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Jun 01 2000

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Entrevista a Plinio Apuleyo Mendoza, escritor colombiano

¿Por qué Roma?

Hacía ya algún tiempo que tenía planes de instalarme en Roma, donde había actuado como embajador de Colombia años atrás, pero cuando sufrí en Bogotá el intento de atentado por paquete-bomba decidí permanecer en el país para que nadie pensara que me iba por temor. Habría sido un pésimo ejemplo para los demás periodistas, y por tanto me quedé allí seis meses más. Así pues ya tenía el proyecto de cambiar mi residencia a Europa, sobre todo por la fatiga de mi país, por estar predicando en el desierto. Y Roma es una buena elección para un escritor, es una ciudad acogedora, humana, incluso con un aire provinciano pese a ser una gran capital. Es una ciudad muy distinta a las otras que conozco.

Y, ¿cómo se vive bajo amenaza, sabiendo que hay un montón de fanáticos deseando su muerte?

Pues en mi última etapa en Colombia llegué a tener cinco o seis guardaespaldas, tenía que suprimir toda actividad rutinaria, no tener casi intimidad. Es como vivir en guerra. Llega un momento en que uno asume toda esa anormalidad en su vida cotidiana, porque si no lo hiciera no podría soportarlo psicológicamente.

¿Es esa la situación en la que vive cualquier colombiano comprometido con la democracia?

Amenazados estamos todos. Nuestra guerrilla es muy plural y abarca corrientes de todo tipo, desde el castrismo hasta el comunismo ortodoxo de la vieja época o la revolución al estilo chino. Pero todos coinciden en considerar directamente como enemigo a cualquiera que adquiera un protagonismo por sus opiniones en contra de lo que ellos proclaman. Como periodista he estado en casi todas las zonas candentes, he hecho reportajes sobre el conflicto y he mostrado la situación de desamparo en que se encuentran frente a la guerrilla tanto la población civil como incluso el ejército, alertando a veces sobre situaciones concretas y provocando el reforzamiento de ciertas áreas que los guerrilleros daban por ganadas. Y, claro, todo eso le convierte a uno en objetivo de la guerrilla, en enemigo número uno de estas bandas. Y lo mismo sucede respecto a los narcotraficantes. Cuando uno sale constantemente en los principales medios del país denunciando sus actividades y la falta de recursos para combatir este problema, cuando apuesta abiertamente por la extradición de narcotraficantes para que sean juzgados donde haya garantías de que no quedarán impunes, etcétera, también termina por estar en su punto de mira. Y todo esto, más que otra sensación, lo que produce es fatiga.

Desde fuera de Colombia es difícil comprender realmente lo que allí sucede. ¿Cuál es su explicación?

Las estadísticas dejan muy claro que la guerrilla no es popular en absoluto, y nunca ha pasado del cinco por ciento de apoyo. Y donde menos apoyo tiene es en sus áreas de influencia. Su apoyo principal son los sectores de extrema izquierda urbana, infiltrados en las universidades y en la judicatura. Ha quedado el estereotipo de una guerrilla romántica, como de los años del Che Guevara, y persiste ese mito, pero la realidad de mi país es que los grupos guerrilleros no se imponen por la fuerza de las ideas sino por su capacidad de intimidar y aterrorizar a la sociedad, y sobre todo a los más débiles. Y tal es la fuerza de sus convicciones ideológicas que no dudan en aplicar la coacción violenta como medio para alcanzar sus propósitos. Como dice Jean-François Rével, la ideología es una doble dispensa: una dispensa moral porque permite hacer cualquier barbaridad sin sentir culpa y una dispensa intelectual porque permite sustituir el análisis concreto y empírico por preconcepciones y prejuicios basados en una visión general e idealizada de la realidad.

Pero, ¿cuál es la lógica económica de la guerrilla, quién la sostiene?

