ene 26 2015

Grecia y la recentralización

No creo conspiranoico afirmar que los grandes procesos políticos, a grandes rasgos, suelen obedecer a líneas o marcos definidos tiempo atrás por los grupos relativamente reducidos que controlan los Estados y, a su través, las finanzas cautivas y las grandes empresas pseudoprivadas que falsean el capitalismo. La casta estatal ha sustituido el dinero objetivo por su falsa moneda, y el legítimo negocio bancario por un oligopolio cerrado donde medran sus primos hermanos: la aristocracia financiera. Ha reemplazado el orden económico espontáneo por la planificación interesada de políticos y burócratas, y la competencia empresarial, imprescindible para la excelencia, por una insoportable hiperregulación que sólo beneficia a la casta directiva (directiva, no empresarial: emprender es otra cosa) de la gran empresa cooptada y anexionada como una extensión más del Estado. Esa casta, contra lo que piensan los conspiranoicos, no es un bloque compacto y homogéneo que decrete nuestro futuro con precisión. Pero hay una amplia gama de posibilidades entre esa visión simplista y su antítesis igual de ramplona: la de quienes creen que en política las cosas pasan espontáneamente y que los acontecimientos responden al contexto de cada momento. Creo que la realidad se encuentra en algún punto de esa gama, y que ese punto es dinámico, no fijo. Y creo que los grandes marcos y las grandes líneas se establecen en función de los desarrollos generales, en contextos de muy largo plazo, en lo que casi podríamos llamar términos históricos.

Lo de Syriza puede ser un hecho aislado. Tsipras puede hundir rápidamente Grecia y servir de vacuna continental y de muro de contención frente a los avances bolivarianos. Incluso puede ser ese el plan, como parece claro que, en una capa muy inferior, el plan del PP y de su entorno empresarial ha sido impulsar a Podemos para hundir al PSOE e IU y tratar de salvarse (otra cosa es cómo le salga al final, o si han modulado bien el impulso dado). Pero también es plausible otra hipótesis: que el establishment político-financiero internacional realmente quiera provocar un giro. Si de aquí a unos años todo se queda en la anécdota griega, esa hipótesis se probará errónea. Si Grecia es la primera ficha del dominó y detrás empiezan a caer países con mayor peso económico, la hipótesis no habrá sido tan descabellada. ¿Qué puede provocar un apoyo de ese establishment a sus supuestos adversarios, desde Syriza y Podemos hasta el Front National francés y otros partidos de derecha radical? Pues lo que tienen en común: más Estado.

No sería la primera vez. En los años treinta y cuarenta del siglo pasado, quienes se enfrentaron en realidad no fueron fascismo y comunismo. Esa fue la guerra visible, que causó millones de muertos, pero lo que hubo por debajo fue la pugna entre un modelo de Estado máximo, compartido por ambos extremos, y otro modelo anterior de menos Estado y más autonomía individual. Cuando triunfó a duras penas este último en el mundo occidental, las fuerzas estatistas se aprestaron a una larga resistencia y fueron recuperando posiciones con una receta menos tosca, más sutil: la socialdemocracia basada en deuda. Cuando la primera receta, la totalitaria, terminó por fracasar en el Este, aplicaron la segunda también allí. Ahora la segunda receta, en términos históricos y téoricos, ha fracasado en todo el mundo porque es ya obvia —y está ya descontada— su imposibilidad en el largo plazo. Esa imposibilidad se debe a que la base misma del sistema socialdemócrata, el endeudamiento permanente y extremo, es económicamente insostenible. Y entonces el establishment político-financiero bascula nuevamente desde el uso actual de la deuda y de la socialdemocracia como arma principal para mantener el poder, hacia el uso de un Estado más fuerte y restrictivo.

Pero no es sólo por la insostenibilidad de la economía de la deuda. Hay otro factor más profundo y de más largo plazo: el cambio cultural derivado del cambio tecnológico, que está transformando la sociedad, desde una topología de red descentralizada y jerarquizada hacia un modelo de red distribuida. Desde una red compuesta por muchas subredes de diferentes rangos, con muchos clusters y muchos nodos de paso obligatorio, donde se ejercía el control, pasamos a gran velocidad a una red distribuida donde el protagonista es el individuo, donde muchos nodos tienden a difuminarse o desaparecer porque los individuos son directamente conectables. El cambio cultural asociado a ese cambio de red es tan importante como los que se produjeron con la imprenta o con la aparición misma de la escritura. Y supone una amenaza para los estatistas. Ya se están librando muchas batallas pequeñas, desde Uber y el consumo colaborativo hasta el nuevo entendimiento de la propiedad intelectual. El establishment tiene hoy como obsesión principal frenar o invertir ese cambio cultural para recentralizar la red social, y es normal que prefiera sistemas de fuerte poder estatal frente a aquellos otros donde el individuo puede aprovechar mejor las nuevas tecnologías para aumentar su autonomía.

Ya llevamos tiempo ensayando modelos recentralizadores “de izquierda” y “de derecha” acordes a la idiosincrasia de cada sociedad: redención socialista neoguevariana en América Latina, ortodoxia tradicionalista en Rusia. Da igual una u otra, son lo mismo. Como da igual Tsipras o Le Pen, son lo mismo. Como daba igual Hitler o Stalin, eran lo mismo. Tras los ensayos en las economías periféricas llegamos a la Europa-UE y ya hay una pica en Flandes: la Grecia de Syriza. Como mínimo, servirá a la casta político-financiera para justificar la recentralización, la reestatalización, ejecutándola con más sutileza desde la propia socialdemocracia transpartita, que es nuestro régimen actual. Como máximo, sumirá a nuestras sociedades —a nuestra emergente sociedad global— en un totalitarismo “dos punto cero”, seguramente sin las aberraciones humanitarias de los “uno punto cero” pero igual de eficaz o más. Será una Europa y un Occidente con mucho más Estado, ahora ya a las claras porque sólo así puede, por un lado, enfrentarse a la evolución tecno-cultural antes expuesta, y, por otro, alterar sus propias reglas del juego en cuanto a la deuda y a la economía en general.

