En España ya hay clima de fin de régimen. La quiebra de nuestra economía es el detonante, la gota que colma el vaso, pero no alcanza a ocultar causas más profundas y estructurales, largamente señaladas por indicios sociológicos y culturales mucho más que por la economía.
Estado de Derecho, Estado del Bienestar
Todo sistema político descansa en una combinación de fuerza y asentimiento. Los totalitarios se basan casi exclusivamente en la primera. Los democráticos aspiran a descansar en el segundo y recurrir a la fuerza sólo excepcionalmente. El asentimiento se logra principalmente, en los países de tradición política más civilizada, mediante un funcionamiento razonablemente correcto del Estado de Derecho y sus instituciones, y mediante una fuerte protección del ámbito privado de soberanía de las personas y de la libertad en las relaciones humanas y comerciales. Pero muchos de los países desarrollados y democráticos, España incluida, tienen una tradición política bastante más débil.
En estos países, el Estado de Derecho cuenta menos que el Estado del Bienestar como generador del asentimiento popular respecto al régimen político. Con grandes dosis de socialdemocracia asistencialista, el sistema oculta sus vergüenzas en las cuestiones esenciales: la separación de poderes, la independencia judicial, el control parlamentario del Ejecutivo, el pluralismo político, la autonomía de los parlamentarios e incluso el funcionamiento general del Estado de Derecho. Es decir, allí donde no hay una sociedad civil madura, allí donde no existen instituciones privadas profundamente enraizadas, allí donde no se da un tejido empresarial y organizativo privado configurador de un orden social espontáneamente autodefinido, todos esos huecos son fácilmente ocupados por la casta política, que logra con facilidad el asentimiento de las masas. Sólo tiene que comprarlas con servicios gratuitos de todo tipo, incluso más allá de los esenciales, y eso es lo que el establishment español viene haciendo desde la muerte del dictador Franco (dictador que, por cierto, también había logrado comprar ciertas cotas de asentimiento ciudadano por el mismo procedimiento). Los excesos del Estado del Bienestar han minado el Estado de Derecho y han agigantado el Estado a secas, hasta asfixiar a la sociedad. Eso ha sido así en todo el mundo desarrollado y sobre todo en Europa Occidental (es lo que Dahrendorf llamó “consenso socialdemócrata”), pero más aún en casos como el nuestro.
El régimen del 78
La Transición, revestida de un cierto carácter épico, es el gran mito fundacional del actual régimen político. La cronista oficial es Victoria Prego, y el libro de cromos, para popular digestión del mito, es la serie Cuéntame. Desde que este mito es empleado machaconamente por la casta dominante, los españoles se han visto sometidos a un bombardeo incesante de los mitos secundarios que arropan el principal, todos ellos coadyuvantes al mismo fin de consolidación del asentimiento.
Así, se nos vendió durante lustros que nuestro país, con su joven monarca al frente y su recién estrenada pero ya ejemplar democracia, conquistada por los civilizados españoles sin más tiros que los del villano Tejero en el techo del Congreso, estaba de moda en el mundo. En los ochenta y noventa se nos repetía una y otra vez, desde la pequeña pantalla en color, fascinante por su catódica modernidad pero heredera directa del NoDo, que España era, de pronto, una potencia mundial en todos los terrenos. España vestía al planeta entero con su moda atrevida, exportaba un cine transgresor y premiado, triunfaba en el deporte como símbolo de nuestra vitalidad colectiva y organizaba las mejores olimpiadas de la historia de la galaxia, asombraba por sus transplantes y dejaba al universo boquiabierto por nuestra esperanza de vida, la cual, cómo no, se debía a la dieta mediterránea y al aceite de oliva; y pesaba cada vez más en el mundo, haciendo incluso sus pinitos diplomáticos y mandando a nuestro ejército-ONG a imponer la paz en los más apartados confines. Y todo ello acompañaba al mito más falso de todos, y por tanto el más nocivo: el milagro económico español. A algún cerebrín de Moncloa, ya desde los primeros años de Felipe González, se le ocurrió basarse en el llamado “milagro alemán” de la posguerra mundial e inyectar a la sociedad española la creencia de que nuestro país se había colocado en la cima de las finanzas planetarias y ya no habría quien lo bajara de ahí. Hasta se exigía, con ese orgullo excesivo que tanto se nos afea en el extranjero, un asiento en el G7.
