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El cansancio socialdemócrata
30 de enero de 2008 En los ochenta, el conocido sociólogo anglo alemán Ralph Dahrendorf definió la política europea como el reino del “consenso socialdemócrata”. Según él, al término de la Segunda Guerra Mundial se había instalado en todos los países democráticos del Viejo Continente una forma de pensar que había afectado transversalmente tanto a los partidos de derecha tradicional (conservadores, democristianos) como a los de izquierda tradicional (socialistas, socialdemócratas) y también al centro (ocupado normalmente por partidos liberales). Llamó socialdemócrata a esa forma de pensar porque, fuera quien fuera su ejecutor, consistía siempre en un Estado-nodriza omnipresente, con vocación paternalista y decidido a intervenir tanto en la economía como en la cultura y en las cuestiones morales. Daba igual que los gobernantes pertenecieran a un partido de izquierdas o de derechas, porque las “grandes cuestiones” consensuadas entre todas las fuerzas políticas principales imponían siempre este modelo de sociedad: una sociedad asistida y adicta al Estado. Partidos conservadores y hasta sedicentes liberales se embarcaron en esta nave común a todas las fuerzas políticas democráticas, en lo que algunos consideraron como el no va más de la vanguardia de la politología, el sistema cuasi perfecto que nos diferenciaba tanto del totalitarismo soviético como del capitalismo “descarnado” y “feroz” de los Estados Unidos. La terrible paradoja es que el comunismo europeo cayó entre 1989 y 1991, pero esta especie de tercer camino siguió imponiéndose en Europa, inasequible al desaliento. Esa equidistancia entre el miserable terror de los gulags y el país de Jefferson es uno de los complejos incomprensibles de la vieja Europa. Hoy, en pleno 2008, el sistema de las anteriores generaciones de europeos muestra síntomas evidentes de fatiga crónica. El consenso socialdemócrata se ha convertido en el cansancio socialdemócrata. Los nuevos europeos se dan cuenta de que lo gratuito no existe, y comprenden que el Estado, para “dar” generosamente tantas cosas a tanta gente, tiene que “quitarlas” primero de algún sitio. Y ya no vale la excusa de que se quita a los “ricos” para darle a los “pobres”, porque en unas sociedades donde más del noventa por ciento de la población constituye la capa media, es evidente que el Estado, ese Robin Hood miope, simplemente quita de donde puede y da a quienes más gritan. Como hacedor de justicia social, el Estado se percibe cada día menos eficaz frente a la pura y simple espontaneidad de la acción humana. La vida y las finanzas se han sofisticado hasta extremos que hacen inviable (si es que alguna vez fue factible) la planificación de la economía, de la felicidad y de la vida por parte de los sesudos comités de expertos reunidos en sede ministerial. El “orden espontáneo”, como denominó el Nobel de Economía Friedrich von Hayek a la acción simultánea de millones de personas, es más sabio y eficiente en la asignación de recursos que cualquier órgano burocratizado al servicio de los políticos. Pero la sociedad, que siempre va varios pasos por delante de sus políticos, ya está rechazando con fuerza cada día mayor el insidioso paternalismo de los planificadores estatales. El hastío frente a los partidos políticos convencionales es una prueba de ello. La gente está cansada de oír a todos decir, con algún matiz pintoresco, las mismas cosas. Quizá arrasaría en las urnas quien, en esta Europa de hoy, se atreviera a decir sin tapujos las verdades que todos sospechamos: que el Estado del bienestar se ha transformado en el bienestar del Estado y nos vampiriza a todos; que la justicia social ya no estriba en repartir bien la tarta sino en hacerla más grande para que alcance por sí misma a todos; que el poder político debe limitarse a mantener el orden y poco más porque cuando se mete a gestionar servicios resulta generalmente ineficaz; y que los ciudadanos, de manera autónoma, podemos hacer mucho más por nosotros mismos y por los demás que cualquier Estado. Blog
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