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Abr 04 2011

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El paripé de las primarias

En los Estados Unidos tienen sentido las elecciones primarias en el seno de los partidos políticos, ya que éstos (al menos los dos principales) son organizaciones muy laxas, sin un programa preciso, afiliación determinante ni disciplina de voto de sus representantes en las asambleas legislativas estatales, en las dos cámaras que componen el Congreso ni en ningún otro órgano. Los partidos políticos, tal como se entienden en ese país, no son en realidad partidos políticos. En Europa un partido político es una organización de tipo asociativo. Se rige por estatutos y normas precisas. Elige una dirección que teóricamente debe  cumplir y hacer cumplir esos estatutos, el programa y otros documentos políticos y el mandato de su congreso, y reproduce a cada nivel territorial esa misma forma de organizarse. Se puede estar o no de acuerdo con esta estructura de partido político, pero es la que existe en toda Europa y la que amparan las legislaciones vigentes.

Con una estructura de partidos como la europea, la designación de los candidatos mediante elección de todos los afiliados es una opción más, y no tiene por qué ser ni más democrática ni menos que la designación por parte del órgano que corresponda. El problema es otro, y el debate sobre las primarias sirve para esconder ese problema. El problema es la total y absoluta falta de democracia interna en los partidos españoles, no para la designación de candidatos sino a lo largo de toda la legislatura. Hay un viejo dicho que se suele repetir en las facultades de Ciencias Políticas: “la democracia termina a las puertas de los partidos”. En España esto es más cierto que en cualquier otro país europeo. Es envidiable la democracia interna de los partidos británicos, holandeses o escandinavos, por ejemplo. Sus integrantes se echan las manos a la cabeza cuando se les explica el funcionamiento interno de los partidos españoles. Les resulta difícil creer que la cúpula general o la de cada taifa tenga un poder tan desmedido y no esté sujeta en realidad a la vigilancia y orientación constantes del conjunto de afiliados. Les cuesta creer también que casi siempre haya una sola lista de candidatos a ocupar la ejecutiva, e incluso que ésta se escoja mediante listas. Pero más chocante aún es que la lista ganadora ocupe el cien por ciento de los puestos (por ese conveniente prejuicio, casi sólo español, que evita la presencia de discrepantes en los órganos de tipo ejecutivo), o que esas listas sólo puedan presentarse si cuentan con un porcentaje de avales tan alto que, salvo en caso de cisma, sólo los controladores de la ejecutiva saliente podrán presentar listas. También sorprende a cualquier afiliado a un partido normal de un país normal que en España los afiliados a los partidos políticos sean personas-cuota sin cauces de participación reales, o que las ponencias y otros documentos congresuales sean tan ambiguos que dejan manos libres a la ejecutiva para posicionarse como quiera ante las cuestiones cotidianas. Esta total falta de democracia interna es el preámbulo de un sistema electoral atado y bien atado para que nada cambie y continúe el turnismo de las dos castas de siempre. Cabe preguntarse si, treinta y seis años después de muerto Franco, se puede llamar democracia a lo que tenemos en España.

En estas circunstancias y en un sistema parlamentarista, no presidencialista, introducir el debate sobre la celebración o no de elecciones primarias a candidato número uno de la lista por la circunscripción de Madrid, como acaba de hacer José Luis Rodríguez Zapatero, es desviar la cuestión. Las primarias del PSOE servirán para que se hable del PSOE. Serán útiles a Ferraz para transmitir a la masa ignorante y adormecida un falso mensaje de pluralidad interna y de talante de diálogo, cuyo clímax será el abrazo emocionado del ganador con el perdedor, seguido de la incorporación del segundo al equipo del primero, como premio por haberse prestado a la farsa. ¿Quién elegirá a los precandidatos? ¿Qué barbaridad de firmas se les exigirá para evitar que aquello se “descontrole” y pueda saltar algún espontáneo procedente de las bases? Las primarias norteamericanas suelen producirse con bastantes precandidatos. Aquí habrá dos, claro: nuestra profunda inmadurez democrática no da para grandes complejidades. Y lo más importante: ¿habrá un programa diferenciado de uno y otro candidato, aprobándose por la militancia del PSOE ese programa al escoger la persona, o todo este teatro será sólo para elegir individuo, estilo, look, poses, glamour, pero no ideas, no propuestas, no visiones contrapuestas de su futura acción de gobierno? Y, si todo esto último no entra en el debate, ¿para qué demonios se hacen primarias? Bastaría que los sesudos maquiavelos de Ferraz decidieran encuesta en mano si tiene más opciones la simpática catalana o el talludito estratega. En Estados Unidos los precandidatos realizan debates a sangre y plantean visiones tan distintas que en Europa conllevarían la adscripción a partidos diferentes. Si Ron Paul logra la nominación republicana (ojalá) será a costa de machacar al sector carca-moralista de ese partido, acabando con la papisa liberticida Sarah Palin. Aquí el “debate” entre precandidatos será versallesco y girará mera y anodinamente en torno a cuál de ellos tiene más carisma para embaucar a los ciudadanos.