Todos los gobiernos tratan de transmitir optimismo a su población, pero los de González, Aznar y Zapatero (hasta la crisis) cayeron en un triunfalismo latino que generó bastante asentimiento popular, sí, pero cuyo recuerdo hace ahora mucho más dura la crisis sistémica, cultural, a la que se enfrenta el país. Puestas al descubierto nuestras vergüenzas económicas, resulta que no hubo tal milagro. El milagro habría sido que un país con tan escasa productividad e innovación, tanto paro y tan reducida empresarialidad, tanta adicción al Estado todopoderoso, tanta aversión empresarial al riesgo y tan poca responsabilidad individual, alcanzara realmente la excelencia económica que se nos estaba vendiendo.
Lo que hubo, en realidad, fue una gigantesca y prolongada transferencia de capital desde el norte de Europa, porque España (junto a Portugal) tuvo la suerte de ser considerada durante muchos años el socio nuevo y emergente dentro de la Unión, merecedor de una parte del esfuerzo de los sacrificados contribuyentes septentrionales. Algún mago del europeísmo le hizo la envolvente a los alemanes, holandeses y demás, y les convenció de que las cigarras del sur ya estábamos pasando el mono de nuestra adicción al gasto, y de que ellos, las hormigas del norte, debían construirnos hospitales, autopistas y aeropuertos (total, ya los aprovecharían ellos en vacaciones). Era por el bien de todos, por la unidad de Europa y por la paz en el mundo (léase con la novena de Beethoven como música de fondo, conteniendo las lágrimas).
Sí, primero hubo eso. Pero, acto seguido, hubo también deuda, mucha deuda, toda la deuda posible y gran parte de la imposible. Y burbujas inducidas para irse comiendo esa deuda y generar otra mayor prolongando la sensación de bonanza económica. Pero, claro, antes o después tenía que derrumbarse ese frágil y alambicado castillo de naipes de papel de fumar construido sobre una nube. Y a la primera crisis internacional importante, esa España de ensueño que nos había vendido la casta política instalada desde el 78, se ha hecho añicos.
Del falso bienestar al cuestionamiento
El régimen del 78 había construido su modelo económico en torno a la incontinencia del gasto, con dinero ajeno o con dinero prestado. Todo aquel bienestar no era tal: era consumo financiado, y ahora nos están llegando de golpe todos los extractos de todas las visas. Incrédulos al principio, entre resignados e indignados hoy, a los ciudadanos se les ha quedado cara de tontos sujetando el hilo del globo pinchado. Miran los restos del globo y se dan cuenta de que es el sistema, el régimen político del 78, el que estaba agotado y resistía en tiempo de descuento desde hace años. La quiebra de nuestra economía ha provocado el abrupto pitido final del partido, y los españoles ahora ya lo cuestionan todo abiertamente.
Cuestionan la monarquía, que había sido la columna vertebral del mito fundacional del régimen. La ajada decrepitud de la institución, tan prestigiosa antaño pero hoy mundialmente restregada por el fango de Botswana y perseguida por las togas mallorquinas, es una metáfora de lo que nos ha pasado como país en estas décadas. Y sin embargo, la monarquía sólo es la guinda del inmenso pastel de bodas que simbolizó la alianza de las masas de los setenta con el nuevo Poder postfranquista, mero fénix reformista del régimen anterior. Hoy aquel enlace va camino de desembocar en divorcio.