La esperanza libertaria se sitúa tras el fracaso de esa recentralización, que bien podría ser el último y feroz coletazo histórico de la institución Estado tal como la conocemos, antes de pasar a los libros de texto. Y no es fiarlo muy largo, porque la misma evolución tecno-cultural ha acelerado tanto los procesos históricos que bien podría sucederse todo en el espacio de pocas décadas: fin de la socialdemocracia, aparición generalizada de estatismos duros (da igual su color político), fracaso de los mismos ante la imparable red social distribuida y ante la quiebra económica inevitable de todo modelo intervencionista, incapacidad final del estatismo para reinventarse, aparición de modelos sociales alternativos que por primera vez minimicen el Estado hasta casi prescindir de él, triunfo económico de esos modelos en sangrante contraste con los modelos intervenidos, adopción generalizada de los primeros y… Libertad. Pero no será sin sufrimiento, desde luego.

Hoy por hoy, lo que me parece claro es que, en el caso de exista un plan definido de recentralización, llevará ya bastantes años en marcha. Llevará funcionando, seguramente, desde que el sistema socialdemócrata comenzó a ser desechado en el plano teórico por los economistas y los politólogos. Y en ese caso, Grecia tan sólo sería un hito más, otra vuelta de tuerka. Y quedaría por ver cuáles son los siguientes.

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ene 12 2015

No es qué religión sino cuánta

Siempre he sostenido que el problema no es qué religión, sino cuánta. Pienso respecto a esto de la misma manera que lo hago en relación con la idea de nación, o con la pugna entre Estado existente y Estado propuesto. Lo importante es cuánto Estado, cuánta nación, cuánta religión. Y mi solución siempre es la misma: cuanto menos, mejor. Tras la salvajada de París, los colectivistas de derechas tratan de ganar pescado a río revuelto y arremeten contra el islam así, en conjunto. A mí no me gusta el islam como no me gusta ninguna doctrina milenaria y liberticida que a estas alturas pretenda ser considerada como un marco razonable para la convivencia de una sociedad. Pero tampoco me gusta la cruzada que se está fraguando en determinados sectores a cuenta de lo sucedido en Francia. Prefiero una sociedad de mayoría musulmana pero bastante secularizada (Dakar, Yakarta, Estambul, Sarajevo) a una sociedad cristiana o judía extremista, y prefiero en sentido contrario una sociedad de raíces cristianas pero pasada por el tamiz de la Ilustración (París, Amsterdam, Nueva York) a una sociedad islámica extremista como la iraní o la saudí. Cuanto más secularizados estén los asuntos públicos en una sociedad (y desde luego su Derecho), mejor. Importa menos cuál sea la religión de partida, porque lo que importa es la capacidad de relativizarla en su expresión pública y de privatizar su ejercicio para que no estorbe o para que moleste lo menos posible en los asuntos colectivos.

Los crímenes de París no los ha cometido el islam. Los han cometido agrupaciones terroristas sectarias que aprovechan la ideología político-religiosa que han elaborado, el yihadismo, para crecer en la comunidad musulmana. Cosas parecidas suceden y/o han sucedido en las demás religiones principales en diversas épocas. Este fenómeno de repunte de un islamismo retrógrado, integrista, fundamentalista y violento, es relativamente nuevo en el mundo musulmán. Es un desarrollo político más que religioso, y es de las últimas décadas. El mundo de raíz islámica ya se había secularizado en gran medida hacia los años cincuenta o sesenta del siglo XX. La clave del fin de esta pesadilla no es acabar con el islam, como pretenden algunos conservadores europeos, con una agenda religiosa que ya ni se esmeran en ocultar, sino acabar con las fuentes de financiación del yihadismo. Y esto se podría conseguir, entre otras cosas, impulsando las energías alternativas a la dependencia del crudo de la Península Arábiga (fracking, nuclear), porque son las élites más retrógradas de Arabia Saudí y de los emiratos del Golfo Pérsico las que más fondos aportan a la mafia yihadista. Y se consigue también haciendo entrar a Rusia en razón para que abandone su alianza histórica con Irán. Y acabando con las intervenciones militares que inflaman al mundo musulmán. Y dejando de alimentar conflictos, por ejemplo el que hay entre India y Pakistán. Como no se conseguirá nada bueno es dando una nueva vuelta de tuerca a nuestro ya maltrecho marco de derechos civiles y libertades públicas. Ni respondiendo al yihadismo con un súbito impulso estatal a los “valores tradicionales”, ni tampoco oponiéndole un revival de la confesionalidad en Occidente. Mal negocio sería que, para frenar el extremismo de una religión, Occidente se dedicara a impulsar institucionalmente otra, a estas alturas.

Lo que ha hecho grande a Occidente, lo que nos hizo despuntar y lograr más libertad en un marco de capitalismo, ciencia y tecnología que nos ha brindado las cotas de comfort y bienestar más altas de la historia, no es tener una raíz religiosa u otra en nuestra cultura, sino haber relativizado y privatizado la que teníamos. Hay que ayudar a los musulmanes a desprenderse, también ellos, de la injerencia religiosa en los asuntos públicos, secularizando así sus sociedades y confinando la espiritualidad al ámbito que le es propio: el entorno privado de cada persona.

ene 07 2015

Qué lástima, Andorra

Qué lástima, Andorra. Andorra era el maravilloso país de los Pirineos. Uno de los países más antiguos de Europa. Un país de escala humana, con todo el pintoresco interés histórico de la Europa liliputiense: ese puñado de países y territorios desgajados a tiempo de los procesos de concentración que dieron pie a los grandes Estados-apisonadora. Andorra era el mayor microestado independiente de Europa, y su considerable superficie habría permitido grandes ambiciones, desde el helipuerto comercial que nunca fue, con vuelos al Prat y a Toulouse-Blagnac para conectar, hasta la aparición de industria ligera de vanguardia. Andorra era la demostración de cómo el alto nivel y la magnífica calidad de vida eran el resultado de una economía mucho más libre que las de su entorno. Andorra era una de las pruebas irrefutables de que no hacen falta impuestos directos ni casi indirectos, porque Andorra prácticamente se bastaba y se sobraba con un pequeño arancel a la importación para costear una sanidad puntera, un bienestar envidiable y todo su Estado (el gobierno entero cabía en el Edifici Administratiu). Andorra era esquí, naturaleza, turismo de invierno y de verano y comercio de electrónica y de perfumes, pero, desde luego, era mucho más que eso. Era un refugio para infinidad de ciudadanos de todas partes frente a la indiscreción financiera y frente al expolio fiscal, creciente y desalmado, de los Montoros del mundo.

