mar 19 2014

El Plan del nuevo zar

La Rusia que hoy nos muestra, apenas maquillada, la misma cara de anteayer; la Rusia que no se ha resignado a ocupar un papel en el Occidente al que culturalmente pertenece, por importante que hubiera podido ser ese rol; la Rusia que prefiere perseguir a cualquier precio —a cualquiera— sus viejos sueños de superpotencia; la Rusia de Vladimir Putin está logrando poco a poco sus objetivos con tenacidad, con insolencia y con desprecio a las consecuencias. Ha jugado a largo plazo mientras Europa y Norteamérica lo hacían a corto. Ha sabido aprovechar la ágil flexibilidad y la imbatible resiliencia que le proporciona la servidumbre acrítica de unas masas que tanto históricamente como en la actualidad, se caracterizan por su docilidad ante el poder estatal. Primero las domesticó la monarquía absoluta y después siete décadas de totalitarismo.

El comunismo ruso pareció primero una vanguardia, se reveló después como una larga transición entre el zarismo y Occidente, y ahora ha quedado claro que no fue siquiera eso, sino un viaje sin retorno que, a la postre, ha devuelto a Rusia a algo mucho más parecido a su punto de partida que al marco de los países más libres y prósperos del mundo occidental. En el imaginario colectivo ruso, el Plan nacional, sea cual sea en cada etapa histórica, constituye la garantía de paz y habichuelas para millones de súbditos biempensantes, que aún glorifican el Estado, deifican a su cabeza visible y desdeñan la libertad como caótico desorden, como un lujo burgués propio de extranjeros decadentes y ácratas, e impropio del pueblo obediente, sufrido y recio que les han enseñado a ser.

En la excelente película El hundimiento (Der Untergang), que narra los últimos días de Hitler en el búnker berlinés, el guionista pone en boca del Führer una frase inquietante. Al comprender por fin que todo está perdido, le dice a los occidentales que no se hagan ilusiones, que al final no vencerán ellos porque lo harán los pueblos disciplinados del Este. Hitler murió convencido de que, a la larga, habría de imponerse un sistema de máximo Estado y mínima libertad, aunque no fuera el suyo. El nacionalsocialismo, como cualquier otra forma de socialismo y de nacionalismo —es decir, de colectivismo—, creía ciegamente en la disciplinada jerarquía social como el único medio válido para que una cúpula inapelable trazara el Plan y para que, a continuación, el sistema entero, con sus innumerables engranajes en los que habría de participar hasta el último súbdito, lo ejecutara y fuera alcanzando metódicamente sus objetivos. Esto se aplicaría a todo, desde la economía hasta la cultura, desde la expansiva política exterior hasta el omnipresente condicionamiento ideológico de los ciudadanos. La URSS y sus satélites vencieron al totalitarismo nazi por la vía militar, pero no ideológicamente. Ideológicamente, lo sustituyeron. Y la expresión aggiornata de esa ideología es la que encarna y expresa hoy el nuevo zar, Vladimir Putin.

El zar del siglo XXI

Hoy Vladimir Putin parece decidido a demostrarnos que, con los ajustes cosméticos que exigen tanto la posmodernidad como la revolución de las comunicaciones, en el fondo todo sigue igual, y que el Plan ruso de larguísimo plazo va cubriendo sus etapas según lo previsto. Sus ya quince años de reinado, más o menos confirmado con urnas de cartón, dan para mucho más que las breves legislaturas de las que seguramente él considere torpes democracias liberales, con sus estériles contrapoderes y sus incómodas exigencias de transparencia o de permisividad civil y política. Hoy Putin se sonríe ante ese Occidente pardillo, que en su enorme naïveté había llegado a dar por superado el desorden bipolar que nos había mantenido con el corazón en un puño durante medio siglo. Hoy Putin empieza a dejar patente que la peor Rusia, ese pueblo disciplinado del Este, ese Estado ultranacionalista que sólo sabe ser superpotencia, ha vuelto. Y que ya nada será como en estos últimos veintipocos años de relativa tranquilidad bajo la pax americana, esta belle époque truncada por la crisis de deuda, de la que sale fortalecida la Rusia que lidera los BRICs. Russia is back y no hace prisioneros, a ver qué nos habíamos creído.

Como liberal, lo que me parece más lamentable es que la nueva y exitosa casta política capitaneada por Vladimir Putin haya ganado incluso, parcialmente, la batalla de la imagen y las relaciones públicas entre algunos occidentales, y, de una forma particularmente dolorosa para mí, entre una parte de los liberales y libertarios europeos y norteamericanos.

El nuevo imperio ruso

Rusia se desovietizó —y al hacerlo, se desimperializó— en los primeros noventa porque no pudo hacer otra cosa. Lo hizo porque no le quedó más remedio, porque, simplemente, la imposibilidad del socialismo derrotó al Estado totalitario. No lo hizó por convicción, desde luego, y eso se le nota cada día más. En Rusia, los sectores políticos que cultivan el más delirante patriotismo siguen empleando en gran medida los símbolos de la era soviética, a veces incluso combinándolos con los de la extrema derecha o con los de la vieja monarquía zarista. Para un nacionalista (en cualquier lugar del mundo) siempre da igual ocho que ochenta: por él, como si hay que combinar la hoz y el martillo con el águila bicéfala de los Romanov. Todo vale mientras contribuya al orgullo patriótico, la más eficaz herramienta —en Rusia y en todas partes— de legitimación del Hiperestado por parte de sus propias víctimas. Si hay una etiqueta ideológica acertada para clasificar todo el camino de Rusia desde principios del siglo XX hasta hoy, esa etiqueta es “nacionalismo”. Teñido de un color o de otro, nutriendo al pueblo disciplinado con unos mitos y valores o con otros, el nacionalismo ha sido y es el núcleo del pensamiento oficial ruso.

