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Jun 27 2011

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La democracia en la red distribuida

Para millones de personas en todo el mundo, la palabra “democracia” es casi un sinónimo de “libertad”. Quienes intentan desembarazarse de la opresión de una dictadura, sea del signo que sea, llenan el concepto de democracia con multitud de significados positivos, y al hacerlo suelen reventar sus costuras y hacer que el término se refiera a cosas que, en principio, nada tenían que ver con él, desde la libertad personal hasta el igualitarismo de la llamada justicia “social”. En esta segunda década del siglo ya es manifiesta la insatisfacción que producen los sistemas democráticos convencionales incluso en las sociedades que los habían encumbrado a la categoría de dogmas, y conviene recordar que la democracia es solamente un sistema de organización de la toma de decisiones colectivas.

La Humanidad está inmersa en un proceso apasionante: el cuestionamiento profundo de la malla de relaciones que –con las etapas y matices que se quiera puntualizar– ha estado vigente desde los albores de la civilización. Esa malla está constituida por redes sociales altamente jerarquizadas mediante nodos centralizadores del poder, generalmente imponderables y –lo más importante– inevitables, es decir, de paso obligado en las relaciones y transacciones entre los nodos de nivel inferior. El nodo máximo es el Estado, heredero del monarca absoluto por la gracia de Dios, y antes del faraón (Dios viviente), y antes del jefe tribal o chamán. Desde aquel primer nodo de poder hasta la penúltima etapa de nuestro recorrido, la gestión del misticismo ha sido el instrumento fundamental de los más altos nodos de centralización del poder. No es casualidad, por lo tanto, que la eclosión del racionalismo y su definitiva victoria frente al misticismo haya corrido paralela, a lo largo de estos últimos siglos, con la consolidación y perfeccionamiento de la democracia como sistema de gobierno colectivo.

Desprenderse del misticismo permitió a nuestra especie asentar la democracia, iniciando así el proceso de retejer la vieja malla de relaciones, las viejas redes sociales. Al mismo tiempo, el abandono de toda injerencia de lo irracional en la economía y en la política desanudó las ataduras que estrangulaban el progreso y provocó una espiral de desarrollo científico y tecnológico sin precedentes, que nos ha llevado a avanzar más en trescientos años que en los diez mil anteriores. Ese desarrollo retroalimenta a su vez el abandono de la antigua organización social. Sin duda el elemento clave de nuestro actual estadio evolutivo como civilización es Internet, y, como no podría ser de otra manera, es la “red de redes” la que está dando la puntilla a las viejas redes, a la vieja malla.

La topología de la red social está en plena efervescencia. Va cambiando a todos los niveles de enfoque, y con el zoom más alejado se vislumbra ya un trazado nuevo, original frente a todo lo anterior. Es la red distribuida, cuya característica esencial es la potencialidad de que cualquier nodo se relacione –transaccione– con cualquier otro de manera directa o bien a través de intermediarios libremente escogidos, desvaneciéndose los nodos centralizadores de paso obligado. Las sociedades, cuanto más avanzadas, más prescinden de los viejos nodos. Y a la inversa, en los países más pobres la red social sigue condicionada por jerarquías férreas culminadas en el nodo Estado.

Vivimos tiempos de cuestionamiento de la democracia, al menos en su forma actual. En parte se debe a los mismos fallos estructurales de la democracia que ya llevaron a su deslegitimación hace casi un siglo –y, con ella, al auge terrible de los totalitarismos–: la corrupción, los privilegios de la casta política que inevitablemente medra al calor de sus instituciones, y la incapacidad de satisfacer desde las instituciones democráticas las aspiraciones de los más diversos populismos, como si la democracia fuera la llave de la felicidad. Pero una parte del cuestionamiento no obedece ya a esos viejos fallos propios de la democracia, sino a la superación del sistema como consecuencia del cambio en la estructura profunda de la red social. En la malla, en la red distribuida, las instituciones de la democracia se revelan como nodos centralizadores cuya necesidad cada vez se entiende menos justificada.

La deslegitimación social de la democracia tal como la conocemos no se debe a un súbito impulso suicida que nos lleve a anhelar las cadenas del totalitarismo, sino al creciente convencimiento de que el camino no termina en esta democracia sino en algo que está más allá y que es más acorde con la nueva red social distribuida y con la lógica que le es propia. Juan Urrutia desarrolló los conceptos de lógica de la escasez y lógica de la abundancia en economía. Los creo plenamente aplicables a otros ámbitos y, desde luego, al de la política. La nueva etapa en la que hemos entrado de lleno se caracteriza por la lógica de la abundancia decisoria, y esta lógica se contrapone a la que era propia de la vieja malla de redes sociales jerarquizadas mediante cuellos de botella: la lógica de la escasez decisoria.

La democracia convencional parte del entendimiento de la sociedad como un cuerpo único que debe tomar infinidad de decisiones colectivas, las cuales, para ser legítimas, deben responder, no tanto al mandato de la mayoría como a la concurrencia de la práctica totalidad de los miembros en el proceso. Es decir, una decisión no es –o no sólo es– legítima porque la mayoría la desea sino porque todos o casi todos han participado con su voto. Este mecanismo de toma de decisiones era el más civilizado en la vieja malla, ya que la alternativa era el espadón de un dictador. Pero en una sociedad sofisticada, organizada en redes distribuidas y caracterizada por la atomización y la pluralización extrema de unos procesos vertiginosos de toma de decisiones, basados en la lógica de la abundancia, quedan cada vez menos casos en los que sea necesario, conveniente o incluso legítimo decidir de manera grupal.

