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Jul 01 2000

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Sectas destructivas: la destrucción del individuo

En la época de mayor libertad y bienestar de las personas individuales, muchas de ellas caen fácilmente en las garras de las sectas destructivas, que las esclavizan y despersonalizan con técnicas psicológicas espeluznantes. Algo falla en el modelo de sociedad occidental: hemos alcanzado o estamos alcanzando la libertad, pero parece que hemos olvidado preparar a los ciudadanos para vivir en ella.

La dinámica social que se ha desarrollado en Occidente a lo largo del último siglo ha sido muy positiva para la gran mayoría de los individuos. Junto a la importantísima liberación y equiparación sociojuríduca de la mujer, se han dado procesos de gran impacto como la reducción del núcleo familiar a los integrantes de la pareja y los descendientes directos, la revolución sexual, la más temprana y radical emancipación personal del joven (pese, paradójicamente, a continuar en algunos países habitando físicamente en la casa de los padres por motivos todavía no suficientemente estudiados) y otros cambios que han ido configurando unas sociedades donde se han diluído casi por entero las complejas estructuras jerárquicas del pasado y se ha alcanzado un grado considerable de horizontalidad y movilidad en las relaciones sociales. En términos generales, el proceso de “destrucción creativa” que ha dado lugar a las sociedades occidentales presentes ha sido positivo para el individuo humano, por cuanto le ha conferido un espacio de actuación y unas cotas de poder sobre sí mismo jamás soñadas. Si ya en 1930 Ortega y Gasset se maravillaba en La rebelión de las masas por los estándares de libertad y de satisfacción material alcanzados por el “hombre medio”, hoy no daría crédito al contemplar al ciudadano común de Occidente.

Una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo es resolver la incógnita de por qué estos niveles de libertad y autosuficiencia personales, masivamente usados por todos e inconscientemente sometidos a presiones de toda la sociedad para su incremento (y reclamados desesperadamente por las personas que viven en sociedades no occidentales, con independencia de su bienestar material) generan sin embargo el desprecio y el rechazo, muchas veces ostentoso, de sectores organizados de la sociedad que apelan al sentimiento de una considerable minoría insatisfecha con la situación descrita (y no por verse excluída, sino “desde dentro”). Nunca antes un horizonte de posibilidades individuales tan inabarcable había provocado un repudio tan feroz por parte de una heterogénea coalición de fuerzas opuestas a este presente y al modelo de futuro que presienten. La desazón de estos segmentos sociales y su permanente e implacable abominación de la clase de sociedad que estamos construyendo, pese a reconocerla a regañadientes como la más avanzada de la Historia, tiene efectos muy diversos sobre la población. Por un lado, de ese sentimiento se ha derivado el auge de la solidaridad privada a través del movimiento de organizaciones no gubernamentales, como forma constructiva de rechazo que, en el fondo, demuestra que la individualización de la sociedad es perfectamente compatible con los mejores sentimientos humanitarios, y que la colectivización y la estatalización del hecho solidario, además de ser ineficaces, habían adormecido los buenos sentimientos que generan ayuda espontánea y voluntaria entre las personas. Por otro lado, el mismo sentimiento de rechazo sistemático al modelo social occidental ha dado pie —o al menos ha favorecido— el refuerzo de fenómenos claramente nocivos para la armonía social y extremadamente peligrosos para los individuos víctimas, como es el caso de la proliferación de sectas destructivas y la adicción de millones de personas en todo el mundo a estas organizaciones.

Sectas destructivas

A lo largo de la historia siempre ha habido sectas, y, pese a sus connotaciones negativas, la palabra “secta” sólo implica, etimológicamente, la existencia de un grupo de seguidores de una idea o persona. Una segunda acepción, la que considera a la secta específicamente como grupo que se escinde de otro mayor, tampoco confiere a estas organizaciones un carácter pernicioso. Unirse con otros para seguir un conjunto de ideas o el pensamiento de una determinada persona, aun cuando ello implique abandonar un grupo de origen más amplio, es algo perfectamente legítimo. Más aún, a lo largo de la Historia nuestra especie ha ido progresando gracias, entre otros factores, a la capacidad de escisión, de ruptura y de refundación de individuos y grupos de toda índole, tanto en el terreno espiritual como en cualquier otro. De hecho, cuando en el contexto del fenómeno que nos ocupa se emplea la palabra “secta”, con frecuencia se corre el riesgo de ser malinterpretados como intolerantes que no admiten el derecho inalienable de otros a escoger un camino alternativo y minoritario, rompiendo con las organizaciones mayoritarias o las costumbres más extendidas. Mucho más adecuado sería referirse a las entidades de las que trata este artículo como “organizaciones psicodestructivas” o “psicoadictivas”, si bien esta etiqueta tan sólo haría referencia a uno de los aspectos nocivos de estas estructuras: el estrictamente individual y psicológico. Por ello el término más frecuente es el de “sectas destructivas”, ideado en 1982 por el escritor catalán Pepe Rodríguez, considerado como uno de los mayores expertos mundiales en este fenómeno y autor de numerosos libros sobre la materia. La categorización como “sectas destructivas” (que hoy es el término más empleado a nivel mundial, con la traducción literal al francés y la traslación al inglés como “harmful cults”) disipa —o debería disipar— cualquier duda sobre el carácter de las organizaciones a las que vamos a referirnos, quedando claro que se las desea combatir por su carácter pernicioso para el individuo (en varias dimensiones) y para la sociedad, no por el hecho legítimo de ser “sectas”.