El extremo nacionalismo ruso permeó el régimen monárquico, el comunismo en sus diversas etapas y, desde luego, el reinado de Vladimir Putin y de su gran visir, Dimitri Medvédev. Rusia es un país forjado mediante el derecho de conquista, desde sus mismos orígenes históricos hasta la actual tensión con Ucrania. Los zares iniciaron la expansión territorial, acompañada siempre del sometimiento de otras etnias, su desalojo o su exterminio, y de la población de los territorios conquistados con colonos que los rusificaran convenientemente. La ingeniería migratoria es inseparable del pensamiento geopolítico moscovita. Los comunistas inventaron una URSS plurinacional —e incluso una república rusa con plurinacionalidad interna—, pero todo era fachada para darle cierta verosimilitud a la excusatio non petita. Por detrás, lo que había era rusificación en lo posible y mantenimiento a raya de cualquier aspiración de los innumerables grupos étnicos incorporados al imperio comunista. Era la excusa para transmigrar etnias enteras, desde los tártaros de Crimea hasta los judíos a los que se prometió un Estado moderno y próspero, una nueva tierra prometida, y se les dio un remoto pedazo de Siberia.

Al final de la década de los ochenta se desmoronó el imperio exterior, el del Comecon y el Pacto de Varsovia, el de los Estados formalmente soberanos en Derecho internacional, los satélites que no formaban parte de la URSS. Pero, junto a esos países de Europa oriental hartos del vasallaje, lograron escapar también tres países que apenas habían disfrutado de una efímera independencia anterior: Lituania, Letonia y Estonia. Los bálticos no eran parte de ese imperio exterior sino del interior, el de la propia URSS, y Rusia aún se lame esa herida. Ni las bolsas de población rusa más o menos reciente, ni la proximidad a Moscú ni el temor al Ejército Rojo arredraron a los estonios, lituanos y letones, que vieron la oportunidad y, sin dudarlo un segundo, se desembarazaron del abrazo del oso. Otras repúblicas soviéticas no estuvieron tan rápidas, y un cuarto de siglo más tarde lo siguen lamentando.

Una cárcel llamada CEI

Tras el golpe de Estado que desalojó a Gorbachov e instaló a Yeltsin —iniciando un periodo turbulento en el que las élites del Estado depuesto hicieron inmensas fortunas y el término crony capitalism se quedó pequeño para describir la realidad económica rusa—, el resto del imperio interior declaró la independencia. Todas las repúblicas de primer grado dentro de la desaparecida URSS accedieron a una emancipación política más supuesta que real, mientras a las de segundo grado (las repúblicas existentes dentro de la federación rusa o de otros Estados constitutivos de la URSS) se les negaba el derecho a decidir su futuro, aunque su diferenciación etnocultural fuera en algunos casos, como el checheno, muy superior. Algunos de los nuevos países tenían una clara entidad previa (Ucrania, Georgia, Armenia…) y otras eran producto, sobre todo, de la arbitrariedad soviética en el trazado de fronteras (Turkmenistán, Kirguizistán…). En cualquier caso, la reacción rusa no se hizo esperar: el oso improvisó un nuevo abrazo mediante la constitución de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), una alianza vigente hasta hoy y planteada sobre todo como un cinturón de seguridad en torno a la madre Rusia.

La CEI nunca ha trabajado por la libertad política ni económica, ni mucho menos por los derechos individuales más elementales. No ha impulsado más comercio que el que se da entre Estados y empresas públicas. Ha sido un simple conjunto de satélites obvios, burdos, unos Estados vasallos y tutelados a cuyos respectivos sátrapas, a cambio de una lealtad sin fisuras, Moscú les permitía ejercer una feroz tiranía interna. Siempre les metió en vereda si coqueteaban con Occidente, pero nunca lo hizo ante las violaciones más pavorosas de los derechos y libertades de la población. Tal vez el más temido y odiado de todos fuera el ya desaparecido dictador de Turkmenistán, Saparmurat Niazov, pero no se quedan muy atrás personajes tan terribles como el moldavo Vladimir Voronin, que mantuvo hasta 2009 el último régimen formalmente comunista de Europa; o como el bielorruso Alexander Lukashenko, que mantiene sometido el país a su régimen hiperpersonalista desde 1994.

Perdido el imperio exterior desde 1989, cada vez que algún país del interior, recompuesto con los hilvanes de la nueva CEI, ha intentado cambiar su política de alianzas internacionales para incorporarse al mundo occidental, la reacción de las élites locales prorrusas ha reprimido ferozmente ese anhelo. Cuando las fuerzas prorrusas han perdido en las urnas el poder y un nuevo gobierno ha caminado en esa misma dirección, o cuando eso iba a suceder de forma inmediata, la propia Rusia ha intervenido con fiereza, a veces orquestando operaciones de película como el envenenamiento de políticos opositores. Otras veces ha bastado la colaboración con las fuerzas prorrusas, ya fuera con armas, equipamiento o propaganda, para impedir cualquier cambio político que molestara al Kremlin. Las bolsas de población rusa, ya dataran de la época de Stalin o de los zares, han jugado siempre un papel crucial en la estrategia rusa de minimización de la independencia real de todos estos países, mientras en el seno de la propia federación rusa (en repúblicas como Daguestán o Chechenia), Moscú llevaba a cabo una política que en ocasiones ha merecido en justicia el calificativo de genocida.

