abr 06 2015

El día después de la socialdemocracia

En 1944, el economista Friedrich August von Hayek dedicó “a los socialistas de todos los partidos” su conocida obra Camino de servidumbre. Fue a la vez una constatación y un pronóstico, porque en las décadas siguientes se acentuó a este lado del Telón de Acero la coincidencia de las principales fuerzas políticas en torno a una socialdemocracia amplia, se llamara como se llamara cada partido. Ya en los ochenta, Ralf Dahrendorf acuñó el término “consenso socialdemócrata” para referirse al marco general de la política europea. Hoy cabe preguntarse si el modelo de socialdemocracia generalizada y transpartita sigue vigente.

A los europeos se nos vendió como el colmo de lo moderno y sofisticado un sistema de altísimos impuestos y de profunda injerencia del Estado en la sociedad, en la cultura y por supuesto en la economía. Las sociedades europeas se hicieron adictas al gran hermano omnipresente y omnipotente, que se rebautizó como Estado-providencia o Estado del Bienestar, porque su misión ya no era proteger la libertad, la propiedad y el orden público sino “proveer bienestar” como si dispusiera de un cuerno de la abundancia.

Pero, tras el final de la Guerra Fría, el paraíso terrenal de Olof Palme se fue revelando poco a poco como una ficción insostenible. Amortizado, al menos en el terreno práctico, el conflicto entre un marco de libertades y otro de socialismo “real”, desaparecía una de las justificaciones del modelo socialdemócrata europeo, esa supuesta posición intermedia entre la economía de Moscú y la de Washington. A finales de los noventa y principios del nuevo siglo, los países nórdicos, donde la socialdemocracia se había llevado al extremo, fueron renunciando a ella con reformas muy profundas. Esa noticia no parece haber llegado a los colectivistas españoles, pues siguen repitiendo machaconamente sus cantos al ejemplo sueco liquidado hace tanto tiempo. Si Suecia tuvo que desandar lo andado fue porque, como adelantada que era en la senda socialdemócrata, fue también la primera en comprender que el final de ese camino era un callejón sin salida.

Dos son los grandes problemas que hoy amenazan de muerte al sistema. Uno es cultural y el otro es económico. El primero es el cambio cultural que cabe esperar del fortísimo empoderamiento del individuo por las nuevas tecnologías. La socialdemocracia se justificaba en gran medida por la supuesta necesidad de poner en común los recursos y escoger políticos que los emplearan de manera justa y eficiente. Era la lógica de la escasez, y de unas sociedades organizadas en redes descentralizadas para gestionarla. Pero hoy vivimos en una sociedad global organizada en red distribuida para gestionar lo contrario: la abundancia, es decir, la multiplicidad y la simultaneidad de datos, opciones, información, conocimiento. En esta realidad, los nodos de paso obligatorio propios de la vieja red van disolviéndose, y muchas decisiones que antes eran necesariamente colectivas pueden individualizarse. El individuo recupera la capacidad de tomar sus propias decisiones, compatibles con las que otras personas tomen en direcciones distintas. Ya no “hace falta” que los políticos y funcionarios decidan por todos un camino común. La solidaridad con el necesitado, la eterna excusa, tampoco se sostiene ya: en la medida en que deba garantizarla el Estado, se puede resolver mediante mera compensación financiera (cheque escolar o sanitario, fondo de aporte a la capitalización privada para la vejez, etcétera). La gente intuye con razón que una porción enorme del aparato estatal carece ya de justificación en el paradigma social y cultural derivado de la tecnología actual, y que si continúa proliferando es para beneficio de la casta política y de sus beneficiarios directos, no del resto de la sociedad.

El segundo problema, el otro gran boquete en la línea de flotación de la socialdemocracia, es la insostenibilidad económica. El juego keynesiano de una economía-deuda distorsionada por el Estado tiene los días contados. La sociedad está descubriendo que la ciclotimia económica de supuestos booms y dramáticas recesiones es una progresión geométrica, y que cuestionarla no es un capricho agorero de los economistas de la Escuela Austriaca. Esta crisis ha sido muy dura, y es razonable preguntarse cómo será la siguiente si volvemos a incurrir en un nuevo auge artificial, en otra belle époque como la de las décadas anteriores. Aunque muchos adictos al sistema, de los más diversos colores políticos, coinciden en exigir la inducción estatal del mismo error, son cada vez más quienes comprenden ya que la próxima caída puede ser letal, y que es necesario salir de la dinámica de ciclos. Lo que está en cuestión es la legitimidad misma del endeudamiento permanente y de la manipulación monetaria, consustanciales al paradigma socialdemócrata.

El fin de la socialdemocracia se olfatea en la calle y se descuenta en la academia. Las élites estatistas intentan frenarlo a cualquier precio. Aquí y en otros países surgen partidos nuevos para sustituir a los más vetustos y disfrazar la socialdemocracia agonizante con un nuevo look más moderno. Pero al final, el consenso estatista es incapaz de seguir poniendo tiritas a sus grietas. Y el día después de la socialdemocracia, sólo habrá dos opciones: o regresar a modelos aún más colectivistas, remozando ideologías que ya tuvieron su oportunidad y terminaron en los libros de historia, o, por el contrario, emprender con resolución el camino libertario, el camino de vuelta desde la servidumbre que Hayek denunció.