Pero, qué lástima, la condición de Estado soberano, como algunos nos temíamos, les ha venido demasiado grande a los andorranos. Herederos de los pagesos —lo digo con todo el respeto— que se enriquecieron por la súbita multiplicación del valor de sus terrenos montañosos en los años del boom turístico, muchos andorranos han sido incapaces de entender su país como eso, un país, con todas las consecuencias. Pese al impulso que supuso en 1993 la promulgación de la actual constitución y el ingreso en la ONU, con la consiguiente apertura de embajadas, la élite andorrana ha seguido mirando a París y a Madrid como si fueran su metrópoli, y no ha logrado sacudirse un complejo de inferioridad que ha terminado por llevarla a emprender resueltamente el camino hacia la irrelevancia del principado pirenaico.

Sí, es una pena. Andorra pudo haber sido el Singapur de los Pirineos, como titulé hace ya quince años un breve artículo que acompañaba a la entrevista que le hice al entonces primer ministro liberal andorrano, Marc Forné. Era más deseo que pronóstico, y tal como me temía, no se ha cumplido. Forné solía bromear sobre el rearme de su país con una gran cantidad de cañones, para luego revelar a sus asombrados interlocutores que se trataba de cañones de nieve artificial para las pistas de esquí. Yo añadía mentalmente que el mejor “rearme”, lo que realmente podía consolidar a Andorra, era establecer sin dilación un centro financiero offshore puntero, con una legislación innovadora y vanguardista, para convertir al país en una segunda Suiza, en un emporio inexpugnable por su fortaleza económica, que rivalizara con los demás “paraísos” europeos y los superara. Partían de una buena posición, ya que los impuestos directos simplemente no existían, y la confidencialidad bancaria se consideraba entre las mejores de Europa. Sólo tenían que quitarse de encima la tontería aquella de que las sociedades mercantiles requirieran un socio mayoritario local, o acabar con estupideces como la prohibición del juego (que impedía por ejemplo el desarrollo del juego online, sector en el que Gibraltar ganó la partida con una legislación ad hoc bien diseñada). Al carecer de una legislación mercantil orientada al sector offshore, Andorra habría podido hacer la mejor del mundo para atraer capitales ingentes desde los cuatro puntos cardinales. Podría haberse inspirado en el marco jurídico de la Isla de Man, reconocido por su seguridad jurídica para los usuarios del territorio pero también por su blindaje frente al blanqueo de dinero procedente de tráficos ilícitos, y podría haberlo mejorado. Por ejemplo, Andorra habría podido tener una buena ley de sociedades con acciones al portador, y otros instrumentos jurídicos útiles a la planificación fiscal internacional. Pero no, los andorranos optaron por pensar en pequeño y enfocar sus esfuerzos a las tiendas de perfumes y los forfaits de esquí. Una llamada del palacio de Santa Cruz o del Quai d’Orsay, y la mano temblorosa de cualquier gobernante andorrano asciende veloz para cuadrarse al grito de “a la orden”, pronunciado en impecable francés o castellano.

Fue el inefable Cristóbal Montoro, no con Rajoy sino con Aznar, quien hizo por entonces una ley por la que se obligaba a los españoles que trasladaran su domicilio a cualquier “paraíso fiscal” a declarar cada año a España lo ganado en él, y a tributar a la hacienda española por ello. Evidentemente, esto no se orientaba a los cuatro gatos que se marcharan a vivir a las Islas Cook: con varias decenas de miles de españoles residentes en el Principado, estaba claro contra quién se dirigía la norma. Era una norma aberrante, antijurídica, incalificable desde el Derecho comparado. Si encontrabas trabajo en Andorra, teóricamente tenías que pasarte cuatro años pagando impuestos a España por ese salario, aunque vivieras de verdad allí. Cosas de Montoro. Andorra tragó con eso y traga con todo lo que le imponen los dos gigantes vecinos.

Es ante los grandes envites cuando se revela el carácter. Andorra ha sufrido en estas últimas décadas las presiones de Madrid, de París, de Bruselas o de la OCDE, pero no ha sido ella sola: los demás refugios se han visto presionados en la misma medida. El gobierno de Liechtenstein ha sabido ir capeando en las últimas décadas los temporales que llegaban a Vaduz desde Alemania o desde Bruselas, hasta el punto de desafiar a la UE plantándose en Washington para cerrar por su cuenta un acuerdo favorable con los Estados Unidos. Andorra, ante la disyuntiva entre ser otro Liechtenstein o ser, por el contrario, un San Marino, primero optó por elegir un Cap de Govern (presidente del gobierno) socialdemócrata que se cargó la obra previa de los gobiernos de mayoría absoluta liberal y comenzó la deriva “normalizadora” del país, y al final ha terminado por asemejarse cada vez más, en el plano jurídico y político, a la serenísima república rodeada por Italia: una mera curiosidad territorial para que los turistas compren sellos y monedas, prácticamente indiferenciada de su entorno. Los andorranos, qué lástima, caminan a buen ritmo hacia la condición de facto de una comarca catalana más. Descartado el Singapur de los Pirineos, van a ser el San Marino de los Pirineos. De microestado independiente a pseudoestado anecdótico. Ahora van a intercambiar automáticamente información fiscal con España y con otros infiernos fiscales. Se aprehenderá así a unos pocos malhechores al precio de desnudar a la fuerza y sin contemplaciones a infinidad de usuarios legítimos del sistema financiero andorrano. Andorra ya no es segura. Es el momento de que los ciudadanos afectados prescindan de ella y busquen otros lugares donde ponerse a salvo de las miradas indiscretas tanto de los Estados como de cualquier otro enemigo que puedan tener. Hay que tachar un país más en la lista menguante de refugios para la libertad económica y para la privacidad de las finanzas personales. La OCDE se va saliendo con la suya y gana una batalla más en su cruzada contra la libertad financiera y por la unificación económica bajo una planificación central internacional y orwelliana. Pero la guerra está lejos de terminar. Con o sin Andorra, el ingenio humano seguirá proporcionando refugio a los perseguidos por la mafia confiscadora de los Estados.