Cuando uno de los países del imperio exterior, Georgia, se atrevió romper abiertamente con Rusia y se atrevió a soñar con una independencia que fuera más allá de lo nominal, el tándem Medvédev-Putin (tanto monta) lanzó contra Tiflis una guerra de aniquilación que hundió al país caucásico. Hay que recordar que en Georgia todo había estado “atado y bien atado” hasta pocos años antes, porque Moscú telegobernaba a través de Edvard Shevardnadze, último ministro de Exteriores de la URSS. Georgia es la demostración palmaria de que, cuando el establishment prorruso pierde el poder, la reacción de Moscú es invariablemente negar legitimidad a los nuevos gobernantes, calumniarles (generalmente tachándoles de nazis), amenazarles y, llegado el caso, invadirles. Mientras Ucrania se torna en un déjà vu de Georgia, otros ocho países sueñan con salir de esa cárcel llamada CEI.

Resolver Ucrania

A mi juicio, la única solución sensata al conflicto de Ucrania es la que no parece querer nadie: ni la UE, ni la OTAN, ni la ONU, ni Angela Merkel, ni Vladimir Putin ni el nuevo poder ucraniano ni la gente apostada en el Maidán de Kiev. Es la misma solución que tampoco quisieron en Yugoslavia pero que al final resultó inevitable y que habría ahorrado mucho sufrimiento de haberse implantado desde el principio: la partición. Sean o no transmigradas, las bolsas de población rusa están compuestas por individuos con un derecho innegable a decidir el destino de las zonas donde son mayoritarios. El caso más obvio es el de Crimea. Se puede argumentar que la rusificación de la península se hizo a costa de la expulsión de los tártaros, y así es. Pero a mi juicio el criterio que debe prevalecer siempre, en cualquier conflicto territorial de cualquier lugar del mundo, es el deseo de la población actual, libremente expresado. Ludwig von Mises tenía toda la razón cuando escribió que la autodeterminación es el único camino para la resolución de este tipo de conflictos. De la misma manera que no se puede obligar a los ucranianos a obedecer a Moscú, tampoco se puede forzar a la mayoría rusa de Crimea a depender de Kiev.

Es lamentable que la anexión de Crimea se haya hecho como hace las cosas Rusia: con tosquedad y sin el menor respeto a la comunidad internacional ni al débil Derecho que más o menos aceptan los demás, ni, sobre todo, a la minoría discrepante en el propio territorio. La posición prorrusa habría ganado igualmente, aunque de forma menos aplastante, un referéndum de verdad: de esos que se convocan con meses de antelación, con observadores internacionales por todas partes, con partidos y organizaciones haciendo campaña por el sí y por el no. Pero a Rusia le da igual la legitimidad, le basta un maquillaje burdo que no oculta la ferocidad ni la prepotencia. Podría haberse ahorrado incluso el paripé de este referéndum de escrutinio cantado, escenificado para la galería de RT bajo la ocupación de decenas de miles de soldados-fantasma, surgidos oficialmente del aire.

En el resto de Ucrania, el mapa político que se repite elección tras elección ofrece una perspectiva bastante clara sobre la correlación de fuerzas. Es obvio que el Este y parte del Sur son de mayoría prorrusa, y que la población estaría encantada de escindirse de Ucrania para establecer Estados propios o para incorporarse a la Federación de Rusia. De la misma manera, es evidente que el Norte y el Oeste del país, donde prima la lengua y la cultura ucraniana, no deben sufrir las consecuencias de esa realidad vecina. La Ucrania “ucraniana” debe ser libre de abandonar el abrazo úrsido (de oso, no de URSS, aunque…).

Sostengo que ni las fronteras son sacrosantas ni las naciones (signifique eso lo que signifique en este nuevo siglo) tienen que congelarse en su actual momento evolutivo, ni los Estados son más soberanos que quienes habitan los territorios de los que se creen dueños los primeros. Igual que en casos como Eritrea, Timor Oriental o Sudán del Sur, siempre estuve de acuerdo con la escisión de Kosova, internacionalmente convalidada por casi todo el mundo menos por un puñado de países capitaneados por Rusia. Entre estos, tristemente, se encuentra España, que renunció así a la política exterior de una potencia media occidental y certificó que el Palacio de Santa Cruz sólo actúa movido por cuestiones domésticas, incluidos los posibles precedentes o paralelismos. De la misma manera, y pese a conocer y denunciar las maniobras rusas que hay detrás de países autoproclamados como Transnistria, Abjasia u Osetia del Sur, defiendo su derecho a ser ellos mismos quienes decidan su futuro. Si el mundo pasara de dos centenares a dos millares de Estados “soberanos”, seguramente la capacidad represiva de todos ellos disminuiría considerablemente y los soberanos serían, en una medida mayor que la actual, los individuos. Para ello, urge que el Derecho internacional, o al menos el europeo, establezca criterios rigurosos y estandarizados para dar salida a todas las situaciones, en vez de quedar al albur de las correlaciones de fuerzas que se dan en cada caso.

Quién le pone el cascabel a Rusia

Pero, al margen del actual conflicto de Ucrania, la gran pregunta sigue siendo cómo actuar ante la realidad de esta Rusia enorme y cada día más fuerte, que sigue sin vacilación su Plan maestro hacia la restauración, no ya de su imperio —incluida su obsesión por rodearse de un cinturón de países dominados que le sirvan de colchón de seguridad—, sino de la dinámica de la Guerra Fría. Y creo que, lejos de retroalimentar posiciones belicistas o responder al imperialismo ruso con un imperialismo occidental equivalente, lo fundamental es desenmascarar ese Plan estatal ruso y al establishment de Moscú, y, desde luego, ayudar en lo posible a la disidencia rusa, a la sufrida oposición real, a la que ya ni siquiera es bienvenida en la Duma del régimen.