Artículo publicado en el diario Vozpópuli el 23 de marzo de 2015

 

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mar 06 2015

La nueva reina del baile atrapatodo

En ciencia política se denomina partidos atrapatodo (“catch-all parties”) a las formaciones políticas que mediante posiciones vagas y generalistas, o incluso contradictorias, intentan seducir indiscriminadamente a todos los electores posibles.

El reino de los catch-all

Las características de un partido atrapatodo son fundamentalmente tres:

a) Aspiran a ser movimientos de amplia base social y para ello optan deliberadamente por una identidad política muy vaga, aplazando todo lo posible la concreción programática para que casi cualquier ciudadano pueda sentirse más o menos cómodo como votante o incluso como afiliado.

b)  Se presentan como transversales en cuanto a los factores de origen y cohesión que habitualmente nutren los partidos tradicionales (la extracción socioeconómica, las creencias religiosas, la identidad etnocultural, etc.). Pero esto no responde a una razonada visión pluralista-liberal de la sociedad, pues carecen en general de tales profundidades, sino a la mera necesidad estratégica.

c) En consonancia con lo anterior, procuran ocupar, en el imaginario dominante (por ejemplo en la manida y obsoleta escala de izquierdas y derechas), un espacio de intersección entre los partidos previamente afianzados, calculando posiciones que resulten lo suficientemente distintas de estos para presentarse como innovadores y modernos, pero lo suficientemente similares para aparecer como moderados, sensatos, votables, pues aspiran a sustituir a esos partidos, no a cambiar el rumbo general de la política. De hecho, son tan centrales como el que más al mainstream del momento, al statu quo ideológico imperante.

El truco funciona al principio, cuando el descontento respecto a los partidos preexistentes, desgastados por la corrupción, por la ineficiencia, por los incumplimientos electorales, por factores exógenos como la crisis, o simplemente por el paso del tiempo, catapulta a la representación a estas nuevas agrupaciones, que siempre se presentan como alternativas más limpias, abiertas, dialogantes, modernas, horizontales y regeneracionistas. El problema viene cuando alcanzan posiciones de tercera o cuarta fuerza política y ya no tienen más remedio que posicionarse ante las cuestiones políticas concretas, o bien tienen que escoger (o permitir por omisión) que gobierne uno u otro de sus rivales convencionales. Y el problema es aún mayor cuando “tocan poder”. Es habitual el abrazo del oso: el gran partido vecino, ya sea conservador o socialista, se apresta a coaligarse y le entrega regalos envenenados de difícil gestión (sobre todo por políticos nuevos e inexpertos) para que fracase, o le da cargos resonantes pero sin el poder real necesario. Es de libro la operación de ósmosis del PP sobre el CDS, al que entregó nada menos que la alcaldía de Madrid pese a que el partido suarista apenas disponía de ocho concejales. Fue el principio del fin de ese partido. En otros casos, simplemente, la ingenuidad y el crecimiento apresurado de los catch-all les llevan a colocar en posiciones elegibles, y a la postre en puestos de gobierno, a personas inadecuadas o incluso deshonestas.

Estos partidos desvían el foco de sus propuestas políticas y ponen el acento en su talante y su look. Se les acusa con frecuencia, y no sin razón, de ser operaciones artificiales, de laboratorio, con un marketing tan cuidado como descuidada está su definición ideológica y su producción programática de alternativas y soluciones concretas a los problemas. No resulta sorprendente que Ciudadanos, un partido con tantos años ya de existencia, sólo ahora presente su programa económico, y haya tenido que remover Roma con Santiago para encontrar un economista que se lo cocine calculando con extremo cuidado su redacción de manera que parezca novedoso y sofisticado, pero que a la vez se sitúe en el mainstream económico; para que aparente dar soluciones pro-business de remoto aroma liberal pero pretenda a la vez mantener intacto el edificio enfermo del Estado del bienestar; para que, en definitiva, contente a muy diversos públicos internos y externos o genere la mínima fricción posible con cada uno de ellos.

Desde los años setenta del siglo pasado se observa en Europa una paulatina adopción de características catch-all por parte de los grandes partidos socialdemócratas y democristianos/conservadores, sobre todo en época preelectoral. Al mismo tiempo, los catch-all puros tampoco lo son ya tanto. Por ejemplo, UPyD, que empezó con altos niveles de transversalismo, se ha ido posicionando con cada vez mayor claridad como un partido específicamente socialdemócrata. Poco o nada queda ya de las viejas veleidades social-liberales de la formación magenta, más allá del papelón que se le asignó al pobre Vargas Llosa. Esta difuminación de las fronteras entre los partidos tradicionales y los catch-all es sintomática del agotamiento del paradigma político actual en su conjunto: ese consenso socialdemócrata que hemos heredado de la segunda posguerra mundial y que consiste en un hiper-Estado que distorsiona la economía para repartir riqueza inexistente, creando una apariencia de prosperidad basada en el endeudamiento temerario. Ese modelo choca además con el vertiginoso empoderamiento del individuo a causa de la revolución tecnológica, que hace cada vez menos necesaria y más insidiosa la función del Estado como intermediario de las relaciones sociales.