Se considera como sectas destructivas a un amplio abanico de organizaciones de toda índole. La mayoría de ellas tienen la apariencia externa de sectas, es decir, de escisiones de una organización religiosa mayor. Por eso el nombre se ha extendido a grupos nocivos de toda clase, muchos de los cuales presentan formas externas tan diversas y tan ajenas al nombre original como centros de rehabilitación de toxicómanos, organizaciones ufológicas, asociaciones filosóficas, cursos de artes marciales, yoga o meditación, supuestas logias masónicas y órdenes secretas u ocultistas y hasta extraños partidos políticos sin intereses electorales pero empleados como gancho de captación. Lo que todas tienen en común es el empleo de técnicas psicológicas para condicionar la voluntad de sus adeptos, llegando a anular por completo su capacidad crítica para “trasvencer” en lugar de convencer a estas personas. Las sectas destructivas llegan a generar una adicción psicológica comparable a la de las drogas y provocan una sumisión tal del individuo que resulta después fácil hacer que éste, de forma acrítica y con la consciencia alterada, realice cuantos actos legales o no convengan a los dirigentes de la organización.

Las sectas destructivas casi invariablemente responden a una estructura en la que un líder carismático, que frecuentemente se cree su papel, ejerce una atracción natural suficiente. Este gurú está en la cúspide de la jerarquía sólo de forma aparente, pues quienes de verdad gobiernan la organización son las personas situadas en el escalafón inmediatamente inferior o incluso entre bastidores. Debajo de ellos, una compleja estructura piramidal da a los adeptos la impresión de que hay espacio en la secta para la promoción personal, y generalmente pasarán por una cadena interminable de niveles y escalafones, sin jamás llegar a posiciones de responsabilidad real más que en el área del proselitismo. Dependiendo de la clase de organización, los adeptos serán utilizados para la comisión de delitos o actos terroristas, o simplemente se les utilizará para cubrir las necesidades de cualquier clase de los dirigentes. En cualquier caso, la entrega paulatina o total del patrimonio propio y la explotación del adepto mediante el trabajo “voluntario” en la organización (generalmente produciendo bienes que la secta vende a través de su conglomerado de empresas) es, junto al desarraigo del nucleo familiar, de la pareja y de las amistades anteriores, un elemento común a la mayoría de estas organizaciones.

Factores de riesgo

Una definición muy extendida en los Estados Unidos afirma que las personas más captables por una secta destructiva son aquellas que se creen invulnerables a este tipo de organizaciones. Mucha gente tiende a pensar, erróneamente, que un elevado nivel cultural dificulta la captación sectaria. Estas entidades no conquistan a sus adeptos con argumentos racionales, como cualquier otra organización humana, sino a través de la emotividad. Cualquier persona culta o no que atraviese un mal momento emocional es susceptible de ser reclutada por adeptos de una de estas organizaciones. La enorme pluralidad de formas externas hará más fácil la captación por una u otra secta, dependiendo de los intereses y gustos del individuo en cuestión, pero el factor determinante de su progresiva aproximación a la organización siempre será la adicción psicológica y emocional que, por diversos medios, irán generando las personas encargadas del proselitismo y, a través suyo, las jerarquías superiores y la secta como tal. Hay adeptos completa e irremediablemente adictos a la secta que hablan cinco idiomas o tienen tres carreras universitarias, y que desarrollan sin embargo un comportamiento cien por cien acorde a los intereses e instrucciones de la organización.