No olvidemos que hoy la Duma, con unos procesos electorales bastante discutibles y discutidos dentro y fuera del país, está compuesta sólo por el partido democristiano-paleoconservador Rusia Unida, de Putin —con mayoría absoluta, cómo no—, y por su reflejo en el espectro político, el partido socialdemócrata Rusia Justa —un miembro peculiar de la Internacional Socialista que se deshace en cantos al modelo de familia tradicional y otros mitos conservadores—, además de noventa y dos diputados comunistas y cincuenta y seis de extrema derecha (que se permiten la indignante vileza de llamar liberal a su partido). Y luego se permite el Kremlin acusar de nazi al parlamento y al gobierno ucranianos, sin molestarse en mirar a su propio parlamento.

Desde el campeón mundial de ajedrez Garry Kaspárov hasta el partido liberal-demócrata Yabloko de Sergei Mitrokhin, miembro de la Internacional Liberal, pasando por el minúsculo movimiento libertario de ese país, liderado por la valiente Vera Kichanova, concejal de un pequeño municipio del área metropolitana de Moscú, son bastantes los individuos y organizaciones que merecen todo el apoyo de quienes en el resto del mundo estamos comprometidos con las ideas de la libertad. Y sin embargo, constato con estupor en las redes sociales y en algunos medios que hay liberales y libertarios que, en vez de apoyar a sus homólogos de Rusia —obviamente, muy críticos con la injerencia en Ucrania—, se dedican en cambio a defender a Putin.

Libertarios sí, ingenuos no

Los liberales libertarios, como partidarios del comercio —que es la mejor garantía de paz—, somos contrarios a las injerencias políticas de cualquier orden. Solemos caracterizarnos por una aversión al juego geopolítico en sí mismo, porque sabemos que casi siempre termina en espantosas tragedias humanitarias para beneficio del conglomerado estatal-empresarial de fabricación de armamento, o para el energético. Impulsamos una defensa territorial y no la asunción de una pretendida gendarmería internacional, que además sería ingenuo plantear ante un Estado tan poderoso como el ruso. Soy tan pesimista respecto a las posibilidades de pararle los pies al Plan de Putin como realista respecto a la necesidad de desenmascararlo, de que todo el mundo conozca el peligro que representa. Quienes con toda la razón rechazan el imperialismo estadounidense no pueden caer en la trampa aquella del enemigo de mi enemigo, porque el imperialismo ruso es todavía peor —y ya sé que es decir mucho, pero estoy convencido de ello—.

Es peor porque los derechos del individuo, incluido el de propiedad, están mucho peor garantizados en Rusia y sus satélites que en el Occidente desarrollado. Es peor porque, si el capitalismo está condicionado y distorsionado en Occidente, en Rusia es casi un negociado más del Estado —y en los satélites, sin el “casi” —. Y lo es porque el Plan ruso pasa sobre todo por la restauración, vía Estado, de los valores tradicionales más conservadores frente a la “decadencia” y la “relajación de costumbres” que Putin y compañía nos echan en cara a los occidentales. Desde los derechos de las personas LGBT hasta la cuestión de las drogas, muchos son los debates en los que a Putin —como a su aparato de portavocía y relaciones públicas en Occidente, la televisión RT—, se le ve el plumero a muchas millas. La ingeniería social es parte fundamental del Plan. El pueblo sano, feliz y disciplinado que éste define recuerda sospechosamente a los esbozados por los dos grandes totalitarismos en los años treinta del siglo pasado.

Por ello sorprende que una parte de los liberales clásicos y, sobre todo, de los libertarios y ancaps —en Europa pero sobre todo en Norteamérica—, hayan sido abducidos por Putin y su Plan. Si RT ha dado algo de voz a Ron Paul, al Partido Libertario de los Estados Unidos o a partidos libertarios europeos, como el holandés, ha sido para erosionar al establishment de Washington, lo cual estaría muy bien si lo aplicaran igualmente al de Moscú. Si algunos fondos han terminado nutriendo nuestra causa —en el caso de que así sea—, que nadie se llame a engaño sobre la intención subyacente. La dimisión de la presentadora principal de RT en inglés, Liz Wahl, y de otros periodistas se ha precipitado ante el infumable cierre de filas de esta cadena con el Kremlin en la cuestión de Ucrania. Obviamente, si Rusia da refugio a Edward Snowden no es por convicción ética sobre los méritos de este auténtico héroe, sino por motivos espurios que saltan a la vista. Ya sabemos cómo trata Rusia a sus propios whistleblowers. En Rusia, casos como el de Manning probablemente no reciban más luz que la producida por los fogonazos del pelotón de fusilamiento. Obviamente, a Rusia le interesa fomentar el libertarismo más anti-intervencionista fuera de sus fronteras mientras reconstruye en casa un Hiperestado monolítico.

No podemos caer en estas trampas burdas de la nueva Guerra Fría informativa, ni en una dirección ni en la contraria. Los liberales libertarios, que condenamos la propensión occidental a intervenir en conflictos ajenos, debemos oponernos igualmente a la rusa. Si defendemos las libertades y los derechos civiles en Occidente, no podemos mirar a otro lado ante su vulneración en Rusia y en sus satélites. Si aquí queremos mucho menos Estado, no podemos ver con buenos ojos un Estado peor aún que los nuestros, ni la persistencia de auténticas tiranías en varios de sus satélites. Si queremos liberar al individuo superando por fin los mitos nacionales, no podemos ser indiferentes ante el Plan del peor nacionalismo en el país más grande del planeta.