Hoy visita Andorra Mariano Rajoy. Le acompaña Montoro, supongo que para tomar posesión y empezar a dar órdenes. Va a ser un paseo militar, disfrazado de buenos modales y de respeto ostentoso a la identidad cuasi milenaria del pequeño país vecino. Hablará Rajoy de los pareatges y de cómo los andorranos tienen un innegable derecho a ser país (pensará sin decirlo que mientras se porten bien), pero en cambio sus vecinos catalanes, que son prácticamente la misma gente, no lo tienen. Le arrancará alguna declaración que refuerce esa idea al jefe del Ejecutivo andorrano, Antoni Martí, a quien tratará para la foto como a un igual, pero a quien observará como si se tratara de un pintoresco alcalde del Alto Urgell. Pensará que más habría valido, a primeros de los noventa, forzar la sustitución como copríncipe del obispo de Urgell por el rey de España, y evitar así que Andorra pasara a ser un país normal, convirtiéndolo en un condominio hispano-francés. Hay quienes sospechan que en esa maniobra anduvo enfangado nuestro rey emérito, pero le salió mal.

Rajoy se traerá mañana bajo el brazo la rendición económica de los andorranos, sometidos por primera vez en su historia al robo institucionalizado mediante el pago de un impuesto sobre la renta. Andorra empieza en 1278 con los pareatges y termina en 2015 con el IRPF. La nefasta “normalización” no va a perjudicar sólo a los usuarios exteriores del centro financiero de Andorra: va a machacar a sus propios ciudadanos y a los extranjeros que allí residen. Qué lástima, de verdad, qué pena. Lo dice de corazón alguien que conoce bien Andorra y que la quiere mucho. Han vencido quienes durante décadas clamaron delenda est Andorra. Han ganado aquellos a los que tanto molestaba lindar con la libertad.

ene 05 2015

Respuesta a Álvaro Chena

Esta carta responde al artículo publicado por Álvaro Chena en su blog Res Publica el 28 de diciembre de 2014.

Querido Álvaro:

Nunca he respondido en público a la baja de un afiliado, ni siquiera cuando algunos han hecho mucho ruido al marchar. Me decido a escribirte estas líneas por varios motivos. Primero, por los buenos deseos que manifiestas en el último párrafo de tu artículo. Segundo, por el tono tan correcto del mismo y por la buena fe que, estoy seguro, te ha caracterizado siempre. Y tercero, por el especial afecto que siento después de casi cinco años de colaboración y por la amistad que espero y deseo mantener en el futuro pese a nuestras evidentes diferencias de planteamiento político.

Las discrepancias que manifiestas en tu artículo son por un lado de tipo ideológico o programático, y por otro de estrategia. Creo que las segundas están condicionadas por las primeras, y que aquellas derivan fundamentalmente de una considerable evolución en tu forma de pensar. Lejos de mí toda crítica a esa evolución, porque, conociéndote y habiéndola visto día a día durante un lustro, sé que ha sido real y paulatina. Comenzaste representando el sector más radical del P-LIB, participando incluso en la corriente ancap del mismo, pero poco a poco has girado hacia otras posiciones políticas, hasta el punto de comprender que ya no encajas. Siempre he creído, por supuesto, que todo el mundo tiene derecho a evolucionar, y que de esa evolución pueden derivarse decisiones lógicas como la adscripción o no a un determinado partido, a una asociación, o simplemente a una etiqueta política. Ahora bien, yo tengo la sensación de que tu insatisfacción con la estrategia es una derivada de tu frustración porque el P-LIB no te haya acompañado en tu evolución política personal, lo que nos habría llevado a posiciones de cierto nacionalismo centrípeto (que tú llamas patriotismo) y a una aceptación bastante complaciente del rol del Estado en la sociedad y la economía.

El P-LIB nunca ha engañado a nadie ni ha ocultado sus ideas. No creo que haya otro partido más preciso en su propia definición. Todo el que entra sabe dónde entra, a menos que entre sin leerse nada. Durante dos mandatos has participado con lealtad y con innegable vocación de apoyo en la dirección federal del partido, por lo que has sido copartícipe de infinidad de decisiones (sólo en el mandato 2012-2014 se han tratado unas trescientas cincuenta cuestiones), incluyendo los comunicados que ahora tachas de “lecciones”. Te agradezco mucho tu participación, tus desvelos por el partido en tu ciudad y también la elegancia con la que, finalmente, has decidido expresar tu renuncia a nuestra organización. Pero, a raíz de tu artículo, debo aclarar un par de cuestiones a quienes nos lean.

La primera, que el P-LIB ha sido prácticamente unánime en el rechazo a la gran cantidad de propuestas formuladas por ti a su III Congreso, recientemente celebrado. Los afiliados se movilizaron para derrotar tus propuestas, hubo hasta quien vino del extranjero. Esas propuestas corresponden a alguien que, un lustro después de afiliarse, ha visto la luz en otra dirección, y pretende que todos la veamos también. Planteabas una considerable reforma del programa político que, por resumirlo, nos habría llevado hacia posiciones que, a mi juicio, son más propias de un partido conservador que de uno liberal, ya sea liberal-libertario o liberal a secas. Por ejemplo, tus propuestas en materia migratoria no es que no quepan en un partido como el P-LIB, es que serían rechazadas por el conjunto de la moderadísima Internacional Liberal (véanse los sucesivos manifiestos de Oxford), compuesta por los partidos liberales clásicos y nada sospechosa de ser libertaria. No, tus propuestas no han sido las de un liberal clásico asustado por la supuesta radicalización del P-LIB (el P-LIB apenas ha variado programáticamente desde 2009), sino las de una persona que ya no encaja en el conjunto del programa porque, sencillamente (y desde luego legítimamente), se ha vuelto más conservadora.