Es el armazón institucional, la estructura misma del sistema, lo que ya no sirve. No sirve un parlamento de cartón-piedra sin pluralismo político real, donde los parlamentarios son marionetas y las únicas marcas nuevas son las que el propio sistema habilita, reciclando apparatchiks de toda la vida para que ahora encaucen y controlen el descontento, como si el plumero fuera a ser invisible. No sirve un poder judicial politizado hasta el punto de que los jueces sean considerados con toda normalidad como “progresistas” o “conservadores”. No sirve un sistema autonómico sin corresponsabilidad fiscal, y parece a todas luces llegado el momento de acabar con el conflicto eternamente aplazado y con el coste inmenso del café para todos: ya sea para reunificar la administración o para establecer sin complejos una federación de verdad, hay que coger el toro por los cuernos y adoptar decisiones difíciles. No sirve una política orientada al privilegio de quienes la ejercen y cimentada sobre su discrecionalidad, que conduce inexorablemente a la corrupción. No sirven las instituciones teóricamente representativas de empresarios y trabajadores, porque están colonizadas por la vía de las subvenciones y forman parte del mismo establishment cuestionado. Y eso se extiende a muchos otros tipos de organizaciones que supuestamente articulan la sociedad civil. En realidad, no sirve la cultura de la subvención, y la gente empieza a comprender que es injusto darle el dinero de sus impuestos a empresas de otros, a sectores enteros, a bancos entremezclados con la política, o simplemente a manifestaciones culturales, organizaciones religiosas o asociaciones diversas. No sirve el intermediario Estado como paso obligado en la asignación de los recursos procedentes de nuestro esfuerzo, que queremos y merecemos asignar nosotros mismos libremente. No sirve el colectivismo, y su exceso nos ha llevado a la ruina económica y al agotamiento del régimen político que nos habíamos dado.
Bueno, y ahora, ¿qué?
Pues, como diría algún economista —con ese gusto que tienen por el eufemismo y por el símil científico—, la extraordinaria volatilidad de este tipo de situaciones abre muchas oportunidades pero también activa muchos riesgos. La caja de Pandora que se está destapando nos puede llevar tanto a un escenario político futuro que resulte favorable a la Libertad como a uno que se revele hostil a la misma. Los liberales tenemos que actuar, y el problema es decidir cómo. Ni podemos quedarnos quietos, ni podemos defender al régimen moribundo que tanto despreciamos y que tanto nos ha ninguneado, ni podemos tampoco apuntarnos a cualquier cambio, a cualquier aventura, a cualquier reforma hecha a cualquier precio, porque nos estamos jugando la Libertad misma, y porque hay demasiados pescadores en estas aguas turbulentas y casi todos buscan imponer cambios que la merman.
A río revuelto, los nacionalistas periféricos y los nacionalistas españoles están aprovechando esta situación tan difícil para avanzar a costa de lo que sea en lo único que realmente les importa (sí, son así de necios e irracionales: sólo les preocupan sus respectivos mitos patrios). A río revuelto, los políticos profesionales del establishment intentarán blindarse más aún frente a nuevos competidores y hacer que eso parezca una reducción del número de políticos o del coste de la política, o incluso que pase como una reforma pluralizadora. A río revuelto, la casta aprovechará los cambios de las reglas de juego para trasladar al Estado más decisiones y competencias de la sociedad civil, porque vive de ejercerlas a su criterio. A río revuelto, los colectivistas de todos los colores ya sugieren cambios que constreñirían más aún la libertad personal y económica.
Basta una ojeada a la cabecera de esta manifiestación permanente por el cambio de régimen para echarse a temblar. Nos encontramos, por un lado, con viejos conocidos excretados por el propio régimen, que ahora se revuelven contra él y ven su oportunidad de volver a jugar en primera. Los hay de todos los colores, aunque abundan más en el entorno conservador. Y, por otro lado, vemos movimientos sociales espontáneamente orquestados desde la izquierda, a veces desde la más extrema, que por primera vez en décadas ve también, como en Grecia, una oportunidad de incorporarse al futuro establishment o incluso de sustituirlo.
