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mar 06 2011

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De la aristocracia corporativa al auténtico capitalismo

Con frecuencia escuchamos que los adolescentes europeos sueñan con ser altos directivos o, peor aún, funcionarios del Estado, mientras en Norteamérica sueñan con hacerse ricos emprendiendo. Seguramente la situación no es tan mala en Europa ni tan buena al otro lado del Atlántico septentrional, pero muchos otros indicadores corroboran la existencia de una brecha cultural que separa las dos versiones del Occidente desarrollado (y que explica también el no-desarrollo de otras partes del Occidente cultural, como América Latina). Por ejemplo, ¿cuántas start-ups europeas, montadas con más ideas que dinero, valen millones a los pocos años, frente a sus homólogas americanas? ¿Cuánta rotación se da entre las empresas cotizadas en los grandes índices europeos, frente a los norteamericanos? ¿Cuántos jóvenes, sin subvenciones ni capital-riesgo, desarrollan en el garaje de su casa un servicio nuevo, o montan una pyme de lo que sea? ¿Cuántos inversores pequeños apuestan por esos jóvenes y les compran el diez por ciento de su pyme para financiar su primera etapa, en vez de meter su dinero en los fondos de inversión que les ofrece el banco? Europa ha puesto el acento en hacer sostenibles a las mismas grandes empresas, mientras los países que más crecen se preocupan sobre todo de que surjan empresas nuevas y puedan crecer sin los corsés europeos, sin la competencia desleal del Estado europeo y de la gran empresa mezclada con el poder político europeo.

Cuestionar la legitimidad del lucro ha sido y sigue siendo común a la izquierda marxista y al conservadurismo moral, a los colectivistas de todo tipo o, en palabras de Hayek, a los “socialistas de todos los partidos”. Pero más que derivar de una u otra ideología, el problema proviene de las raíces culturales profundas, que en Europa son herederas de siglos de compartimentos sociales estancos, mientras en Norteamérica llevan la movilidad social en su mismo ADN. En la Europa de hoy ya nadie se muestra directamente contrario a la movilidad social pero muchos, inconscientemente, creen que el ascenso, para que sea “justo” debe darse de forma lenta y por los cauces establecidos. La válvula de escape es la legitimación social de la lotería (convenientemente limitada y controlada por los Estados) como contrapunto a la dificultad y el esfuerzo en el ascenso social. Hemos copiado el modelo militar de ascenso por antigüedad y por acumulación de méritos reconocidos por las altas instancias (no por la gente, no por el mercado), y lo hemos aplicado a la carrera funcionarial y al conjunto de la sociedad. Las grandes empresas lo han incorporado también en diversa medida. Nada se parece más a un ministerio (o a un ejército) que una gran empresa convencional.

La movilidad social es el factor principal de progreso de una sociedad, y la persecución del lucro económico (y en menor medida, de la gloria) es el driver de esa movilidad. Pero nuestros teóricos de la sociedad “meritocrática” se empeñan en imponer un modelo social que deslegitima la empresarialidad, dificulta y desincentiva la creación de pequeños negocios (por ejemplo discriminando al trabajador autónomo), e impulsa a la juventud a emprender largas, duras y con frecuencia anodinas carreras en el seno de macroorganizaciones frecuentemente alienadoras. Allí empezará como becario e irá ascendiendo lentamente. El único factor de movilidad frente a la situación de hace treinta o cuarenta años es el incremento de la rotación entre empresas, que puede compensar en cierta medida, en los casos afortunados, la lentitud y el escaso alcance de los procesos de promoción interna. Millones de personas aspiran a una carrera así, que culminará en una tarjeta de visita con una función directiva. Cuanto más grande y conocida sea la empresa cuyo logo va en esa tarjeta, mejor. Nunca dejará de sorprenderme cuánto (y qué) están dispuestos a sacrificar esos millones de personas para conseguir esa tarjeta, para entrar en la aristocracia corporativa. Si fuera creyente, diría que hasta sus mismas almas.