La segunda cuestión es la estrategia. Nuevamente, has visto la luz y ya no te resulta adecuado un partido político inicialmente testimonial, que avance en el largo plazo hacia la representación institucional y que crezca más convenciendo que incorporando a regañadientes a los supuestamente colindantes. O tal vez lo que suceda, si somos francos, es que ahora los planteamientos supuestamente colindantes te resulten más próximos y atractivos, más acordes con tu nueva forma de pensar, lo cual es perfectamente legítimo, por supuesto. Ahora, de pronto, tenemos que prescindir de nuestras ideas y prácticamente abrazar las contrarias porque la gente “apuesta sólo por lo que percibe como caballo ganador” y porque sólo tenemos sentido como partido político si buscamos, no ya la representación y a largo plazo, sino la mayoría para gobernar y a corto (nada menos). Vamos, que de pronto ya no es válida una organización política de nicho, hay que ser generalistas, hay que decirle a “la gente” lo que la mayoría de ella quiere oír… hay que hacer lo mismo que los partidos mayoritarios del sistema o los transversalistas eclécticos que ocultan su endgame. Bueno, es una opción. No me parece ni muy ética ni tampoco muy útil cuando el objetivo político es el nuestro. Sí lo es cuando no hay más objetivo que obtener representación como sea. No creo cierto que una estrategia de largo, muy largo plazo, sea errónea. Si así fuera, yo sería el primero en abandonar. Muchas organizaciones humanas de toda índole, representativas de formas de pensar innovadoras en su época, han necesitado mucho tiempo para ir abriéndose camino. Es el sino de los pioneros. Muchas veces el resultado de su trabajo tarda generaciones en ser disfrutado. Nuestra carrera es una maratón, y tú te has cansado y además crees que deberíamos cambiar de ideas para cosechar éxitos en los cien metros lisos.

Agradezco tus buenos deseos de crecimiento del P-LIB. Y por toda tu trayectoria y por todos los esfuerzos compartidos, te deseo lo mejor en tu nueva andadura, ya sea en solitario o recalando en algún otro proyecto. Sé que siempre actuarás a favor de más Libertad, y eso, en el panorama actual, ya es mucho.

Un abrazo fuerte,

Juan

mar 19 2014

El Plan del nuevo zar

La Rusia que hoy nos muestra, apenas maquillada, la misma cara de anteayer; la Rusia que no se ha resignado a ocupar un papel en el Occidente al que culturalmente pertenece, por importante que hubiera podido ser ese rol; la Rusia que prefiere perseguir a cualquier precio —a cualquiera— sus viejos sueños de superpotencia; la Rusia de Vladimir Putin está logrando poco a poco sus objetivos con tenacidad, con insolencia y con desprecio a las consecuencias. Ha jugado a largo plazo mientras Europa y Norteamérica lo hacían a corto. Ha sabido aprovechar la ágil flexibilidad y la imbatible resiliencia que le proporciona la servidumbre acrítica de unas masas que tanto históricamente como en la actualidad, se caracterizan por su docilidad ante el poder estatal. Primero las domesticó la monarquía absoluta y después siete décadas de totalitarismo.

El comunismo ruso pareció primero una vanguardia, se reveló después como una larga transición entre el zarismo y Occidente, y ahora ha quedado claro que no fue siquiera eso, sino un viaje sin retorno que, a la postre, ha devuelto a Rusia a algo mucho más parecido a su punto de partida que al marco de los países más libres y prósperos del mundo occidental. En el imaginario colectivo ruso, el Plan nacional, sea cual sea en cada etapa histórica, constituye la garantía de paz y habichuelas para millones de súbditos biempensantes, que aún glorifican el Estado, deifican a su cabeza visible y desdeñan la libertad como caótico desorden, como un lujo burgués propio de extranjeros decadentes y ácratas, e impropio del pueblo obediente, sufrido y recio que les han enseñado a ser.

En la excelente película El hundimiento (Der Untergang), que narra los últimos días de Hitler en el búnker berlinés, el guionista pone en boca del Führer una frase inquietante. Al comprender por fin que todo está perdido, le dice a los occidentales que no se hagan ilusiones, que al final no vencerán ellos porque lo harán los pueblos disciplinados del Este. Hitler murió convencido de que, a la larga, habría de imponerse un sistema de máximo Estado y mínima libertad, aunque no fuera el suyo. El nacionalsocialismo, como cualquier otra forma de socialismo y de nacionalismo —es decir, de colectivismo—, creía ciegamente en la disciplinada jerarquía social como el único medio válido para que una cúpula inapelable trazara el Plan y para que, a continuación, el sistema entero, con sus innumerables engranajes en los que habría de participar hasta el último súbdito, lo ejecutara y fuera alcanzando metódicamente sus objetivos. Esto se aplicaría a todo, desde la economía hasta la cultura, desde la expansiva política exterior hasta el omnipresente condicionamiento ideológico de los ciudadanos. La URSS y sus satélites vencieron al totalitarismo nazi por la vía militar, pero no ideológicamente. Ideológicamente, lo sustituyeron. Y la expresión aggiornata de esa ideología es la que encarna y expresa hoy el nuevo zar, Vladimir Putin.

El zar del siglo XXI

Hoy Vladimir Putin parece decidido a demostrarnos que, con los ajustes cosméticos que exigen tanto la posmodernidad como la revolución de las comunicaciones, en el fondo todo sigue igual, y que el Plan ruso de larguísimo plazo va cubriendo sus etapas según lo previsto. Sus ya quince años de reinado, más o menos confirmado con urnas de cartón, dan para mucho más que las breves legislaturas de las que seguramente él considere torpes democracias liberales, con sus estériles contrapoderes y sus incómodas exigencias de transparencia o de permisividad civil y política. Hoy Putin se sonríe ante ese Occidente pardillo, que en su enorme naïveté había llegado a dar por superado el desorden bipolar que nos había mantenido con el corazón en un puño durante medio siglo. Hoy Putin empieza a dejar patente que la peor Rusia, ese pueblo disciplinado del Este, ese Estado ultranacionalista que sólo sabe ser superpotencia, ha vuelto. Y que ya nada será como en estos últimos veintipocos años de relativa tranquilidad bajo la pax americana, esta belle époque truncada por la crisis de deuda, de la que sale fortalecida la Rusia que lidera los BRICs. Russia is back y no hace prisioneros, a ver qué nos habíamos creído.

