Litvinenko y la Rusia de siempre

2 de diciembre de 2006.

Pavor causa el caso Litvinenko, que nos retrotrae a la Guerra Fría y nos recuerda que el cine de espionaje, por mucho que fantaseara, nunca dejó de tener una base real.

Rusia no ha cambiado. Envenena a sus propios agentes secretos y hasta a los líderes de la oposición en los pocos países satélites que le quedan. Mata periodistas y practica el terrorismo de Estado en Chechenia. Mantiene una feroz dictadura en Bielorrusia, y al partido comunista de siempre en Moldavia. Amenaza con aplastar a antiguas colonias que por fin han alcanzado su independencia y ansían integrarse en Occidente, como Georgia. Chantajea a media Europa amenazando con cerrarle el grifo del gas, y a Occidente entero enseñando de vez en cuando sus dientes nucleares.

Rusia es un país económicamente poco significativo porque setenta y cinco años de colectivismo feroz lo arruinaron y porque quince años de pseudodemocracia y pseudocapitalismo no bastan. Pero, pese a su enanez económica, Rusia se pone de puntillas para enseñar los puños a Occidente, haciendo planear sobre nuestras cabezas la sombra de una nueva guerra fría. Para hacerla más creíble emprende alianzas contra natura que no responden a la personalidad rusa ni al papel que ese gran país debería jugar como miembro destacado de la comunidad occidental. Las carantoñas de Rusia con Irán, repartiéndose la última gran bolsa de petróleo (el mar Caspio) son repugnantes. Rusia tiende puentes a varios de los regímenes más abiertamente antioccidentales.

El problema fundamental de Rusia es que no ha habido realmente una transición a la democracia ni hacia una economía realmente libre. Lo que ha habido es un reparto de las antiguas mafias del KGB entre los principales partidos de la Oposición (para controlarla) y, desde luego, en el entorno de Putin. El parlamento se divide entre los comunistas puros que tienen gran fuerza y ansían volver a un sistema de partido único, el bloque clientelista nucleado en torno al presidente, y la extrema derecha. Estos tres bloques tienen en común su feroz nacionalismo y su desprecio al modelo político-económico occidental. Coinciden también en una visión neoimperialista de Rusia como país destinado a ser una gran potencia. Están de acuerdo en el derecho de Rusia a injerirse en los asuntos de los países vecinos, considerando un error su emancipación de la Unión Soviética. Y coinciden igualmente en que Rusia debe aprovechar su producción de energía y su obsoleto pero temible botón nuclear como armas de chantaje en su diálogo con Occidente.

Ante esta gran mayoría antigua, nacionalista, soberbia y mafiosa, los cuatro liberales de Yabloko y algún otro librepensador son, simplemente, testimoniales.

Europa y Estados Unidos deben dar un puñetazo en la mesa del próximo G-8 y exigir a Rusia que se comporte. Es intolerable que Rusia vaya esparciendo polonio por los aviones del mundo. No se puede sentar a la mesa del G-8 un presidente sospechoso de matar a los periodistas que destapan sus turbios negocios. De hecho, el G-8 no tiene razón de ser: es un apaño del G-7 (las siete potencias industriales del mundo) para integrar a Rusia, que como potencia industrial debe de ser equiparable a Cuenca, mutatis mutandis. Más razón de ser tendría la participación en ese foro de países como Australia o España. Rusia se ha colado ahí por su extensión territorial, sus recursos energéticos y sus misiles nucleares.

Lo que Occidente debería plantear a Vladimir Putin es un ultimátum: o Rusia decide integrarse con lealtad en Occidente, como le corresponde por su identidad cultural, ocupando el sitio que le corresponde y sin aspirar a tener más peso que el que le corresponda por su magnitud real; o que se quede fuera. Si decide integrarse deberá aproximarse a la OTAN y a la Unión Europea. Si se queda fuera, pasará automáticamente a ser considerada como un enemigo en potencia, debido a sus inoportunas alianzas y a su poderío bélico.

Occidente debe ayudar (y si es preciso obligar) a Rusia a madurar de una vez, y debe acogerla generosamente en su seno. Pero si Rusia opta por plantar cara a Occidente, debería encontrarnos unidos, firmes y decididos a no tolerarle más chantajes.




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Lo que ya es el colmo es la noticia de hoy: Rusia ha protestado porque las autoridades británicas no silenciaron a Litvinenko en sus últimas horas de vida, y permitieron que el espía revelara que había sido envenenado por el gobierno de Putin. Los rusos deben de pensar que su sistema de censura y poder absoluto del Estado es exportable nada menos que Gran Bretaña, la cuna de la democracia occidental. ¿Y esa Rusia puede ser un socio leal de Europa...?
03-12-2006 09:15:15 C. Parrado E-mail
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