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Ene 01 2001

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Entrevista a Lorenzo Bernaldo de Quirós, economista

JP: Tras cuatro años de gobierno del Partido Popular (conservador) y recién convalidada su mayoría en las urnas para un mandato más, ¿cómo percibe la situación de la economía española?

LBQ: En los últimos años se ha producido en España un enorme proceso de transformación. Desde 1996 somos el país de nuestro entorno europeo con la mayor tasa de crecimiento y con la caída más pronunciada del desempleo, y todo esto no se debe a la casualidad, sobre todo si tenemos en cuenta que nos hemos encontrado con un ciclo económico que en el resto de Europa era de bajo crecimiento. Creo que las causas de este éxito económico son, por un lado, la política de estabilidad macroeconómica practicada por el Gobierno, que se ha traducido en una drástica reducción del déficit público –del 7 % del PIB en 1996 al superávit previsto para 2001– y, por otro lado, la intensísima liberalización de los mercados en sectores como la energía, las telecomunicaciones y otros. En los sectores que se han ido liberalizando han caído los precios y ha aumentado la oferta, contribuyendo decisivamente al crecimiento del PIB. Adicionalmente, la acumulación de retoques parciales al mercado laboral entre 1994 y 1997 ha generado una flexibilidad del mismo y, en consecuencia, la economía española ha creado mucho más empleo que en periodos anteriores. De 1985 a 1991 por cada punto de crecimiento del PIB se creaba medio punto de empleo mientras en estos últimos años por cada punto de crecimiento del PIB se produce un crecimiento del 1.2 % del empleo. Finalmente, creo que también ha contribuído a la bonanza de nuestra economía el cambio de expectativas que han producido las medidas adoptadas, es decir, el clima de libertad económica que se ha generado. Somos la economía más dinámica de la Unión Europea junto a Irlanda y disfrutamos de una economía sustancialmente más libre y abierta que la del resto de los países de la UE. Hemos llegado a remodelar nuestra economía de manera que hoy podemos decir que se encuentra mucho más próxima al modelo anglosajón de corte británico o estadounidense que al modelo continental europeo, que se caracteriza por una economía muy regulada, un elevado gasto público y altos impuestos.

Pese a ello, ¿no falta aún una mayor reforma fiscal? ¿No son todavía muy elevados los tipos del IRPF y el impuesto de sociedades?

El actual gobierno ha aplicado una gran reducción del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), cuyo tipo marginal ha caído del 56 % al 48 %. La carga fiscal media soportada por los españoles se ha reducido en un 11 %, y los ciudadanos de ingreso más bajo pagan un 30 % menos que antes. Es decir, podemos hablar de que ya se ha producido un cambio radical respecto a los ingresos personales. Esto se ha traducido en un aumento de la recaudación fiscal (el caso español ilustra cómo unos impuestos más bajos provocan mayor recaudación al incentivar el trabajo formal y disuadir de la evasión). Esto también ha incidido positivamente en el ahorro. Dicho todo esto, es verdad que seguimos teniendo un tipo marginal del IRPF demasiado elevado y que el impuesto de sociedades, que era uno de los más bajos de la UE, está ahora en la media europea, y por tanto es necesario profundizar en la reforma fiscal.

Muchos esperábamos del Partido Popular una política económica más reformista, sobre todo en cuanto a un tema fundamental: el sistema de pensiones. Pero el gobierno Aznar parece no moverse del Pacto de Toledo (acuerdo de todos los partidos para mantener el sistema público de pensiones).

El Partido Popular está convencido de que perdió las elecciones de 1993 porque los socialistas lograron transmitir la impresión de que una victoria de Aznar implicaría la reducción de las pensiones. Por tanto es un asunto muy sensible. Es cierto que el sistema de pensiones español es insostenible a largo plazo y que arrojará déficits crecientes como consecuencia de la bomba de relojería demográfica (España es el país con menor natalidad del mundo). El Círculo de Empresarios y los economistas liberales del país apostamos por el paso a un sistema de pensiones basado en la capitalización individual. El Círculo de Empresarios realizó hace tres años un informe en ese sentido, redactado por José Piñera, en el que se demostraba clarísimamente que esa transición era posible y que no producía un desajuste fiscal importante. En una situación como la actual, de coyuntura económica muy favorable y con alto crecimiento del empleo, el sistema de pensiones está teniendo superávit, pero entendemos que ésa es una situación temporal. En el futuro tendremos un fuerte incremento de los individuos que requieren pensiones y ello hace necesario pasar a un sistema de capitalización personal que permita solidificar el sistema de pensiones español, dotando además a la economía de una enorme estabilidad ya que los trabajadores se convierten en accionistas de las principales empresas del país a través de los fondos de pensiones. Es una asignatura pendiente y es una batalla que hay que afrontar, pero de momento no parece que el Gobierno esté dispuesto a hacerlo.

Continuamente escuchamos que España tiene una presión fiscal baja en comparación con sus socios de la UE, pero un refrán español dice “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿No deberíamos contrastarnos más con otras latitudes?

Es totalmente cierto. Europa es un continente de altos impuestos. España debe profundizar en la reforma fiscal reduciendo el impuesto sobre la renta y eliminando el impuesto sobre el patrimonio y sobre las sucesiones (impuestos ideológicos que apenas tienen efectos recaudatorios y desincentivan el ahorro y la inversión). Europa no es el ejemplo a seguir en política fiscal: es el ejemplo del que hay que huír.