Como liberal, lo que me parece más lamentable es que la nueva y exitosa casta política capitaneada por Vladimir Putin haya ganado incluso, parcialmente, la batalla de la imagen y las relaciones públicas entre algunos occidentales, y, de una forma particularmente dolorosa para mí, entre una parte de los liberales y libertarios europeos y norteamericanos.

El nuevo imperio ruso

Rusia se desovietizó —y al hacerlo, se desimperializó— en los primeros noventa porque no pudo hacer otra cosa. Lo hizo porque no le quedó más remedio, porque, simplemente, la imposibilidad del socialismo derrotó al Estado totalitario. No lo hizó por convicción, desde luego, y eso se le nota cada día más. En Rusia, los sectores políticos que cultivan el más delirante patriotismo siguen empleando en gran medida los símbolos de la era soviética, a veces incluso combinándolos con los de la extrema derecha o con los de la vieja monarquía zarista. Para un nacionalista (en cualquier lugar del mundo) siempre da igual ocho que ochenta: por él, como si hay que combinar la hoz y el martillo con el águila bicéfala de los Romanov. Todo vale mientras contribuya al orgullo patriótico, la más eficaz herramienta —en Rusia y en todas partes— de legitimación del Hiperestado por parte de sus propias víctimas. Si hay una etiqueta ideológica acertada para clasificar todo el camino de Rusia desde principios del siglo XX hasta hoy, esa etiqueta es “nacionalismo”. Teñido de un color o de otro, nutriendo al pueblo disciplinado con unos mitos y valores o con otros, el nacionalismo ha sido y es el núcleo del pensamiento oficial ruso.

El extremo nacionalismo ruso permeó el régimen monárquico, el comunismo en sus diversas etapas y, desde luego, el reinado de Vladimir Putin y de su gran visir, Dimitri Medvédev. Rusia es un país forjado mediante el derecho de conquista, desde sus mismos orígenes históricos hasta la actual tensión con Ucrania. Los zares iniciaron la expansión territorial, acompañada siempre del sometimiento de otras etnias, su desalojo o su exterminio, y de la población de los territorios conquistados con colonos que los rusificaran convenientemente. La ingeniería migratoria es inseparable del pensamiento geopolítico moscovita. Los comunistas inventaron una URSS plurinacional —e incluso una república rusa con plurinacionalidad interna—, pero todo era fachada para darle cierta verosimilitud a la excusatio non petita. Por detrás, lo que había era rusificación en lo posible y mantenimiento a raya de cualquier aspiración de los innumerables grupos étnicos incorporados al imperio comunista. Era la excusa para transmigrar etnias enteras, desde los tártaros de Crimea hasta los judíos a los que se prometió un Estado moderno y próspero, una nueva tierra prometida, y se les dio un remoto pedazo de Siberia.

Al final de la década de los ochenta se desmoronó el imperio exterior, el del Comecon y el Pacto de Varsovia, el de los Estados formalmente soberanos en Derecho internacional, los satélites que no formaban parte de la URSS. Pero, junto a esos países de Europa oriental hartos del vasallaje, lograron escapar también tres países que apenas habían disfrutado de una efímera independencia anterior: Lituania, Letonia y Estonia. Los bálticos no eran parte de ese imperio exterior sino del interior, el de la propia URSS, y Rusia aún se lame esa herida. Ni las bolsas de población rusa más o menos reciente, ni la proximidad a Moscú ni el temor al Ejército Rojo arredraron a los estonios, lituanos y letones, que vieron la oportunidad y, sin dudarlo un segundo, se desembarazaron del abrazo del oso. Otras repúblicas soviéticas no estuvieron tan rápidas, y un cuarto de siglo más tarde lo siguen lamentando.

Una cárcel llamada CEI

Tras el golpe de Estado que desalojó a Gorbachov e instaló a Yeltsin —iniciando un periodo turbulento en el que las élites del Estado depuesto hicieron inmensas fortunas y el término crony capitalism se quedó pequeño para describir la realidad económica rusa—, el resto del imperio interior declaró la independencia. Todas las repúblicas de primer grado dentro de la desaparecida URSS accedieron a una emancipación política más supuesta que real, mientras a las de segundo grado (las repúblicas existentes dentro de la federación rusa o de otros Estados constitutivos de la URSS) se les negaba el derecho a decidir su futuro, aunque su diferenciación etnocultural fuera en algunos casos, como el checheno, muy superior. Algunos de los nuevos países tenían una clara entidad previa (Ucrania, Georgia, Armenia…) y otras eran producto, sobre todo, de la arbitrariedad soviética en el trazado de fronteras (Turkmenistán, Kirguizistán…). En cualquier caso, la reacción rusa no se hizo esperar: el oso improvisó un nuevo abrazo mediante la constitución de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), una alianza vigente hasta hoy y planteada sobre todo como un cinturón de seguridad en torno a la madre Rusia.

La CEI nunca ha trabajado por la libertad política ni económica, ni mucho menos por los derechos individuales más elementales. No ha impulsado más comercio que el que se da entre Estados y empresas públicas. Ha sido un simple conjunto de satélites obvios, burdos, unos Estados vasallos y tutelados a cuyos respectivos sátrapas, a cambio de una lealtad sin fisuras, Moscú les permitía ejercer una feroz tiranía interna. Siempre les metió en vereda si coqueteaban con Occidente, pero nunca lo hizo ante las violaciones más pavorosas de los derechos y libertades de la población. Tal vez el más temido y odiado de todos fuera el ya desaparecido dictador de Turkmenistán, Saparmurat Niazov, pero no se quedan muy atrás personajes tan terribles como el moldavo Vladimir Voronin, que mantuvo hasta 2009 el último régimen formalmente comunista de Europa; o como el bielorruso Alexander Lukashenko, que mantiene sometido el país a su régimen hiperpersonalista desde 1994.