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ene 19 2014

Respuesta a Elentir Vigo sobre Vox

En el blog Contando Estrelas, Elentir Vigo ha criticado mi comentario en vídeo como presidente del P-LIB, en relación la aparición de nuevos partidos políticos y particularmente de Vox. Esta es mi respuesta, que he colocado como comentario en ese mismo blog y recojo igualmente aquí.

Estimado Elentir:

Muchas gracias por tu comentario sobre el vídeo, por tu crítica y por expresar las discrepancias. Quiero aclarar, sin embargo, un par de cosas que a mi juicio no se ajustan a la realidad.

En primer lugar, la polisemia del término “liberal” es particularmente acusada en España (lo cual es injusto por ser, precisamente, el país donde surgió como concepto político), y lo es porque los conservadores se han apropiado de él. Esa apropiación se ha consumado, especialmente, desde 1988-89, cuando los últimos dirigentes del PL decidieron entregarse a AP, que se refundó en un PP donde el liberalismo ya nunca pintó nada.

Ya sé que Ignacio Camuñas estuvo en la IL. Yo también fui uno de los vicepresidentes de la misma, años más tarde, de 1997 a 2002. Ni él tiene que darme a mí el carné de liberal, ni yo a él. Ni creo que él me niegue a mí esa condición ni yo se la niego a él, porque, en contra de lo que afirmas, ni el P-LIB ni yo mismo repartimos carnés de liberal. Pero sí tenemos derecho, como todo el mundo, como Ignacio o como tú mismo, a expresar qué nos parece etiquetable de liberal y qué no nos lo parece. Lo haremos todos desde nuestro particular punto de vista, naturalmente.

Y desde el punto de vista de nuestra formación política, decimos con toda naturalidad que, a nuestro juicio y por lo que se lee en su manifiesto, no es un partido liberal sino eminentemente conservador, y que se mueve en un terreno de ambivalencia para apelar a una parte de los liberales pero anteponiendo siempre los objetivos conservadores, patrióticos o moralistas.

Es que en todo el mundo lo normal es que los liberales y los conservadores tengan identidades, partidos e instituciones diferenciadas, y es tan impensable un partido que reúna a socialistas y liberales como uno que combine liberales y conservadores. Ese fenómeno, en cambio, se da en España a causa de diversos factores, pero sobre todo de la distorsión interesada del liberalismo por los conservadores. Los conservadores emplean “liberal” como eufemismo, para dulcificar su posición política. Los conservadores toman con pinzas del liberalismo cuatro cosas de economía, y aún esas las moderan mucho y las subordinan a otros valores y objetivos, por ejemplo de tipo nacional o místico.

Cuando menciono en el vídeo a Hayek lo hago con respeto a la letra y al espíritu de lo que escribió, no en un pasaje sacado de contexto, sino en su pequeña y magnífica obra “Por qué no soy conservador”, que tanto molesta, y con razón, a los conservadores que intentan hacerse pasar por liberales, sólo porque quieran bajar cuatro impuestos y desregular algo la constitución de empresas. En esa obra, Hayek dice cosas tan interesantes como las siguientes: “Conviene trazar una clara línea de separación entre la filosofía que propugno y la que tradicionalmente defienden los conservadores. Califico de liberal mi postura, que difiere en la misma medida del conservadurismo y del socialismo. (…) Se suele suponer que en la escala de izquierda y derecha los liberales ocupan el centro, pero es más exacto hablar de un triángulo, uno de cuyos vértices estaría ocupado por los conservadores mientras socialistas y liberales ocuparían los otros dos. (…) Lo típico del conservador es conceder siempre el máximo grado de confianza a la autoridad constituida y procurar invariablemente que su poder, lejos de debilitarse, se refuerce”. En su manifiesto, Vox habla precisamente de un Estado “fuerte” y le asigna además expresamente el papel de regular la economía, como recoges tú mismo en la tercera de las citas iniciales de tu artículo.

Prosigue Hayek: “El conservador generalmente no se opone a la arbitrariedad ni a la coacción estatales cuando se ejercen en pos de objetivos que él comparte”. En el caso de Vox, es claro que el objetivo principal es la recentralización en un Estado unitario que imponga en la sociedad los valores morales y la visión patriótica de los conservadores, y a ese objetivo subordina la libertad individual.

Dice Hayek más adelante que “la predisposición de los conservadores al nacionalismo es lo que con frecuencia les lleva a emprender la vía colectivista” y denuncia también que “en materia de creencias, lo que fundamentalmente distingue al liberal del conservador es que el primero, por profundas que sean sus convicciones religiosas, jamás pretenderá imponérselas coactivamente a los demás: lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse”. Por ello, critica Hayek, “los conservadores han aceptado gran parte del credo colectivista (…) siendo muchas instituciones colectivistas hasta motivo de orgullo para ellos. En estas circunstancias, el partido de la libertad no puede menos de sentirse radicalmente opuesto al conservadurismo, viéndose obligado a adoptar una actitud de franca rebeldía (…)”.