La subversión, que es algo mucho más complejo que la guerrilla —ésta sería tan sólo el brazo armado de aquélla—, tiene diversas formas de financiación que perpetúan su poder y la convierten en la guerrilla más rica del mundo, con unos ingresos anuales de más de mil millones de dólares. La principal fuente de financiación es el impuesto que cobra en sus zonas de influencia a los cultivadores de droga y a los narcotraficantes que la compran. Esto representa más o menos el 50 % de los ingresos de la guerrilla. Aunque haya choques entre guerrilla y narcotraficantes, y aunque éstos financien a algunos grupos paramilitares que actúan contra la guerrilla, lo cierto es que en muchos casos también se da una intensa cooperación entre ambos, y se ve, por ejemplo, cómo las guerrillas protegen los laboratorios clandestinos de procesamiento de la hoja de coca y los aeropuertos secretos que utilizan los narcos. Esa es la situación del Sur del país. En el Norte, de donde proceden los narcos, éstos compran tierras, haciendas y ranchos con el dinero generado, y es ahí donde si se enfrentan con las guerrillas, que atacan sus propiedades igual que las de cualquier otro. Por eso fuera de Colombia se percibe a la guerrilla y el narcotráfico como dos fuerzas antagónicas, pero eso no se corresponde con la realidad. La otra fuente importante de ingresos de la subversión es lo que en Colombia se llama la “vacuna”, es decir, el dinero que los empresarios y hacendados deben pagar periódicamente a la guerrilla para evitar ser víctimas de secuestro o robo. Y como el narcotraficante ya pagó en el Sur su impuesto a la guerrilla por comprar la droga, en el Norte no quiere pagar la extorsión y suele financiar, en cambio, a los grupos paramilitares. Y por último, la tercera fuente de ingresos es el secuestro. El 70 % de los secuestros de todo el mundo se producen en Colombia —estamos hablando de doscientos secuestros por mes—, y esto deja también ingresos millonarios a la subversión. Así pues, las guerrillas colombianas, que antaño vivieron de las aportaciones económicas del bloque comunista y particularmente de Cuba, tienen hoy un poder económico inmenso y hasta se dice que contribuyen a financiar al régimen de La Habana. Y es una guerrilla que ha sido hábil a la hora de transmitir a la sociedad una sensación de profundo cansancio y la creencia de que no hay más solución que promover la claudicación política de las instituciones nacional y la negociación de las condiciones políticas para el abandono de las armas.

Y si se legalizara la droga, ¿no se daría un golpe de muerte tanto al narcotráfico como a la guerrilla, ya que ambos grupos viven sobre todo de este negocio?

Sí, claro. Yo personalmente pienso que no hay otra salida. No es ideal —nada lo es—, y tiene muchos riesgos y mucho peligro, pero a medida que analizo el problema me doy cuenta de que hace mucho más daño esa lucha frontal pero estéril a través de la prohibición que el problema mismo. Ya se sabe que el tabaco es nocivo, y a través de campañas se ha reducido considerablemente el tabaquismo. Ahora, prohibamos el tabaco y ya verá usted el resultado: precios enormes, delitos asociados con el consumo y el comercio, incremento del consumo, etcétera. Es lo que pasó con la prohibición del alcohol durante la Ley Seca. Pero, claro, un país débil y productor como Colombia no puede proponer eso. El debate tiene que darse en los países consumidores y de ahí tiene que surgir la presión para legalizar la droga. El día que se legalice la droga se acabará el poder inmenso de los narcotraficantes y se reducirá considerablemente la criminalidad, además de poner en serios aprietos a las guerrillas que controlan las regiones productoras. Sería una solución múltiple a los problemas de Colombia. Pero si a un presidente colombiano se le ocurre proponer eso en los foros internacionales estamos perdidos, porque se le considerará como un títere de los narcos o algo así, al mismo tiempo que éstos pondrán precio a su cabeza.

Y, ¿no sería bueno para Colombia permitir la extradición de narcos a otros países para ser juzgados, y además permitir una intervención temporal de ejércitos extranjeros para reducir a los narcos y a la guerrilla?

Sí, e incluso hay un porcentaje muy elevado de la opinión pública a favor, pero es muy utópico. Desde la caída del muro de Berlín la subversión comunista ya no se considera en Washington como un problema real para los Estados Unidos, y por tanto, incluso si el gobierno colombiano diera su aprobación, hoy sería muy difícil conseguir que ese país destinase recursos tan enormes a solucionarnos nuestro problema, que ya no ven como suyo. Ya no estamos en la época en que nuestros militares recibían apoyo logístico y formativo de los Estados Unidos. Y además hay todo un conjunto de ONG con opiniones muy marcadas por su sesgo ideológico que influyen fuertemente en la opinión pública internacional debilitando aún más las posiciones del Estado colombiano y reforzando las de la guerrilla e, indirectamente, las del narcotráfico. No creo que los Estados Unidos estén dispuestos en la actualidad a meterse en un problema así. Pesa mucho, también, la mala conciencia de los antiguos izquierdistas norteamericanos, reciclados hoy en la administración Clinton y en poderosas ONG internacionales. Es lo que yo llamo “trajes nuevos” del marxismo de siempre. Y esto provoca contradicciones como que a Colombia se le ofrezca dinero para luchar contra los narcotraficantes con la condición de que no se aplique a la lucha contra los “rebeldes políticos”, como si no hubiera una enorme conexión entre los narcos y las guerrillas. Esta política estadounidense es de una ceguera tremenda en relación con lo que sucede en Colombia.

