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Ene 01 2001

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Europa: los ricos se van

Antes la gente con éxito económico utilizaba los paraísos fiscales para depositar e invertir parte de su dinero. Ahora estas personas se están yendo a vivir físicamente en estos territorios fiscalmente ventajosos. El nivel insoportablemente alto de los impuestos resulta incompatible con la era de la movilidad y las comunicaciones, así que la gente se va. Veamos algunos datos. La demanda de permisos de residencia (ya sea pasiva o simulando un empleo directivo) en los principales paraísos fiscales europeos ha crecido en casi un mil por ciento desde 1993. En Francia se cuenta por decenas de miles a las personas que están vendiendo todas o parte de sus propiedades y se están marchando a vivir a países cercanos, principalmente Suiza y Gran Bretaña (que no es un paraíso fiscal pero es mucho más flexible y abierta, sobre todo de cara a los residentes extranjeros). En Escandinavia, región que padece la presión fiscal más elevada del mundo, cae a un ritmo vertiginoso el porcentaje de residentes gravados con el tipo máximo del impuesto sobre la renta porque, sencillamente, se van, y se ha extendido un chiste muy ilustrativo: si a usted le va bien vivirá en tal barrio, si le va muy bien en tal otro, si le va excelente se trasladará a tal zona residencial, pero si de verdad le van las cosas excepcionalmente tendrá que trasladarse a Gibraltar o a Zürich…

Naturalmente, esta tendencia al éxodo de las personas con éxito financiero es aún muy incipiente. No se puede hablar todavía de una desbandada generalizada ni de una huída masiva desde los infiernos tributarios hacia los pequeños y comfortables países fiscalmente libres. Pero el dato debería motivar una seria reflexión por parte de los políticos y, sobre todo, por parte de los ideólogos que sustentan las políticas públicas convencionales. Hoy las videoconferencias, la gestión vía Internet y otras herramientas propias de nuestro tiempo hacen viable residir en cualquier paraíso fiscal y seguir supervisando perfectamente los negocios situados en el infierno fiscal abandonado. Hoy, como son millones las personas que viajan constantemente, resulta imposible controlar de verdad la residencia o no de una persona en su país de origen o en el país donde tiene sus negocios. Además hay muchas industrias que se han sofisticado de tal manera que ya no necesitan grandes extensiones de terreno, de manera que hay procesos productivos perfectamente realizables en un pequeño territorio.

No es de extrañar que la gente adinerada haga fila ante las oficinas de inmigración de países como Mónaco, Andorra, Liechtenstein o la propia Suiza. Con un elevado nivel de vida, nada le faltará allí a quien decida instalarse. Tendrá muy cerca su país de origen pero vivirá fuera del alcance de quienes están decididos a expoliarle sus bienes y confiscarle el producto de su esfuerzo. ¿Quieren que la gente vuelva, y que los capitales retornen? Pues bajen los impuestos a un porcentaje razonable. Cobrarle a cualquier ejecutivo medio-alto la mitad o más de lo que gana es, sencillamente, un robo. Cobrarle a una empresa un tercio de su beneficio es una barbaridad antieconómica. Mientras los ciegos políticos ávidos de recaudar el dinero ajeno no aprendan la lección, la gente con éxito seguirá condenada a un éxodo que perjudica sobre todo al país del que huye, ya que pierde la capacidad de trabajo y la calidad empresarial de estas personas. Estamos echando de nuestros países a quienes más pueden hacer por ellos.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en enero de 2001.

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