La aproximación inicial se hace de muchas maneras, desde la organización de conferencias sobre temas de interés general hasta el reclutamiento callejero con cualquier excusa (recogida de firmas, etc.), y desde la impartición, a veces gratuita, de cursos de “superación personal” hasta la realización “sin compromiso” de tests de personalidad. Tras el bombardeo de afectividad, cuando la persona ya ha bajado la guardia y confía ciegamente en esas personas tan encantadoras, en esos nuevos amigos que le aportan un mundo nuevo y mucho mejor que el real, comienza la sucesión de retiros, convivencias, ashrams o cualquier otro tipo de experiencias de varios días en lugares alejados de la sociedad. Allí, fuera del entorno social normal y con la dieta y los horarios de sueño controlados por la organización, se desarrollan técnicas de persuasión coercitiva (“lavado de cerebro”) que varían en intensidad y efectividad dependiendo de cada organización, y que en los casos de las sectas destructivas más conocidas llegan a la total anulación de la voluntad y la capacidad crítica de las víctimas. Esta violación psíquica, que sustituye el raciocinio por la obediencia ciega e introduce en el subconsciente elementos de temor al líder y de anulación de los deseos y necesidades personales, es muchas veces irreversible y, en otros casos, sólo se sale de ella mediante una compleja y larga terapia, pero siempre dejando secuelas de por vida. En cualquier caso, se calcula que más del noventa y cinco por ciento de las personas enganchadas por una de las sectas destructivas más perniciosas no logran salir jamás de ella.

Qué se puede hacer

Desde el punto de vista individual la mejor —si no la única— medida que se puede tomar es informarse bien antes de ingresar en cualquier organización del tipo que sea, y sobre todo en las que tienen algo que ver con la espiritualidad. No hace falta caer en actitudes paranoicas pero no está de más tener en cuenta los rasgos principales de las organizaciones psicodestructivas, resumidos en un cuadro aparte. Ante la duda, lo mejor que se puede hacer es contactar con alguna de las asociaciones que combaten este problema. En el caso de que un hijo u otro familiar sea víctima de una de estas organizaciones, la única solución es ponerse en manos de las asociaciones mencionadas y actuar con presteza, ya que el problema sólo se puede resolver sin excesiva dificultad en la etapa previa a la aplicación de las “terapias” psicológicas más destructivas. En esa fase previa aún se puede someter a la persona a un razonamiento suficiente y aportarle información, así como presentarle a ex-adeptos que lograron salir de la organización. En la fase siguiente, cabe decir que en la mayor parte de los casos, por desgracia, el único remedio posible es sacar a la persona de la organización por la fuerza y forzarla a someterse a un tratamiento de “desprogramación” (escogiendo muy bien a los psicólogos y otros asesores, ya que a veces es peor el remedio que la enfermedad). Se han dado muchos casos de personas que, en un punto concreto del proceso de desprogramación, “ven la luz” de pronto y “vuelven”, dándose cuenta de golpe de todo lo que han hecho en la secta (desde casarse o prostituírse hasta robar o matar para la organización).

El problema de este remedio es que, tratándose de adultos, es completamente ilegal. Y para que un juez incapacite transitoriamente a una persona y dicte un auto de internamiento en una clínica psiquiátrica al objeto de tratarla, la persona en cuestión tendría que haberse sometido antes, voluntariamente, a las oportunas pruebas periciales de psiquiatría forense. En este terreno chocan las lógicas garantías legales que son exigibles a un Estado de Derecho con la muy particular problemática del sectarismo destructivo, y en ningún país se han articulado soluciones reales. Además, es frecuente que estas organizaciones se lleven a sus adeptos a comunas alejadas de la sociedad y estrechamente vigiladas, muchas veces en países en vías de desarrollo manifiestamente incapaces de velar por los Derechos Humanos de los adeptos, o suficientemente corruptos como para mirar a otro lado. En una de esas comunidades, en Guyana, se produjo el espantoso suicidio colectivo de más de mil adeptos del reverendo Jones en 1978, y la lista interminable continúa con casos similares en Japón, Suiza y América Latina hasta Waco y, recientemente, Uganda.

Desde el punto de vista social y jurídico no es mucho lo que se puede hacer. Múltiples comisiones parlamentarias y ministeriales llevan décadas analizando este fenómeno y declarándose impotentes para resolver el problema. Por otro lado, es tan grande la infiltración en el Estado de algunas de estas organizaciones —las más conocidas por usted y que no podemos ni mencionar porque se querellarían de inmediato contra este autor y esta revista—, y es tal su poder económico (varias de ellas incluso se cuentan entre las cien mayores fortunas del planeta), que hasta ahora sólo se está procurando poner parches y combatir más los efectos del problema que el problema en sí.