Serán unas elecciones primarias para consumo de televidentes igual de primarios. Más circo de los especialistas en darle a las masas pan (cada vez menos) y eso, circo (cada vez más). Un paripé estéril que pretende esconder las vergüenzas de un partido que, igual que el PP, no es una organización democrática sino un conjunto de clanes que funcionan por lealtades personales en torno al reparto clientelista, actual o futuro, de los botines conquistados o por conquistar. En el PP no se andan con esas zarandajas, se decide todo a dedo y punto. En el PSOE también pero sofistican más el “dedazo”, como lo llama ahora el presidente saliente (no lo llamó así en 2008 cuando fue candidato único de su partido). Pero todo da igual. Con los mencionados repartos de botín se acalla a los pocos descontentos que alcanzan cierta resonancia, y se afirma el mando jerárquico que actúa por encima o al margen de cualquier organización interna formal. Mucha gente ha llegado a despreciar los partidos políticos porque percibe todo esto y le repugna. Es una lástima. Un partido es otra cosa, o debería serlo. Lo que no saben es que en España, en realidad, no tenemos auténticos partidos políticos. O , pero no entre los de siempre.

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4 comentarios

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  1. Israelem

    Al hilo de esta entrada, te recomiendo ésta otra del IJM, Las primarias no resultan… en España http://goo.gl/yAMlk

    Un saludo.

  2. Juan Pina

    Muchas gracias, Israel. Comparto gran parte de lo que escribió Joaquí Santiago, sobre todo esto: “La rigidez de los partidos en España es, sin duda, un lastre para el desarrollo y la mejora de los modos de gobernar y para las actitudes ciudadanas, pero la responsabilidad no está tanto en los partidos como en la fragilidad de las propias instituciones constitucionales. Y más de treinta años con un sistema educativo sectario y sectarizante no han hecho avanzar, sino al contrario, esa adhesión”.

  3. Jorge Galindo

    Esencialmente, de acuerdo. Pero una pregunta: ¿y si el PSOE se atreviese a hacer unas primarias abiertas a no militantes?

  4. Juan Pina

    Aún peor, en mi opinión. Primero, por el agravio comparativo hacia sus propios y sufridos afiliados… ¿Para qué te vas a hacer afiliado de un partido, pagar cuota y someterte a sus normas si luego cualquier persona ajena al mismo tiene tanto “derecho” como tú a decidir en algo tan importante?. Segundo por el coste desmedido de eso, que pagaríamos todos (no olvidemos que los partidos no se autofinancian, como deberían, sino que los paga el contribuyente, le gusten o no). Y tercero, porque el circo ya sería extremo. Imaginemos a cientos de miles de afiliados del PP acudiendo en masa a votar al peor candidato socialista. La primaria abierta es un mecanismo populista a más no poder. Si lo que se quiere potenciar es la participación de los electores y su poder de decisión, mejor sería eliminar las listas cerradas y bloqueadas y permitir el voto por prioridad, escogiéndose por cada distrito electoral un número de elegibles pequeño pero suficiente para asegurar la pluralidad de opciones. Mediante el Single Transferable Vote (STV) bien aplicado, y siempre en circunscripciones plurinominales, se asegura a cada elector la posibilidad de votar por prioridad y con el mínimo desperdicio de voto.

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