Ciudadanos es más de lo mismo

En un contexto así, en el que lo necesario es repensar el Estado para contener su proliferación y racionalizar las funciones que aún deba desempeñar en esta fase de nuestra evolución, resulta paradójico que la práctica totalidad de las formaciones políticas destinadas a encauzar el descontento sean, o bien neototalitarias de uno u otro signo, o bien catch-alls buenistas que trazan alambicadas piruetas intelectuales para convencernos de que otra socialdemocracia es posible. Y de que es sostenible. Y de que todo es una cuestión técnica, no política. Y de que las bases profundas del sistema de estos últimos sesenta años (cuarenta en la Península Ibérica) no son siquiera discutibles. Albert Rivera, en una reciente entrevista, presumía de su eclecticismo. Esa opción intelectual sólo es válida si a renglón seguido se explica de forma creíble qué se toma de cada sitio y cómo se hace compatible. No vale decir que toma lo mejor de cada ideología y quedarse tan ancho, porque a estas alturas en política —y sobre todo en la política mainstream— está todo inventado y a Frankenstein se le ve el plumero a muchas millas. Una de las cosas que desde luego están inventadas y no son nuevas en absoluto, es llegar al poder con inconcreciones y luego hacer con él cosas que no iban en el programa, o dejar de aplicar las que sí iban. El regeneracionismo esgrimido para llegar al poder, pronto se transforma en un amplio cheque en blanco para aplicar cualquier política, en función de las alianzas que en cada momento y lugar resulten necesarias para mantener la silla.

Ciudadanos es el partido de moda. Los medios de izquierda lo publicitan porque perciben que le quita más votos al PP. Y los medios tradicionalmente próximos al PP pero enfadados con él por su política de los últimos años, lo apoyan también porque no encuentran otra cosa (a Vox lo ven con razón excesivamente conservador e incapaz de llegar a posiciones de poder con la inmediatez que estos señores requieren). La operación de Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, tras descartar a PP, UPyD y Vox, pasa ahora por intervenir de urgencia al partido de Albert Rivera en el quirófano para intentar extirparle su más que asentada base socialdemócrata, o reducirla. Para ello Ciudadanos ya no habla tanto como antes de socialdemocracia (pobre Jordi Cañas) y se ha unido al grupo liberal del Parlamento Europeo —el acogedor cajón de sastre de Guy Verhofstadt donde cabe absolutamente cualquiera y donde ya conviven en amor y compañía UPyD, C’s, CDC y PNV—. Pero el remache de la operación lo hemos visto con la presentación del programa económico de Luis Garicano.

El programa socialdemócrata de Luis Garicano

Las medidas económicas que Ciudadanos presentó hace unas semanas a bombo y platillo como sublimación de lo moderno, de lo técnico y de lo sofisticado, son, en realidad, más de lo mismo. Aparte de costar una fortuna y de no aflojar apenas el estrangulamiento estatal de la economía, son medidas orientadas a cuadrar el círculo del fallido Estado del bienestar, es decir, a hacer con otro estilo y con mínimas variaciones, lo mismo que ofrecen los demás partidos.

Ciudadanos esboza con extraordinaria tibieza una minúscula “mochila austriaca”, que, si se aplicara en su plenitud y como sustitución del actual sistema previsional en materia de desempleo, sería una gran medida liberal de transición hacia la libertad económica, como el cambio de sistema de pensiones para pasar a uno basado en la capitalización individualizada. Pero un 1% de “mochila” no sirve absolutamente para nada, y encima no se acompaña de la reducción drástica de las cotizaciones sociales que hoy necesitamos para generar empleo. ¿Por qué tanto miedo a desmontar la previsión colectivizada y pasar a una “mochila” plena?

Ciudadanos habla de cincuenta euros al mes como cuota de autónomos, que comparados con el expolio actual parecen poco, pero siguen siendo doce veces lo que se les cobra en Holanda. En realidad, la cuota cero de otros países europeos, con una tributación proporcional a partir del segundo año, parece mucho más acorde con la realidad de terrible destrucción de empresas y de actividad ecónomica que padecemos. El trabajo autónomo es además un entorno idóneo para que los principales servicios y la previsión pasen íntegramente al sector privado (lo que generará claridad sobre los mismos y el deseo del resto de los trabajadores de acceder al mismo marco), con las condiciones de flexibilidad y excelencia que sólo la libre competencia asegura, pero Ciudadanos pasa de puntillas sobre esa cuestión.