¿Cómo percibe la evolución del resto de América Latina?

Ha habido apertura, ha habido reformas liberales importantes, se ha roto dogmas como el desarrollo “hacia dentro”, autárquico de la CEPAL, se ha combatido el dirigismo económico y se ha aceptado la realidad de que la economía está globalizada, por lo que poco a poco se está demoliendo las barreras aduaneras y se está privatizando (a veces bien y a veces mal) los antiguos monopolios públicos. Se ha avanzado, pero a medias. Lo que no se ha modificado suficientemente es la estructura del Estado. Falta seguridad jurídica y sigue habiendo una cultura estatista que es muy difícil cambiar. por ejemplo, cuando en Venezuela fracasó estrepitosamente la alternancia de dos partidos profundamente colectivistas —uno de derecha y otro de izquierda pero ambos muy estatistas—, la gente, ¿a quién le entregó el poder? Pues precisamente a un militar demagogo, populista y ex golpista que prometía salvar al país interviniendo aún más. Es tristísimo cómo en América Latina seguimos siendo presa fácil del mito paternalista del caudillo bueno y salvador que con mano firme corregirá los problemas y establecerá él sólo la justicia y el orden. Y todavía falta cambiar la mentalidad económica para abandonar el capitalismo mercantilista que padecemos, basado en la figura del empresario teóricamente privado e independiente pero que en realidad debe su fortuna a su habilidad en la relación con el poder político o a su capacidad de apostar por el candidato ganador para que, una vez investido, proteja su negocio frente a sus competidores nacionales y especialmente frente a los exteriores. En la región hemos conocido unos mercados absolutamente cautivos, hasta en sectores como el cervecero. Y esto ocurre porque el Estado tiene demasiado poder discrecional y dispensa libremente privilegios y prebendas a quienes son próximos al gobierno de turno. Entre nosotros la riqueza siempre ha tenido ese mal origen, esa tara. Nunca ha sido una riqueza ganada a pulso por empresarios arriesgados a fuerza de mucho trabajo y buenas ideas, sino que es una riqueza “cabildeada”, obtenida mediante la capacidad de arrimarse al poder político. Esto ya está cambiando y le debemos ese cambio a la apertura hacia el exterior, ya que en una economía globalizada esas estructuras de privilegio no pueden mantenerse porque hay que competir con el resto del mundo.

Usted acaba de publicar “Aquellos tiempos con Gabo”, un libro de memorias en el que nos describe a su amigo García Márquez a través de cientos de pequeñas anécdotas. ¿Es posible mantener una buena amistad con una diferencia ideológica tan grande?

Estuvimos de acuerdo incluso en política durante mucho tiempo, e incluso juntos fuimos expulsados de Cuba en una ocasión. Hemos llegado a la conclusión de que sí es posible mantener una profunda amistad y tener un pensamiento político completamente opuesto. Incluso lo tomamos a broma.

Plinio Apuleyo, en Roma
(recuadro adjunto a la entrevista)

Plinio Apuleyo Mendoza no sólo tiene nombre de escritor romano sino también una pasión por la civitas latina que, por desgracia, resulta muy difícil de desarrollar en una Colombia sometida al imperio de la violencia. A dos pasos de la Fontana di Trevi y de la Piazza di Spagna vive y escribe una de las grandes figuras de la intelectualidad latinoamericana contemporánea. Sus libros en solitario y los dos grandes bestsellers escritos “a tres manos” junto a Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa hacen de él uno de los autores actuales más prestigiosos del continente, encuadrado en esa minoría cada vez mayor de pensadores que han logrado sacudirse los mitos y clichés de una región sumida durante décadas en el más exacerbado colectivismo. Sus palabras escritas o habladas anuncian y a la vez reclaman una América Latina futura que sólo podrá ser más libre. JP.

Entrevista publicada por la revista Perfiles del siglo XXI en junio de 2000.

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