Libertad religiosa y libertad individual

Es de crucial importancia que se comprenda que la lucha contra las sectas destructivas está muy lejos del debate sobre la libertad religiosa. No se cuestiona ninguna confesión ni creencia, ninguna filosofía religiosa ni a ninguna organización humana, por extraña que resulte. Muchas organizaciones que a priori pueden parecer sectas peligrosas resultan ser tan raras como inofensivas. Lo que se combate es la sistemática aplicación de técnicas psicológicas destinadas a someter y manipular a las personas para los fines de organizaciones mafiosas, muchas de ellas perfectamente identificadas. El problema no es la secta sino el sectarismo inducido por ella en los adeptos: la sectadependencia y sus consecuencias individuales y sociales. De hecho, la programación sectaria es entre otras cosas una vulneración del derecho a la libertad religiosa, de manera similar a como la violación es un atentado a la libertad sexual.

El raciocinio, junto a la autoconsciencia, la propiedad y la soberanía personal son ingredientes fundamentales de la libertad que nos hace humanos. Sin la libertad individual basada en la capacidad de razonar y optar, sólo se es humano biológicamente. A un estado así es, en mayor o menor medida (dependiendo de cada secta destructiva y de las características de cada individuo), al que quedan reducidas las personas adictas a una organización de este tipo. La persona “robotizada” actúa de manera aconsciente, acrítica, automatizada. Su pérdida de dominio sobre sí mismo es una de las más terribles formas de esclavitud del mundo actual, una esclavitud que ni siquiera es percibida por sus víctimas, por grandes que les resulten los sufrimientos que de ella se derivan. De la adicción física a las drogas se es consciente y por tanto se puede intentar salir acudiendo a una clínica de desintoxicación. De la adicción a una secta destructiva generalmente no se sale, salvo que alguien, a veces infringiendo la ley “le saque”.

El fenómeno sectario ha crecido tanto, y sus organizaciones multinacionales más peligrosas han alcanzado tales cotas de poder, que verdaderamente se puede considerar hoy al sectarismo destructivo como una de las principales amenazas a la libertad individual en todo el mundo. En realidad, las sectas destructivas son la cara visible de un mal más profundo, la punta de un iceberg que navega directamente hacia el casco del buque en el que se ha embarcado la Humanidad postmoderna. La gran paradoja es que en la época de mayor conocimiento técnico de la Historia, cuando las sociedades más avanzadas por su bienestar material y su libertad personal se han sacudido la superstición y cuando las creencias y la espiritualidad se han circunscrito al ámbito privado de cada persona, surjan millones de hombres y mujeres que quieren menos saber y más creer, que anhelan la vuelta al misticismo (si bien a un misticismo nuevo y más atractivo que aquel otro tan aburrido que aportaban las religiones convencionales) y que necesitan desesperadamente experimentar con su espiritualidad y su conciencia igual que en los setenta se deseaba experimentar con los psicotrópicos y los alucinógenos. Son personas psicológicamente huérfanas que navegan de grupo en grupo y a las que es fácil atraer hacia cualquier comunidad alternativa a la sociedad general, donde no se encuentran a gusto. Buscan un dios, un padre y una familia, y están dispuestos a pagar con su libertad, sin saber que más adelante será casi imposible dar marcha atrás. Quienes se aprovechan sin escrúpulos de esa situación y se enriquecen a costa de la brutal despersonalización de sus seguidores se cuentan entre los peores criminales de nuestro tiempo.

Contra el fenómeno sectario de poco sirven las medidas a poteriori. Es necesario emprender campañas de información, mantener observatorios sociales sobre esta problemática —como el abierto hace un par de años en Bélgica— y, sobre todo, incidir durante la educación primaria y secundaria en aquellos aspectos cuya dejación facilita la vulnerabilidad a las sectas destructivas. No basta con darle a las personas más libertad que jamás en el pasado: hay que prepararlas para vivir esa libertad y vencer el miedo que muchos le tienen (por a su contraparte de responsabilidad). Hay que ocuparse más en el proceso educativo de los aspectos emocionales y psicológicos, tan desatendidos, e integrar más a la familia directa en la educación. Es fundamental “psicologizar” mucho más la educación: no basta con que una vez por curso se haga a los niños un test o se programe una charla con el psicólogo del centro. Y a partir de una cierta edad deberían ser partes importantes de la formación de los adolescentes los conocimientos sobre la propia mente, la emotividad y la afectividad, las relaciones sociales, familiares y de pareja y una aproximación sana y neutral a la espiritualidad, lejos de los dogmas religiosos del pasado. Si no, los “efectos secundarios” de nuestra apasionante civilización —occidental-global, racional-positivista, individualista y libre— seguirán haciendo de una significativa minoría víctimas idóneas, y las psicomafias seguirán creciendo y acumulando un poder fáctico que, de no corregirse la tendencia, pudiera llegar a afectar a la libertad de todos.

Publicado por la revista Perfiles del siglo XXI en julio de 2000.

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