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Ene 12 2015

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No es qué religión sino cuánta

Siempre he sostenido que el problema no es qué religión, sino cuánta. Pienso respecto a esto de la misma manera que lo hago en relación con la idea de nación, o con la pugna entre Estado existente y Estado propuesto. Lo importante es cuánto Estado, cuánta nación, cuánta religión. Y mi solución siempre es la misma: cuanto menos, mejor. Tras la salvajada de París, los colectivistas de derechas tratan de ganar pescado a río revuelto y arremeten contra el islam así, en conjunto. A mí no me gusta el islam como no me gusta ninguna doctrina milenaria y liberticida que a estas alturas pretenda ser considerada como un marco razonable para la convivencia de una sociedad. Pero tampoco me gusta la cruzada que se está fraguando en determinados sectores a cuenta de lo sucedido en Francia. Prefiero una sociedad de mayoría musulmana pero bastante secularizada (Dakar, Yakarta, Estambul, Sarajevo) a una sociedad cristiana o judía extremista, y prefiero en sentido contrario una sociedad de raíces cristianas pero pasada por el tamiz de la Ilustración (París, Amsterdam, Nueva York) a una sociedad islámica extremista como la iraní o la saudí. Cuanto más secularizados estén los asuntos públicos en una sociedad (y desde luego su Derecho), mejor. Importa menos cuál sea la religión de partida, porque lo que importa es la capacidad de relativizarla en su expresión pública y de privatizar su ejercicio para que no estorbe o para que moleste lo menos posible en los asuntos colectivos.

Los crímenes de París no los ha cometido el islam. Los han cometido agrupaciones terroristas sectarias que aprovechan la ideología político-religiosa que han elaborado, el yihadismo, para crecer en la comunidad musulmana. Cosas parecidas suceden y/o han sucedido en las demás religiones principales en diversas épocas. Este fenómeno de repunte de un islamismo retrógrado, integrista, fundamentalista y violento, es relativamente nuevo en el mundo musulmán. Es un desarrollo político más que religioso, y es de las últimas décadas. El mundo de raíz islámica ya se había secularizado en gran medida hacia los años cincuenta o sesenta del siglo XX. La clave del fin de esta pesadilla no es acabar con el islam, como pretenden algunos conservadores europeos, con una agenda religiosa que ya ni se esmeran en ocultar, sino acabar con las fuentes de financiación del yihadismo. Y esto se podría conseguir, entre otras cosas, impulsando las energías alternativas a la dependencia del crudo de la Península Arábiga (fracking, nuclear), porque son las élites más retrógradas de Arabia Saudí y de los emiratos del Golfo Pérsico las que más fondos aportan a la mafia yihadista. Y se consigue también haciendo entrar a Rusia en razón para que abandone su alianza histórica con Irán. Y acabando con las intervenciones militares que inflaman al mundo musulmán. Y dejando de alimentar conflictos, por ejemplo el que hay entre India y Pakistán. Como no se conseguirá nada bueno es dando una nueva vuelta de tuerca a nuestro ya maltrecho marco de derechos civiles y libertades públicas. Ni respondiendo al yihadismo con un súbito impulso estatal a los “valores tradicionales”, ni tampoco oponiéndole un revival de la confesionalidad en Occidente. Mal negocio sería que, para frenar el extremismo de una religión, Occidente se dedicara a impulsar institucionalmente otra, a estas alturas.

Lo que ha hecho grande a Occidente, lo que nos hizo despuntar y lograr más libertad en un marco de capitalismo, ciencia y tecnología que nos ha brindado las cotas de comfort y bienestar más altas de la historia, no es tener una raíz religiosa u otra en nuestra cultura, sino haber relativizado y privatizado la que teníamos. Hay que ayudar a los musulmanes a desprenderse, también ellos, de la injerencia religiosa en los asuntos públicos, secularizando así sus sociedades y confinando la espiritualidad al ámbito que le es propio: el entorno privado de cada persona.

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2 comentarios

  1. JUAN ANTONIO

    He visto en la página Web de Objetivismo, un artículo (Como acabar con el terrorismo), con el que estoy básicamente de acuerdo. En el mencionado, un militar retirado de EE.UU expone sus puntos de vista, que básicamente insisten en utilizar la potencia militar, para atacar y destruir los puntos de asentamiento del llamado Yihadismo. No dice que hay que exteminar a los musulmanes, ni nada parecido, sino que la tibieza y la dejadez de Occidente, son caldo de cultivo para el crecimiento de toda esa chusma. Y que es legítimo utilizar la fuerza militar, allí donde estén. No hace falta invadir países ni nada parecido. Si pudieron acabar con Bin Laden, también serán capaces, con su tecnología avanzada, de encontrar y destrozar sus guaridas. Aunque ya sabemos que en ciertos lugares, y algún Papa también, es más importante los derechos del asesino que los de su víctima.

    1. Juan Pina

      Sí, ten en cuenta que si se hace eso en vez de las invasiones… se acabó el negocio del conglomerado de empresas armamentísticas, hibridado con la casta política. El yihadismo tiene toda la pinta de ser un experimento alentado por esos beneficiarios, ya que las guerras normales son más costosas y difíciles de gestionar.

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