Victoria de Djukanovic en Montenegro

11 de septiembre de 2006.

El triunfo electoral de la coalición encabezada por el primer ministro de Montenegro, Milo Djukanovic, confirma las aspiraciones occidentales de este país, el último (hasta ahora) en desembarazarse de la cárcel de países que fue Yugoslavia y, después, la supuesta federación de Serbia y Montenegro.

La comunidad internacional fue rehacia siempre a las sucesivas independencias de la ex Yugoslavia. Sólo la tenacidad de los eslovenos, croatas, bosnios, macedonios y montenegrinos fue haciendo posible que cada uno de estos territorios, dotados de lenguas y culturas diferentes, lograra emanciparse de Belgrado. Unos lo consiguieron de forma totalmente pacífica, mientras en otros casos hubo un breve conflicto armado con Belgrado o se desencadenó una guerra civil, caso de Bosnia.

Los Estados siempre ven con malos ojos el surgimiento de otros Estados, y más aún el desmembramiento de los existentes. A nadie le hizo mucha gracia la disolución de Checoslovaquia, pero fue un divorcio tan civilizado que tuvieron que aguantarse. La proliferación de nuevos Estados al desaparecer la Unión Soviética tampoco sentó muy bien en Occidente.

Tanto en el caso soviético como en el yugoslavo, la política occidental de mantenimiento de la vigencia de los Estados existentes ha sido un error inmenso. Se ha obligado a las ex víctimas a convivir en el mismo Estado con sus ex verdugos. Se ha forzado la cohabitación de etnias enemistadas en el seno de estructuras políticas obsoletas.

Y, sobre todo, se ha aplicado un rasero cómodo pero injusto: aquellos territorios que en la vieja federación tenían rango de subestados constituyentes han podido a duras penas acceder a su soberanía, pero aquellos otros que no alcanzaron rango de república con Tito o Stalin deben permanecer incluso hoy dentro de los Estados serbio o ruso. Es el caso de Kosovo y de Chechenia, por ejemplo.

Yo me pregunto por qué la Bielorrusia de Lukashenko, tan similar a su hermana Rusia en todo, puede independizarse, y en cambio países de lengua, cultura, creencias y composición étnica completamente distintas (por ejemplo en el Cáucaso) no pueden hacerlo. ¿Sólo porque Bielorrusia era república de la URSS mientras las del cáucaso lo eran dentro de la Federación Rusa? Igualmente, no comprendo por qué Macedonia, un país bastante similar a Serbia, pudo salir de Yugoslavia mientras a Kosovo se le obliga incluso a fecha de hoy a una permanencia de iure en Serbia que apenas tiene efectos reales. ¿Sólo porque Macedonia había sido república en la Yugoslavia de Tito y Kosovo no?

En definitiva, ¿Debe afectar el antiguo régimen dictatorial, después de muerto, a la composición política de los países, décadas después? Creo que la pregunta se responde por sí sola.

Occidente debe reflexionar sobre la necesidad de flexibilizar y democratizar los procesos de fusión y secesión en un mundo globalizado. Las fronteras cada vez importan menos, pero deberían ser siempre los ciudadanos de cada lugar quienes puedan decidirlas.

Entre tanto, hay que congratularse de los pasos que está dando la sociedad montenegrina al apostar por la Alianza Atlántica y la Unión Europea. Es decir, al alejarse de su pasado bajo la bota de Milosevic. Atrás queda la sumisión política y cultural ante Serbia de un país que durante décadas estuvo condenado a la pobreza y a no desarrollar su propio ser. Montenegro es un país pequeño pero su contribución al Occidente globalizado no deja de revestir un esperanzador simbolismo.

 




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