Ciudadanos habla de bajar el IRPF hasta un tipo marginal del 40%, que sigue siendo un atraco a mano armada, profundamente desincentivador, y lo hace porque no entra en sus planes devolver a la sociedad civil los servicios que hoy acapara el Estado. Al contrario, Ciudadanos mantiene en su programa el carácter público de los mismos, como hace el resto de la casta socialdemócrata a la que Albert Rivera aspira a incorporarse.

Y Ciudadanos, sobre todo, se ha convertido gracias a Garicano en el partido del sobresueldo estatal. El pomposo “Complemento Salarial Anual Garantizado” es probablemente la peor idea económica de este partido socialdemócrata que Pedrojota y Federico se empeñan en hacer pasar por liberal. El problema no es el coste de la medida, aunque sea muy elevado. El problema es el precedente. El gravísimo riesgo de esta medida es convertir en normal el hecho antieconómico y casi diría antijurídico de que el Estado, con el dinero de los demás contribuyentes, pague a parte de los ciudadanos una parte de su salario. Este complemento, como toda medida intervencionista, comienza de buena fe y con promesas de autolimitación, pero abre una alarmante caja de Pandora. Si hoy se da un complemento pequeño a un cinco por ciento de la población, ¿cómo no suponer que el Estado, esa bola de nieve, no terminará años después pagando sobresueldos al veinte por ciento, o a la mitad, o una base a todos los trabajadores? Esta medida no es muy distinta de la Renta Básica Universal (RBU) que proponen otros partidos colectivistas. La única diferencia es que la RBU se da indiscriminadamente a trabajadores y no trabajadores, y el sobresueldo de Garicano va sólo a los primeros. Es decir, la RBU tiende a subvencionar la desocupación mientras el complemento de Ciudadanos tiende a subvencionar ocupación artificial.

El objetivo de eliminar desempleo no se debe perseguir asumiendo costes que corresponden a los empresarios. Lo que ofrece Garicano es pagarle a las empresas, con el dinero de todos, una parte de los sueldos de su personal de perfil más bajo. Eso es regar con dinero la economía desde el Estado, y recuerda al Plan E de Zapatero, esta vez por la vía salarial. Recuerda también a la subvención del alquiler a los jóvenes con trescientos euros, cuyo efecto lógico fue que los alquileres subieran trescientos euros. En este caso, se incentiva a los trabajadores a devaluar su trabajo, porque ya completará Garicano la parte que la empresa no les pague. Una aplicación quirúrgica y excepcional de esta medida no serviría de mucho, y sí abriría la puerta a la consolidación del mecanismo y a su futura proliferación. Si lo que se busca es que surja empleo, lo que hay que hacer es dejar a la gente trabajar y contratar. Para ello hay que eliminar las trabas de la negociación colectiva forzosa y acabar con toda forma de salario mínimo, pues condena al paro a todo aquel que no alcanza a producir por valor del monto marcado oficialmente. Con las cifras insoportables de paro que hoy tenemos como consecuencia de las décadas de socialdemocracia de PP y PSOE, lo urgente es generar emprendimiento y que éste se traduzca en autoempleo y en contratación.

A fecha de hoy, el ideario de Ciudadanos sigue afirmando hibridar “liberalismo progresista y socialismo democrático”, como si tal cosa fuera posible, y en las propuestas no económicas tampoco aporta novedad. No se destaca precisamente por propuestas de disminución del estatismo, ni de devolución de los servicios a la sociedad civil ni de la toma de decisiones a los individuos. Incurre además en posiciones bastante nacionalistas (centrípetas). En definitiva, no estamos ante una socialdemocracia más moderna o novedosa, sino ante un maquillaje más actual para prolongar el mismo consenso socialdemócrata que denunció ya hace mucho tiempo Ralf Dahrendorf. Es un ejercicio parecido al de la Tercera Vía de Tony Blair, de hace ya un par de décadas.

Pulpo no es animal de compañía

Me parece lógico que los socialdemócratas quieran reinventarse, y que si sus viejos partidos ya no sirven, los sustituyan. Es normal que la serpiente mude su piel, y que bajo el pellejo reseco del PPSOE surja la piel joven, aún reluciente, de nuevos partidos como Ciudadanos que aspiren a hacerse con una posición central en el mainstream estatista. Lo que no me resulta comprensible es que algunos pretendan homologar a Ciudadanos como una opción idónea para el electorado liberal, con un apasionamiento digno de mejor causa: el mismo que durante estas décadas han ido aplicando a la UCD, al PP, al CDS, al PRD (“operación Roca”), a UPyD, a Vox y a algunos partidos de ámbito autonómico. Es que ya está bien de aplazar eternamente el momento de presentar las ideas de la Libertad de frente, sin ocultamiento ni complejos, y apostar por convencer a un nicho suficiente del electorado, en lugar de pretender seducir con engaño a un segmento mayor del mismo. Ya está bien de maquiavelismos heredados de la cultura de la Transición. Nuestras ideas merecen la oportunidad que sistemáticamente les niegan quienes dicen albergarlas, que son a la postre sus peores enemigos, prestos siempre al mal menor, a la operación rocambolesca, al quintacolumnismo de salón. Nuestras ideas son lo más importante que tenemos, y es un error hibridarlas o esconderlas. Ni hemos de avergonzarnos de ellas ni debemos flaquear en su defensa, porque además de cobarde es ineficaz.

