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abr 11 2011

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Internet y la era de la libertad

A estas alturas casi nadie duda del carácter liberador de las nuevas tecnologías de la información, del conocimiento y de la comunicación. Sin embargo, en general no se visualiza con suficiente nitidez el efecto político de esa liberación. Se tiende a ver Internet como un cauce más por el que conquistar el apoyo electoral de las masas, y se desdeña en cambio el conjunto de oportunidades que la red distribuida ofrece a los individuos para defenderse de esas mismas masas y de las obligaciones y prohibiciones que le quieren imponer vía Estado.

El principal efecto político de Internet es la popularización (la puesta a disposición de cualquiera) de los mecanismos de difusión masiva que hasta ayer sólo estaban al alcance del establishment social, nucleado en torno al Estado y a la gran empresa como nodos centralizadores principales. Ahora todo el mundo puede emitir opinión, y su influencia dependerá de la validez, el rigor, la deliberación, la autoridad personal y otros atributos de la opinión vertida y de su autor. En menor medida, dependerá también un poco de las destrezas técnicas que asistan a esa persona o entidad para multiplicar su mensaje. El laberinto de procesos de formación de la opinión de millones de personas en base a un sinnúmero de debates en Internet (básicamente en la blogosfera como medio de calidad, y después mediante múltiples plataformas de red social, el microblogging y otros mecanismos de divulgación) es sencillamente incontrolable. La fortaleza de los procesos deliberativos en red distribuida es muy superior a la fuerza que aún tiene la manipulación característica de cualquier medio convencional.

Esta impotencia ante la difusión masiva de mensajes adversos pone muy nerviosos a quienes hasta ahora controlaban el mercado de la conformación de la opinión pública. El espacio radioeléctrico se repartía entre los representantes del establishment, que escenificaban una división en bloques ideológicos con unos estilos tan contrapuestos como similares eran sus intenciones respecto al Estado y la sociedad. El colectivismo de derechas, basado en la moral tradicional, tenía su imagen especular en el colectivismo de izquierdas, basado en la ética postmarxista. Eran las dos caras de la misma moneda de control social desde el Estado y desde sus grandes corporaciones mezcladas con el poder político (incluida, desde luego, la banca sometida a bancos centrales y dinero fiduciario). Al individuo se le inducía a posicionarse en uno de esos dos grandes campos supuestamente enfrentados, que obviamente tenían una traslación directa en la oferta electoral. Se procuraba que el elector votara un conjunto difuso de valores, un carisma, un look; que votara por identificación personal con el candidato y no por afinidad con sus ideas (es que, en realidad, el sistema trataba de minimizar el debate sobre éstas). El pluralismo político era una comedia representada por dos o más marcas cada vez más parecidas entre sí, hasta ocupar conjuntamente una amplia zona de intersección en el “centro” del espectro político. Casi ninguna voz se manifestaba contra el sistema en su conjunto, y las pocas que lo hacían pretendían retroceder a sistemas aún peores y ya superados, de índole autoritaria o totalitaria. La democracia se fue anquilosando y su crisis reputacional ya es tan extrema que preocupa mucho, y con razón, el riesgo de que mucha gente se sienta atraída por falsas soluciones basadas en la regresión a lo predemocrático, en vez de avanzar hacia lo postdemocrático.

Ahora, como consecuencia de la organización en red distribuida, la potenciación (empowerment) del individuo y de sus comunidades voluntarias es tan grande que en realidad empieza a sobrar, por obsoleta, gran parte de la estructura política centralizada de nuestras democracias. La democracia tendrá que adaptarse al orden espontáneo propio de la red distribuida y alumbrar una nueva organización política de la sociedad acorde con esta realidad. Para ello, tendrá que devolver al individuo gran parte del poder que se concentraba en los nodos políticos convencionales, o seguirá perdiendo legitimidad y credibilidad.

Pero, atención, precindir de buena parte de los nodos centralizadores en lo político no implica sustituirlos por la masa social, convertida en un nuevo macro-nodo. Esta tentación, expresada por iniciativas como la del Partido de Internet y otras organizaciones que propugnan una especie de democracia directa telemática, pone los pelos de punta. Estaríamos pervirtiendo la evolución tecnológica para servir en bandeja la tiranía de las masas y caer en la dictadura del colectivo sobre cada uno de nosotros. Obviamente, las masas empezarían a tomar directamente miles de decisiones que implicarían recortes a la libertad individual, expropiación de los recursos de cada persona y crecimiento del Estado para ejecutar todas las decisiones adoptadas. Los partidarios del Gran Hermano orwelliano se frotarían las manos. La dictadura perfecta es aquella que puede esgrimir legitimidad popular, y de esta forma la tendría a raudales. No habría carta de derechos individuales que pudiera sobrevivir a ese régimen, que con el argumento arrollador de la voluntad colectiva y del supuesto interés general pisotearía sin piedad el pequeño espacio de soberanía personal que tanto esfuerzo nos costó edificar.

La evolución sensata y liberadora es justo la contraria: reforzar, legitimar y tecnificar la democracia como sistema para la adopción de las pocas decisiones que todavía deben ser colectivas, y que serán cada vez menos; pero al mismo tiempo circunscribirla estrictamente a ese tipo de decisiones, reconociendo y alentando la individualización de todas las demás. Esto, que algunos llaman netocracia, es en gran medida lo que pretende el Partido de la Libertad Individual (P-Lib). Sólo puede lograrse desde una lógica de la abundancia propia de la red distribuida, frente a la lógica caduca de la escasez gestionada por los nodos de poder propios de una red centralizada. El cambio social y cultural producido por este cambio de topología de la red social, originado a su vez en el cambio de tecnología, es esperanzador. Ahora necesitamos hacernos merecedores de esta era de la libertad y aprovecharla bien, descartando cualquier impulso recentralizador y usando la tecnología para devolver a cada uno de nosotros el poder que durante siglos nos han quitado los intérpretes de la realidad, los administradores de los grandes nodos de red: los gestores del hiperestado, ese monstruo de mil cabezas que tenemos que empezar a cortar con la ayuda de la tecnología.

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