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Dic 01 2011

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Las correlaciones de la libertad

Siempre me han resultado extrañas e inquietantes las correlaciones asimétricas que algunos trazan al reivindicar la libertad en unos campos y conformarse con su ausencia (o hasta promoverla) en otros ámbitos. Estas asimetrías responden, en el mejor caso, a una grave incoherencia, y, en el peor, a una utilización espuria de la causa de la libertad en sutil beneficio de otras menos explícitas y, a la postre, contrarias a la primera.

Ejemplos de esto encontramos en todo el espectro ideológico. La afirmación “selectiva” de la libertad forma parte de la lógica de todas las corrientes colectivistas, cualquiera que sea su signo político en la manida y obsoleta escala de izquierdas y derechas. Hemos visto en innumerables ocasiones cómo los mayores enemigos de la libertad la exigen con ardor en algún ámbito determinado mientras la cuestionan en los demás, y creo que no vale la pena detenerse demasiado en ello. En cambio, es lamentable que muchos de quienes se proclaman liberales y presumen de haber descartado toda forma de colectivismo, caigan en esa misma lógica. Es en esto en lo que sí me quiero detener, porque sinceramente creo que hace daño a nuestra causa.

Mapa de NolanNo me imagino en ningún punto del famoso mapa de Nolan que no sea el vértice superior, y puedo entender que un liberal esté un poco más abajo en la misma vertical, pero no que se encuentre en una zona gris de mezcla con el colectivismo de uno u otro lado. Naturalmente, se puede ser liberal en una medida mayor o menor, desde el liberalismo clásico hasta el libertarismo más profundo, pero lo que no se puede ser es un híbrido entre liberal y socialista o entre liberal y conservador. Mejor dicho, sí se puede, claro, pero a esa posición no se le debería denominar liberal, y personalmente me entristece que se cometa esa gran injusticia semántica.

Un ejemplo de esa torcida atribución del adjetivo es la que hace hoy buena parte de los partidos liberales europeos, que en realidad son casi siempre social-liberales o liberal-conservadores pero optan por hacerse conocer simplemente como liberales, desvirtuando el contenido de esta palabra. Ambos híbridos son ejemplos paradigmáticos de la asimetría que señalo en este artículo. Si se es especialmente beligerante en la afirmación de la libertad personal, como hacen por ejemplo los Liberal Democrats británicos, me parece inconcebible no reclamar con la misma fuerza la libertad económica plena de todas las personas. Si se defiende la máxima libertad en el ámbito económico, como hacen en España algunos de los grandes líderes mediáticos que se proclaman liberales, resulta igualmente incomprensible que no defiendan con idéntica pasión la libertad en lo tocante a las decisiones morales del individuo. La lógica no es maleable. No ser fiel a la propia lógica, sea cual sea, es un rasgo de irracionalidad. Las asimetrías, como la desproporción, rara vez resultan virtuosas y generalmente indican falta de coherencia.

Este fenómeno de maridaje entre el liberalismo y las ideas iliberales se debe a que la correlación directa entre las posiciones pro libertad en unos y otros ámbitos está distorsionada por otros inputs del ideario de esas personas. En unos casos se trata de apriorismos procedentes de la extendida metaideología “progresista”, que trascienden los límites del “centroizquierda” directamente inspirado en la visión postmarxista de la democracia. En otros casos la distorsión procede del tradicionalismo conservador, casi siempre inspirado en la forma de misticismo predominante en la cultura de cada país. En todos los casos, el resultado es una asunción imperfecta de la causa de la libertad, que suele resultar estéril cuando no contraproducente. En efecto, al afirmarse con rotundidad estas correlaciones arbitrarias de liberalismo para unos temas con estatalismo “de izquierdas” o “de derechas” para las demás cuestiones, se hace un favor muy flaco al liberalismo, que termina por verse asociado con ideas ajenas o directamente opuestas al mismo.

No es de extrañar, entonces, que la mayor parte de la población tenga una idea bastante equivocada de lo que es, significa, incluye y propone el liberalismo. El liberalismo no es, como postulan los CDL de este mundo, una especie de socialdemocracia bis, apenas diferenciada por ser menos dogmática o por ofrecer algunas migajas más de libertad económica. El liberalismo tampoco es, como sostiene cierto sector del PP, un conservadurismo bis que sólo se distingue por pedir menos impuestos y defender los intereses del corporativismo mercantilista. El liberalismo es la afirmación de la máxima libertad posible para todos y en todos los aspectos de la vida, por encima —y en contra si hace falta, cosa que suele ocurrir— de cualquier otra idea o principio porque, en palabras de Lord Acton, “la libertad es el fin político más alto”. El más alto. Nunca se repetirá bastante. Por lo tanto, quienes quieran llamarse con propiedad liberales deberían ser conscientes de que llevar esa etiqueta implica necesariamente sacrificar cualquier otro conjunto de valores cuando entre en conflicto con el liberalismo. Se puede ser liberal y creyente, pero si la religión (sea cual sea) condiciona las posiciones políticas más que el propio liberalismo e implica el uso del Estado para menoscabar la libertad individual en las cuestiones de índole moral, entonces ya no se es liberal sino otra cosa. Se puede ser liberal y tener mucho apego a una idea de patria (la que sea, existente o postulada, con Estado en la actualidad o sin él), pero si el patriotismo, siempre peligrosamente estatógeno, le lleva a uno por el camino del gasto público, de la ingeniería social, cultural o lingüística, del cierre de fronteras o la xenofobia, del proteccionismo o del belicismo, nos haría un favor a los liberales empleando otra etiqueta ideológica. Se puede ser liberal y estar muy preocupado por la solidaridad con otras personas, o por el medio ambiente, o por cualquier noble causa social, pero si todo ello merma la afirmación de la libertad y genera posiciones de apoyo selectivo al intervencionismo estatal y a la confiscación y redistribución de la propiedad, entonces, igualmente, la palabra “liberal” deja de describir adecuadamente a la persona en cuestión, y su uso inoportuno perjudica la cabal comprensión del liberalismo por el resto de la sociedad.

Es de esperar que las percepciones erróneas sobre el liberalismo vayan desapareciendo como consecuencia de su actual proceso de renovación, que desecha definitivamente toda concesión a la lógica colectivista —ya se trate de su versión conservadora o de la socialista—, cancela por lo tanto los experimentos frankensteinianos de hibridación con nuestros enemigos, recupera desacomplejadamente la pureza original de esta corriente de pensamiento y la actualiza con los aportes más practicables de toda la vanguardia de spin offs radicales y libertarios que sí demandan más libertad (y no fusiones indeseables y fallidas que sólo benefician la continuidad del Hiperestado). La correlación coherente es la que o bien rechaza o bien afirma la libertad en todos los ámbitos de la vida, sea cual sea el asunto tratado. La libertad se promueve en general o se repudia en general. Por lo tanto, se es liberal para todo o no se es liberal sino otra cosa. Y, claro, es legítimo ser otra cosa, pero usando entonces otro nombre, por favor.

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