Cuarenta años llevan los LiBos subidos a la chepa de unos y otros partidos colectivistas, y cuarenta años llevan estrellándose contra la realidad y relegando nuestras ideas a posiciones mucho peores que las logradas en otros países. Ahora la nueva apuesta es por un partido aún más socialdemócrata que los anteriormente ungidos por los LiBos mediáticos. No cuela. No sirve. Puedo entender que no apoyen al P-LIB si no les convence por el motivo que sea, pero no les perdono que, en ese caso, no apuesten con claridad por el surgimiento de otro partido cimentado sobre las ideas de la Libertad. Es lamentable que en vez de eso propongan una y otra vez, alternativas derrotistas. Promueven cualquier cosa antes que el largo y honrado camino de la construcción política basada en nuestras ideas, y así van pasando los años y las décadas y, lejos de hacer que nuestras ideas avancen, las van sepultando en el nefasto consenso de nuestros adversarios. Hoy nos proponen la próxima decepción, encumbran al próximo ídolo con pies de barro, hacen el juego por enésima vez al establishment estatista para que de nuevo cambie de collares a los mismos perros de siempre. España podría estar por una vez a la vanguardia e ir preparándose para el inevitable cambio de paradigma que habrá de suceder en las próximas décadas al fin de la socialdemocracia, cuando la centralidad política será mucho más próxima a nuestra visión; pero quienes deberían impulsar ese rumbo no tienen la valentía de hacerlo.

No, ni los cefalópodos son mascotas ni los catch-all son homologables para quienes de verdad trabajamos por sustituir el paradigma político actual por un modelo de mínimo Estado y máxima Libertad.

mar 05 2015

El orden político de Pablo Iglesias

Hace unos meses, Podemos y otras organizaciones celebraron unas jornadas cuyo título expresaba fielmente el mito político en el que se basa todo su discurso. Se titulaban “Gobernar obedeciendo”, y expresaban así la lógica de una organización social en la que el intermediario partido político prácticamente se desvanece y minimiza, y los ciudadanos son quienes toman las decisiones, que después los concejales o diputados se limitan a ejecutar. Caramba, expresado así parecería entroncar con el liberalismo político clásico, con la idea de que los gobernantes son meros ejecutores de la voluntad soberana de los gobernados. Lamentablemente, ese mito se disuelve como un azucarillo al analizar su articulación. El sistema de “circulos” de Podemos, el asamblearismo que sus impulsores iniciaron mucho antes de entrar en la arena electoral, ya desde el 15-M que se inició en Sol pero siguió en los barrios, y su desdén por esas asociaciones civiles privadas que llamamos partidos políticos, coinciden al milímetro con modelos teóricos de organización de la sociedad tan diversos como la Libia de Gaddafi, la Yugoslavia de Tito, la América Latina “bolivariana” o incluso la democracia orgánica de regímenes como el portugués o el español en la segunda mitad del siglo pasado. En general, esa ordenación pretendidamente asamblearia de la política se asemeja a la que, al menos teóricamente, establecen los sistemas de partido único (de cualquier color) que aspiran a una organización total de la sociedad, y a los que por ello se llama totalitarios.

A grandes rasgos, consiste en sustituir la elección de decisores por la codecisión en asambleas supuestamente libres. Es inevitable articular entonces una jerarquía de asambleas de mayor o menor ámbito territorial, ya que no puede hacerse una asamblea de millones de personas. Y aparecen también, entonces, sistemas de designación de representantes de las asambleas de nivel bajo en las del nivel siguiente, hasta culminar en una asamblea suprema. En ruso, asamblea se dice soviet, y la asamblea suprema es el soviet supremo. En el sistema capilar del franquismo español, la peculiaridad era la designación sectorial de los delegados por tercios (sindical, familiar y municipal) en virtud de los mitos del régimen. Un sistema capilar asambleario como el de Podemos y otros movimientos de izquierda no es más legitimador que la elección directa del poder ejecutivo (presidencialismo) o del cuerpo de tomadores de las decisiones legislativas (parlamentarismo). Es simplemente otra forma de delegación del poder individual en organismos colectivos, y no es precisamente más moderna ni se adapta mejor a la realidad tecno-cultural de hoy, ni resiste mejor la tendencia a la concentración de poder o a la corrupción. La democracia representativa actual adolece de una enorme falta de control ciudadano, porque se otorga un cheque en blanco a los representantes, pero la democracia asamblearia de círculos concéntricos culmina en el pequeño círculo central supremo: la camarilla, el presidium del soviet supremo, la nueva casta.

