman de este mundo, podría enunciarse así:

El Estado santo y todopoderoso, en persecución del bien común y del interés general, podrá gastar cuanto le plazca, poniendo para ello a trabajar a los ciudadanos más de la mitad de su tiempo para atender el pago de impuestos y cotizaciones diversas. Con ese gasto ilimitado, el Estado será quien impulse la economía ya que sólo Él sabe bien en qué se debe invertir el dinero y en qué no. Si el esfuerzo de los ciudadanos exprimidos por el Estado no resulta suficiente (que no resultará), entonces Él podrá endeudarse sin límite. Cuando haya que pagar esa deuda, otra de las manifestaciones místicas del Estado, llamada Banco Central, inventará dinero nuevo sin necesidad de respaldarlo, y con ese dinero comprará toda esa deuda cancelando el problema.

Fácil, ¿no? Barra libre de gasto y deuda. Es el paraíso de la felicidad total. Lástima que sea un cuento que no se creen ni los niños más ingenuos, pero que sí simulan creer (y hacen creer a otros) los políticos colectivistas, ávidos de darle carnaza a las masas para mantenerse en el poder.

La fatal arrogancia de los colectivistas como Krugman (o como Zapatero y Rajoy) es creer que la economía puede ser dirigida. La economía es un orden espontáneo que se conforma y evoluciona a gran velocidad por las decisiones de millones de agentes. La sola idea de que esa complejidad pueda ser controlada desde una autoridad central es antimoderna. Esa autoridad jamás tendrá ni la información ni el conocimiento ni la imparcialidad ni tampoco los recursos que harían falta para gestionar todo. Y por eso da palos de ciego como un peligroso aprendiz de brujo, haciendo lo único fácil: crear apariencia de riqueza, inventar dinero ficticio abusando del monopolio monetario que se arroga. Hasta que se le va de las manos, hincha demasiado la burbuja y entonces comienza una desenfrenada carrera de soluciones alocadas y cortoplacistas. Alterna decisiones contradictorias porque no sabe qué hacer y al final se encuentra con una situación insostenible.

Krugman, como la mayoría de los colectivistas, está desesperado al ver que los “agoreros” hayekianos tenían razón cuando, en plena bonanza (supuesta), alertaban de que el resultado del monetarismo y del intervencionismo rampantes iba a ser precisamente el que estamos viviendo. Según el artículo de Krugman, “el riesgo de hiperinflación sólo existe en la imaginación” de quienes no compartimos sus tesis. Pues me apuesto lo que haga falta a que en muy pocos años, si seguimos por la ruta keynesiana, tendremos una inflación muy elevada. Lo que haría falta es acabar de una vez por todas con el zigzag de los ciclos proscribiendo la creación y multiplicación ilegítima de dinero sin respaldo.

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6 comentarios

  1. Edu

    “Multiplicación de dinero sin respaldo.”

    ¿Respaldo de qué?

    1. Juan Pina

      Respaldo en riqueza previa, objetiva y tangible. Llevamos cuarenta años sin respaldar la emisión monetaria en reservas de oro (Nixon se cargó ese patrón para poder gastar más de la cuenta porque la guerra de Vietnam le estaba llevando a la bancarrota, y ahí comenzó la barra libre). Desde entonces tampoco se ha sustituido aquel patrón por otro, porque para los políticos es más cómodo poder gastar cuanto gusten sin sujeción ninguna. Además la banca comercial presta unas veinte veces más dinero del que realmente tiene depositado.

  2. Conneggio

    Me gustaría empezar saludandole y agradeciendo la claridad y la pasión con la que defiende sus ideas. En lineas generales estoy de acuerdo el pensamiento liberal y con lo que defiende su partido en particular (con alguna excepción).

    Mi comentario va en relación con el patrón oro. No puede convertirse el oro en una burbuja en si mismo? Tradicionalmente el oro es y ha sido el metal de más valor, refugio en los momentos difíciles. Sin embargo, tiene tanto valor el oro como se cree? Tenemos que ligar el valor de nuestra economía a la cantidad de oro almacenado? A mi el oro particularmente no me sirve para mucho (no me gustan las joyas) y entiendo que se puede generar y acumular riqueza sin poseer una sola onza de oro.

    Entiendo que el dinero no debe de ser ni mas ni menos que una mera representación numérica y homogeneizadora de la riqueza. Para ello creo que el hecho de buscar un patrón es confuso y nunca estará exento de provocar desequilibrios, ya que no hay nada material que pueda igualar el concepto de valor de los distintos individuos.

    En mi opinión cuanto más se acerque la cantidad de dinero a la cantidad de riqueza heterogénea que existe mejor nos irá a todos. Para ello, lo que debería estar prohibido es que el dinero se imprima a antojo para que cambie artificialmente de manos y provoque más y más desequilibrios.

    Y otra cosa… Para que queremos que un Banco Central nos diga cuanto vale el dinero?

    Gracias

    1. Juan Pina

      “Entiendo que el dinero no debe de ser ni mas ni menos que una mera representación numérica”

      Claro, el dinero tiene que representar la riqueza. Si su cuantía y valor pueden variar a golpe de decreto, en función de las instrucciones de los políticos, entonces es evidente que esa representación se distorsiona. Con el dinero fiduciario, al final no se sabe ni cuánto hay en circulación, ni por qué, ni qué representa.

  3. gijonés

    Me parece que esto que usted supone es falso:

    “La fatal arrogancia de los colectivistas como Krugman (o como Zapatero y Rajoy) es creer que la economía puede ser dirigida. La economía es un orden espontáneo que se conforma y evoluciona a gran velocidad por las decisiones de millones de agentes. La sola idea de que esa complejidad pueda ser controlada desde una autoridad central es antimoderna. Esa autoridad jamás tendrá ni la información ni el conocimiento ni la imparcialidad ni tampoco los recursos que harían falta para gestionar todo.”

    Un premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz demostró que la metáfora de la ‘Mano Invisible’ (Adam Smith, 1759; 1776) para expresar una supuesta capacidad autoreguladora del mercado no es verdad.

    1. Juan Pina

      Bueno, otro premio Nobel de Economía, Friedrich A von Hayek, demostró lo contrario :)

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