Perdido el imperio exterior desde 1989, cada vez que algún país del interior, recompuesto con los hilvanes de la nueva CEI, ha intentado cambiar su política de alianzas internacionales para incorporarse al mundo occidental, la reacción de las élites locales prorrusas ha reprimido ferozmente ese anhelo. Cuando las fuerzas prorrusas han perdido en las urnas el poder y un nuevo gobierno ha caminado en esa misma dirección, o cuando eso iba a suceder de forma inmediata, la propia Rusia ha intervenido con fiereza, a veces orquestando operaciones de película como el envenenamiento de políticos opositores. Otras veces ha bastado la colaboración con las fuerzas prorrusas, ya fuera con armas, equipamiento o propaganda, para impedir cualquier cambio político que molestara al Kremlin. Las bolsas de población rusa, ya dataran de la época de Stalin o de los zares, han jugado siempre un papel crucial en la estrategia rusa de minimización de la independencia real de todos estos países, mientras en el seno de la propia federación rusa (en repúblicas como Daguestán o Chechenia), Moscú llevaba a cabo una política que en ocasiones ha merecido en justicia el calificativo de genocida.

Cuando uno de los países del imperio exterior, Georgia, se atrevió romper abiertamente con Rusia y se atrevió a soñar con una independencia que fuera más allá de lo nominal, el tándem Medvédev-Putin (tanto monta) lanzó contra Tiflis una guerra de aniquilación que hundió al país caucásico. Hay que recordar que en Georgia todo había estado “atado y bien atado” hasta pocos años antes, porque Moscú telegobernaba a través de Edvard Shevardnadze, último ministro de Exteriores de la URSS. Georgia es la demostración palmaria de que, cuando el establishment prorruso pierde el poder, la reacción de Moscú es invariablemente negar legitimidad a los nuevos gobernantes, calumniarles (generalmente tachándoles de nazis), amenazarles y, llegado el caso, invadirles. Mientras Ucrania se torna en un déjà vu de Georgia, otros ocho países sueñan con salir de esa cárcel llamada CEI.

Resolver Ucrania

A mi juicio, la única solución sensata al conflicto de Ucrania es la que no parece querer nadie: ni la UE, ni la OTAN, ni la ONU, ni Angela Merkel, ni Vladimir Putin ni el nuevo poder ucraniano ni la gente apostada en el Maidán de Kiev. Es la misma solución que tampoco quisieron en Yugoslavia pero que al final resultó inevitable y que habría ahorrado mucho sufrimiento de haberse implantado desde el principio: la partición. Sean o no transmigradas, las bolsas de población rusa están compuestas por individuos con un derecho innegable a decidir el destino de las zonas donde son mayoritarios. El caso más obvio es el de Crimea. Se puede argumentar que la rusificación de la península se hizo a costa de la expulsión de los tártaros, y así es. Pero a mi juicio el criterio que debe prevalecer siempre, en cualquier conflicto territorial de cualquier lugar del mundo, es el deseo de la población actual, libremente expresado. Ludwig von Mises tenía toda la razón cuando escribió que la autodeterminación es el único camino para la resolución de este tipo de conflictos. De la misma manera que no se puede obligar a los ucranianos a obedecer a Moscú, tampoco se puede forzar a la mayoría rusa de Crimea a depender de Kiev.

Es lamentable que la anexión de Crimea se haya hecho como hace las cosas Rusia: con tosquedad y sin el menor respeto a la comunidad internacional ni al débil Derecho que más o menos aceptan los demás, ni, sobre todo, a la minoría discrepante en el propio territorio. La posición prorrusa habría ganado igualmente, aunque de forma menos aplastante, un referéndum de verdad: de esos que se convocan con meses de antelación, con observadores internacionales por todas partes, con partidos y organizaciones haciendo campaña por el sí y por el no. Pero a Rusia le da igual la legitimidad, le basta un maquillaje burdo que no oculta la ferocidad ni la prepotencia. Podría haberse ahorrado incluso el paripé de este referéndum de escrutinio cantado, escenificado para la galería de RT bajo la ocupación de decenas de miles de soldados-fantasma, surgidos oficialmente del aire.

En el resto de Ucrania, el mapa político que se repite elección tras elección ofrece una perspectiva bastante clara sobre la correlación de fuerzas. Es obvio que el Este y parte del Sur son de mayoría prorrusa, y que la población estaría encantada de escindirse de Ucrania para establecer Estados propios o para incorporarse a la Federación de Rusia. De la misma manera, es evidente que el Norte y el Oeste del país, donde prima la lengua y la cultura ucraniana, no deben sufrir las consecuencias de esa realidad vecina. La Ucrania “ucraniana” debe ser libre de abandonar el abrazo úrsido (de oso, no de URSS, aunque…).

Sostengo que ni las fronteras son sacrosantas ni las naciones (signifique eso lo que signifique en este nuevo siglo) tienen que congelarse en su actual momento evolutivo, ni los Estados son más soberanos que quienes habitan los territorios de los que se creen dueños los primeros. Igual que en casos como Eritrea, Timor Oriental o Sudán del Sur, siempre estuve de acuerdo con la escisión de Kosova, internacionalmente convalidada por casi todo el mundo menos por un puñado de países capitaneados por Rusia. Entre estos, tristemente, se encuentra España, que renunció así a la política exterior de una potencia media occidental y certificó que el Palacio de Santa Cruz sólo actúa movido por cuestiones domésticas, incluidos los posibles precedentes o paralelismos. De la misma manera, y pese a conocer y denunciar las maniobras rusas que hay detrás de países autoproclamados como Transnistria, Abjasia u Osetia del Sur, defiendo su derecho a ser ellos mismos quienes decidan su futuro. Si el mundo pasara de dos centenares a dos millares de Estados “soberanos”, seguramente la capacidad represiva de todos ellos disminuiría considerablemente y los soberanos serían, en una medida mayor que la actual, los individuos. Para ello, urge que el Derecho internacional, o al menos el europeo, establezca criterios rigurosos y estandarizados para dar salida a todas las situaciones, en vez de quedar al albur de las correlaciones de fuerzas que se dan en cada caso.