Puedo creer en la buena fe de miles de seguidores de Pablo Iglesias, que creen estar impulsando un sistema más fielmente representativo de la voluntad ciudadana, pero no creo en las intenciones profundas de los dirigentes de Podemos porque, precisamente, son expertos politólogos y saben perfectamente a qué conduce una jerarquía capilar de asambleas populares. Todo el que haya vivido una asamblea de facultad sabe a qué me refiero: al bullying político de los ortodoxos —los apparatchiks conectados con el núcleo de poder auténtico—, y a la milimétrica organización de la casta asamblearia para situar estratégicamente a sus dirigentes y controlar los procesos. Un sistema estatal gestionado de esta manera asfixia a los individuos y pronto deja de responder a la lógica de poder ascendente desde las asambleas de nivel local hasta la cúspide. La polaridad se invierte inevitablemente, y esa red jerarquizada, apenas descentralizada, de círculos, asambleas o como se denominen pronto termina sirviendo a la distribución de instrucciones y consignas desde el poder supremo hacia abajo.

Hay una alternativa tanto a la evidente obsolescencia del sistema actual como a la involución que acarrearía el sistema retrógrado de los Errejón, Monedero y demás ingenieros sociales y políticos de Podemos. Y es sencilla. Consiste en salir del sistema actual de oligarquía política revestida de democracia, pero para emprender el camino opuesto al de Podemos: no alambicar aún más la organización política de la sociedad, sino simplificarla. No sustituir la democracia representativa por la asamblearia, sino preocuparse fundamentalmente de devolver las decisiones a las personas, a cada individuo. Si se emprende con decisión esa vía, al final poco importará que la organización de la política sea una u otra, porque su incidencia sobre nuestras vidas será mucho menor y mucho más soportable.

En la lógica de la escasez, desde una perspectiva demócrata, era muy razonable poner el acento en la exigencia de coparticipación, porque no había más remedio que tomar colectivamente muchas decisiones y no podía permitirse que las adoptara una camarilla, una casta. Pero en la lógica de la abundancia (coexistencia de opciones personales divergentes), lo razonable es exigir sobre todo la libertad de tomar autónomamente las decisiones propias. Y sí, por supuesto que sigue siendo importante que, en un Estado reducido a su mínima expresión viable, las decisiones políticas —las pocas decisiones que aún siga siendo necesario tomar en común— estén realmente legitimadas, que las más relevantes se sometan al refrendo del electorado, y que los ciudadanos puedan participar en el proceso político. Pero todo eso importa ya mucho menos que la devolución del poder bajo una premisa muy simple: toda decisión colectivizada que habría podido adoptarse individualmente entraña una usurpación. El colectivo no tiene legitimidad para decidir, por poner un ejemplo, los valores que se impartirá en la enseñanza, pues cada familia puede escoger los valores que desee, y consiguientemente la escuela que coincida con ellos. Este caso es extrapolable a infinidad de decisiones tanto éticas como económicas.

Lo que buscan los sistemas asamblearistas es legitimar la usurpación mediante la codecisión de los pares, pero el individuo de hoy no quiere codecidir sobre su propia vida y hacienda, sino decidir él directamente, en una línea que podrá coincidir o no con las decisiones simultáneas de sus pares. Esto configura un orden espontáneo, natural, muy superior al orden centralizado y planificado de los estatistas. Un orden mucho más rico, innovador y generador de prosperidad por la acción simultánea de millones de personas libres que desarrollan millones de planes, y no por millones de siervos del Estado que ejecutan el plan quinquenal decretado por él. Es, a diferencia del orden político caduco que aún tenemos, y a diferencia también del orden neototalitario de Pablo Iglesias, un orden libertario.

Publicado el 17 de febrero de 2015 en el diario Vozpópuli

ene 26 2015

Grecia y la recentralización

No creo conspiranoico afirmar que los grandes procesos políticos, a grandes rasgos, suelen obedecer a líneas o marcos definidos tiempo atrás por los grupos relativamente reducidos que controlan los Estados y, a su través, las finanzas cautivas y las grandes empresas pseudoprivadas que falsean el capitalismo. La casta estatal ha sustituido el dinero objetivo por su falsa moneda, y el legítimo negocio bancario por un oligopolio cerrado donde medran sus primos hermanos: la aristocracia financiera. Ha reemplazado el orden económico espontáneo por la planificación interesada de políticos y burócratas, y la competencia empresarial, imprescindible para la excelencia, por una insoportable hiperregulación que sólo beneficia a la casta directiva (directiva, no empresarial: emprender es otra cosa) de la gran empresa cooptada y anexionada como una extensión más del Estado. Esa casta, contra lo que piensan los conspiranoicos, no es un bloque compacto y homogéneo que decrete nuestro futuro con precisión. Pero hay una amplia gama de posibilidades entre esa visión simplista y su antítesis igual de ramplona: la de quienes creen que en política las cosas pasan espontáneamente y que los acontecimientos responden al contexto de cada momento. Creo que la realidad se encuentra en algún punto de esa gama, y que ese punto es dinámico, no fijo. Y creo que los grandes marcos y las grandes líneas se establecen en función de los desarrollos generales, en contextos de muy largo plazo, en lo que casi podríamos llamar términos históricos.