Pues bien, sostengo que gran parte de esa aristocracia corporativa constituye un estamento refractario al avance de la libertad económica. Frena los procesos espontáneos de los mercados y promueve en la sociedad valores de escasa movilidad social, de preferencia por la gran empresa y cuestionamiento del emprendedor independiente. El aristócrata corporativo se caracteriza por una extraordinaria aversión al cambio, al riesgo y a la innovación. Le ha costado mucho escalar y defenderá su puesto al precio que sea. Ese precio muchas veces incluye el estancamiento de su propia empresa. Como esto es habitual, las grandes empresas cabildearán ante el Estado para asegurarse todo tipo de prebendas ilegítimas, por ejemplo cuotas de mercado que el propio mercado no les asignaría. La aristocracia corporativa tiene su imagen especular en la casta política. Se entienden de maravilla y están más que dispuestas a llegar a acuerdos para proteger el statu quo que beneficia a ambas.

Mientras tanto, al dueño de una pequeña imprenta o de cuatro lavanderías de barrio no le basta con soportar una presión fiscal terrible, con tener menos “derechos sociales” por ser empresario ni con ver cómo el Estado, con el dinero de todos, favorece a sus competidores de la gran empresa. Tiene que aguantar, encima, que los aristócratas corporativos le miren por encima del hombro, que desde sus flamantes cochazos pagados por los accionistas y consumidores de la gran empresa, le hablen de responsabilidad social a él, que no duerme pensando en pagar las nóminas a fin de mes. Tiene que oír como los aristócratas corporativos, en perfecto lenguaje de escuela de negocios, le culpan de la crisis y exigen que Hacienda vaya por los polígonos buscando bolsas de fraude fiscal, servicios sin factura o colaboradores sin contrato, mientras las grandes empresas pactan con el Estado rebajas, excepciones y hasta rescates. Pero lo más injusto es que tal vez los hijos de ese pequeño empresario sueñen con “llegar a” altos directivos de una multinacional, y cuando lo consigan le tratarán con superioridad y condescendencia. Nuestra sociedad está despreciando a sus auténticos héroes mientras reserva sus pedestales para los bucrócratas que atenazan su progreso y merman su libertad.

La aristocracia directiva de las grandes empresas de hoy se parece mucho a la aristocracia de las grandes familias de antaño. Es posible que vaya a correr una suerte parecida (sin sangre de por medio, por supuesto), y que le vaya a coger por sorpresa, como le pasó a la nobleza. No está siendo capaz de comprender que el extraordinario cambio tecnológico de nuestro tiempo implica inexorablemente un rápido cambio económico, social y cultural. La era de Internet hace que desaparezcan los intermediarios en la información, y por lo tanto en las transacciones (y la característica fundamental de esta aristocracia corporativa y de gran parte de los servicios de sus empresas es la intermediación). Y hace que las relaciones sociales se reconstruyan en redes distribuidas porque las restricciones tecnológicas que lo impedían ya no existen. El Estado y la gran empresa vivían de gestionar esas restricciones generando escasez.

Igual que la aristocracia volvía la mirada al rey exigiéndole que tomara las riendas y pusiera orden, nuestra aristocracia corporativa se dirige al Estado y le insta gravemente a controlar Internet, a poner trabas imposibles para retrasar el momento en que la red social será plenamente distribuida, y para intentar que, por ahora, los individuos sigan dependiendo de nodos controlables desde el poder, un poder sustentado en la ecuación gran Estado + gran empresa = Gran Hermano.

Hay un mundo viejo que no acaba de morir, lleno de políticos colectivistas de izquierda y de derecha, de funcionarios privilegiados, de aristócratas corporativos con un altísimo concepto de sí mismos y de sus MBAs, de pequeños y esforzados emprendedores que han renunciado a sus sueños y se conforman con sobrevivir mientras se preguntan por qué no entraron ellos también a trabajar en tal o cual gran corporación, y de jóvenes pijoprogres que aprenden en las escuelas de negocios cómo matarse a trabajar en la base de esta o aquella multinacional para trepar por la pirámide y llegar a parasitarla desde su cima. Pero mientras ese mundo viejo languidece, hay otro que ya resquebraja el cascarón. Un mundo en el que de una u otra manera todos somos empresarios, todos somos independientes y estamos interconectados, todos somos conscientes de que el mercado somos nosotros. Un mundo de filés tal vez. O simplemente de individuos y agrupaciones voluntarias de los mismos (agrupaciones cada vez más horizontales y de dimensiones manejables, humanas), que interactúan en busca de su propio beneficio sin necesidad de intermediarios, de grandes corporaciones ni de Hiperestado. Un orden espontáneo, un verdadero capitalismo libre de injerencias y manipulación. Un auténtico libre mercado de servicios, productos, ideas e información.

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