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Nov 01 2003

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La rebelión de Atlas

Reseña de la nueva edición en español del clásico “La rebelión de Atlas”, de Ayn Rand

En las dos o tres décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo experimentó una profunda revisión-revolución cuyo origen fue Norteamérica. Mientras el liberalismo más clásico (sobre todo en Europa) languidecía y se contentaba con defender el statu quo de las democracias occidentales, algunos pensadores vieron más allá y quisieron hacer de las ideas de la libertad un punto de partida y no de llegada, una corriente rebelde y vanguardista y no la eterna ama de llaves de Westminster. Para estos nuevos liberales, el establishment político y económico era cuestionable. El capitalismo real no se estaba aplicando, sustituido por un mezquino mercantilismo corroído por el clientelismo y la injerencia política. El capitalismo debía recuperar su significado original de liberación y autogobierno de los individuos mediante su espontánea acción productiva, y abrirse camino en unas economías que, en el mejor de los casos, presentaban mercados semilibres llenos de trabas corporativistas y proteccionistas. Liberado de sus ataduras (Estado entrometido; empresariado acostumbrado a la cómoda protección del poder político frente a los competidores nuevos, pequeños o extranjeros; sindicatos autoritarios y empobrecedores) el capitalismo podría ejercer su papel como sistema ético y justo de asignación de recursos y responsabilidades. El Estado era bastante prescindible en este esquema, debiendo retirarse a su importante, pero reducida, labor como árbitro y mantenedor del sistema: legislar poco pero bien, hacer cumplir lo legislado, mantener el orden y la propiedad… y poco más. Pero estas ideas iban contra la corriente casi unánime de la izquierda y la derecha colectivistas, que representaban el modo de ver las cosas de la inmensa mayoría. Mientras estas ideas se cocían en el exilio académico, en la periferia de la intelectualidad, el benévolo y paternal Estado-providencia se convertía en un mito glorificado, como décadas antes lo había sido el Estado autoritario/totalitario.

Muchos de los integrantes de esta corriente revolucionaron la economía capitalista y la democracia liberal. Ayn Rand fue una de ellos, pero no se quedó ahí. Esta mujer excepcional de origen ruso sentó las bases de todo un nuevo entendimiento del ser humano, fundó una nueva manera de comprender nuestra existencia y propuso los valores y principios que habrían de corresponderle, y escribió miles de páginas de la filosofía que constituye su aportación a la Historia de las ideas humanas: el objetivismo. Se trata, sin duda, de la mayor aportación del siglo XX a la filosofía, y tal vez la mayor de los últimos siglos. El objetivismo supone la definitiva ruptura con el misticismo que, de una u otra manera, en mayor o en menor medida, había sido un ingrediente constante de todas las escuelas de pensamiento filosófico. Rand recupera para el ser humano su condición de fin en sí mismo, y le dota de un medio excepcional para realizarse: su propia mente y el ejercicio de la razón. En un siglo que se esforzó por cuestionar la racionalidad y equipararla a las más incongruentes formas de delirio y superstición, Rand supo nadar contra corriente y gritar, en el estéril desierto filosófico que fue su época, que la razón estaba vigente y era insustituible. La democracia política como forma de gestión de un poder político limitado a su mínimo necesario, unida a un sistema económico capitalista, son en la obra de Rand la plasmación racional de un código de valores que contradice muchos de los mitos más enquistados en nuestras sociedades. Adelantada en décadas o tal vez en siglos a su tiempo, Ayn Rand no vivió para ver cómo, lentamente, sus ideas comienzan a expandirse por el mundo y a conquistar paulatinamente el sentir de Occidente, por más que su nombre siga siendo el de una perfecta desconocida para las grandes masas (fuera de los Estados Unidos).

