«

»

Jul 06 2011

Imprimir esta Entrada

Inversión ética

Esta crisis no está haciendo que la gente recapacite sobre la realidad de la economía. Todo lo contrario: cada vez está más distorsionada esa realidad. Uno de los motivos de esa distorsión es el persistente recurso a los mitos altruistas, unos emanados de nuestra pesada herencia mística y otros inspirados en las ideas marxianas. Ayn Rand supo como nadie desmontar esa exigencia moral de sacrificio que tanto frena nuestro desarrollo individual y como sociedad, y que tantas situaciones de injusticia, frecuentemente revestidas precisamente de justicia, produce.

El pensamiento aplicado que hoy emana de todos los frentes colectivistas, desde la derecha democristiana y conservadora hasta la izquierda socialdemócrata o abiertamente marxista, coincide de un tiempo a esta parte en utilizar diversos términos suaves, descafeinados, que ya se han convertido en lugares comunes para referirse a sus planes conjuntos de ingeniería social. Así, cuando se habla de que algo (por ejemplo, un programa de estudios) tiene “valores”, ya sabemos a qué valores se refiere. Cuando dicen que algo es “cívico” o “ético”, evidentemente lo que quieren es legitimarlo moralmente mediante la mera (y con frecuencia, burda) afirmación de tal condición, y suelen salirse con la suya. Cuando se colocan manidos adjetivos como “social”, “popular” o incluso “democrático” se intenta dulcificar lo adjetivado para enmascarar su auténtica realidad. En todos los casos, el manipulador pretende hurtar a los individuos destinatarios de su comunicación el poder de ser ellos mismos quienes califiquen, quienes adjetiven. Pero los conceptos que ya viene adjetivados “de fábrica” provocan una mueca de escepticismo en quienes emplean la cabeza para algo más que llevar sombrero o probar champúes.

Ambas formas de colectivismo se dan la mano y presentan una férrea pinza que impone su moral a cualquier individuo que ose rebelarse contra la apisonadora social del Estado, cuestionar su propio sacrificio en el altar de las masas o poner en duda la legitimidad de su propia semiesclavitud bajo la bota del sofisticado tirano colectivo. La manipulación ideológica del lenguaje ha alcanzado ya tales cotas que resulta muy recomendable leer traduciendo desde la neolengua orwelliana.

Pues bien, uno de los conceptos más sociales, más cívicos y con más valores de esta última etapa es el de la inversión ética. Sus padrinos quieren que inviertas en fondos buenos, y a ser posible a través de bancos buenos. ¿Qué es un banco bueno? Pues aquel que en su publicidad presume de serlo y lo justifica con sesudos comités de asesores buenos que seleccionan fondos buenos en los que invertir el dinero bueno de sus clientes. Por supuesto, la rentabilidad de esa inversión es secundaria. También resulta ser banco bueno aquel que permite a sus depositantes elegir a qué proyectos buenos se destinará el dinero de sus depósitos a la vista (dinero que en realidad, en un modelo de encaje bancario pleno, debería estar en custodia, en depósito como su propio nombre indica). Y así, unos votan por las ballenas y otros por el Tercer Mundo, causas sin duda muy respetables y dignas, cuya mezcla con el negocio bancario, sin embargo, no tiene más sentido que el puramente marketiniano.

La perfidia de la autoadjetivación como bueno es la acusación implícita de malos, que se proyecta con una sonrisa hipócrita sobre todos los demás. Ahora que se ha reconvertido la imagen de los ejércitos para hacerlos pasar por bondadosas oenegés, parece claro que el siguiente paso es hacer lo mismo con la banca comercial. Desde luego, está muy necesitada de un lavado de cara, pero no parece muy ético hacérselo vampirizando movimientos ciudadanos diversos y presumiendo de bondad candorosa mientras se esconde la ineficacia, la mala calidad, la peor praxis y, desde luego, la ausencia generalizada de respaldo financiero.

Han aparecido como setas los fondos de inversión que surfean sobre la ola gigantesca de lo bueno y presumen de criterios éticos en la colocación de sus inversiones. Lo lamentable es que casi todos esos fondos coinciden, matices aparte, en ese ideario candorosoque antes he señalado, común y transversal al colectivismo de izquierdas y de derechas. ¿Cómo podría invertir, entonces, un liberal libertario para no incurrir involuntariamente en contradicción con sus principios, para no apoyar con su inversión el colectivismo? Lejos de dar lecciones de nada, los liberales le diríamos a ese inversor “invierte como te dé la gana, libre de tutelas morales ajenas y de códigos de conducta impuestos”. Pero, para quien quiera seguirlas, aquí van algunas sugerencias para una cartera de inversión coherente con la ética de la libertad:

  1. No invertir en deuda soberana de ningún país. No alimentemos a los Estados que constriñen nuestra libertad a diario y manipulan la economía provocando ciclos de burbuja y crisis como la actual; y cuyos activos además son muy tóxicos aunque las agencias calificadoras les traten mejor de lo que merecen.
  2. No invertir, en la medida de lo posible, en empresas que detentan monopolios o situaciones de privilegio por concesión del Estado, ni en las que se orientan exclusiva o principalmente a la obtención de contratos estatales o, peor, de subvenciones; ni tampoco en empresas sobre las que los Estados ejercen control accionarial o “acción de oro” o control legislativo. Siéntete orgulloso de contribuir al establecimiento de un cordón sanitario frente a la intromisión estatal en la economía.
  3. Evitar empresas cuya cúpula sospeches mezclada con la casta política: CEOs que han sido ministros, abundancia de ex políticos en los consejos de administración y de ex consejeros de la empresa que son nombrados para cargos políticos, etc. Un caso o dos pueden ser casuales. Más, difícilmente.
  4. Buscar empresas que de verdad se dedican a producir bienes o servicios para venderlos a otras empresas o al público; y colocar parte de la inversión en activos como los metales preciosos. Recuerda, por ejemplo, que el oro ni sube ni baja: es el dinero fiduciario (el conjunto de billetes de Monopoly que llevamos en la cartera, emitido sin respaldo real por los bancos estatales) el que sube o baja en relación con él.
  5. Y, sobre todo, procurar la obtención del máximo rendimiento posible para ganar dinero, y con la mejor planificación fiscal posible para evitar legalmente impuestos. Si tu solvencia te lo permite, considera trasladar legalmente tu residencia a un refugio fiscal. Ganando dinero contribuirás más al avance de la economía y de la sociedad que mediante cualquier inversión buena, cívica o ética. Y recuerda que tus valores, sean cuales sean, los decides tú.
LinkedInTuentiMeneamePrintFriendlyCompartir

1 comentario

  1. Kutusov

    Brillante análisis! Cuando todo el mundo se dé cuenta de que las empresas son para ganar dinero y en caso contrario no se harían, todo mejorará bastante. Parece que en la Universidad ya no se estudia a Webber y “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.
    Pero es como el reciclar. Si crees en ello eres feliz aunque nadie te asegura que lo que separas en cubos de colores no termine en la misma incineradora.

Los comentarios han sido desactivados.