Al final, parece que lo que te molesta no es que nosotros repartamos carnés de liberal, cosa que no hacemos, sino que la visión conservadora no quepa en lo que todo el mundo entiende por liberal, desde la federación mundial que agrupa a los partidos políticos liberales hasta los principales pensadores reconocidos por todas las familias del liberalismo. Ahora va a resultar que Hayek no era liberal por su oposición razonada al conservadurismo, que Mises no lo era por su posición absolutamente lógica en materia territorial, que todos los partidos liberales del mundo son iliberales por sus posiciones morales o federalistas y en cambio Vox sí es liberal, que el P-LIB no es liberal porque no acepta el liberalismo de salón de quienes en la Transición fueron incapaces de crear y mantener hasta hoy un partido liberal como en otros países, dejando huérfanos a los liberales. Nada debemos los liberales de hoy a quienes pretendieron regalarle el liberalismo a los conservadores. Impugnamos esa donación ilegítima y reivindicamos los contenidos comúnmente aceptados del liberalismo. Y, sí, nos abrimos a un liberalismo que se renueve sin ceder al colectivismo, sino incorporando lo más sensato de evoluciones como la libertaria en política, la austriaca en economía o la objetivista en filosofía. No se nos ocurre decir que ese deba ser obligatoriamente el camino de todo liberal. Decimos que es el nuestro, y cuestionamos el camino que lleva a la hibridación del liberalismo con el conservadurismo, como también con la socialdemocracia, porque no nos parece ni ético ni útil para el avance de nuestras ideas.

Te ruego por último no hacer valoraciones tan injustas como “juego sucio”, etc., porque, sinceramente te lo digo, te equivocas al pensar que nos mueve a mis compañeros o a mí mismo otro interés que no sea el avance de la Libertad. Si quisiéramos jugar sucio en política, tratando de obtener escaños o concejalías o puestos… no estaríamos en un partido extraparlamentario ni nos dejaríamos la piel trabajando porque su voz se escuche. Estaríamos, tal vez, en alguno de los partidos del establishment o de los que aspiran ahora a incorporarse al mismo.

Muchas gracias por tu espacio y un saludo.

sep 23 2013

Renovarse o morir

Escribo estas líneas con la tristeza de ver cómo el Freie Demokratische Partei (FDP), el partido liberal de Alemania, queda excluido del Bundestag por vez primera en tres cuartos de siglo. A los liberales del resto del mundo, el FDP nos había acostumbrado a cruzar los dedos, a estar frecuentemente en vilo respecto a su continuidad en el parlamento. Pero después todo se arreglaba e incluso cuando el resultado era malo, la representación parlamentaria permanecía y, con ella, una frecuente capacidad de participar en la coalición de gobierno.

Muchos, sin embargo, advertíamos una y otra vez a nuestros amigos alemanes y, por extensión, a los demás partidos europeos representativos del liberalismo clásico, que a largo plazo había que hacer algo. Que esto no podía seguir así. Que el liberalismo políticamente organizado se nos estaba quedando antiguo. Que habíamos hecho demasiadas concesiones al colectivismo de los grandes partidos y habíamos reducido peligrosamente nuestra capacidad de proyectar una identidad diferenciada. Que el liberalismo europeo necesitaba urgentemente iniciar un proceso de aggiornamento, que era imperioso actualizar sus contenidos para ofrecer al electorado, no tanto una alternativa más del sistema como una alternativa de sistema, capaz de articular, frente al consenso socialdemócrata heredado de la posguerra mundial, una reforma política orientada a recuperar la libertad individual perdida. Y que para ello los partidos liberales tenían que volver a sus orígenes, desprenderse de toda hibridación con las otras corrientes ideológicas representadas en el arco parlamentario y emprender en soledad su propio camino de actualización, contando para ello con los aportes más viables y sensatos derivados del propio liberalismo, como el radicalismo italiano, el libertarismo norteamericano, la Escuela Austriaca en lo económico, el objetivismo en filosofía, etcétera. No se nos hizo demasiado caso.

En política, como en el mundo de la empresa, algunas decisiones que aseguran un objetivo a corto plazo pueden simultáneamente perjudicar los intereses a largo plazo o la misión misma de la organización. Lo que consigue pan para hoy puede provocar hambre mañana. No es fácil escapar de las inercias que mantienen un statu quo conformista, pero mantenerse eternamente en ellas puede ser un suicidio lento que, si bien aplaza el desastre, también lo hace cada vez más inevitable.

Lo que le ha ocurrido ayer al FDP tenía que pasar, y le puede pasar a otros partidos liberales europeos. Me da bastante pena ver lo sucedido, pero no puedo dejar de pensar que ellos se lo han buscado y que les está bien empleado por haber descafeinado su liberalismo hasta convertirlo en un insípido complemento. Para votar “al socio de Merkel”, uno se deja de bobadas y vota directamente a Merkel. El FDP no ha sido capaz de transmitir la idea de que no era el bastón de Merkel sino el freno a las posiciones más liberticidas de la CDU. Ahora, sin un FDP que la condicione, la CDU va a poder imponer su rancio conservadurismo social y al mismo tiempo va a carecer del ingrediente liberal en la acción de gobierno, lo que se dejará sentir en Exteriores y, especialmente, en Economía. El FDP era el factor esencial de la política económica de la coalición. Sin él, es probable que se produzca una paulatina deriva del gobierno alemán hacia posiciones mucho menos liberales.

Pero, al margen de lo que pase ahora con la política y la economía alemanas, duele pensar en el futuro del propio FDP y en el de la Fundación Friedrich Naumann, que durante décadas ha sido un faro mundial del liberalismo. Tuve el honor de trabajar en estrecha vinculación con la FNSt durante cinco años, al frente de la revista Perfiles Liberales, y siempre me pareció esencial su labor de conciencia crítica, que una y otra vez recordaba a los políticos del FDP la necesidad de ser más radicales y de actualizar el ideario. Muchos representantes de la fundación mantuvieron siempre posiciones liberales profundas, cuestionaron el estatalismo que se ha enseñoreado de Europa durante demasiado tiempo, y alentaron una visión más libertaria del programa liberal. Sin embargo, de un tiempo a esta parte parece como si nadie, ni siquiera la Fundación, hubiera sido capaz de influir en la deriva del FDP y provocar su renovación.