Es importante que los liberales nos sumemos a las causas específicas que compartimos, que las lideremos incluso y que aprovechemos el río revuelto como el que más. Hay muchas causas liberales que ahora podemos impulsar con posibilidades de generar apoyo de otros, por ejemplo una reforma electoral que encauce de verdad el pluralismo político y acabe con la partitocracia. Pero esas causas compartidas por los liberales no están exentas de riesgos, y siguiendo con el mismo ejemplo, creo que caer en un sistema de circunscripciones uninominales, con el correspondiente gerrymandering, produciría el mismo efecto que los países donde rige ese sistema: afianzar el bipartidismo y el poder de los partidos sistémicos (y por ende el estatalismo), además de perjudicar gravemente al liberalismo y a las demás opciones minoritarias.
Esta aparición simultánea de oportunidades y de riesgos se da en relación con otras muchas causas. Un ejemplo más: la monarquía no tiene sentido, claor, pero si se sustituye por una presidencia fuerte anularemos el pluralismo que se da en el parlamento y acabaremos en un sistema oligárquico al estilo ruso o latinoamericano, porque es obviamente descartable que aquí vayamos a establecer de un plumazo el complejo sistema de contrapesos que acompaña al presidencialismo en los Estados Unidos. Y un último ejemplo: la democracia intermediada por parlamentos es altamente insatisfactoria, sobre todo en la época de la inmediatez tecnológica, y distorsiona sin duda la voluntad ciudadana, pero caer en un sistema asambleario-telemático sobrelegitimaría a las masas permitiéndoles invadir el ámbito inviolable de la soberanía personal de cada individuo.
En fin, esos mismos riesgos de que el remedio sea peor aún que la enfermedad se dan cuando consideramos qué hacer con el sistema bancario, con la moneda, con los servicios públicos, con la organización territorial y con muchas otras cuestiones.
Con o sin cambio de régimen, nada nuevo bajo el sol
Es que resulta que en ciencia política ya está todo inventado, y no parece que se vaya a cuadrar ningún círculo ni se vaya a encontrar ninguna piedra filosofal entre los candorosos revolucionarios del 15-M ni entre los avezados expertos en manipulación social que pueblan los despachos de las diversas operaciones en marcha, con o sin ex banqueros ex presidiarios al frente. Ambos grupos coinciden en lo esencial: quieren más Estado o como mínimo el mismo, aunque todos lo negarán y dirán que lo que buscan es mejor Estado.
Los liberales no deberíamos dejarnos camelar por los cantos de sirena de quienes, obviamente, no van a ayudarnos a desmontar el Hiperestado ni siquiera un poco, porque a lo que aspiran es a gestionarlo ellos. Tenemos que apoyar con fuerza cada propuesta concreta que vaya en la dirección de más libertad y menos Estado, cualquiera que sea su autor, y oponernos con la misma fuerza a cada propuesta que vaya en la dirección contraria, sea también quien sea el proponente. Y sobre todo, no regalar ingenuamente nuestro apoyo, nuestra convalidación, a nadie que venga con vaguedades regeneracionistas, con buenismo indeterminado, con muchas ganas de cambiarlo todo y liderar ese cambio pero sin un proyecto concreto que detalle su alternativa. En este magma es muy fácil hacer demagogia antisistema sin retratarse con medidas determinadas y coherentes entre sí. Eso es lo que harán todos aquellos que buscan un cambio de casta estatal, no su reducción y control. Obviamente, mantendrán un discurso calculadamente vago para concitar todo el apoyo popular posible sin decir nada que le chirríe a una parte de los posibles seguidores o comprometa su futura actuación. Centrarán todo su discurso en tres o cuatro ideas-fuerza facilonas y poco definidas, apenas eslóganes cándidos compartibles por cualquier persona de bien. Es lo que siempre han hecho (no olvidemos que son los mismos).
Afortunadamente, los liberales tenemos ya mucho callo y, sobre todo, tenemos ideas claras, centenares de propuestas detalladas y todo un proyecto de sociedad basado en la libertad individual. Y les diremos a todos los que vengan con enmiendas a la totalidad del sistema que sí, que nosotros no compartimos tampoco el régimen del 78, ya en descomposición, pero que los experimentos sólo los admitimos con gaseosa; y que las alianzas sólo las trazamos con objetivos nítidamente definidos y con socios confiables. Porque para nosotros, a diferencia de los demás, cambiar el sistema sólo es un medio. El fin es la Libertad.