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Tíbet y China
18 de marzo de 2008 Desde la perspectiva etnocéntrica del mundo europeo y norteamericano, tendemos a percibir el comunismo como una pesadilla que concluyó cuando el derrumbe del muro de Berlín despertó a rusos, rumanos, polacos, búlgaros y otros pueblos tiranizados durante décadas por esa nefasta ideología. Nada más lejos de la realidad. Primero, en muchos de esos países no hubo un giro de ciento ochenta grados sino una lenta secuencia de reformas. Segundo, en la propia Rusia y en sus aliados más firmes dejan mucho que desear la política y la economía postcomunistas porque en realidad el comunismo no ha desaparecido del todo. Tercero, el comunismo sigue siendo una amenaza cierta en muchos países, incluyendo algunos de Europa occidental, donde pese a su estrepitosa caída ha logrado mantener una imagen de idealismo y bondad que seduce a todo un segmento de la población. Y cuarto, no nos olvidemos, el comunismo sigue siendo el régimen de opresión y miseria en el que malvive más de una quinta parte de la población mundial. En Cuba, Vietnam, Corea del Norte y otros países persisten dictaduras comunistas mientras todo el bloque liderado por Hugo Chávez parece precipitarse hacia la misma sima. Pero el comunismo resiste en el mundo, sobre todo, por culpa de China. A pesar de su coqueteo con la economía capitalista (impuesto por la tozuda realidad, que revela una y otra vez al socialismo como una doctrina económica ineficiente y generadora de miseria), el régimen de Beijing es una de las dictaduras más espantosas del mundo. En China se ejecuta la mayor parte de las condenas a muerte del planeta. En China se sufre la represión temible de cualquier forma de pensar que disienta del endoctrinamiento sectario al que está sometida la población. En China hay millonarios en las zonas de economía capitalista, pero sólo a costa de la explotación inhumana de los trabajadores que residen en el resto del país y costean con su esfuerzo los rascacielos de Shanghai. Como no podía ser menos, el régimen chino se ha caracterizado también por un feroz nacionalismo etnolingüístico que ha llevado al exterminio cultural (cuando no al físico) de cientos de etnias “no chinas” a lo largo y ancho de su vasto territorio. Ha sido cruenta la represión de los uigures, un pueblo túrquico de Asia central que tuvo la mala fortuna de caer dentro de las fronteras imperiales chinas. Ha sido también espantosa la represión de los grupos musulmanes, católicos y de otras confesiones alejadas de la tradición cultural mandarina y cantonesa. Y ha sido terrible la incorporación de Macao y Hong Kong a China, con una notable pérdida de las libertades y de los derechos civiles y políticos de sus habitantes. Pero, por encima de todo, la invasión ilegal y la ocupación hasta hoy del Tíbet es un acto brutal y despiadado del régimen chino ante el cual causa asombro la inacción de Occidente. Todos somos cómplices por omisión: Estados Unidos, Europa y el resto del mundo que comercian con China, que incluso dan al régimen comunista el beneficio de la duda y premian su discutible camino hacia el capitalismo con celebraciones como los juegos olímpicos de este año. Si en lugar de China habláramos de un país mucho más pequeño y con mucho menos peso militar y político, la respuesta de Occidente sería la que le damos desde hace años a la junta militar birmana: bloqueo y desprecio. Pero ante China nos acomplejamos e inventamos excusas que nadie cree, como eso de que “hay que tender puentes comerciales y la evolución política china vendrá como consecuencia”. No es verdad. No está ocurriendo. El régimen está bunquerizado y no cambia. La represión de los disidentes es feroz, el exterminio de los tibetanos, de su cultura, su lengua y sus tradiciones, es cada día peor. Tíbet ya no aguanta más, y su agonía final debería pesar como una losa sobre la conciencia de Norteamérica y de Europa. Blog
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