Ahora es el momento de pensar qué hacemos con el liberalismo europeo y mundial. ¿Seguimos situándolo en competencia suicida por el mismo espacio que hoy ocupan socialistas y conservadores a la vez, o nos decidimos por fin a ocupar un espacio alternativo al de ambos? ¿Seguimos proyectando la imagen de un liberalismo acomodado al establishment, consustancial al sistema, apenas reformista y nada rupturista, integrado sin más en la socialdemocracia transpartita que cubre todo el arco parlamentario, o nos atrevemos por fin a tomar, en todos los países donde el liberalismo tiene presencia, la ruta de regreso desde el colectivismo, el rumbo inverso al camino de servidumbre del que Hayek nos había alertado? Es mucho lo que los liberales clásicos han aportado a la libertad durante las décadas del consenso socialdemócrata, incluso desde las posiciones tan tibias y claudicantes que siempre han mantenido. Pero eso ya no sirve. Ese modelo está agotado. Es el momento de un liberalismo diferente al de los últimos cincuenta o sesenta años, un liberalismo ilusionante, alternativo, pacíficamente antisistema, orientado a desmontar sensata y paulatinamente el Hiperestado en vez de apuntalarlo. Y ese otro liberalismo, ese liberalismo mucho más libertario, ese liberalismo del siglo XXI, no puede parecerse al FDP que ayer se hundió. Tiene que mirar en otra dirección y tomar otros referentes, ser la voz del individuo y actuar en las instituciones para frenar y revertir la proliferación estatal.

Ojalá del desastre alemán, una vez digerida la tristeza, todo el liberalismo clásico europeo saque la conclusión lógica de que la renovación ya es inaplazable. En nuestro continente hay grandes partidos liberales, muchos de ellos determinantes en sus países. Es esencial que apliquen aquello de las barbas del vecino. De no hacerlo, el FDP sólo habrá sido la primera ficha del dominó. Pero si nos decidimos a agarrar el toro por los cuernos, podemos recuperar el terreno perdido. La socialdemocracia transpartita, el Estado paternalista y confiscatorio, tiene los días contados en términos históricos porque es insostenible y va a colapsar como lo hizo el socialismo real al otro lado del Telón de Acero. O los liberales clásicos caen con el resto del sistema cuando llegue ese momento, o reaccionan de una vez, recuperan su esencia y se sitúan directamente en frente de este sistema fallido. En España, los liberales clásicos y los liberales libertarios que conformamos el P-LIB somos aún extraparlamentarios, pero trabajamos decididamente en esa dirección.

ago 27 2013

La eterna cortina de humo ya no cuela

El 14 de julio saltaron a la portada de El Mundo los eseemeeses que habían intercambiado el presidente del gobierno y su ex amiguito del alma Luis Bárcenas, y, claro, lo primero que se me pasó por la cabeza fue “esto ya sí que es definitivo: o dimite o saca Gibraltar”. Y sacó Gibraltar, porque dimitir, lo que se dice dimitir, aquí no dimite nadie por “simples” causas políticas, excepción hecha de Adolfo Suárez (al duque lo que es del duque). ¿Dimitir? Anda ya: aquí las causas tienen que ser judiciales y haber sentencia firme. Mientras eso no ocurra, venga super glue a la poltrona, y la cara bien alta. Tan alta como dura.

Gibraltar es para los políticos españoles, sobre todo para los conservadores, como el comodín del público o el de la llamada o cualquier otro asidero televisivo. En el videojuego de nuestra política-plasma, recurrir al escudo-peñón es una potente defensa, pero también es arriesgada.

Es un parapeto firme —como una roca, precisamente— porque reaviva la producción de adrenalina patriótica en las masas anuentes, excitando su proactividad en la defensa del político en cuestión, a cualquier precio y haya hecho lo que haya hecho. Ante la mera mención de la colonia, a nuestros conservatas se les encrespa el vello, se les nubla la vista y comienza a latirles una venilla que amenaza trombosis. Es mano de santo, oiga. Cegados por la santa indignación del que se siente vejado, igual les da ocho que ochenta y todo les vale. Entre el Pirineo y La Línea no existe cortina de humo más efectiva que sacar Gibraltar.

Pero es también una defensa arriesgada porque, por supuesto, quienes la emplean saben que no va a ninguna parte, y que por lo tanto tendrán que lidiar después con el desinfle de su legión de conquistadores dispuestos a saltar la verja gibraltareña, como los rocieros pero con mala leche. Y con esta nueva andanada al peñón se ha visto, encima, que los españoles de hoy ya no son los que se congregaban ante los consulados británicos con bocatas de chope de la Falange: la mayoría se ha mostrado entre escéptica y contraria, por lo que el tiro, en gran medida, le ha salido por la culata a García-Margallo y habrá roto algún cristal del vetusto Palacio de Santa Cruz. Además, es arriesgada también por todos los intereses prácticos españoles que se ven perjudicados por el camino, desde la seguridad política de ceutíes y melillenses hasta la previsible bofetada europea o internacional, y desde nuestros trabajadores transfronterizos hasta la imagen exterior, que retrocede décadas para recuperar ante nuestros atónitos socios del Norte el Spain is different más estesopajares y cañí. “¿Cómo, otra vez los españoles con esto?”, se preguntan en pleno facepalm los europeos mientras afloran de golpe todos los clichés que tanto nos había costado sacudirnos sobre nuestro exceso de orgullo y demás.