Ayn Rand fue además una brillante autora de narrativa. Escribió pocas obras pero extensas y sobresalientes. Su obra de ficción tuvo su cénit en “Atlas Shrugged” (1957), traducido al castellano como “La rebelión de Atlas”. Sus más de mil páginas recrean un mundo del que el lector, y especialmente el lector liberal, ya no querrá marcharse. Y probablemente no marchará del todo jamás, porque esta incursión en el universo randiano le acompañará de por vida. La trama en sí, pese a ser una excusa para impartirnos un apasionante curso de filosofía objetivista y de política y economía liberales, constituye una de las novelas mejor construidas de su época, resultando interesantísima e incluso adictiva. El trasfondo de la novela es, desde luego, el complejo y coherente ideario de la autora, aplicado a la economía, a la política, al amor, al sexo, al espíritu humano, a la sociedad, a la religión, a la justicia, a las artes, a la realidad… Ayn Rand vehicula a través de sus personajes (tan sólidos y cercanos que se convierten en auténticos “conocidos” del lector) las virtudes que promueve y los defectos que detesta. Y nos hace repensar el equipamiento moral completo con el que nos hemos venido conduciendo desde la infancia. La sacudida intelectual y sentimental que provoca esta obra en cualquier liberal convencido es doble: por un lado nos reconfirma en nuestra visión de la realidad circundante y en nuestras propuestas más generales; por otro lado, nos dota del conjunto de valores morales del que hemos estado huérfanos al no compartir ni los mitos de la derecha conservadora ni los de la izquierda marxista. Y resulta que ese código encaja perfectamente con nuestra forma de entender las relaciones humanas. Y al encajar, nos encontramos de pronto con una visión de conjunto en la que todo es coherente y forma parte de una misma cosmovisión: nuestra política, nuestra economía, pero también nuestra moral, una moral radicalmente distinta a la de los colectivistas de izquierdas y de derechas, una moral liberal alejada de toda forma de hipocresía. Una moral que ha superado el misticismo tras milenios de sufrir sus efectos. Una moral humanista en el sentido etimológico puro: pro-humana, frente a todas las demás formas de moral que han venido relegando al ser humano a la condición de inferior frente a deidades de todo tipo o frente a sus propios semejantes (“la patria”, “la sociedad”, “el pueblo”, “las masas”, “la clase”, “la nación”).

En “Atlas Shrugged” el lector conocerá a personajes de la entereza y la honestidad de Francisco d’Anconia, Hank Rearden y, desde luego, Dagny Taggart, la heroína de la novela. Una mujer joven y luchadora, ejecutiva principal de una enorme empresa. En ella se encarnan la sinceridad, el desprecio por el “qué dirán” y por toda forma de hipocresía social, la valentía, la perseverancia y la racionalidad. Dagny habrá de emprender una lucha contra sí misma y contra su propio código de valores (el código común, el que a todos nos imponen desde pequeños), hasta comprender que las premisas del mismo eran erróneas. Como todos los liberales y objetivistas, Dagny tendrá que desaprender mucho para aprender y aprehender el esquema de principios y valores coherente con los dictados de su razón. La novela relata, en un futuro situado unos años por delante de la fecha en que se escribió, cómo el intervencionismo “social” del poder político en la economía comienza a destruir ésta, y cómo un grupo de cerebros excepcionales decide que ya basta, que ya no están dispuestos a verse esclavizados por el Estado, por el fisco, por la sociedad, por el ciego altruismo. Cuando los más grandes creadores en todos los órdenes de la vida deciden que ya están hartos e inician silenciosamente su peculiar huelga, alejados del mundo, éste comienza a derrumbarse y, en medio del caos más absoluto, Dagny será una de las últimas luchadoras hasta que comprenderá que debe retirarse también. De las cenizas de un mundo destruido por el colectivismo ciego, por la estatalización más perversa y por el desprecio a la razón como norte del ser humano, habrá de surgir desde el principio una nueva civilización basada en el ser humano como fin en sí mismo y no como simple medio. La deriva colectivista y antirracionalista llega en “Atlas Shrugged” hasta ese punto de no retorno en el que “la gente de la mente” (los mayores empresarios, ingenieros, inventores, economistas, músicos…) deciden cruzarse de brazos. El Atlas mitológico que da título a la novela, al encogerse de hombros y cruzarse de brazos, harto de esa deriva, dejará caer el mundo que descansaba sobre sus espaldas, al haber llegado a la conclusión de que ya no hay solución y es necesario empezarlo de nuevo. ¿Hemos llegado nosotros a ese punto de no retorno? Seguramente no, pero este libro de 1957 nos alerta sobre lo que puede suceder en las próximas décadas, y en cualquier caso nos brinda los resortes para evitarlo.

Reseña publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en noviembre de 2003.

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