Quién le pone el cascabel a Rusia

Pero, al margen del actual conflicto de Ucrania, la gran pregunta sigue siendo cómo actuar ante la realidad de esta Rusia enorme y cada día más fuerte, que sigue sin vacilación su Plan maestro hacia la restauración, no ya de su imperio —incluida su obsesión por rodearse de un cinturón de países dominados que le sirvan de colchón de seguridad—, sino de la dinámica de la Guerra Fría. Y creo que, lejos de retroalimentar posiciones belicistas o responder al imperialismo ruso con un imperialismo occidental equivalente, lo fundamental es desenmascarar ese Plan estatal ruso y al establishment de Moscú, y, desde luego, ayudar en lo posible a la disidencia rusa, a la sufrida oposición real, a la que ya ni siquiera es bienvenida en la Duma del régimen.

No olvidemos que hoy la Duma, con unos procesos electorales bastante discutibles y discutidos dentro y fuera del país, está compuesta sólo por el partido democristiano-paleoconservador Rusia Unida, de Putin —con mayoría absoluta, cómo no—, y por su reflejo en el espectro político, el partido socialdemócrata Rusia Justa —un miembro peculiar de la Internacional Socialista que se deshace en cantos al modelo de familia tradicional y otros mitos conservadores—, además de noventa y dos diputados comunistas y cincuenta y seis de extrema derecha (que se permiten la indignante vileza de llamar liberal a su partido). Y luego se permite el Kremlin acusar de nazi al parlamento y al gobierno ucranianos, sin molestarse en mirar a su propio parlamento.

Desde el campeón mundial de ajedrez Garry Kaspárov hasta el partido liberal-demócrata Yabloko de Sergei Mitrokhin, miembro de la Internacional Liberal, pasando por el minúsculo movimiento libertario de ese país, liderado por la valiente Vera Kichanova, concejal de un pequeño municipio del área metropolitana de Moscú, son bastantes los individuos y organizaciones que merecen todo el apoyo de quienes en el resto del mundo estamos comprometidos con las ideas de la libertad. Y sin embargo, constato con estupor en las redes sociales y en algunos medios que hay liberales y libertarios que, en vez de apoyar a sus homólogos de Rusia —obviamente, muy críticos con la injerencia en Ucrania—, se dedican en cambio a defender a Putin.

Libertarios sí, ingenuos no

Los liberales libertarios, como partidarios del comercio —que es la mejor garantía de paz—, somos contrarios a las injerencias políticas de cualquier orden. Solemos caracterizarnos por una aversión al juego geopolítico en sí mismo, porque sabemos que casi siempre termina en espantosas tragedias humanitarias para beneficio del conglomerado estatal-empresarial de fabricación de armamento, o para el energético. Impulsamos una defensa territorial y no la asunción de una pretendida gendarmería internacional, que además sería ingenuo plantear ante un Estado tan poderoso como el ruso. Soy tan pesimista respecto a las posibilidades de pararle los pies al Plan de Putin como realista respecto a la necesidad de desenmascararlo, de que todo el mundo conozca el peligro que representa. Quienes con toda la razón rechazan el imperialismo estadounidense no pueden caer en la trampa aquella del enemigo de mi enemigo, porque el imperialismo ruso es todavía peor —y ya sé que es decir mucho, pero estoy convencido de ello—.

Es peor porque los derechos del individuo, incluido el de propiedad, están mucho peor garantizados en Rusia y sus satélites que en el Occidente desarrollado. Es peor porque, si el capitalismo está condicionado y distorsionado en Occidente, en Rusia es casi un negociado más del Estado —y en los satélites, sin el “casi” —. Y lo es porque el Plan ruso pasa sobre todo por la restauración, vía Estado, de los valores tradicionales más conservadores frente a la “decadencia” y la “relajación de costumbres” que Putin y compañía nos echan en cara a los occidentales. Desde los derechos de las personas LGBT hasta la cuestión de las drogas, muchos son los debates en los que a Putin —como a su aparato de portavocía y relaciones públicas en Occidente, la televisión RT—, se le ve el plumero a muchas millas. La ingeniería social es parte fundamental del Plan. El pueblo sano, feliz y disciplinado que éste define recuerda sospechosamente a los esbozados por los dos grandes totalitarismos en los años treinta del siglo pasado.

Por ello sorprende que una parte de los liberales clásicos y, sobre todo, de los libertarios y ancaps —en Europa pero sobre todo en Norteamérica—, hayan sido abducidos por Putin y su Plan. Si RT ha dado algo de voz a Ron Paul, al Partido Libertario de los Estados Unidos o a partidos libertarios europeos, como el holandés, ha sido para erosionar al establishment de Washington, lo cual estaría muy bien si lo aplicaran igualmente al de Moscú. Si algunos fondos han terminado nutriendo nuestra causa —en el caso de que así sea—, que nadie se llame a engaño sobre la intención subyacente. La dimisión de la presentadora principal de RT en inglés, Liz Wahl, y de otros periodistas se ha precipitado ante el infumable cierre de filas de esta cadena con el Kremlin en la cuestión de Ucrania. Obviamente, si Rusia da refugio a Edward Snowden no es por convicción ética sobre los méritos de este auténtico héroe, sino por motivos espurios que saltan a la vista. Ya sabemos cómo trata Rusia a sus propios whistleblowers. En Rusia, casos como el de Manning probablemente no reciban más luz que la producida por los fogonazos del pelotón de fusilamiento. Obviamente, a Rusia le interesa fomentar el libertarismo más anti-intervencionista fuera de sus fronteras mientras reconstruye en casa un Hiperestado monolítico.

No podemos caer en estas trampas burdas de la nueva Guerra Fría informativa, ni en una dirección ni en la contraria. Los liberales libertarios, que condenamos la propensión occidental a intervenir en conflictos ajenos, debemos oponernos igualmente a la rusa. Si defendemos las libertades y los derechos civiles en Occidente, no podemos mirar a otro lado ante su vulneración en Rusia y en sus satélites. Si aquí queremos mucho menos Estado, no podemos ver con buenos ojos un Estado peor aún que los nuestros, ni la persistencia de auténticas tiranías en varios de sus satélites. Si queremos liberar al individuo superando por fin los mitos nacionales, no podemos ser indiferentes ante el Plan del peor nacionalismo en el país más grande del planeta.

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