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Vigésimo Octavo Año Constitucional
6 de diciembre de 2006. Hoy es el día de la Constitución, ese instrumento pragmático que sirvió para hacer la Transición pero que, una vez concluida, se queda muy corto. No deja de sorprenderme la actitud del PP respecto a la Constitución. Quienes mayores reticencias plantearon a su promulgación se erigen ahora en defensores máximos de su letra, que no de su espíritu. Es evidente que para ellos la Constitución es la última barrera que les blinda contra la emersión de una España muy diferente de la que a ellos les gustaría. Los conservadores españoles quieren a toda costa que continúe la monarquía, no porque les guste el actual monarca (al que ven como un aliado del PSOE) sino porque la simple palabra "república" les produce sarpullidos patrióticos con forma de piel de toro y ataques de epilepsia con espasmódico alzamiento del brazo derecho en dirección al Valle de los Caídos. Los conservadores españoles no quieren que se toque el ambiguo privilegio a la Iglesia Católica frente a las demás confesiones, expresado mediante la mera formulación de su nombre. Bastante les preocupa ya que el Estado adquiera la auténtica laicidad que le corresponde a una democracia liberal y pluralista, donde el hecho religioso debe quedar confinado al terreno privado de cada individuo y no debe tener ni la menor influencia sobre el marco social, jurídico, económico, cultural ni político en el que se desenvuelva la sociedad. Los conservadores españoles se aferran a la Constitución para defender algo que les motiva mucho más que el texto de 1978: la para ellos sagrada unidad de la patria, que entienden como una España unitaria sin apenas espacio para la diversidad. Siguen viendo el Estado autonómico como un mero sistema de descentralización, y les preocupa tanto la "igualdad" territorial entre españoles que parecen más socialistas que los socialistas. ¿Por qué los ciudadanos de Lugo, Santa Cruz de La Palma, Granollers y Cartagena deben tener exactamente los mismos servicios, estudiar exactamente la misma Historia o pagar exactamente los mismos impuestos de todo tipo? Es normal que haya diferencias, como las hay también en el resto de esa Europa en la que vamos a disolvernos. España es un territorio muy grande con idiosincrasias, culturas, formas de ser y situaciones de facto muy diferentes. Uniformar por decreto es artificial y contraproducente (sobre todo si siempre son los mismos los que pagan el uniforme de los demás). El "café para todos" nos blindó contra el "ruido de sables". Conjurado éste, pierde su sentido aquél y podemos pasar a la fase siguiente. Para los conservadores españoles el intervencionismo económico es malo (algo de liberalismo han aprendido) pero en cambio se aferran al texto de 1978 para practicar el intervencionismo religioso, cultural, unitarista, moralista, patriotero... España sólo mantiene algo de sentido (en un mundo que camina rápidamente hacia la globalización plena) como laxa federación de colectividades territoriales que comparten una historia común y una lengua (principal o única en unos casos, secundaria en otros). Esto mismo es aplicable a la mayoría de los grandes países europeos. Por otro lado España, como los demás fósiles monárquicos de Europa, tendrá que abolir ese estúpido régimen heredado de tiempos no democráticos. España tendrá que librarse definitivamente de la influencia de la Iglesia Católica (y de cualquier otra confesión religiosa) sobre los asuntos públicos. Además, España debería dotarse de un sistema de partidos con verdadera democracia interna y de una legislación electoral realmente democrática, con representación de todos, sin umbrales mínimos y con proporcionalidad matemática al resultado de las urnas. La constitución de un país debería incluir expresamente derechos antes no contemplados, desde la no discriminación (plena) por orientación sexual hasta el derecho al patrimonio genético. Además, la Constitución de 1978 se redactó en un contexto ideológico mundial hoy superado por el fin de la Guerra Fría y por el avance imparable del mundo global frente a toda forma de colectivismo (de izquierdas o de derechas), por lo que sobran muchas expresiones de corte "social" que invaden el ámbito de la soberanía individual. Por último, una constitución realmente garantista debería consagrar un máximo de endeudamiento estatal y un tope a la carga tributaria del ciudadano y de las empresas. Para todo ello serán necesarias reformas de la Constitución. Sería ideal que se pudieran realizar por consenso, pero la Transición ya terminó y la democracia está consolidada: si se ha de imponer en algún caso una mayoría amplia frente a los adalides del anteayer, que se haga. En democracia el consenso generalizado es loable cuando se produce, pero no es exigible. Tienen razón los conservadores españoles cuando denuncian que la reforma de los estatutos de autonomía esconde una reforma del marco constitucional. Pues claro, como que no hay manera de emprender una reforma normal de ese marco por culpa de su permanente obstaculización. Pero tarde o temprano habrá que rehacer la Constitución para dar cabida a toda esa evolución y más. En este Vigésimo Octavo Año Constitucional ya no puedo sentir la emoción de aquellos primeros tiempos, cuando estrenábamos una carta magna que era un paso de gigante frente al pasado, y cuando los conservadores se nos rasgaban las vestiduras ante aquel texto. Ahora la veo ahí, en una estantería de mi casa, y empieza a parecerme una curiosa pieza de museo, nada más. A lo mejor la traslado a la vitrina del salón, junto al trilobites. Blog
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