Lo de Syriza puede ser un hecho aislado. Tsipras puede hundir rápidamente Grecia y servir de vacuna continental y de muro de contención frente a los avances bolivarianos. Incluso puede ser ese el plan, como parece claro que, en una capa muy inferior, el plan del PP y de su entorno empresarial ha sido impulsar a Podemos para hundir al PSOE e IU y tratar de salvarse (otra cosa es cómo le salga al final, o si han modulado bien el impulso dado). Pero también es plausible otra hipótesis: que el establishment político-financiero internacional realmente quiera provocar un giro. Si de aquí a unos años todo se queda en la anécdota griega, esa hipótesis se probará errónea. Si Grecia es la primera ficha del dominó y detrás empiezan a caer países con mayor peso económico, la hipótesis no habrá sido tan descabellada. ¿Qué puede provocar un apoyo de ese establishment a sus supuestos adversarios, desde Syriza y Podemos hasta el Front National francés y otros partidos de derecha radical? Pues lo que tienen en común: más Estado.

No sería la primera vez. En los años treinta y cuarenta del siglo pasado, quienes se enfrentaron en realidad no fueron fascismo y comunismo. Esa fue la guerra visible, que causó millones de muertos, pero lo que hubo por debajo fue la pugna entre un modelo de Estado máximo, compartido por ambos extremos, y otro modelo anterior de menos Estado y más autonomía individual. Cuando triunfó a duras penas este último en el mundo occidental, las fuerzas estatistas se aprestaron a una larga resistencia y fueron recuperando posiciones con una receta menos tosca, más sutil: la socialdemocracia basada en deuda. Cuando la primera receta, la totalitaria, terminó por fracasar en el Este, aplicaron la segunda también allí. Ahora la segunda receta, en términos históricos y téoricos, ha fracasado en todo el mundo porque es ya obvia —y está ya descontada— su imposibilidad en el largo plazo. Esa imposibilidad se debe a que la base misma del sistema socialdemócrata, el endeudamiento permanente y extremo, es económicamente insostenible. Y entonces el establishment político-financiero bascula nuevamente desde el uso actual de la deuda y de la socialdemocracia como arma principal para mantener el poder, hacia el uso de un Estado más fuerte y restrictivo.

Pero no es sólo por la insostenibilidad de la economía de la deuda. Hay otro factor más profundo y de más largo plazo: el cambio cultural derivado del cambio tecnológico, que está transformando la sociedad, desde una topología de red descentralizada y jerarquizada hacia un modelo de red distribuida. Desde una red compuesta por muchas subredes de diferentes rangos, con muchos clusters y muchos nodos de paso obligatorio, donde se ejercía el control, pasamos a gran velocidad a una red distribuida donde el protagonista es el individuo, donde muchos nodos tienden a difuminarse o desaparecer porque los individuos son directamente conectables. El cambio cultural asociado a ese cambio de red es tan importante como los que se produjeron con la imprenta o con la aparición misma de la escritura. Y supone una amenaza para los estatistas. Ya se están librando muchas batallas pequeñas, desde Uber y el consumo colaborativo hasta el nuevo entendimiento de la propiedad intelectual. El establishment tiene hoy como obsesión principal frenar o invertir ese cambio cultural para recentralizar la red social, y es normal que prefiera sistemas de fuerte poder estatal frente a aquellos otros donde el individuo puede aprovechar mejor las nuevas tecnologías para aumentar su autonomía.

Ya llevamos tiempo ensayando modelos recentralizadores “de izquierda” y “de derecha” acordes a la idiosincrasia de cada sociedad: redención socialista neoguevariana en América Latina, ortodoxia tradicionalista en Rusia. Da igual una u otra, son lo mismo. Como da igual Tsipras o Le Pen, son lo mismo. Como daba igual Hitler o Stalin, eran lo mismo. Tras los ensayos en las economías periféricas llegamos a la Europa-UE y ya hay una pica en Flandes: la Grecia de Syriza. Como mínimo, servirá a la casta político-financiera para justificar la recentralización, la reestatalización, ejecutándola con más sutileza desde la propia socialdemocracia transpartita, que es nuestro régimen actual. Como máximo, sumirá a nuestras sociedades —a nuestra emergente sociedad global— en un totalitarismo “dos punto cero”, seguramente sin las aberraciones humanitarias de los “uno punto cero” pero igual de eficaz o más. Será una Europa y un Occidente con mucho más Estado, ahora ya a las claras porque sólo así puede, por un lado, enfrentarse a la evolución tecno-cultural antes expuesta, y, por otro, alterar sus propias reglas del juego en cuanto a la deuda y a la economía en general.