¿Es posible hacer esa reforma desde dentro de la UE?

Sí, resistiéndose a los intentos de armonización fiscal francoalemanes. Franceses y alemanes no tienen la capacidad de hacer una reforma fiscal en profundidad y entonces intentan exportar al conjunto de la UE un sistema fiscal ineficiente que lesiona la creación de riqueza y desincentiva el trabajo, el ahorro y la inversión. Una batalla fundamental es frenar ese proceso de armonización fiscal que consolidaría un statu quo que constituye una de las lacras de la economía europea al ser lesivo para el crecimiento económico y para el bienestar de los individuos.

¿Hacia dónde camina la UE?

Nadie lo sabe. Su tentación es cerrarse al no estar dispuesta a reformarse (es obvio que la economía europea no puede competir en una economía global abierta). Pero ese cierre plantea problemas. Si se produce la ampliación hacia el Este todas las políticas de armonización, de elevado gasto público y transferencia de rentas van a ser insostenibles. Por tanto la apertura de la UE se convierte en un freno que evidencia la necesidad de revisar en profundidad el sistema económico y social comunitario.

¿Qué ha pasado con el euro?

Hay variables a corto y a largo plazo que determinan su debilidad. A corto plazo, el extraordinario dinamismo de la economía estadounidense y sus tipos de interés más elevado que atraen las inversiones hacia su moneda. A largo plazo, el euro está reflejando una economía que es estructuralmente mucho más débil que la norteamericana. Esto no quiere decir que el euro vaya a mantenerse siempre en un tipo de cambio tan depreciado frente al dólar, pero la apreciación del dólar frente al euro se mantendrá de manera estable.

¿No habría sido más interesante para España mantenerse fuera del euro, como Gran Bretaña?

No tuvimos opción. España ha tenido una fortísima tradición de indisciplina macroeconómica, con tasas de inflación altas y déficits públicos elevados. No había una percepción en los mercados financieros de que fuera del euro España pudiera alcanzar esa disciplina macroeconómica. Fuera del euro lo habríamos pasado peor. Dentro no nos ha ido demasiado mal, pero debemos vigilar que la unión monetaria no se convierta en un corsé que ahogue nuestro desarrollo.

¿Deberíamos caminar a largo plazo hacia una moneda universal o una dolarización de Europa?

Creo que en Europa no es necesaria la dolarización. Lo que necesitamos es que el Banco Central Europeo practique una política monetaria coherente con el objetivo de mantener una tasa de inflación baja. El tipo de cambio con el dólar debe ser flexible y reflejar en todo momento la percepción de los mercados sobre su fortaleza o debilidad.

¿Por qué cree que la mayoría de la población se opone siempre a las medidas liberalizadoras?

Porque hay un gran miedo a la libertad y porque las reformas nunca pueden partir de un consenso previo. La gente tiende a ser conservadora del statu quo. La gente sólo apoya las reformas después de que se han introducido y sus beneficios han llegado a hacerse evidentes. Es erróneo buscar el consenso para hacer la reforma, porque es ésta la que genera aquél y no al revés. Las reformas han de ser rápidas y firmes. Las reformas suaves y progresivas mantienen todos los defectos de la situación anterior sin arrojar los beneficios de la situación futura, por lo que suelen generar una fuerte oposición. Esto lo hemos visto muy claramente en varios países de América Latina donde se produjeron privatizaciones no acompañadas de auténticos procesos de liberalización, lo que hizo que la opinión pública no percibiera ningún beneficio.

¿Cómo percibe la economía latinoamericana?

Se produjeron cambios y avances sustanciales durante la década de los noventa pero hay ahora una fatiga reformista que ha dejado los procesos a medias. Se produjo una estabilización macroeconómica y una privatización de las grandes empresas públicas pero no se hizo la segunda parte de la agenda, que es liberalizar los mercados. Mientras eso no se complete el futuro del continente será incierto, sobre todo cuando empiezan a reaparecer fenómenos populistas que, al no haberse producido aún el beneficio de las reformas a la población, capitalizan el descontento y pueden sumir a estos países nuevamente en etapas que creíamos superadas. La situación económica de América Latina es mejor que hace veinte años pero es peor que hace cinco. No avanzar es retroceder y provocar el descrédito de estos países en los mercados internacionales, lo que puede ser muy grave. Ha faltado capitalismo popular, es decir, transferencia de propiedad hacia el ciudadano medio, y ha faltado desde luego una liberalización verdadera de la mayor parte de los sectores. Transformar los monopolios públicos en oligopolios privados no es liberalizar la economía sino transferir intactos los privilegios de unas manos a otras. América Latina puede jugar en la primera división de la economía mundial, y de hecho ya estuvo a punto de hacerlo. Pero cualquier involución populista tanto en lo político como en lo económico puede ser letal. Es una región que no puede permitirse volver atrás y que sólo saldrá adelante si logra caminar con resolución hacia el capitalismo democrático: garantía de los derechos de propiedad, mercados abiertos, economías libres y competitivas y disciplina económica.

Entrevista publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en enero de 2001.

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