Qué mal tiene que estar Rajoy para haber recurrido a enrocarse con lo de Gibraltar. Pero qué mal. Transformado en Rajoy el ultrajado, o Ultrajoy, ha pretendido agrupar en torno suyo a las masas para, como un Galtieri cualquiera, como un Hassán II martillo de saharauis, liarla tan parda ahí abajo como para que “lo suyo” pase a segundo plano. Tan mal está como para haber sacado uno tras otro todos los agravios habituales y todos los topicazos de rigor sobre Gibraltar, estirando la soflama durante todo un tórrido agosto. Porque se empezó con lo del arrecife artificial y se ha seguido con todo: que si el tabaco, que si el paraíso fiscal, que si las aguas, que si el espigón, que si hay tráfico de esto o de lo otro, que si la soberanía, que si los yanitos son Satanás enfurecido…

Es que la cortina de humo gibraltareña no es sólo tupida, sino milagrosamente flexible, cual burbuja de chicle. ¡Sólo ha faltado convocar a las huestes a una Marcha Verde, y en parte se ha hecho un amago con barcos pesqueros! Pero las burbujas al final estallan, y ya puede tener cuidado el gobierno porque se está pasando de la raya (o de La Línea) y esas peticiones de amparo bruselense o neoyorquino, o de La Haya… ejem, lo más probable es que se sustancien en un severo batacazo que se cargue el juguete, y entonces a ver qué hacemos en el futuro, sin el arma de distracción masiva llamada Gibraltar y con la cuestión definitivamente cerrada en contra de la posición oficial à la Serbia que aún mantiene para nuestra vergüenza Exteriores: una reivindicación territorial tan obsoleta y rancia como el propio estatus colonial, y cada vez menos sentida por los españoles educados en democracia, que lógicamente ya no aceptan la integración forzosa de treinta mil personas y de su territorio contra su expresa y unánime voluntad. No tenemos bastante follón interno como para incorporar encima, a las malas, un territorio con el 100% de la población en contra y decidida a la secesión. De locos.

Urge sustituir ya este absurdo contencioso por una emancipación política destinada a normalizar Gibraltar como un territorio similar a Jersey, a la Isla de Man o incluso a Mónaco o Liechtenstein. Que se nos dé la razón “histórica” (para nuestros carcas la perra gorda), que ondee diez minutos la rojigualda durante la ceremonia de constitución del nuevo sujeto de Derecho internacional, para sollozante orgasmo patriótico de los conservadores… y que después Gibraltar sea a España lo que San Marino es a Italia. Y que podamos coexistir con ese microestado igual que hacemos con Andorra, desde la buena vecindad y el respeto mutuo. Serán más felices los yanitos, estarán mejor defendidos nuestros intereses prácticos en la zona, y no le daremos renovados argumentos al anexionismo marroquí.

Y mientras tanto, Mariano… que sepas que no cuela. Al menos para los liberales. Que la extrema gravedad del caso Bárcenas va a recuperar toda la atención de forma inmediata. Que estás haciendo piruetas al borde mismo del precipicio. Que eres un político zombi. Que ni un solo primer ministro europeo seguiría aferrado al sillón en una situación equivalente, con las vergüenzas claramente al descubierto. Que resulta ya bochornoso tener de presidente del gobierno a alguien que cuando no se esconde, miente, y que, de forma ya reconocida por el PP, se ha gastado el dinero de los contribuyentes (subvenciones al partido) en sueldos elevadísimos por no trabajar, o sea por callarse. Que para estar en La Moncloa no basta resucitar viejas batallitas eludiendo así dar la cara, esa cara tan alta y tan dura.

jun 16 2013

En economía, PP y PSOE apenas difieren

Publicado en el diario La Gaceta de los Negocios el 15 de junio de 2013.
Sección “El debate del sábado”.

Pregunta formulada por el diario:
¿Son compatibles las políticas económicas de PSOE y PP?

Respuesta:

La Gaceta de los Negocios 15-03-20131. Sí, porque ambos son en el fondo socialdemócratas.  Los dos grandes partidos, a los que tanto gusta llamarse “sistémicos”, troncales a la democracia, responden por igual a lo que los politólogos denominan consenso socialdemócrata. Ese consenso, implantado en Europa occidental en los cincuenta, y asumido aquí desde la Transición, iguala a los gobiernos más allá de su color político formal. El Nobel de Economía liberal Friedrich von Hayek ya lo había advertido cuanto dedicó “a los socialistas de todos los partidos” su obra maestra Camino a la servidumbre.

2. Sí, porque ambos fomentan el Hiperestado. En el fondo, PP y PSOE apenas difieren en su política económica. La socialdemocracia transpartita que ambos representan mantiene un Estado del bienestar que, en realidad, es el bienestar del Estado y de sus gestores. El ciudadano medio ya trabaja 184 días al año para costearlo. Rajoy ha subido los impuestos treinta veces en dieciséis meses. Populares y socialistas sostienen este enorme Hiperestado porque les da dinero y poder.

3. Sí, porque ambos anhelan una nueva burbuja. PP y PSOE fueron los coautores del falso milagro español, que en realidad sólo fue la combinación de dos factores: las ingentes transferencias de capital de los contribuyentes nordeuropeos y las burbujas infladas sucesiva y deliberadamente desde el poder político. Ahora, ambos suplican a Europa una nueva burbuja que engulla los restos del estallido de la burbuja anterior. Pan para hoy, deuda para mañana.

4. Sí, porque ambos necesitan recuperar posiciones. Está en mínimos históricos la intención de voto a las dos viejas marcas electorales del partido único socialdemócrata que, en realidad, nos gobierna desde 1982. Ante esto, el establishment inventa nuevas opciones de laboratorio para encauzar el descontento, siempre con viejas glorias del propio sistema. Pero no basta porque la desafección ya es extrema. A PP y PSOE les urge recuperar apoyo, y ahora les conviene presumir de sacrificio y visión “de Estado”.

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