La esperanza libertaria se sitúa tras el fracaso de esa recentralización, que bien podría ser el último y feroz coletazo histórico de la institución Estado tal como la conocemos, antes de pasar a los libros de texto. Y no es fiarlo muy largo, porque la misma evolución tecno-cultural ha acelerado tanto los procesos históricos que bien podría sucederse todo en el espacio de pocas décadas: fin de la socialdemocracia, aparición generalizada de estatismos duros (da igual su color político), fracaso de los mismos ante la imparable red social distribuida y ante la quiebra económica inevitable de todo modelo intervencionista, incapacidad final del estatismo para reinventarse, aparición de modelos sociales alternativos que por primera vez minimicen el Estado hasta casi prescindir de él, triunfo económico de esos modelos en sangrante contraste con los modelos intervenidos, adopción generalizada de los primeros y… Libertad. Pero no será sin sufrimiento, desde luego.

Hoy por hoy, lo que me parece claro es que, en el caso de exista un plan definido de recentralización, llevará ya bastantes años en marcha. Llevará funcionando, seguramente, desde que el sistema socialdemócrata comenzó a ser desechado en el plano teórico por los economistas y los politólogos. Y en ese caso, Grecia tan sólo sería un hito más, otra vuelta de tuerka. Y quedaría por ver cuáles son los siguientes.

ene 12 2015

No es qué religión sino cuánta

Siempre he sostenido que el problema no es qué religión, sino cuánta. Pienso respecto a esto de la misma manera que lo hago en relación con la idea de nación, o con la pugna entre Estado existente y Estado propuesto. Lo importante es cuánto Estado, cuánta nación, cuánta religión. Y mi solución siempre es la misma: cuanto menos, mejor. Tras la salvajada de París, los colectivistas de derechas tratan de ganar pescado a río revuelto y arremeten contra el islam así, en conjunto. A mí no me gusta el islam como no me gusta ninguna doctrina milenaria y liberticida que a estas alturas pretenda ser considerada como un marco razonable para la convivencia de una sociedad. Pero tampoco me gusta la cruzada que se está fraguando en determinados sectores a cuenta de lo sucedido en Francia. Prefiero una sociedad de mayoría musulmana pero bastante secularizada (Dakar, Yakarta, Estambul, Sarajevo) a una sociedad cristiana o judía extremista, y prefiero en sentido contrario una sociedad de raíces cristianas pero pasada por el tamiz de la Ilustración (París, Amsterdam, Nueva York) a una sociedad islámica extremista como la iraní o la saudí. Cuanto más secularizados estén los asuntos públicos en una sociedad (y desde luego su Derecho), mejor. Importa menos cuál sea la religión de partida, porque lo que importa es la capacidad de relativizarla en su expresión pública y de privatizar su ejercicio para que no estorbe o para que moleste lo menos posible en los asuntos colectivos.

Los crímenes de París no los ha cometido el islam. Los han cometido agrupaciones terroristas sectarias que aprovechan la ideología político-religiosa que han elaborado, el yihadismo, para crecer en la comunidad musulmana. Cosas parecidas suceden y/o han sucedido en las demás religiones principales en diversas épocas. Este fenómeno de repunte de un islamismo retrógrado, integrista, fundamentalista y violento, es relativamente nuevo en el mundo musulmán. Es un desarrollo político más que religioso, y es de las últimas décadas. El mundo de raíz islámica ya se había secularizado en gran medida hacia los años cincuenta o sesenta del siglo XX. La clave del fin de esta pesadilla no es acabar con el islam, como pretenden algunos conservadores europeos, con una agenda religiosa que ya ni se esmeran en ocultar, sino acabar con las fuentes de financiación del yihadismo. Y esto se podría conseguir, entre otras cosas, impulsando las energías alternativas a la dependencia del crudo de la Península Arábiga (fracking, nuclear), porque son las élites más retrógradas de Arabia Saudí y de los emiratos del Golfo Pérsico las que más fondos aportan a la mafia yihadista. Y se consigue también haciendo entrar a Rusia en razón para que abandone su alianza histórica con Irán. Y acabando con las intervenciones militares que inflaman al mundo musulmán. Y dejando de alimentar conflictos, por ejemplo el que hay entre India y Pakistán. Como no se conseguirá nada bueno es dando una nueva vuelta de tuerca a nuestro ya maltrecho marco de derechos civiles y libertades públicas. Ni respondiendo al yihadismo con un súbito impulso estatal a los “valores tradicionales”, ni tampoco oponiéndole un revival de la confesionalidad en Occidente. Mal negocio sería que, para frenar el extremismo de una religión, Occidente se dedicara a impulsar institucionalmente otra, a estas alturas.

Lo que ha hecho grande a Occidente, lo que nos hizo despuntar y lograr más libertad en un marco de capitalismo, ciencia y tecnología que nos ha brindado las cotas de comfort y bienestar más altas de la historia, no es tener una raíz religiosa u otra en nuestra cultura, sino haber relativizado y privatizado la que teníamos. Hay que ayudar a los musulmanes a desprenderse, también ellos, de la injerencia religiosa en los asuntos públicos, secularizando así sus sociedades y confinando la espiritualidad al ámbito que le es propio: el entorno privado de cada persona.

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