Es de sentido común defender que las pocas decisiones necesariamente colectivas se sigan adoptando por procedimientos democráticos, y aun exigir que éstos se perfeccionen y profundicen para que la democracia no se vea manipulada por la casta política que parasita el sistema. Pero lo realmente importante es devolver a los individuos libremente coordinados, al orden espontáneo de la sociedad (y por lo tanto del mercado), la toma independiente de todas las demás decisiones.

El cambio de paradigma que nos sugiere la red social distribuida es el del incremento de la soberanía del individuo frente a toda imposición del colectivo. Cada vez son menos los ámbitos de escasez natural que requieren de una toma colectiva (y entonces, democrática) de las decisiones correspondientes. Al desvanecerse los generadores de escasez, es decir, los nodos centralizadores de la anterior malla social, cada vez son más los ámbitos en los que se da la abundancia de opciones individuales, adoptables simultáneamente y de forma descoordinada, sin que resulte necesario ni conveniente forzar el alineamiento de las decisiones de los diversos integrantes del colectivo. Esto implica necesariamente un replanteamiento total del Estado y de su papel tanto en la economía como en la vida privada de las personas, y pone de manifiesto la desvencijada obsolescencia del Hiperestado que aún nos domina y que se resiste con uñas y dientes a limitarse a las cuatro cosas que le competen. Antes al contrario, asistimos con un bostezo a los ingenuos y minoritarios (aunque efectistas) coletazos retro de clamor por la recentralización estatal, como el 15-M, debidos al miedo cerval que siempre tienen las masas a reconocer la muerte del chamán, del faraón, del Estado… de Dios, de aquel que tomaba por ellos las decisiones cuando la lógica de la escasez obligaba a coordinarlas. La democracia representó el mejor estadio de organizativo en esa red (des)centralizada. En la red distribuida, necesitamos una organización política acorde con la plena asunción de la soberanía por el individuo. Vamos por ello hacia la plurarquía, en la que cada uno es su propio rey, en la que todo es mucho más horizontal y el mercado es realmente libre de todo control, en la que las redes sociales son espontáneas y el papel de cada uno ya no viene determinado por la posición que ocupe en la red en relación con nodos superiores.

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4 comentarios

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  1. Roald

    Lo que esta claro es que la lucha política en estos momentos, no se carateriza por la falsa dichotomia “izquierda vs derecha” sino por la lucha entre los nodos centralizados y las fuerzas centrifugas, espontaneas y distribuidas. Para simplificar entre RTVE como nodo centralista por antonomasia o bien la SGAE como nodo centraliazor de los autores y sus derechos de monetización colectivizado y los Weblogs del empresario Julio Alonso.

  2. Juan VS

    Completamente de acuerdo, salvo un matiz: no creo que lo que existe hoy en día en España sea una democracia. Cuando habla de “una organización política acorde con la plena asunción de la soberanía por el individuo”; eso es la democracia. Lo que hay hoy sigue siendo una república oligárquica. Mínimo estado, máxima libertad y máxima participación en los asuntos públicos (los pocos que sean estrictamente necesarios), eso es democracia.

    Supongo que estará usted de acuerdo en que, para conseguir esto, lo primero es garantizar unos derechos mínimos, porque está muy bien hablar de libertad y de igualdad de derechos, pero para que todos seamos libres e iguales debe existir una garantía de que todos podremos comer, podremos trabajar, podremos vivir bajo un techo y podremos tener acceso a la sanidad y la educación. Creo que todo eso debe primar sobre el derecho (por otro lado innegable) a la propiedad privada. Creo que el Estado, mínimo y supervisado por todos, debe garantizar esto aunque para ello sean necesarios impuestos u otras medidas del estilo. ¿Está usted de acuerdo?

    1. Juan Pina

      Depende de lo que llamemos “derechos mínimos” porque el derecho de uno no implica obligación ética de otro a sacrificarse para “darle” aquello a lo que tiene derecho. Que Pedro tenga derecho a sexo no quiere decir que Luisa tenga que acostarse con él. Si lo vemos tan claro en ese caso, sorprende que no sea tan evidente cuando se trata de cuestiones económicas o de otra índole. Todos tenemos derecho a trabajar, no a que “alguien” nos contrate para un puesto de trabajo; y a construir, comprar o alquilar una casa, no a que “la sociedad” nos facilite una vivienda concreta. Los demás ciudadanos no son responsables de que mi hija reciba educación y sanidad, los responsables somos sus padres. Creo que los servicios esenciales deben ser universales, lo cual no quiere decir estatales, y para ello la mejor solución es un sistema de bonos neutrales por parte del Estado, entregados a precio medio de mercado a los ciudadanos realmente necesitados (subvención individualizada), de manera que puedan tener acceso, no a un maln servicio estatalizado sino al mismo servicio, de su elección, de cualquier otro ciudadano. Eso sí es ser solidario, no condenar a esas personas al servicio público.

  3. Roberto BERZAL MIGUEL

    “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura,….: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.”

    Menudo rollo de nodos verticales y horizontales, Parece un tablero de ajedrez.

    Usted no será político no?

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